Publicado en Reflexiones en voz alta

CARTA A VÍCTOR

CARTA A VÍCTOR

 

Querido Víctor: desde hace tiempo quería escribirte una carta. Se lo había prometido a tu abuela, que en el trabajo varias veces al día nos habla de ti y, cuando lo hace se le ilumina el rostro y te presenta como una superestrella que anima la vida allí donde está. Y no le falta razón.

Ya casi pensaba que tu abuela se había olvidado de mi promesa, cuando ayer sin ir más lejos, te acercaste al Teatro de la Escuela en donde estábamos ensayando un cuadro musical, tu tía te trajo con el carro. Tiempo le faltó a tu abuela para cogerte en brazos y hacerte monerías que te hacia reír. Fuiste entonces presentado ante un grupo de chicos y chicas de 12 a 16 años que se abandonaron a ti, te rodearon y prorrumpieron en un suspiro de emoción al verte tan guapo y salao.

Y es que, tío, no sé cómo será cuando tengas la edad de leer esta carta, pero te aseguro que ahora, cuando tienes 8 meses, eres guapo de verdad. Le arrebatas a uno la mirada y dejas a la gente encantada, sin posibilidad casi de dirigir la vista hacia otro lado excepto donde estás tú. Muy serio nos observabas a cada uno, como queriendo escudriñar qué había tras el careto embobado que nos había dejado. Luego, cuando ya nos analizaste, nos sonreíste. Y eso, créeme, hizo que todos nos riéramos contigo. Yo no sé qué pensarías tú…pero la peña quería tocarte, te acariciaba, te daba besos, te miraba y remiraba, te decía cosas y buscaba contigo una complicidad a la que tú correspondías con tu sonrisa. Allí estaban Elisa, Richi, Natalia, Javier, Sara y Gema que no tenían ojos más que para ti. Y allí estaban tu tía y tu abuela, que no cabían en sí mismas. Yo no pude resistirme a hacerme una foto contigo. La he visto varias veces. Estamos tú y yo frente a frente. Tú, en brazos, claro. En la foto tú me miras sonriente y yo intento mirar a la cámara poniendo una cara de gilipollas más que importante (supongo yo, por la emoción de tenerte en los brazos).

Me va a permitir que te diga tres cosas. Cuando tengas edad de leer esta carta puede que yo ya ande por otros andurriales y tú te preguntes quién era aquel tipo que tuvo el morro de sacarte en una revista hablando de ti…puede. Pero te aseguro, que te digo estas tres cosas con un cariño inmenso. Son dos consejos y un secreto. Ahí van los consejos:

Quiere mucho a tu familia. Ellos te quieren de verdad. El que unos padres jóvenes te acojan con tanta alegría sabiendo que no les quitas libertad sino que se la potencias a raudales, es una bendición. Tú eres una bendición para tus padres, te lo aseguro. Quiéreles siempre, incluso cuando tengas 15 años y te parezca que son unos antiguos y no te comprenden. Quiéreles. Quiere a tus tíos, Ana y Manuel, a tus abuelos, que van derramando baba de satisfacción cuando te ven. Te aseguro que son unas personas maravillosas, un regalo que tendrás que guardar como el mejor de los tesoros.

Otra cosa, puede que te suene un poco rara, prefiere siempre a los pobres, a los trabajadores, a la gente sencilla. Habrá quien te diga que hay que tener mucho dinero para ser feliz. Es mentira. Prefiere a la gente humilde y apuesta por ellos. Defiéndeles, piensa que los pobres son víctimas de una sociedad que para enriquecerse necesita generar pobreza. Lucha pacíficamente al lado de la buena gente que trabaja por un mundo más humano.  Reconoce el mérito de tantas personas que, desde muchas plataformas se esfuerzan día a día por la justicia. No te fíes de los que se han enriquecido sin trabajar y de aquellos que critican todo y no hacen nada por nadie. Prefiere a la gente solidaria, da igual qué ideas tengan,…son más felices.

Y ahora, después de los consejos, el secreto. Ayer, cuando llegaste a la Escuela y nos emocionaste…me recordaste a Dios. Sí, de verdad. Entendí más a Jesús de Nazaret (algún día te hablarán de él) que ponía a los niños en medio de los adultos y les decía que para entender a Dios había que acoger a las criaturas. Ayer, mirándote, me hiciste sentir más frágil, más humano. Al ver que a aquellos adolescentes les iluminabas el rostro, al experimentar la comunión de sentimientos que tú provocaste, me recordaste que el Dios en quien creo también tuvo tu edad y llenó de luz un mundo a veces oscuro. En tu ojos, en tu pelo pincho, en tu sonrisa…hay un no sé qué que nos inundó de ternura.

Puede que cuando tengas la edad de leer esto les preguntes a tus padres quién era el colgao que escribía estas cosas. Puede que digas que andaba mal de la azotea…no sé. Pero, como ahora, lo único que haces es sonreírnos y no puedes reprocharnos nada, ahora que puedo déjame que te diga, querido Víctor, que te pareces a Dios.

JOSAN MONTULL

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Autor:

salesiano, cura, cinéfilo, me gusta remar a contracorriente y apostar a perder

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