GENTES DE DIOS

Están entre nosotros. Transitan caminos no muy recorridos por los biempensantes de turno. Cuando menos te lo esperas, te los encuentras. Han apostado a perder y comparten la vida con los derrotados y marginados. Hay quien dice que “están viejos…y se acaban” …pero ahí están.

Un día les juraron a Dios y a la comunidad que les serían fieles hasta el final, que se dejarían la piel, las tripas y el corazón por la causa de los pobres y los excluidos sin esperar nada a cambio, que incluso se harían uno de ellos…y ahí siguen, siendo signos de contradicción en la sociedad y en la misma Iglesia.

Son los religiosos y las religiosas, que se pasean entre las costuras más desfavorecidas de la historia apostando por ser, desde la fragilidad, instrumentos de la ternura de Dios en un mundo que exalta la frialdad y las seguridades.

Abandonaron lo suyo y a los suyos y abrazaron un mundo que, lejos de ser enemigo del alma, era claustro y sagrario en el que iban a experimentar la apasionante aventura de vivir y vivirse cerca del Dios encarnado. Estudiaron carreras civiles y las pusieron a disposición de la gente. Otros se sumergieron en la investigación teológica para reflexionar y animar la renovación de la Iglesia en medio de muchas incomprensiones.

Y allí siguen, más viejos, más humanos, más puros. Comparten la vida con los jóvenes en las Escuelas, los Centros de Tiempo Libre y las casas de acogida; con los inmigrantes y refugiados en las playas y los refugios; con las mujeres maltratadas, con los chavales crucificados por la droga y con las madres que hacen de la maternidad un sacramento de la donación, con los locos, los enfermos, los ancianos, los solos…los últimos.

Por ahí andan los religiosos y las religiosas; en los Hospitales y los psiquiátricos, en los patios y las aulas; en los escenarios y las calles; en los laboratorios, las bibliotecas, los monasterios, las editoriales, las parroquias, los centros asistenciales, en los barrios y en los pueblos.

Caminan también por los ámbitos de la cultura, el arte, la ciencia y la laicidad militante, siendo testigos de una trascendencia casera y cercana que valora lo humano de una forma divina. Ahí siguen, ocupándose de los más menesterosos a los que la sociedad excluye. Derrochan generosidad y amor mientras se desviven sin exigir nada para sí mismos…siendo testigos del crucificado, atisbando rendijas de luz y resurrección en medio de una Historia que en su día se fascinó por la oscuridad.

Optaron por la pobreza en un mundo que se arrodilla ante el dinero; se inclinaron por la castidad en una sociedad que prioriza el placer y el descompromiso, escogieron la obediencia en un momento social en el que se considera libre al que hace lo que quiere, sin ataduras ni compromisos. Hicieron estas opciones para amar más y ser más libres.

Decidieron que su familia fuera la Humanidad y su patria fuera el Mundo. Derribaron las fronteras de su propia tierra y las aduanas de sus vidas y se hicieron universales por el amor de Dios. Asumieron vivir en comunidad, renunciando a lo suyo, a lo exclusivo, a su propiedad privada, y optaron por compartirlo todo…su dinero, sus ganancias, su existencia…todo. Trabajan codo a codo con muchos laicos con quienes comparte misión y amistad.

Hicieron en su día una ofrenda generosa de sus vidas y ahora, cuando la salud y los achaques van resquebrajando sus pieles, su existencia se torna más profunda y entregada, más hermosa y resucitada.

Convirtieron su vida en un altar en el que sacrificar la propia historia para ser felices desde la entrega y la donación. Por eso inician y terminan su jornada haciendo oración personal, meditando y rezando comunitariamente la liturgia de las horas. Allí encuentran, dicen, a Aquel que un día les llamó; allí renuevan lo que son; allí, en la oración y la eucaristía, afianzan su identidad.

Se han convertido, en nuestro mundo, en signos de contradicción en los que, a pesar de las edades, sus vidas son la denuncia de una sociedad vacía, ególatra y burguesa. Son una parábola de otro modo de vivir en libertad… con la única atadura que provoca el amor.

Se nos han ido, a veces, a paisajes tercermundistas, a lugares donde nadie se acerca a veranear ni entretenerse. Los encuentras en Siria, en Camboya, en Ruanda…en países cuyos nombres no aparecen en las agencias de viajes. Cuando han sufrido el secuestro, la tortura o la muerte, siempre hay quien se apresta para sustituirles entregando la propia vida.

Son los religiosos y las religiosas. Un día se sintieron fascinados por Jesucristo y, desde diversos carismas, decidieron seguirle siempre y radicalmente. Y es que lo que les mueve es el amor… y aman libérrimamente.

Son en nuestro mundo una provocación, un grito a contracorriente, una profecía insultante que pone en evidencia nuestras contradicciones y silencia nuestras excusas. Son en nuestra Iglesia una bendición que testifica que el seguimiento radical de Jesús es fuente de una profunda alegría.

Algunos dicen que están pasados de moda…pero ahí siguen, convencidos de que la fuerza del resucitado puede trasformar la Historia; dispuestos, desde la sencillez de sus vidas, a desenmascarar nuestras cobardías.

El 2 de Febrero la Iglesia recuerda a los religiosos y religiosas en nuestro país. Gracias por la generosidad de estos hombres y mujeres que testimonian que la utopía de un mundo más humano no es un sueño inalcanzable.

Ellos ya la están saboreando.

Josan Montull

1917

1917 : Apabullante espectáculo

Dirección: Sam Mendes

Guion: Sam Mendes, Krysty Wilson-Cairns

Música: Thomas Newman

Fotografía: Roger Deakins

Reparto: George MacKay, Dean-Charles Chapman,  Benedict Cumberbatch, Colin Firth,

País: Reino Unido 2019

La guerra ha sido uno de los temas más veces llevado a la pantalla. Como epopeya al servicio de los vencedores, como comedia satírica, o como reflejo del drama humano que comporta, los conflictos bélicos han servido de inspiración para muchos cineastas que han dejado obras interesantes.

Nos llega ahora 1917, de Sam Mendes, un espectacular film que cuenta la historia de dos jóvenes soldados Blake (Dean-Charles Chapman) y Schofield (George MacKay) que, en plena primera Guerra Mundial, reciben la orden de entregar un mensaje a sus compatriotas para evitar que ataquen puesto que ignoran la trampa que les han tendido los soldados enemigos. Si el aviso, aparentemente imposible, llega a buen término en el tiempo previsto, se evitará la muerte de cientos de soldados, entre ellos el propio hermano de Blake.

El film comienza con un plano de los dos soldados hablando relajadamente, mientras están tumbados en un paisaje idílico. Pero su tranquilidad es interrumpida por el un soldado que les requiere a un encuentro con uno de sus mandos. Los dos amigos se levantan y la cámara les sigue. Ese seguimiento se va a prolongar a lo largo de toda la película, que está construido con un único plano secuencia.

La utilización de este recurso nos sitúa en la misma piel de los dos solados, nos hace participar de su misión, recorrer con angustia y rapidez los terrenos más terribles: las trincheras, los túneles, los campos abiertos, las ciudades en ruinas, los ríos, las hileras de cadáveres…

La película es de un virtuosismo técnico espectacular. La cámara persigue a los protagonistas por lugares inverosímiles y hace que el espectador se sumerja en la guerra desde dentro, como un soldado más.

El barro, la sangre, la suciedad, el horror, la muerte…todo va desfilando ante los ojos atónitos de los soldados –y del espectador- que corren y corren sin tiempo para reflexionar sobre todo lo que ven. Sólo vale la rapidez, el llegar al destino.

La potencia visual de la película es extraordinaria. Arropado con la música de Thomas Newman, Mendes ofrece un apabullante espectáculo que sacude y conmueve al espectador El director no pretende epatar con efectos especiales notables sino hacernos partícipes de una experiencia tan vertiginosa como angustiosa.

Estamos, además, ante un film muy humano. No hay héroes, ni tan siquiera valientes… los soldados son buena gente, con miedos y esperanzas, sumergidos en el horror, que huyen de la muerte que les va cercando.

Varios actores consagrados hacen pequeños cameos con una profesionalidad encomiable (Benedict Cumberbatch, Colin Firth), pero los dos jóvenes protagonistas George MacKay, Dean-Charles Chapman, brillan con luz propia, proyectando toda una serie de sentimientos estremecedores y demostrando una forma física excelente.

1917 es cine con mayúsculas, una obra absolutamente excelente, imprescindible y hasta histórica.

No es sólo una película sobre la guerra…es una película sobre el cine. Extraordinaria.

JOSAN MONTULL