Adú

Preguntas desde el infierno: ADÚ

Título Original: Adú (España 2020) 

Guion: Guillermo Calderón, Alejandro Moreno, Pablo Larraín 

Fotografía: Sergi Vilanova

Dirección: Salvador Calvo

Reparto: Luis Tosar, Anna Castillo, Álvaro Cervantes,

Jesús Carroza, Miquel Fernández, Ana Wagener, Nora Navas

El segundo film de Salvador Calvo nace de un viaje que éste hizo a Canarias para el rodaje de “1898 Los últimos de Filipinas”; allí conoció de primera mano la situación de los menores inmigrantes ilegales que llegaban a nuestro país.

“Adú” se estructura como un tríptico de narraciones con un punto de partida y de llegada comunes: la valla de la frontera de Melilla. En torno a ese punto son tres las historias, inconexas en principio, que confluyen geográficamente al final del film.

La primera historia es la de un guardia civil con problemas de conciencia (Álvaro Cervantes) que, rechazando una entrada masiva de inmigrantes ilegales, es testigo de la muerte accidental de un africano cuando un compañero repele con su porra al colectivo.

La segunda historia es la de un activista medioambiental (Luis Tosar) que lucha contra la caza ilegal de elefantes y que recibe a su hija (Anna Castillo) que vive un importante desequilibrio emocional marcado por el uso de drogas y por sus devaneos afectivos.

La tercera historia, que es la que articula las otras dos, es la de Adú (Moustapha Oumauru), un niño camerunés que tiene que escapar junto con su hermana para huir de la violencia de su tierra y llegar a la soñada Europa.

La historia de esta criatura es la realmente importante. A su lado, las otras dos (la del guardia civil y la del ecologista) palidecen y no tienen tanto interés.

El Vía Crucis que vive Adú es estremecedor. Cuando aparece su historia en la pantalla, la intensidad del film es terrible. Las penurias de tantas personas que se ven obligadas a huir del miedo y la miseria buscando un futuro de paz son retratadas con la fuerza de la narración conmovedora del éxodo de este pequeño.

Salvador Calvo va describiendo, a través del largo camino de Adú, el horror al que miles de personas se ven sometidas buscando un refugio mientras en Europa se mira hacia otro lado. La selva, los narcotraficantes, las mafias, el desierto, la prostitución, las ONGs, el mar, las tripas de los aviones, los barcos miserables…todo ese mundo de dolor y esperanza va desfilando en la pantalla de forma estremecedora. El espectador es consciente que lo que ve no es una narración de terror sino una realidad actual y silenciada. La huida de Adú nos hace ver que el infierno existe cerca de nosotros…el infierno está junto a un supuesto paraíso cerrado por una valla.

Las otras dos historias sólo encuentran sentido a la sombra de la del pequeño camerunés. Ambas historias obligan al espectador a hacerse preguntas. La historia de Tosar y su hija nos hace preguntar ¿Cuáles son las preocupaciones de los jóvenes en nuestra cultura europea? ¿No es hipócrita una protección de la Naturaleza cuando se olvida la protección del ser humano? ¿Qué sentido de familia, qué valores son los que están marcando en una cultura postmoderna marcada por el individualismo?, ¿De qué nos quejamos en este Primer Mundo, rico en bienes y pobre en sentido? (interesantísimas las quejas y reivindicaciones burguesas del personaje interpretado por Anna Castillo).

Los conflictos morales del guardia civil también nos llenan de preguntas: ¿qué solución política tiene este problema?, ¿no deberían nuestros Estados invertir en el Tercer Mundo?, ¿Qué responsabilidad tiene el Norte con la explotación del Sur? ¿Es moral la venta de armas a estos países para que siga siendo fuente de ingresos entre nosotros?, ¿No son también víctimas de un sistema injusto los guardias que están en las fronteras?, ¿Son éticas las devoluciones en caliente?, ¿No son insultantes los sueldos de muchas personas en nuestro primer Mundo?

Todas estas preguntas y muchas más se las puede hacer el espectador viendo al pequeño protagonista Moustapha Oumauru, un auténtico descubrimiento. Su presencia en la pantalla es absolutamente deslumbrante. Sus ojos reflejan todo el horror, la pena, la esperanza y la ternura de una criatura de cinco años. En la mirada del pequeño Adú nos mira el Tercer Mundo y esa mirada hace que nos sintamos interrogados y hasta avergonzados.

“Adú” es una película tan incómoda como necesaria, tan terrible como hermosa, tan descarnada como pedagógica. Cine didáctico y de calidad. Una molesta llamada a la solidaridad.

JOSAN MONTULL

16 AÑOS YA…

Casi se me pasa. El 10 de Febrero de 2004 falleció mi madre. Han pasado 16 años. El entierro de mi madre, como antes había sido el de mi padre, fue para mí –sacerdote- un acontecimiento muy especial. A la vez que sentía la punzada del dolor, sentía también la cercanía y la amistad de muchas personas, muchas de ellas, jóvenes.

Soy hijo único. Mi padre y mi madre vivieron casi tres años conmigo en mi comunidad. En 2001 falleció mi padre. Siguió con nosotros mi madre, que vivió sus últimos años rodeada del amor de mis hermanos salesianos que la trataron como si fuera su madre y de muchos jóvenes, que la quisieron como a una abuela buena.

No suelo escribir las homilías. Ese día lo hice; era lógico, no quería que la emoción me traicionara, en caso de que no pueda seguir, pensé, le doy el papel a otro cura y que siga leyendo.

Pero pude. Con la voz entrecortada y emocionándome en algún momento, pude.

Muchas personas, todavía ahora, recuerdan aquel momento y aquella homilía. Hoy la releo 16 años después y no cambiaría ni una palabra.

Ahí va.

ESTE ES MI CUERPO QUE SERÁ ENTREGADO…ESTA ES MI SANGRE, QUE SERÁ DERRAMADA

Queridos hermanos y hermanas:

El viernes día 30 de Mayo del año pasado, tras un invierno y una primavera muy malas en la salud de mi madre, la subí al coche y marchamos a Urgencias al Hospital San Jorge.

Allí, como siempre, mi buena prima Mamen me dijo desde un primer momento, que el problema de salud que tenía mi madre era grave. Mi amigo el doctor Miguel Marigil me hizo saber que tenía una enfermedad pulmonar intersticial y que, en la mayoría de los casos eran fatales. Empecé entonces, junto a mi madre un Vía Crucis de días y de noches en los que la ilusión, el miedo, la incertidumbre, la pena infinita y la fe han andado a trompicones por mi vida.

La situación clínica pareció mejorar los primeros días, pero pronto nos dimos cuenta de que era un espejismo y que el mal seguía haciendo daño a la ya maltrecha salud de mi madre.

Tuvimos que desplazarnos en ambulancia hasta Zaragoza. Allí pasamos cinco días duros en los que la esperanza empezó a derretirse como se derretía la ciudad bajo el sol implacable de aquellas jornadas. Todos estos padecimientos mi madre los llevó con una dignidad admirable. A mediados de Julio y con el resultado de la biopsia delante, me comunicaron que el final estaba muy próximo.

Durante un mes esperamos la muerte en la habitación 510 de San Jorge. Para desconcierto de todos, la situación fue superada y el día 14 de Agosto le dieron el alta con el seguimiento cercano de la Unidad de Cuidados Paliativos. Fue entonces a vivir al Centro Socio Sanitario de Chimillas, donde siguió con la estabilización de su salud y una aparente mejoría. En Octubre ingresó en el Hospital Provincial, donde permaneció más de dos meses intentando una rehabilitación que fue sólo parcialmente posible. El 17 de Diciembre volvió a la Residencia de Chimillas. El día de Navidad vino a comer a nuestra Casa Salesiana…su casa lo continuó haciendo los otros domingos y días de fiesta. También el día de Reyes…ese día los Reyes Magos subieron a la comunidad a hacerle obsequios. El domingo día 25 de Enero se puso muy enferma en la comunidad, tuvimos que llevarla a Chimillas de nuevo. Al día siguiente ingresó en el Hospital San Jorge.

El final de esta lucha rabiosa y resignada ya lo conocéis.

Durante este tiempo, los Hospitales han sido una época de cruz y de resurrección. Dios ha puesto en estos casi nueve meses a mi madre y a mí unas situaciones que hemos vivido juntos desde la compañía y el amor.

Nos hemos sentido cercanos de la hospitalización de José Luis, Pablo, Gregorio y otros amigos… hemos recibido un sinfín de detalles de muchas enfermeras amigas y de mucho personal que se ha hecho presente en las diversas habitaciones en las que hemos estado, nos hemos sentido acompañados por el servicio religioso del Hospital. He conocido a la familia de Carlos, que a los 17 años está viviendo un cáncer, a la de Miguel, que a sus 16 a los ha vivido un trasplante de corazón. Nos hemos sentido admirados de la profesionalidad y la paciencia del personal de la planta. Hay nombres que me sonarán durante mucho tiempo: Pepita, Reyes, Toni, Sheila, Trini. Hemos recibido un acompañamiento técnico y profundamente humano de los médicos que han estado con mi madre.

También en este tiempo, de cruz hemos estado cerca de otras cruces, la de mi amigo Guillermo, con el que compartimos una semana de Hospital en la que me preparó algún bocadillo y en la que murió su madre, María José, después de tantos años de enfermedad, la de Mercedes Miravé, madre de las salesianas Pilar y Blanca Polo, la de mi tío Julio que se nos iba después de tantos años de enfermedad, la de nuestra querida señora Vicenta, madre de Lourdes y del salesiano Luis Aineto, la del abuelo de Jorge Estudillo, la de la madre de Nieves y el padre de Raquel, que fallecerían a lo largo de estos días, la de P. R., con quien estuvimos en el Hospital los días de San Lorenzo, la de la abuela de Jesús Pardo, y de una manera particular, la de la señora V., de Sabiñánigo, con la que durante tres semanas fuimos compañeros de habitación. Con su familia estrechamos lazos de cercanía, sus hijas se convirtieron en excelentes enfermeras para con mi madre. V. murió en Julio el mismo día en que nos trasladaban a Zaragoza.

En todas estas situaciones hemos compartido el dolor, la esperanza y la fe. Doy gracias a Dios por este tiempo largo de Hospitales, doy gracias por haber estado con ella, haberla acariciado, besado, limpiado, acompañado al baño, cogido en brazos, empujado en su silla de ruedas, animado… Mi madre tomó conciencia pronto de su situación, la fue asumiendo y su final ha sido admirable. Doy gracias por haber vivido los últimos 8 años de mi vida con mi madre y con mi padre. Doy gracias a Dios porque la Congregación Salesiana me ha permitido acompañarla muy cercanamente en los últimos momentos de su vida como hace dos años y medio lo hice con mi padre.

Como cristiano, Creo profundamente que Dios se hace cuerpo y sangre, pan y vino… es decir, historia humana, con sus avatares y sus múltiples situaciones. Por eso me es inevitable recordar retazos de la Historia de mi madre con la certeza de que es para mí auténtica Historia Sagrada como la que aprendíamos de niños.

Necesariamente recuerdo trozos de historia de mi madre

La pena que tenía por no haber podido tener más hijos

Su ilusión el día de mi primera comunión

Su delantal cubriendo mi cabeza empapada en sangre cuando siendo niño me dispararon con una carabina de aire comprimido

Su cuidado a mis abuelos hasta que les llegó la enfermedad y la muerte

Su amor reverencial a mi padre

Su preparación del corazón de mi padre antes de que llegara la noche en que le dije que quería ser cura

la primera vez que vino a la Residencia Provincial de Niños y vio el amor y la pobreza con que vivían los salesianos

Su ilusión desbordante el día de mi ordenación sacerdotal y de mi primera misa en el pueblo

Su paso, junto con mi padre por las comunidades salesianas en las que he vivido

Su acompañamiento y su entereza en la muerte de mi padre

Su vida en nuestra comunidad de Huesca

Su amor a la vida y a las cosas sencillas (los recuerdos que hay en casa)

Su fidelidad a la familia y a los amigos

Su rosario diario (antes con mi padre)

Su extraordinaria generosidad, daba todo, siempre hacía cosas para los demás, cuadros de hilo, conservas de tomate, melocotones, espárragos… regalos a todos los sobrinos que comulgaban (también cuando ya no vivía mi padre)

Su capacidad de hacer de la mesa y la comida un auténtico sacramento

Su acogida en Casa a todos: salesianos… amigos… chavales… toxicómanos, pobres, pequeños delincuentes con los que yo compartí mi vida…

En los días de Hospital me preguntaba por todos y cada uno… Felicitó a Anselmo por su próximo cumpleaños cuando ya pensábamos que iba perdiendo la conciencia y se interesó por las raspaduras que tenía en el brazo. Cuidó los detalles hasta el final. Sonreía a las enfermeras y les agradecía las curaciones que le iban haciendo, sonreía incluso cuando se estaba muriendo… agradecía todos los detalles, manifestó dulzura hasta el final.

Cierra las ventanas, que le molestan a esta señora

Aféitate

Vete a pagar el cuadro a la tienda… se extrañará de que no vaya

Aunque la frase que más decía era ¿Cuándo volveré a Casa? (refiriéndose a la Casa salesiana)

Recuerdo su último cumpleaños vivido en el Hospital rodeada de la comunidad.

Hemos proclamado dos lecturas de la Palabra de Dios que me remiten a la vida de mi madre. En el Evangelio hemos escuchado el relato de la Institución de la Eucaristía. Jesús dice este pan es mi cuerpo, que será entregado, este vino es mi sangre, que será derramada. Y en la primera lectura hemos leído un texto de los Hechos de los Apóstoles en el que se nos cuenta cómo en la primitiva comunidad cristiana había una mujer, la Virgen, que era madre y estaba en medio de los apóstoles.

Sobre estas dos lecturas me hago dos preguntas. Para la primera no tengo respuesta, para la segunda, sí.  ¿Qué sentiría mi madre cuando participaba de las Eucaristías que yo presidía? ¿Qué debía sentir ella que me había engendrado, amamantado, criado… cuando me oía decir este es mi cuerpo… esta es mi sangre?? ¿Qué debe sentir la madre de un sacerdote cuando escucha a su hijo decir “este es mi cuerpo… ésta es mi sangre” refiriéndose al cuerpo y la sangre de Cristo? … No tengo respuesta; Supongo que, como a mí, esas palabras le desbordaban.

Con respecto a la primera lectura ¿Qué debe sentir la madre de un religioso hijo único cuando ésta vive con la comunidad de su hijo?… Ah, a esto sí que tengo respuesta: se siente madre de más hijos.

Pero estas dos lecturas nos hacen referencia sobre todo a Jesucristo, el Hijo de Dios, resucitado, vivo, presente entre nosotros. Él nos ha dado a conocer que Dios es tan extraordinariamente humano que se hace presente en medio de nuestra vida… aunque lo estemos pasando mal.

Cuando llego hasta aquí, presidiendo la Eucaristía del entierro de mi madre, y movido por la lectura de la palabra de Dios, sabiendo que soy animador de la fe y de la vida de una parroquia salesiana, quiero públicamente reafirmar la fe que recibí de mis padres. Por eso sólo quiero decir una palabra: CREO.

Creo en Dios, Padre y Madre. Creo que es tan grande que se manifiesta en las cosas más pequeñas, en la ternura, en el beso… en el amor de una madre.

Creo en Jesucristo, su Hijo, nacido de María de Nazaret. Creo que pasó por el mundo haciendo el bien, lo mataron en una cruz y resucitó. Creo que en su vida sencilla y comprometida Dios se nos ha dado a conocer. Fueron mi madre y mi padre quienes me enseñaron a quererle a través de sus palabras y de su vida.

Creo en el Espíritu Santo. Lo descubrí presente en mi madre, en su sencillez, en su sonrisa, en sus guisos, en sus besos, en las conservas de melocotón, tomate y espárragos, en los cuadros que hacía, en su afán por sembrar alegría en donde estaba, en la bendición que su sonrisa aportaba en nuestra comunidad.

Creo en la Iglesia. Es la comunidad de seguidores de Jesús. Mi padre y mi madre me hicieron cristiano y nunca lo agradeceré bastante. Creo que la Iglesia, aunque a veces vieja y lenta, es la gran familia de los hijos de Dios. Creo que alienta la vida de la gente y acoge a quienes nadie quiere acoger. Creo en una Iglesia que apuesta por los pobres, por las formas débiles, por los chavales, por los emigrantes, por los toxicómanos, por las prostitutas, por los oprimidos, por los sencillos, por los enfermos, por los excluidos… por los que no cuentan.

Creo en las personas. Creo que, por más que en los medios de comunicación se acentúen las desgracias, la violencia y el sinsentido de vivir sin amor, los seres humanos son buenos. A través de las personas Dios se nos da. Creo que tía Carmencita, Rocío, Tere, Mamen, Blanquita, Angelines, Pepita, Lourdes, Pilar, Gloria, Carmen, la hermana Victoria, José Manuel y Maite, las enfermeras, los doctores Verdún, Marigil, Egido, Marco… y toda la gente que han estado cercanos en este tiempo son personas muy buenas como lo son la mayoría de los seres humanos.

Creo en la Cruz. Creo que el sufrimiento es causa de liberación. Creo que los seres humanos incapaces de asumir el sufrimiento se sumen en la cobardía y la poquedad. Creo que en la Cruz hay más vida que muerte. Creo en los crucificados, en los pobres, en las víctimas, en los drogadictos, en los inmigrantes, en lo refugiados, en los enfermos, en los mutilados, en aquellos que necesitan de los demás para poder sobrevivir.

Creo en la familia, en los padres, en los hijos, en los abuelos, en los hermanos, los tíos, los primos… Creo que en la familia se experimenta lo que es la Iglesia. Creo que apoyar a las familias es apoyar el Reino de Dios en nuestra Historia.

Creo en los amigos, en la gente a la que gratuitamente queremos. Creo que en la amistad descubrimos al Dios amigo que nos lo da todo gratis. Creo en los amigos que se sacrifican por los demás, por los que son capaces de reír y de llorar con uno.

Creo en la Familia Salesiana, creo profundamente que los hijos de don Bosco son un regalo que Dios ha hecho a su Iglesia. Creo en los Antiguos Alumnos, en la Asociación de María Auxiliadora, en la Asociación de padres, en los grupos que practican deporte, en los profesores, en los monitores, en los catequistas… Creo en toda la familia salesiana.

Creo en mi comunidad salesiana, de la que formaron parte mi padre y mi madre. Creo que está formada por hombres buenos, por religiosos que, como don Bosco, aman profundamente a los jóvenes. Creo que, antes que nada, es una comunidad de hermanos donde nos queremos y donde acogemos. Creo que Cristo está presente en nuestra comunidad y en cada uno de los hermanos.

Creo en los jóvenes. Sólo ellos son la semilla de una sociedad nueva y de una Iglesia distinta. En ellos estalla la alegría y el afán por vivir en la honestidad y en la amistad. Creo en los jóvenes porque mi madre y mi padre me enseñaron a creer en ellos a través de sus gestos de acogida y de misericordia y de regalarme a la Iglesia para que sirviera a los jóvenes.

Creo en los pobres, en los marginados, en los transeúntes, en los que no cuentan…en todos aquellos a los que mi madre les puso un plato en la mesa. Creo que no podemos entender a Dios sin atender a los que habitualmente excluimos de nuestra vida. Creo que la Iglesia sólo se encontrará a sí misma si se encuentra brutal y apasionadamente con los pobres.

Creo en los que buscan la justicia, en los revolucionarios. Creo en los que dicen No a cualquier guerra y a cualquier injusticia. Creo en la vida. En la gente sencilla que disfruta del café, del vino y de la amistad abrazando a quien lo pasa mal. Creo en quienes se rebelan… en quienes se escandalizan ante una sociedad que sigue la telebasura y ensalza a los ricos en lugar de apiadarse por los enfermos y por los que sufren. Creo en el modelo de vida y en el amor que mis padres vivieron y me enseñaron.

Creo que mi madre vive. Creo que está disfrutando del amor de Jesucristo. Creo que está con don Bosco, con María Auxiliadora… con mamá Margarita… con todos los santos. Creo que mi madre está con mi padre, con su Jaime. Dios se ha tomado tan en serio la vida de las personas que necesariamente nos tiene que unir en la vida eterna. Por eso, y así se lo dije a ella, creo que mi madre vive en Dios y creo que a ella las puertas del cielo se las ha abierto su marido, Jaime, mi padre.

(Huesca, 11 de Febrero de 2004)

Entrada al Santuario de la parroquía Mª Auxiliadora en Huesca (Salesianos Huesca)

GENTES DE DIOS

Están entre nosotros. Transitan caminos no muy recorridos por los biempensantes de turno. Cuando menos te lo esperas, te los encuentras. Han apostado a perder y comparten la vida con los derrotados y marginados. Hay quien dice que “están viejos…y se acaban” …pero ahí están.

Un día les juraron a Dios y a la comunidad que les serían fieles hasta el final, que se dejarían la piel, las tripas y el corazón por la causa de los pobres y los excluidos sin esperar nada a cambio, que incluso se harían uno de ellos…y ahí siguen, siendo signos de contradicción en la sociedad y en la misma Iglesia.

Son los religiosos y las religiosas, que se pasean entre las costuras más desfavorecidas de la historia apostando por ser, desde la fragilidad, instrumentos de la ternura de Dios en un mundo que exalta la frialdad y las seguridades.

Abandonaron lo suyo y a los suyos y abrazaron un mundo que, lejos de ser enemigo del alma, era claustro y sagrario en el que iban a experimentar la apasionante aventura de vivir y vivirse cerca del Dios encarnado. Estudiaron carreras civiles y las pusieron a disposición de la gente. Otros se sumergieron en la investigación teológica para reflexionar y animar la renovación de la Iglesia en medio de muchas incomprensiones.

Y allí siguen, más viejos, más humanos, más puros. Comparten la vida con los jóvenes en las Escuelas, los Centros de Tiempo Libre y las casas de acogida; con los inmigrantes y refugiados en las playas y los refugios; con las mujeres maltratadas, con los chavales crucificados por la droga y con las madres que hacen de la maternidad un sacramento de la donación, con los locos, los enfermos, los ancianos, los solos…los últimos.

Por ahí andan los religiosos y las religiosas; en los Hospitales y los psiquiátricos, en los patios y las aulas; en los escenarios y las calles; en los laboratorios, las bibliotecas, los monasterios, las editoriales, las parroquias, los centros asistenciales, en los barrios y en los pueblos.

Caminan también por los ámbitos de la cultura, el arte, la ciencia y la laicidad militante, siendo testigos de una trascendencia casera y cercana que valora lo humano de una forma divina. Ahí siguen, ocupándose de los más menesterosos a los que la sociedad excluye. Derrochan generosidad y amor mientras se desviven sin exigir nada para sí mismos…siendo testigos del crucificado, atisbando rendijas de luz y resurrección en medio de una Historia que en su día se fascinó por la oscuridad.

Optaron por la pobreza en un mundo que se arrodilla ante el dinero; se inclinaron por la castidad en una sociedad que prioriza el placer y el descompromiso, escogieron la obediencia en un momento social en el que se considera libre al que hace lo que quiere, sin ataduras ni compromisos. Hicieron estas opciones para amar más y ser más libres.

Decidieron que su familia fuera la Humanidad y su patria fuera el Mundo. Derribaron las fronteras de su propia tierra y las aduanas de sus vidas y se hicieron universales por el amor de Dios. Asumieron vivir en comunidad, renunciando a lo suyo, a lo exclusivo, a su propiedad privada, y optaron por compartirlo todo…su dinero, sus ganancias, su existencia…todo. Trabajan codo a codo con muchos laicos con quienes comparte misión y amistad.

Hicieron en su día una ofrenda generosa de sus vidas y ahora, cuando la salud y los achaques van resquebrajando sus pieles, su existencia se torna más profunda y entregada, más hermosa y resucitada.

Convirtieron su vida en un altar en el que sacrificar la propia historia para ser felices desde la entrega y la donación. Por eso inician y terminan su jornada haciendo oración personal, meditando y rezando comunitariamente la liturgia de las horas. Allí encuentran, dicen, a Aquel que un día les llamó; allí renuevan lo que son; allí, en la oración y la eucaristía, afianzan su identidad.

Se han convertido, en nuestro mundo, en signos de contradicción en los que, a pesar de las edades, sus vidas son la denuncia de una sociedad vacía, ególatra y burguesa. Son una parábola de otro modo de vivir en libertad… con la única atadura que provoca el amor.

Se nos han ido, a veces, a paisajes tercermundistas, a lugares donde nadie se acerca a veranear ni entretenerse. Los encuentras en Siria, en Camboya, en Ruanda…en países cuyos nombres no aparecen en las agencias de viajes. Cuando han sufrido el secuestro, la tortura o la muerte, siempre hay quien se apresta para sustituirles entregando la propia vida.

Son los religiosos y las religiosas. Un día se sintieron fascinados por Jesucristo y, desde diversos carismas, decidieron seguirle siempre y radicalmente. Y es que lo que les mueve es el amor… y aman libérrimamente.

Son en nuestro mundo una provocación, un grito a contracorriente, una profecía insultante que pone en evidencia nuestras contradicciones y silencia nuestras excusas. Son en nuestra Iglesia una bendición que testifica que el seguimiento radical de Jesús es fuente de una profunda alegría.

Algunos dicen que están pasados de moda…pero ahí siguen, convencidos de que la fuerza del resucitado puede trasformar la Historia; dispuestos, desde la sencillez de sus vidas, a desenmascarar nuestras cobardías.

El 2 de Febrero la Iglesia recuerda a los religiosos y religiosas en nuestro país. Gracias por la generosidad de estos hombres y mujeres que testimonian que la utopía de un mundo más humano no es un sueño inalcanzable.

Ellos ya la están saboreando.

Josan Montull