COMERSE EL MÓVIL

Nos habíamos sentado a comer un colectivo numeroso, unas 60 personas. La paella preparada iba a hacer las delicias de todos los asistentes. Me senté junto a un grupo de unos jóvenes y adultos. Al lado de los mayores se sentaban tres criaturas de entre 3 y 7 u 8 años. Cada uno de ellos estaba absorto a una pantalla de la que salía dibujos animados, tiktoks y otras lindezas que controlaban con el dedo índice haciendo subir y bajar las imágenes de una manera vertiginosa. Sus madres, como en una letanía mística les iban repitiendo “deja el móvil y come”, pero los niños no escuchaban, seguían absortos, ajenos a todo, viendo las imágenes.

Uno de ellos, el más pequeño, tenía un puré especial que su madre se afanaba en llevárselo a la boca con la cuchara diciéndole “Abre la boca” mientras la criatura en cuestión no perdía ojo de la pequeña pantalla.

Todo iba perfectamente hasta que el pequeño, abducido como estaba ante las imágenes electrónicas, no abrió la boca cuando la madre le llevo la cuchara para que comiera y el puré verdoso acabo impregnando la pantalla sofocando a la mamá, que se aprestó a quitarle el móvil, mientras limpiaba con un sinfín de servilletas de papel aquel preciado tesoro. El niño, ya sin pantalla, se disgustó y se negó a comer mientras, incorporándose, lanzaba la vista sobre los otros dos móviles con los que estaban hipnotizados los otros críos y se unió inmediatamente hechizado a la sesión de monerías multicolores que emitían las pantallitas.

Me costó dar crédito a lo que vi; niños desatendidos, dependientes de una pantalla, absolutamente aislados, incapaces de comunicarse con los de alrededor, mientras sus familias querían verlos entretenido a toda costa para que no molestaran.

Desde hace tiempo, los sicólogos, pedagogos y educadores vienen alertando sobre el peligro de la dependencia que conllevan las pantallas. Muchos adolescentes no soportan estar sin móvil y viven una agresividad alarmante cuando carecen de la pantalla; muchos pierden horas de sueño enganchados a los estímulos electrónicos cuyos algoritmos están pensado para la adicción. También pierden la capacidad de comunicarse, de razonar despacio, de atender y reflexionar, de hablar y escuchar mientras hacen que el móvil se convierta en confesor, terapeuta, consejero y amigo imaginario. Las administraciones educativas han lanzado su grito en el cielo y están intentando reducir el uso de dispositivos electrónicos en el aula que, hasta hace poco, eran el no va más de la innovación educativa.

A los chavales hay que animarles a que levanten la mirada, a que vayan con la cabeza bien alta, porque cuando se obsesionan con el móvil, su cabeza gacha es el mayor exponente de la sumisión a la son condenados. Chavales cabizbajos, abotargados, enganchados a mensajes sin sentido, adictos al vacío, imposibilitados para mirar a su alrededor, descubriendo a las muchas personas y cosas buenas que están junto a ellos y son incapaces de descubrir.

Y todo esto no ocurre por casualidad. Tras de este fenómeno está, entre otras cosas, la falta de responsabilidad de padres y educadores que, para estar tranquilos, dejarían que los más pequeños se comieran hasta el mismísimo móvil.

JOSAN MONTULL

SURREALISMO ANIMAL.

El respeto debido a los animales se esta convirtiendo en una especie de imperativo moral que desborda a veces lo racional. Con frecuencia se les da a los animales un trato que ya quisieran para sí muchos humanos. A algunos se les viste con jerseicitos y prendas muy finas; en los supermercados tienen una sección de comida para mascotas. Acabamos viendo normal que haya más perros que niños, que los nombres de algunos animales sean nombres de personas y que a algunas personas se les llame con nombres que hasta ahora eran animales. Hay una confusión tremenda que lleva a considerar, por ejemplo, que un aguilucho tenga más valor que un bebé y que un torero tenga menos dignidad que un toro. El aborto es considerado como un hecho de libertad, pero romper el huevo de un quebrantahuesos se convierte un delito gravísimo.

Dos acontecimientos recientes, lejos de ser anécdotas simpáticas, tienen que hacernos pensar.

El primero nos sitúa en un zoológico japonés; allí un mono, llamado Puch, fue rechazado por su madre y los cuidadores le entregaron un peluche para que pudiera el monito desarrollarse y socializar correctamente. Puch se agarraba al orangután de peluche mientras persistía la dificultad de ser integrado en el grupo.

Las hazañas de Puch fueron seguidas en todo el mundo y sus vídeos -alguno transmitido en directo 24 horas al día- se convirtieron en virales por la ternura que conmovía a los seguidores.

En el zoológico había largas colas deseosas de seguir en directo la hazaña de Puch y transmitirle todo su cariño.

Puch apareció durante días en los telediarios, recibiendo el tratamiento de una noticia relevante.

Por otra parte, y ya en nuestro país entre otros, estamos asistiendo a otro fenómeno ciertamente curioso: los therian, que son personas que se identifican y se sienten como un animal en concreto. Los vemos en forma de lobos, perros, zorros e incluso focas. En realidad, no es que se sientan animales a nivel físico, sino que buscan una forma identidad concreta. 

Son, fundamentalmente, jóvenes. Se ponen máscaras y colas para arrastrarse, emitir sonidos y sentirse integrados en una comunidad.

Estos therian empezaron a verse hace unos años pero las redes sociales han amplificado y popularizado este fenómeno que no deja de llamar la atención.

Animales que son tratados como seres humanos y seres humanos que se identifican con animales.

Pienso en la terrible confusión que esta pretendida normalidad puede generar en los adolescentes. Basta sentirse un animal para renunciar a la responsabilidad y libertad propias de un ser humano. Basta tratar a un animal como a una persona para acabar tratando a las personas con menos dignidad.

Mientras estas noticias, presentadas con una insultante normalidad, aparecen en los medios y las redes, nada se sabe de las personas que viven en Gaza, Nigeria, Irán o Haití, por ejemplo.  También a nuestros chavales, a los que -como al mono de marras- se les hurta el cariño, se les entretiene y engaña con un móvil, en lugar de con un peluche.

Que suerte tendrán los mandatarios injustos al ver cómo muchos jóvenes prefieren buscar una manada en la que puedan sentirse perros, a un grupo en el que puedan sentirse seres humanos y trabajar por la justicia y la dignidad para todos.

JOSAN MONTULL

LYAM

El pasado 22 de Enero el pequeño Liam Conejo, de 5 años, fue detenido junto con su padre en Minneapolis por el “delito” de ser extranjeros. Inmediatamente se les condujo al centro de inmigrantes en Dilley, a casi 2.000 Kms de su casa, mientras se tramitaba su proceso de inmigración.

El día de su detención, Lyam regresaba de su aula de preescolar junto con su padre. Antes de entrar en su casa, agentes del ICE, ataviados con máscaras, se llevaron a padre e hijo.

Algunos adultos y educadores se ofrecieron para quedarse con Lyam y cuidarle mientras su padre estuviera detenido, pero los agentes insistieron en que debían llevarse a los dos. Al parecer, querían utilizar a la criatura para que su madre, embarazada, y protegiendo a otro hijo adolescente, saliera de casa.

El centro de detención de Dilley se había cerrado en 2024 pero se reabrió a principios de este año para albergar a las víctimas de las detenciones masivas. Uno de los migrantes detenidos afirmaba sobre este Centro que «El agua es a menudo inutilizable y la comida llega con insectos, tierra y otros restos que la hacen prácticamente incomible”.

Días antes de esta detención, el mundo había visto con horror cómo dos guardias disparaban 10 tiros a Alex Pretti en Minneapolis acabando con la vida de este hombre que estaba reducido en el suelo. Los guardias que le mataron son Jesús Ochoa, de 43 años, y Raymundo Gutiérrez, de 35, ambos hispanos.

Este hecho no ha sucedido en un país en guerra o en el que los Derechos humanos sean pisoteados sin escrúpulos…esto ha pasado en USA, la que ha sido mayor democracia de la Tierra.

El tema es tan bochornoso e indignante, tan vergonzoso y repugnante, que me hago dos preguntas.

  • Los discursos de odio contra los inmigrantes que, con cada vez más frecuencia, se dan en nuestro país ¿no son cómplices de esos secuestros y asesinatos que se dan en los Estados Unidos?
  • ¿Retirará nuestro país la presencia de la selección nacional de fútbol en el Mundial que se juega próximamente en USA, como se ha retirado nuestra presencia en el festival de Eurovisión por la participación de Israel en el mismo?

Mucho me temo que no, ¿cómo vamos a echarnos para atrás en el fútbol, que es casi una religión nacional?

A los educadores nos toca trabajar por la paz entre nuestros jóvenes, que empiezan a creer que el extranjero es siempre un problema que se soluciona echándolo de nuestro país y devolviéndolo a la miseria, la violencia, la guerra y el hambre que le animaron a la desesperada búsqueda de un futuro más libre.

Ahora lo que toca es mirar a Lyam, esa criatura de cinco años que, con su mirada inocente, nos recuerda la dignidad de todas las personas y nos alerta contra los discursos que, en nombre de la seguridad, excluyen a los seres humanos por su procedencia.

JOSAN MONTULL

TRINCHERAS DE PAPEL

Me han regalado un libro; sí, así de sencillo, un libro. Quienes me lo han regalado, lo vieron
en una librería, pensaron en mí y me lo compraron. Parace un acto intrascendente, pero
regalar en estos tiempos un libro es regalar un tesoro.
Vivimos agobiados por las prisas, la inmediatez, las redes sociales y los cambios
vertiginosos que nos hurtan el encuentro con nosotros mismos y nos imponen opiniones
banales de todo y de todos.
Por eso un libro es una trinchera intelectual y moral que nos ayuda protegernos de tanto
vacío y nos capacita para combatirlo. Abrir las páginas de una obra literaria es entrar con
calma en nuestro interior para conectar con el autor de esas letras que, una vez
publicadas, dejan de ser exclusivamente suyas para pasar a formar parte del patrimonio
intelectual de quien las lee.
Aventuras, reflexiones, estudios, intrigas, acción…todo está en los libros.
El libro es una fuente de verdad pausada que ayuda a pensar, a imaginar y crear, a dejarse
fascinar y a cuestionar el mundo, elaborando propias conclusiones y creando personales
fantasías.
Leer es regalarse tiempo a uno mismo, lanzarse a la aventura de soñar y dejarse fascinar y
asombrar.
Por eso, leer hoy se convierte en un acto de rebeldía; en un mundo en el que sutilmente se
nos quiere dirigir, manipular y controlar el pensamiento, leer un libro es un acto de rebeldía
y una afirmación de la propia libertad.
Recibirlo de quien te lo ha regalado (que ha tenido la delicadeza de pensar en ti), abrirlo,
acariciar sus páginas, olerlas, ojearlas…y preparar ese momento mágico en el que
empecemos a hacerlo nuestro con su lectura…es toda una liturgia que nos hace más
dignos y humanos.
Queremos ser libres, por eso nos atrincheramos en los libros para ser mejores.
Queremos ser indómitos, por eso resistimos, por eso leemos.

JOSAN MONTULL