Amor bajo el espino blanco

Esperar siempre: AMOR BAJO EL ESPINO BLANCO

Director: Zhang Yimou.

País: China. Año: 2010.

Duración: 121 min.

Género: Drama, romance.

Interpretación: Zhou Dongyu (Jing),

Shawn Dou (Sun), Xi Meijuan (madre de Jing),

Li Xuejian (Zhang) Guion: Yin Lichuan,

Gu Xiaobai y A Mei

Música: Qigang Chen.

Fotografía: Zhao Xiaoding.

 

Hay en el director chino Zhang Yimou una producción tan prolífica como plural. El que debutara en 1987 con “Sorgo rojo” ha dirigido ya 19 películas que, con algún que otro altibajo, son obras más que interesantes. Incluso ha tenido tiempo de dirigir la ceremonia inaugural de los Juegos Olípicos de Pekín.

Entre sus obras hay espléndidas películas de acción (“La casa de las dagas voladoras”, y “Hero”, por ejemplo) y otras que constituyen hermosas historias sencillas y humanas (“El camino a casa”, “Ni uno menos”…).

Con “Amor bajo el espino blanco” el director chino retoma la temática emotiva e íntima de algunos de sus films para regalarnos una historia de amor puro que destella poesía en cada una de sus imágenes.

Jing es una adolescente ingenua de ciudad que debe trasladarse a un pueblo lejano en la montaña para su “reeducación” durante la Revolución Cultural. Su situación familiar es muy difícil, el padre está encarcelado por ser de derechas y la madre sufre una humillación permanente al ser la esposa de un contrarrevolucionario. El bienestar de la familia depende por completo de Jing. La joven deberá mantenerse siempre como una camarada intachable, fingiendo incluso un fervor laboral extraordinario al servicio del partido. Cualquier error puede arruinar la vida de su familia; todo va bien hasta que surge un contratiempo. Cuando más perfectamente vive esta actitud tan supuestamente patriótica, en el pueblo al que se ha trasladado aparece el joven Sun, hijo de un militar maoísta. Entre ambos surge un amor irrefrenable que debe ser vivido en secreto para que la familia de Jing no sufra las consecuencias.

Lejos de hacer con este argumento una obra meliflua y sensiblera, Zhang Yimou realiza un film exquisito y profundo que constituye una seria reflexión sobre el amor y la fidelidad. La película hace un elogio de la espera en el amor, del valor de los diferentes tiempos en el trato, de la ritualización de los gestos, del progreso en la relación, de la madurez en afrontar las dificultades. No hay erotismo en la historia, los enamorados se dan tiempo. El respeto profundo entre ellos es lo que marca una relación que sujeta la pasión y crece en confianza.

Sorprende muy gratamente la actuación de los jóvenes actores Zhou Dongyu y Shawn Dou, noveles en el momento de la realización del film. Su interpretación en contenida y profunda, cada uno de sus gestos, lágrimas, sonrisas y miradas están espléndidamente fotografiados y los primeros planos de sus rostros adquieren una ternura extraordinaria que hace que el espectador acabe rindiéndose ante la belleza de la narración.

También sorprende que el director, que padeció la reeducación rural maoísta, no se ensañe críticamente con los excesos de la misma. La narración es por sí misma crítica y manifiesta serenamente que las dictaduras y el miedo no son capaces de acabar con el amor y con la libertad de los seres humanos.

El ritmo, cadencioso y contemplativo, la música sencilla y evocadora, el montaje puntuado con unos suavísimos fundidos en negro, sumergen en una historia que invita a contemplar la grandeza del amor que siempre espera y se da.

Viendo esta película es fácil recordar la definición del amor que hace san Pablo en la carta a los Corintios. “El amor es comprensivo, el amor es servicial… no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca. ”

Hermosa y poética, “Amor bajo el espino blanco” es un encomio de la espera, una espera que siempre florece, como el espino blanco del film, testigo de tanta ternura, que, aunque sumergido, sigue floreciendo.

JOSAN MONTULL

 

 

 

CURAS FELICES

CURAS FELICES

Un medio de comunicación norteamericano ha hecho recientemente una investigación para ver cuáles son las profesiones en las que uno se siente realizado y feliz. Para ello han mirado la dedicación, las horas de trabajo, la remuneración y otras cuestiones que avalan, al parecer, la felicidad del que tiene esa profesión,

Pues bien, en el informe en cuestión se ha visto que aquellos profesionales que son más felices con lo que hacen son los que se dedican a cuestiones altruistas y tienen en su vida un enfoque claro de altruismo solidario.

Así, en la lista aparecen las profesiones de bombero, fisioterapeuta, escritor, profesor de educación especial, maestro, artista, psicólogo…curiosamente no aparecen ni banqueros, militares de alta graduación, futbolistas, políticos o personajes cuyos sueldos suelen ser suculentos y que constituyen la envidia de muchos.

Pero, lo que más me llama la atención es que la profesión que ha sido calificada como más feliz es la de cura. Sí, cura.

Les confieso que me ha alegrado la noticia. Hay que dejar bien claro, eso sí, que ser cura no es una profesión, sino una vocación que marca toda la vida. Uno es cura cuando dice misa, cuando reza, cuando baila, cuando ríe y cuando desatina. Ser cura es como ser padre o madre, uno lo es siempre, esté o no esté con su hijo.

Me alegra, de verdad, que ese estudio –que no sé cuánto de científico debe tener- diga que los curas son felices. Y es que ellos son testigos de un resucitado, ahí es nada, y anuncian la vida en un mundo que se empeña en enseñorear la muerte. Aunque sus ingresos son muy escasos, ahí están, sin jubilarse ni tirar la toalla, sirviendo y animando la vida de mucha gente en una sociedad que suele ponerse de rodillas ante el dinero.

Aunque sus edades sean avanzadas en muchos casos, siguen en la brecha, acompañando la vida de las personas, escuchando, bendiciendo, consagrando y abrazando muchas soledades.

Me gusta que ese estudio diga que las profesiones dedicadas a los demás producen felicidad en quienes las desempeñan, me gusta que esto se diga cuando en muchos medios sólo se habla de pederastia al mentar a los curas, o se les presenta como ignorantes y memos en series de gran audiencia.

Este estudio me ha hecho recordar a curas que han marcado mi vida, curas con los que me he cruzado en el camino de mi vida y han sido para mi significativos. Recuerdo ahora a José María Lemiñana, que vivió con una pobreza sobrecogedora y llevó a niños de mi generación a campamentos y aventuras estivales; a mosen Ángel, con quien empecé a hacer teatro y me hizo sentir la emoción que se siente antes de que se abra el telón; a don Antonio Manero, salesiano que fue corriendo la cárcel Modelo de Barcelona cuando Salvador Puig Antich le llamó para que pasara con él las últimas horas antes de que le mataran (dijeron que aquella noche don Antonio envejeció diez años, nunca habló de lo que vivieron Puig Antich y él aquella noche a pesar de los periodistas le insistieron durante años); a Pepe, que vive entregado a su parroquia y a sus gentes a pesar de estar enfermo y de no ser con frecuencia comprendido por algunos de sus compañeros; a Ángel, que ha vivido una vida entregada a los chavales con un sentido del humor extraordinario; a Javier, que fue cura obrero, militante sindical, padre de muchos chavales sin familia y excelente cocinero; a Rafa, que en un país africano estuvo retenido en una enorme lata metálica durante tres días bajo un sol abrasador, y, a pesar de todo se negó a volver a España cuando estalló la guerra en ese país; a Manolo, teólogo, compañero de camino de universitarios, madres solteras y cientos de familias; a Luis, que se niega a creer que en los pueblos no hay nada que hacer y se vuelca en cuerpo y alma para ser amigo de todos y animador de muchas iniciativas; a Santiago, que sigue creyendo que la Escuela es un lugar de encuentro con jóvenes y sigue dando clase y enseñando desde hace muchos años. Y a muchos, muchos más.

Me alegra, pues, que ahora digan que los curas son felices y que en su vida hay sentido.

Cuando los vientos del consumo, la superficialidad y la tecnocracia soplan en las velas de la historia, me regocijo con estos navegantes que, en naves muy pequeñas y con una fe inquebrantable navegan contracorriente con la sonrisa por bandera.

Ellos, les aseguro, han influido en mi vida. Con alzacuellos o no, en chándal, traje o pantalón corto, son curas a quienes he conocido y querido. Forman parte de mi historia y han modelado lo que soy. Todos son distintos, pero tienen en común  la fe en Jesús de Nazaret y una serena felicidad de la que soy deudor.

JOSAN MONTULL

Habemus Papam

Fumata apagada: HABEMUS PAPAM

Título original: We Have a Pope

Italia 2011. 104 min.

DIRECTOR: Nanni Moretti

GUIÓN: Nanni Moretti,

Francesco Piccolo, Federica Pontremoli

MÚSICA REPARTO: Michel Piccoli,

Nanni Moretti, Margherita Buy,

El cineasta Nanni Moretti vuelve a tratar el tema espiritual como ya lo hiciera en “La misa ha terminado” en donde contaba la crisis vocacional de un sacerdote y en “La habitación del hijo” que narraba la desesperanza familiar que provoca la muerte de un hijo adolescente.

Las dos obras eran propuestas interesantes pero lastradas por un pesimismo y un halo de desesperanza que dificultaba su visión.

Regresa Moretti al tema religioso con “Habemus papam”. De entrada, la historia promete mucho: un recién elegido pontífice sufre un ataque de pánico justo antes de aparecer en el balcón de San Pedro en el Vaticano para saludar a los fieles, que han esperado pacientemente la decisión del cónclave. Sus consejeros, incapaces de convencerle de que es el hombre adecuado para el trabajo, buscan la ayuda de un reconocido psicoanalista que intenta animar al pobre Papa que se debate en una angustia vital que le imposibilita desempeñar el cargo para el que ha sido elegido. Angustiado por la responsabilidad, el nuevo papa huye del Vaticano buscando escapar de sí mismo.

El argumento promete, la historia es interesante. Ya otros cineastas habían narrado esa fuga papal de los muros vaticanos para encontrar sentido a su ministerio. Nos lo contó Michael Anderson en “Las sandalia del pescador” y ha aparecido también de un modo u otro en los reciente biopics de los últimos pontífices. Claro que en esos casos las andanzas extramuros de esos papas cinematográficos estaban marcadas por la fe, por la fidelidad al ministerio y a la voluntad de Dios, no por la huida.

 

Sin duda que la cinta tiene aciertos. En primer lugar, es de alabar un film en donde se reconoce la humanidad profunda de un hombre al que le supera el ministerio. El papa no es Dios ni un superhombre, es un ser humano cargado de fragilidad. Acierta también el director en presentarnos un grupo de cardenales muy humanos y sencillos. Cierto es que su humanidad resulta a veces algo infantil y superficial, pero desde luego no aparecen como personas soberbias y henchidas de poder como hubiera podido mostrar otro cineasta; son humanos: tienen ganas de que el papa acepte el cargo para irse a sus casas y terminar la reclusión vaticana; para entretenerse hacen puzzles, tienen bicicleta estática, fuman, juegan a las cartas…No hay entre ellos intrigas políticas de ninguna clase, sólo ganas de que haya un papa para poder regresar a sus casas.

Interesante es también el concepto que subyace en el film: ser un papa no es ninguna bicoca, ni ningún privilegio…es una responsabilidad que abruma (no en vano todos los cardenales en el cónclave rezan para no ser elegidos).

Acierta también Moretti al presentar una curia que no deja solo nunca al papa, el ambiente es cerrado, casi no hay ventanas…pero de cara a fuera hay que disimular. No pueden decir que el papa se ha escapado y hay que tejer una red de disimulo para evitar el escándalo. Menos feliz es aquello en lo que el director quiere dar un tono de comedia a la película: el sicoanalista ateo, la sicóloga separada, el actor loco, el partido de voleibol entre cardenales, el guardia suizo ocupando las habitaciones papales…resultan elementos que, con la intención de hacer una comedia simpática, desconciertan al espectador y le quitan seriedad a un film que promete mucho más de lo que da.

Y es que la película, tratada, eso sí, con gran respeto y corrección, se queda a medias entre una comedia, un drama, una reflexión…El arranque es interesante y seduce al espectador, pero a lo largo del metraje el hilo argumental va perdiendo interés, incluso da la sensación de que el guión está mal construido haacia la segunda mitad del film y el director no sabe muy bien cómo terminar la historia. Y es que el problema de fondo no aparece; hay un previo necesario para asomarse al tema de la película, ese previo es la fe, sin fe no se entiende el papado ni el compromiso por la vida consagrada. La fe es la gran ausente de la película. En ningún momento se aborda el drama interior que puede estar viviendo un ser humano que, por fe, acepta comprometer su vida aun siendo consciente de su fragilidad.

Resulta llamativo que en una película sobre el papa no se hable de Dios, sólo al final hay una sencilla declaración diciendo que todos necesitamos de Él.

A Moretti no le falta oficio…le falta fe. En el film encarna como actor al sicoanalista ateo. No sé si busca retratarse a sí mismo en el papel representado pero, ciertamente, no se puede entender el problema del buen cardenal metido a papa sin tener fe. No es de extrañar que el siccoanalista se dedique a organizar un partido de Beisbol entre cardenales que no se sabe muy bien a qué viene.

En fin, una película para tener en cuenta por el tema y por el respeto con que se trata una cuestión que serviría para la burla…pero una película vacía, a pesar de sus buenas intenciones.

No hay fumata blanca para el film de Moretti, ni fumata negra, ni gris…la película nace apagada, le falta el fuego de la fe.

JOSAN MONTULL

Criadas y señoras

La verdad os hará libres: CRIADAS Y SEÑORAS

Director: Tate Taylor

Intérpretes: Viola Davis, Bryce Dallas Howard,

Octavia Spencer, Emma Stone

Título en VO: The Help

País: USA Año: 2011.

Fecha de estreno: 28-10-2011

Duración: 146 min

El tema del racismo frente a las personas negras ha sido muchas veces llevado al cine. El director Tate Taylor ha adaptado una novela homónima de Kathryn Stockett para hacer una película sobre el apartheid de forma humana, optimista y esperanzada. Lo verdaderamente original tanto del film como, obviamente de la novela, es que la historia es casi exclusivamente femenina; todo el drama del segregacionismo va a ser protagonizado por unas mujeres con un carácter y una humanidad muy marcadas.

La película, enmarcado al sur de Missisipi en los años 60, cuenta la historia de tres de estas mujeres. Skeeter, una joven que ha regresado a casa tras al terminar la Universidad. Comienza a trabajar en un periódico mediocre escuchando cada día los reproches de su madre que quiere verla pronto casada. Asibilen, una criada negra, sabia y buena que ha criado a diecisiete niños blancos. Además arrastra la tragedia de haber perdido un hijo por una negligencia ocasionada por el racismo. Minny, excelente cocinera, con un carácter indómito. Pierde los empleos debido a un carácter fuerte y acaba de ser contratada por una extravagante señora tan necesitada de una buena cocinera como de una buena amiga.Las tres mujeres unirán sus vidas para llevar adelante un proyecto literario secreto lleno de peligros: escribir las historias de vejación y humillación permanente que viven las criadas negras al servicio de familias blancas.

La escritura clandestina de un libro se convierte entonces en el eje narrativo en el que se van articulando las distintas historias. De una forma un tanto maniquea, el film presenta el contraste entre dos tipos de vidas: las mujeres blancas, que fuman permanentemente, se dan aires de grandeza, organizan cenas benéficas y son incapaces de dedicarse a sus hijos…y las mujeres negras: que son luchadoras, buenas, trabajadoras, sufridas y con una extraordinaria capacidad de amor a los niños. A éstas todo les da la espalda: la ley, la policía, sus amas…incluso viven la tragedia de criar a los hijos de otras, sin tiempo para cuidar a los suyos, aun sabiendo que esos niños blancos a los que cuidan y quieren, se convertirán el día de mañana en racistas que prolongarán ese estilo de vida que les condena.

Pero entre los contrastes entre blancas y negras, el más interesante sin duda, es el de su concepción de Dios. Las blancas utilizan a Dios para justificar su estilo de vida cómodo y, más aún, para justificar el racismo: “Dios no da caridad a los ineptos” dirá una ama blanca a su criada negra que necesita dinero para la educación de su hijo. Pero para las mujeres negras Dios es su compañero en la pena, el consuelo en el dolor (“Dios me ayudó a superar la pérdida de mi hijo”) y el acicate para la lucha por la dignidad. Será precisamente en la Iglesia cuando Aibileen supere el miedo y se decida a contar la verdad de sus sufrimientos para que sea desvelada en un libro. El pastor les dice “El valor no es sólo ser valientes, es hacer lo correcto a pesar de las dificultades. Dios nos dice, nos manda, nos insta a amar. Amad. Amad al estilo de Cristo. Está dispuesto siempre a comprometerte por tus amigos. Y ama a tus enemigos, porque si les amas, ya tienes la victoria”.

Y es ahí donde está el motor de la revuelta: en decir la verdad con valor, a pesar de las dificultades; decir la verdad, no sólo por uno mismo sino también por los amigos. Las vidas de las tres mujeres cambiarán: Aibileen será despedida en un acto de dignidad libérrimo, Mini se sentará a la mesa con los señores y Skeeter, que ha perdido amigas por decir la verdad, se reconciliará con su madre que afirmará “El valor a veces se salta una generación. Gracias por volverlo a traer a nuestra familia”.

Película entrañable, hermosa, profundamente humana y espiritual. Su extenso metraje (casi dos horas y media) se disfruta con comodidad apoyado por un tratamiento de comedia dramática y sobre todo por unas actrices excepcionales. “Criadas y señoras” nos habla del valor de la verdad, de la dignidad humana y de la fuerza de la bondad. ¿Se puede pedir más?

JOSAN MONTULL