BOTELLONES PANDÉMICOS

De nuevo los jóvenes están en la palestra mediática porque, al parecer, hay en ellos un continuo menosprecio de las normas sanitarias. Las fiestas privadas y los botellones se han convertido en una fuente importante de contagio en la pandemia que, además, solivianta a la población al ver un acto de irresponsabilidad manifiesta.

Nada que objetar al respecto, a todos se nos ponen los pelos como escarpias cuando vemos en los medios esas situaciones de jóvenes que se saltan la ley, sin mascarillas ni distancias de seguridad, y ponen en peligro la salud de todos.

Hay, es sí, unas cuantas cosas que quisiera decir al respecto:

La pandemia nos ha exigido una forma de relacionarnos absolutamente a contracorriente. Hemos pasado de lo bueno del compartir, a no prestar nada nuestro; de lo bueno de relacionarnos a la exigencia de guardar distancias; de la grandeza de una reunión de amigos o de familia a tener que contar con cuántos podemos reunirnos; del “dale un beso al abuelo” al “no te acerques que lo puedes contagiar”.

Lo cierto es que las personas necesitamos acercarnos, abrazarnos, besarnos, tocarnos…necesitamos expresar el afecto, lo que somos y sentimos a través del contacto corporal y la cercanía física. Todo eso ahora se nos ha vetado, y es lógico que así sea, pero supone una contención al impulso que ciertamente nos violenta e implica un autocontrol de mucha madurez.

Durante el desconfinamiento se pensó en los ancianos para que salieran a pasear, en los adultos para que salieran a hacer deporte, en los niños para que tuvieran sus espacios horarios… pero los adolescentes y jóvenes no tuvieron en ese momento su espacio para la fiesta y la amistad.

En la adolescencia y la juventud, todos los sentimientos están a flor de piel y hace falta un autocontrol extraordinario para reprimirlos, por eso comprendo –que no justifico- esos estallidos de fiesta incontrolada de grupos de jóvenes.

No obstante, hay algo que también tiene que ser resaltado; el botellón ya estaba ahí, y ya estaba prohibido… pero nadie hacía nada por denunciarlo y perseguirlo. Los chavales se han acostumbrado a saltarse la ley con total impunidad, sabiendo que la autoridad -paternalista y blanda hasta las trancas- mira para otro lado. Nunca se ha buscado una solución al tema del botellón, por más que fuera ilícito, y nuestros jóvenes se han acostumbrado a una ilegalidad consentida en la que se mueven muy cómodamente. Ahora nos llevamos las manos a la cabeza por el peligro de los contagios, pero hasta ahora nadie ha hecho gran cosa para evitar estas movidas multitudinarias que acaban dañando a los mismos jóvenes.

Hay una cuestión más. Las autoridades han perdido toda credibilidad moral para pedir nada. Nuestros chavales están hiperconectados con la red, pueden chatear y comunicarse inmediatamente con miles de personas, pueden incluso sumergirse en los juegos de azar permitidos y hasta promovidos por muchas administraciones públicas, pero, sin embargo, están desconectados de los representantes políticos y lo que estos digan les trae sin cuidado. Y tiene su lógica. El espectáculo de nuestros representantes políticos, siempre enfrentados, divididos, con el insulto como estrategia, con temas baladíes que resucitan para alentar la confrontación, con riqueza acumulada de quienes son servidores públicos…este espectáculo permanente en medio de una situación tan dramática como es la pandemia, les desacredita ante los jóvenes que ignoran cualquier consejo que venga de ellos. Tristemente hoy muchos políticos les pueden decir bien pocas cosas a los jóvenes.

Claro que esto no es una patente de corso para que nuestros chavales puedan hacer lo que les dé la gana poniendo en juego su salud y la de los demás. Les va a tocar a los educadores, enseñantes, sanitarios y voluntarios orientar a los jóvenes llamándoles a la paciencia, el respeto y la prudencia. Es mejor que los representantes políticos no digan nada, casi puede ser contraproducente; dejen a los profesionales de la educación esta tarea nada fácil.

Finalmente, me parece necesario añadir algo. Cada vez que los medios hablan de los jóvenes lo suelen hacer negativamente. La estigmatización de los chavales es permanente. Basta con poner la palabra “jóvenes” en el buscador de Google, para que inmediatamente aparezcan los botellones, los contagios, los excesos, las multas y las faltas de ciudadanía. En los medios de comunicación ocurre lo mismo: los jóvenes, como colectivo, son habitualmente desacreditados con hechos negativos. Rara vez se habla de la inmensa mayoría de jóvenes responsables y generosos. No se suele hablar del voluntariado, en donde numerosos chavales entregan muchas horas de su vida, o de organizaciones solidarias animadas por jóvenes. Hay entre la gente joven monitores y monitoras de Centro de Tiempo Libre, catequistas de niños y jóvenes, animadores sociales, cooperantes internacionales, universitarios que enseñan la lengua a inmigrantes, chicos y chicas que hacen voluntariado en Caritas, en Cruz Roja, en Proyecto Hombre, en Centros de ancianos, en proyectos con discapacitados, en organizaciones que luchan por la dignidad de la mujer… a pesar de las dificultades para acceder al mundo laboral y a un futuro esperanzador, hay, les aseguro, miles y miles de adolescentes y jóvenes maravillosos, que entienden la vida desde la donación y la generosidad. Rara vez se habla de ellos; da la sensación de que no existen…y los hay a miles.

Dicen que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Ante la sonoridad de botellones -tan comprensibles como injustificables- que son estruendosos como un árbol que cae, existen miles de chicos y chicas que hacen de su vida un regalo. Tal vez haya llegado el momento en que se haga justicia y esta juventud tenga la relevancia informativa que merece.

En medio de la algarabía de los botellones de los jóvenes y del griterío sonrojante de nuestros políticos, estos chavales responsables y entregados hacen en silencio, con sus gestos, un mundo más habitable y humano.

JOSAN MONTULL

LO QUE AHORA SE VE

Seguimos mirando a los ojos a la pandemia. Seguimos afrontando nuevas situaciones, a veces complicadas. Ahí andamos, entre fases y desfases, entre brotes y rebrotes, intentando doblegar el miedo y la desgracia.

Y es ahora, precisamente ahora, cuando la sociedad pone sus ojos asustados en unas realidades que ya estaban allí y a las que nunca solíamos mirar con sinceridad.

Ahora se va descubriendo que existen los ancianos, que en algunas residencias –no en todas, por supuesto- son aparcados desde el olvido a veces en condiciones poco saludables. Muchos de ellos se dejaron la vida a girones en otros tiempos para que el progreso y la libertad llegaran hasta nosotros. Muchos han muerto en soledad en la pandemia. Unos 50 han sido enterrados recientemente sin que nadie los echara de menos, sin que nadie les acompañara o preguntara por ellos.

Descubrimos que hay jóvenes, que desde hace años y en medio de una sociedad permisiva hasta el tuétano, han hecho del botellón, la noche y las supuestas fiestas una provocación a la salud y a la amistad. Y ahora les culpamos de lo que hemos construido para ellos. En un país como el nuestro en el que los educadores han sido tantas veces ignorados y en el que a los chavales se les han hurtado referencias éticas para crecer, ahora les vemos saltándose la noche y la prudencia, como siempre habían hecho. Y el dedo acusador les señala y les afea su conducta imprudente.

Descubrimos que hay un turismo deleznable que llega a nuestro país, animado por una publicidad que garantiza el exceso, para burlarse de la dignidad con el alcohol, las drogas y estulticia mientras esto se pague con dinero contante y sonante. Son los tipos del balconing y el desmadre absoluto, los que rompen las reglas y el mobiliario, los que se ponen hasta las trancas de alcohol y sustancias porque se lo pueden pagar y porque su locura beneficia a otros.

Descubrimos que hay temporeros, que acuden a millares desde hace años para hacer un trabajo que ningún autóctono quiere hacer y se ven con frecuencia obligados a dormir hacinados en locales insalubres o en las calles de las ciudades. Ahora, precisamente ahora, hemos visto cómo viven y sobreviven entre nosotros.

Aparecen de nuevo los inmigrantes ilegales, que son recluidos en los CIES y se afanan por escapar del horror, la violencia y el hambre. También se vuelve a hablar de pateras y llegadas masivas de personas africanas que buscan refugio, dignidad y paz. Llegan a un paraíso canalla donde al menos no tienen guerra y terror.

Y es que algunos de los brotes con de nuevo nos castiga el coronavirus parece que tienen su entrada a través de estos colectivos.

Los miramos ahora, y hasta hay quien les culpabiliza, quien se manifiesta escandalizado y trastornado por unas conductas y unas vidas a las que se les imputan todas las idas y venidas de la supuesta normalidad con que la pandemia nos zarandea. Pero estos colectivos, estas personas ya estaban antes, siempre han estado ahí, aunque no les quisiéramos ver y echáramos la vista para otro lado. Han salido a la luz precisamente ahora.

Que gran cosa sería que, dentro de unos meses, podamos mirarlos desde el respeto más absoluto sabiendo que todos, absolutamente todos, somos igualmente dignos e igualmente vulnerables.

JOSAN MONTULL

CONCERTADA DESCONCERTADA

Otra vez. Como un mantra reiterado y sempiterno, la Escuela Concertada ha vuelto a salir a la palestra. Había estado dormido el tema durante la pandemia, pero, en cuanto se ha tratado de repartir dinero para que las escuelas puedan reabrir con garantías sanitarias, a la Concertada la han dejado al margen, orillada e ignorada. Y de nuevo se ha desenterrado el hacha de la descalificación y la mentira para justificar lo que es difícilmente comprensible. Y ha vuelto el desconcierto.

Se lo intento explicar a Clara, refugiada colombiana, cuyos hijos van a un centro concertado, ella también a un proyecto social animado por la misma entidad, y no entiende nada. También me lo pregunta Carlos, cristiano militante sindical cuyo hijo asiste a una escuela concertada y a un Centro Juvenil que depende de la misma Congregación. Y Farah, que huyó del miedo de la guerra y quiere que sus dos hijos crezcan como buenos musulmanes en un Centro Católico en el que se habla de Dios con respeto y se enseña la tolerancia religiosa. Lo hablo con Pepe, que –como cristiano- quiere que sus tres hijos se eduquen en una escuela cristiana. Y lo comento con militantes de todos los colores políticos –de todos- que han descubierto en la Concertada un ambiente educativo en el que quieren que crezcan sus hijos e hijas.

También me preguntan qué es lo que pasa para que varias familias cuyos hijos no han podido acceder a una Escuela Concertada se hayan quedado fuera porque ya no hay plazas.

La libertad para escoger un Centro educativo es una consecuencia lógica de un Estado que apuesta por las libertades y la tolerancia; la imposición de un único sistema escolar me parece propio de países que vulneran derechos elementales.

Veo el enorme esfuerzo de tantos profesionales de la Enseñanza que día a día se dejan la piel en Escuelas Concertadas y no acabo de entender este persistente menosprecio de algunas autoridades al trabajo de estos colectivos. Miro con esperanza posiciones políticas como la del Gobierno de Aragón, aún minoritarias, que incluyen a la escuela concertada en la dotación de recursos, el diálogo, el trabajo conjunto por la salud de todos y en especial por la de los más vulnerables.

En una sociedad como la nuestra, que constata la desorientación de tantos jóvenes, en lugar de alentar la unidad de todos los que trabajamos en el ámbito educativo, desde muchas Administraciones se fomenta la división y el desencuentro y se busca la contraposición y hasta el enfrentamiento entre la Escuela Pública y la Concertada.

Desearía un poquito de respeto, un cese radical de las mentiras y los prejuicios. Desearía que dejen de enfrentarnos con la Escuela Pública, en donde hay experiencias estupendas y profesionales fabulosos; desearía que, cuando se hable de la Concertada, se dejara de hablar de tópicos como el adoctrinamiento, la derecha, el clasismo y otras milongas propias de quienes, sin tener ni idea de educación, quieren controlar la Escuela y sienten un repelús innato a todo lo que suponga espiritualidad y libertad.

Porque estamos hartos, de verdad, hartos de la palabrería permanente de algunos políticos que, en lugar de agradecer lo que esta opción de Escuela hace por la sociedad, se esfuerzan en querer arrinconarla cada vez un poco más. Estamos hartos de tener que justificarnos por hacer el bien y trabajar con ilusión.

Pasen, por favor, a ver estos Centros y Escuelas. Vean su estilo educativo, los valores que mueven la docencia, los proyectos sociales que se llevan a cabo, la prolongación en el Tiempo Libre de las horas lectivas, la tolerancia a todos los credos, el estilo educativo con el que se trabaja, el voluntariado que generan estas experiencias, los valores que se trasmiten…Vayan a verlo y luego redacten leyes y distribuyan el dinero de todos, pero háganlo mirando a los ojos a personas que -como Clara, Farah, Carlos, Pepe y tantos otros- confían lo mejor de sus vidas, sus hijos, a unas instituciones concertadas en cuya bondad creen y cuya confianza han otorgado.

JOSAN MONTULL

Aquí una reflexión con fecha de Abril de 2017 https://josanmontull.com/2017/04/05/libertad/

EDUCADORES EN LA PANTALLA

Una de las aficiones que más ha marcado mi vida es el cine. Desde niño me sentía hechizado cada vez que me sentaba ante una pantalla y veía desfilar ante mis ojos universos de fascinación y sentido con los que aprendí a soñar, a reír y a disfrutar de la diversión, a la vez que reflexionaba sobre la grandeza y la miseria de la persona a través de las grandes historias, espectaculares o mínimas, en las que los seres humanos se convertían en auténticos protagonistas. El cine me ha ayudado a comprender más el misterio humano y a acercarme al Misterio de Dios. Para muestra de lo que digo, este blog es un ejemplo.

Ha habido tres películas recientes que tratan sobre educación y me han ayudado a reflexionar sobre mi vida y mi compromiso educativo. Son películas pequeñas, desiguales en calidad, pero interesantes las tres.

La primera es FAMILIA AL INSTANTE (de Sean Anders. USA 2018). El film cuenta la historia de Pete y Ellie, una joven pareja que no pueden tener hijos y deciden compartir su felicidad adoptando a Juan, Lita y Lizzy, tres niños de entre cuatro y catorce años) que son hermanos entre sí. Junto a la alegría y la satisfacción que comporta la acogida de los tres críos, también comienzan muchos berrinches, portazos, cenas accidentadas, responsabilidades desbordantes y … sobre todo, una gran familia. La hasta entonces vida sosegada y ordenada del matrimonio se convierte poco a poco en un caos.

Pero después de haber sorteado mil dificultades humanas, familiares y legales, y ante todos los que desaconsejan al joven matrimonio que se queden con los niños, el improvisado padre dice “Amar es difícil, pero merece la pena porque la recompensa es extraordinaria”.

La segunda peli es MALA HIERBA (dirigida por Kheiron, un artista libanés refugiado. Francia 2018). El film nos habla de un estafador de poca monta con un pasado difícil que hace pequeños robos con su madre adoptiva y, para esquivar una denuncia, tiene que hacerse cargo de un grupo de estudiantes problemáticos, con fracaso escolar y conductas asociales. Esa relación va a cambiar a todo, a los chicos y a sí mismo. El improvisado educador tendrá que utilizar sus ardides de embaucador y trilero para sobrevivir entre los jóvenes que se le han encomendado. Cuando el joven pícaro protesta por tener que encontrarse con jóvenes tan difíciles, el director del proyecto le diceUn chico problemático es un chico que tiene problemas”.

Y la tercera es ESPECIALES (de Olivier NakacheEric Toledano. Francia 2019). Ésta es la última que pude ver, antes de la pandemia, en una sala comercial. La película narra las vicisitudes de Bruno y Malik dos amigos, un judío y un musulmán, fieles cada uno a su propia concepción religiosa, que durante veinte años han vivido en un mundo diferente: el de los niños y adolescentes autistas. Ambos lideran dos organizaciones sin ánimo de lucro y forman a jóvenes con dificultades sociales para que sean cuidadores de casos extremos de autismo. Cada vez que a Bruno le presentan un caso imposible, el de algún joven trastornado, disruptivo, ensimismado en su autismo que lleva a la desesperación de su familia y de la Administración, se queda en silencio unos segundos mientras piensa y termina diciendo Encontraré una solución”.

Las tres películas abordan la temática de educación en casos límite y las tres cuentan historias reales. Los protagonistas auténticos aparecen al final, incluso en “Especiales”, varios de los actores son destinatarios de los proyectos.

En estos tiempos de pandemia, de distanciamiento social y de prevención ante la relación; en estos tiempos en los que los educadores nos replanteamos cómo volveremos a ser lo que somos, cómo podremos volver a las Escuelas, a los Centros Educativos para –respetando las normas sanitarias- educar para la relación, compartir la vida en grupo y afrontar el conflicto de la convivencia, en estos tiempos en los que la nueva normalidad se nos presenta con muchos interrogantes, estas películas me han ayudado a reflexionar sobre mi papel de educador que -además- es creyente.

Constatamos que la educación no es fácil, nunca lo ha sido. A veces no sabemos cómo avanzar con chicos y chicas difíciles que ponen a prueba nuestra paciencia y parece que nos abocan al fracaso. Nos es más fácil creer en Dios que creer en los jóvenes más desajustados y vulnerables que la Historia nos pone delante. Los cristianos, que festejamos la resurrección, no tenemos a veces una mirada tan llena de esperanza en la vida de algunos jóvenes.  Es ahí donde, afianzando nuestra convicción, podemos afirmar que, como se dice en el film MALA HIERBA, “Un chico problemático es un chico que tiene problemas”; creemos que, como afirma el padre de FAMILIA AL INSTANTE, Amar es difícil, pero merece la pena porque la recompensa es extraordinaria. Y cuando estamos a punto de tirar la toalla tenemos que hacer nuestra la frase “Encontraré una solución” de Bruno en ESPECIALES.

Ser, como en mi caso, un educador cristiano no es sólo creer en Cristo resucitado… es también creer que, en cada joven, por más desajustado que esté, hay más vida que muerte, más futuro que desastre. La educación no es sólo una estrategia pedagógica… es una cuestión de fe y, por tanto, una cuestión de amor.

Qué maravilloso es sentarte ante una pantalla y embelesarte ante historias humanas que nos animan a ser mejores personas. Las enseñanzas de las buenas películas nos pueden ayudar incluso a ser educadores de cine.

JOSAN MONTULL