DECÁLOGO DEL COFRADE
Desde hace unos años me llama poderosamente la atención el auge que han ido teniendo las cofradías, los distintivos religiosos, los pasos que recorren nuestras calles, los tambores atronadores, las procesiones y todos esos elementos que en su día entraron en desuso y que ahora han recobrado un extraordinario protagonismo en la Semana Santa.
Llama la atención ver cómo incluso personajes públicos que manifiestan abiertamente su escepticismo religioso, participan de actos de Semana Santa con un fervor llamativo. Pero lo que más me llama la atención es ver el gran número de jóvenes, muchos de ellos alejados de las prácticas religiosas habituales, que salen en las procesiones, preparándolas con esfuerzo durante tiempo y tomándoselas muy en serio.

Las personas manifestamos los sentimientos más profundos a través de signos y símbolos, no desde el lenguaje de la razón. Una procesión es un signo.
Por eso, lejos de mí enjuiciar el interior de cada una de las personas que interviene en una procesión. Me atrevo, eso sí, a hacer un Decálogo para todo aquel a quien le pueda iluminar. Ahí va.
- Una procesión es como una manifestación, pero de fe. Cada cofrade es un hombre o una mujer que va gritando, a pesar de su silencio, “A mí me importa Jesucristo”. La procesión dura sólo unas horas, la amistad con Jesús de Nazaret dura siempre.
- Los pasos a los que acompañan las cofradías no son meras obras de arte, recuerdan la historia de amor más revolucionaria que ha vivido la humanidad, la de Jesús de Nazaret, que vino a dar la Buena Noticia de que en el Reino de Dios cabemos todos.
- Algunas cosas convierten una procesión en una manifestación de fe: seriedad y silencio, ir rezando, ir revisando la propia vida, acatar el respeto a la identidad de los estatutos de la Cofradía, y un largo étcetera…
- Ser un cofrade es una cosa muy seria. Es hacer un gesto simbólico de acompañar a Jesús de Nazaret, un inocente que sufre…No hay que olvidar que en su camino al Gólgota, fueron muy pocos los que le acompañaron hasta el final, su Madre y un grupo muy reducido.
- En este mundo nuestro donde importa mucho la apariencia, vestirse de cofrade es manifestar que ante Dios todos somos iguales, no hay unos más importantes que otros.
- El capirote no deja ver la cara del que va dentro. Y es mejor, porque algunos tienen “mucha cara” saliendo de cofrades sin preocuparse de llevar una vida en la que el estilo de vida de Jesús tenga algo que ver.
- La palabra Cofradía significa Hermandad. Un cofrade es un hermano. En un mundo roto e insolidario, el cofrade es un signo de la lucha por un mundo más justo, donde no haya explotadores y oprimidos, donde la fraternidad reine alrededor.
- Ser cofrade implica valorar lo que nuestros mayores (que también eran cofrades); es recoger su testigo. Por eso ser cofrade no se reduce a salir en la procesión, sino a tener una conducta que honre a los que nos han precedido.
- Los tambores deben ser reflejo de los latidos del corazón; no se trata de hacer exhibiciones virtuosas sino de latir con el corazón de Jesús de Nazaret, que entendió la vida desde el amor y la entrega a los demás.
- Es mejor ser cofrade que salir de cofrade. Ser cofrade dura siempre. A los crucificados nos los encontraremos por nuestras calles y ambientes durante todo el año. Habrá entonces que manifestar, a cara descubierta, lo que simbólicamente se expresa en las procesiones. Y es que la verdadera procesión empieza cuando acaba el viernes santo.
JOSAN MONTULL

Por fin, cuando recuperé el resuello, les contesté Señores, hasta aquí hemos llegado. Creo que la juventud es una maravilla que suele ser víctima de las tropelías de tipejos diabólicos a los que el Apocalipsis denuncia y, por cierto, el Apocalipsis no es un libro de profecías parecidas al horóscopo, sino un texto de resistencia escrito en los primeros años de cristianismo bajo la persecución de Diocleciano. Creo que Jesús de Nazaret da a conocer el nombre de Dios por excelencia: Abbá, papa, por eso cada vez que nos acercamos desde la misericordia a los más pobres y excluidos estamos honrando el nombre de Dios como aparece en el capítulo 25 de San Mateo, y -continúo- quiero decirles que la Iglesia, a la que los primeros cristianos llamaban la casta prostituta porque era santa y pecadora, lleva 2000 años dejándose la piel y la vida para anunciar el Reino de Dios y yo la amo entrañablemente. Por eso, les animo sinceramente a estudiar para que utilizar los libros bíblicos para alentar la vida y no para meter miedo a la gente en nombre de Dios, que eso no es precisamente muy religioso.
A Dios le acusa el tal Chambers de las “nefastas catástrofes” que éste ha causado en el mundo. Y lo peor no es eso, sino que un juez de ese Estado admitió la demanda a trámite el pasado 14 de septiembre. Así que, si siguen los cauces estrictamente democráticos, tendremos que ver al acusado sentado en el banquillo –no sé si esposado o no- escuchando las acusaciones que el fiscal, en nombre del señor Chambers, le va a ir haciendo.