CURAS FELICES

CURAS FELICES

Un medio de comunicación norteamericano ha hecho recientemente una investigación para ver cuáles son las profesiones en las que uno se siente realizado y feliz. Para ello han mirado la dedicación, las horas de trabajo, la remuneración y otras cuestiones que avalan, al parecer, la felicidad del que tiene esa profesión,

Pues bien, en el informe en cuestión se ha visto que aquellos profesionales que son más felices con lo que hacen son los que se dedican a cuestiones altruistas y tienen en su vida un enfoque claro de altruismo solidario.

Así, en la lista aparecen las profesiones de bombero, fisioterapeuta, escritor, profesor de educación especial, maestro, artista, psicólogo…curiosamente no aparecen ni banqueros, militares de alta graduación, futbolistas, políticos o personajes cuyos sueldos suelen ser suculentos y que constituyen la envidia de muchos.

Pero, lo que más me llama la atención es que la profesión que ha sido calificada como más feliz es la de cura. Sí, cura.

Les confieso que me ha alegrado la noticia. Hay que dejar bien claro, eso sí, que ser cura no es una profesión, sino una vocación que marca toda la vida. Uno es cura cuando dice misa, cuando reza, cuando baila, cuando ríe y cuando desatina. Ser cura es como ser padre o madre, uno lo es siempre, esté o no esté con su hijo.

Me alegra, de verdad, que ese estudio –que no sé cuánto de científico debe tener- diga que los curas son felices. Y es que ellos son testigos de un resucitado, ahí es nada, y anuncian la vida en un mundo que se empeña en enseñorear la muerte. Aunque sus ingresos son muy escasos, ahí están, sin jubilarse ni tirar la toalla, sirviendo y animando la vida de mucha gente en una sociedad que suele ponerse de rodillas ante el dinero.

Aunque sus edades sean avanzadas en muchos casos, siguen en la brecha, acompañando la vida de las personas, escuchando, bendiciendo, consagrando y abrazando muchas soledades.

Me gusta que ese estudio diga que las profesiones dedicadas a los demás producen felicidad en quienes las desempeñan, me gusta que esto se diga cuando en muchos medios sólo se habla de pederastia al mentar a los curas, o se les presenta como ignorantes y memos en series de gran audiencia.

Este estudio me ha hecho recordar a curas que han marcado mi vida, curas con los que me he cruzado en el camino de mi vida y han sido para mi significativos. Recuerdo ahora a José María Lemiñana, que vivió con una pobreza sobrecogedora y llevó a niños de mi generación a campamentos y aventuras estivales; a mosen Ángel, con quien empecé a hacer teatro y me hizo sentir la emoción que se siente antes de que se abra el telón; a don Antonio Manero, salesiano que fue corriendo la cárcel Modelo de Barcelona cuando Salvador Puig Antich le llamó para que pasara con él las últimas horas antes de que le mataran (dijeron que aquella noche don Antonio envejeció diez años, nunca habló de lo que vivieron Puig Antich y él aquella noche a pesar de los periodistas le insistieron durante años); a Pepe, que vive entregado a su parroquia y a sus gentes a pesar de estar enfermo y de no ser con frecuencia comprendido por algunos de sus compañeros; a Ángel, que ha vivido una vida entregada a los chavales con un sentido del humor extraordinario; a Javier, que fue cura obrero, militante sindical, padre de muchos chavales sin familia y excelente cocinero; a Rafa, que en un país africano estuvo retenido en una enorme lata metálica durante tres días bajo un sol abrasador, y, a pesar de todo se negó a volver a España cuando estalló la guerra en ese país; a Manolo, teólogo, compañero de camino de universitarios, madres solteras y cientos de familias; a Luis, que se niega a creer que en los pueblos no hay nada que hacer y se vuelca en cuerpo y alma para ser amigo de todos y animador de muchas iniciativas; a Santiago, que sigue creyendo que la Escuela es un lugar de encuentro con jóvenes y sigue dando clase y enseñando desde hace muchos años. Y a muchos, muchos más.

Me alegra, pues, que ahora digan que los curas son felices y que en su vida hay sentido.

Cuando los vientos del consumo, la superficialidad y la tecnocracia soplan en las velas de la historia, me regocijo con estos navegantes que, en naves muy pequeñas y con una fe inquebrantable navegan contracorriente con la sonrisa por bandera.

Ellos, les aseguro, han influido en mi vida. Con alzacuellos o no, en chándal, traje o pantalón corto, son curas a quienes he conocido y querido. Forman parte de mi historia y han modelado lo que soy. Todos son distintos, pero tienen en común  la fe en Jesús de Nazaret y una serena felicidad de la que soy deudor.

JOSAN MONTULL

CURAS

CURAS

Hace unos años un grupo de profesionales de Televisión Española acudió a Ruanda a filmar un reportaje sobre las masacres tribales que se habían vivido entre las etnias hutu y tutti.

El horror de lo que ocurrió en Ruanda se conoció tiempo después. Lo cierto es que hubo un estallido de violencia incontenida  que provocó 800.000 muertos en un mes. Estos eran de la minoritaria etnia tutsi y la mayor parte de ellos fueron abatidos a machetazos. No hubo distinción entre hombres, mujeres, ancianos o niños. La carnicería fue terrible y las cuatro quintas partes de los tutsis fueron exterminados.

Mientras esto ocurría, la ONU miró hacia otro lado y su papel fue ayudar a repatriar a los blancos que se encontraban en el país, dejando a merced de los machetes a los ruandeses indefensos ante el genocidio que se estaba dando.

Todavía hoy resulta incomprensible el vergonzoso papel de las Naciones Unidas en aquel 1994.

Cuando el equipo de televisión acudió a Ruanda había pasado ya un mes largo de los acontecimientos. Aterrizaron en aquel país donde la sangre había corrido a raudales semanas antes y, para sorpresa suya, fueron acogidos por unos compatriotas. Eran misioneros y misioneras de España que llevaban años allí y se habían negado a abandonar al pueblo ruandés, independientemente de su etnia, para compartir la suerte de las víctimas. Estos misioneros eran los supervivientes de la tragedia porque muchos habían caído bajo los machetes y habían derramado su sangre en aquella tierra maldita y de Dios a la que tanto habían amado.

Cuando el equipo de televisión española conoció a aquellos españoles se les desmontaron muchas de las ideas que traían de la burguesita madre patria en la que todavía se piensa que los misioneros van a bautizar negritos. Descubrieron un colectivo de hombres y mujeres capaces de dejarse la piel con dignidad bajo el signo de la cruz.

El agradecimiento de estos técnicos se tradujo en regalarles –regalarnos- un hermoso reportaje que no estaba previsto. Lo titularon África en el corazón y sigue siendo hoy un documento tan estremecedor como bello que nos ayuda a descubrir las motivaciones que le llevan a una persona a dar la vida en nombre de Jesús de Nazaret.

Digo esto ahora, cuando un día sí y otro también, los medios de comunicación hablan de los abusos pederastas de algunos eclesiásticos. Los que amamos a la Iglesia nos sentimos escandalizados y avergonzados por estas conductas degeneradas que han hecho tanto daño a la vida de inocentes. Quiera Dios que la Iglesia aprenda la lección y sepa cómo afrontar con madurez y justicia todas estas conductas.

Pero me van a permitir que les diga también que da la sensación que ésta sea una conducta generalizada en los eclesiásticos, y es ahí cuando tengo que decir que no. Esta generalización es injusta. La mayoría de los curas, y conozco a más de uno, son personas buenas que dan lo mejor de sí mismo para hacer que esta tierra se parezca un poquito más a la que quería Jesús de Nazaret. Lo ciertamente lastimoso es que de estos curas casi nunca se habla en los medios. De vez en cuando sí aparece algún sacerdote en una serie española o en algún culebrón latinoamericano y entonces es peor el remedio que la enfermedad, porque son dibujados como unos memos desfasados de su sociedad y de su ambiente que inspiran la risa y la pena.

Pues bien, en medio de este aluvión de noticias sobre pederastia en la Iglesia creo que los que nos sentimos hijos de ella debemos asumir las responsabilidades que toquen y estar vigilantes para que estos delitos no vuelvan a ocurrir. Pero debemos manifestar también, con sencillez y sinceridad que la mayoría de los sacerdotes no son así y son gente buena y sencilla.

Pienso en los curas de nuestros pueblos, gente popular y entregada a pesar de sus edades; en aquellos que dejan la vida en la misiones, allá donde ningún hombre prudente se aventura a llegar; en los que se desgastan cada día en las escuelas, en los barrios, en el mundo del trabajo; en aquellos que se esfuerzan para que la liturgia sea digna y familiar; en los que son una bendición en los hospitales; en los que desgajan su vida -día a día- entre los pobres; en los que acogen incondicionalmente a los inmigrantes, en los que trabajan con drogadictos o chicos problemáticos; en los que escriben, investigan se adentran en los fascinantes mundos de la teología; en los que animan la catequesis y a los catequistas; en los que -a pesar de sus años- se llevan de excursión y de Colonias a los niños; en los que escuchan a todos y perdonan a todos; en los que preparan concienzudamente la predicación; en los que van a ver a los enfermos y a los ancianos; en los que apuestan por los jóvenes y caminan a su lado; en muchos curas…en nuestros curas, que -a pesar de su defectos- son causa de esperanza para quienes les rodean. Son portadores del evangelio y -gracias a Dios- nunca saldrán en la tele.

JOSAN MONTULL

DECÁLOGO DEL COFRADE

DECÁLOGO DEL COFRADE

Desde hace unos años me llama poderosamente la atención el auge que han ido teniendo las cofradías, los distintivos religiosos, los pasos que recorren nuestras calles, los tambores atronadores, las procesiones y todos esos elementos que en su día entraron en desuso y que ahora han recobrado un extraordinario protagonismo en la Semana Santa.

Llama la atención ver cómo incluso personajes públicos que manifiestan abiertamente su escepticismo religioso, participan de actos de Semana Santa con un fervor llamativo. Pero lo que más me llama la atención es ver el gran número de jóvenes, muchos de ellos alejados de las prácticas religiosas habituales, que salen en las procesiones, preparándolas con esfuerzo durante tiempo y tomándoselas muy en serio.

Las personas manifestamos los sentimientos más profundos a través de signos y símbolos, no desde el lenguaje de la razón. Una procesión es un signo.

Por eso, lejos de mí enjuiciar el interior de cada una de las personas que interviene en una procesión. Me atrevo, eso sí, a hacer un Decálogo para todo aquel a quien le pueda iluminar. Ahí va.

  1. Una procesión es como una manifestación, pero de fe. Cada cofrade es un hombre o una mujer que va gritando, a pesar de su silencio, “A mí me importa Jesucristo”. La procesión dura sólo unas horas, la amistad con Jesús de Nazaret dura siempre.
  2. Los pasos a los que acompañan las cofradías no son meras obras de arte, recuerdan la historia de amor más revolucionaria que ha vivido la humanidad, la de Jesús de Nazaret, que vino a dar la Buena Noticia de que en el Reino de Dios cabemos todos.
  3. Algunas cosas convierten una procesión en una manifestación de fe: seriedad y silencio, ir rezando, ir revisando la propia vida, acatar el respeto a la identidad de los estatutos de la Cofradía, y un largo étcetera…
  4. Ser un cofrade es una cosa muy seria. Es hacer un gesto simbólico de acompañar a Jesús de Nazaret, un inocente que sufre…No hay que olvidar que en su camino al Gólgota, fueron muy pocos los que le acompañaron hasta el final, su Madre y un grupo muy reducido.
  5. En este mundo nuestro donde importa mucho la apariencia, vestirse de cofrade es manifestar que ante Dios todos somos iguales, no hay unos más importantes que otros.
  6. El capirote no deja ver la cara del que va dentro. Y es mejor, porque algunos tienen “mucha cara” saliendo de cofrades sin preocuparse de llevar una vida en la que el estilo de vida de Jesús tenga algo que ver.
  7. La palabra Cofradía significa Hermandad. Un cofrade es un hermano. En un mundo roto e insolidario, el cofrade es un signo de la lucha por un mundo más justo, donde no haya explotadores y oprimidos, donde la fraternidad reine alrededor.
  8. Ser cofrade implica valorar lo que nuestros mayores (que también eran cofrades); es recoger su testigo. Por eso ser cofrade no se reduce a salir en la procesión, sino a tener una conducta que honre a los que nos han precedido.
  9. Los tambores deben ser reflejo de los latidos del corazón; no se trata de hacer exhibiciones virtuosas sino de latir con el corazón de Jesús de Nazaret, que entendió la vida desde el amor y la entrega a los demás.
  10. Es mejor ser cofrade que salir de cofrade. Ser cofrade dura siempre. A los crucificados nos los encontraremos por nuestras calles y ambientes durante todo el año. Habrá entonces que manifestar, a cara descubierta, lo que simbólicamente se expresa en las procesiones. Y es que la verdadera procesión empieza cuando acaba el viernes santo.

JOSAN MONTULL

DIÁLOGO DE SORDOS

DIÁLOGO DE SORDOS

Encorbatados y pertrechados de revistas, cartera y Biblias, aparecieron en la puerta de casa dos personas que me dijeron ¿le preocupa a usted la enfermedad?…¿ha pensado en su salvación?

Les dije con mucha educación que no perdieran mucho el tiempo, que les agradecía su preocupación por mi salvación pero que no tenía interés en hablar sobre eso a esas horas.

Pero me insistieron con preguntas hasta que uno de ellos, que parecía mayor y más bregado en la predicación, me espetó ¿Qué es para usted el Reino de Dios?

Yo no podía creer que a aquellas horas de la mañana pudieran hacerme una pregunta de tal calado con tanta seriedad.

Oigan, les dije, ¿ustedes creen que ahora tengo que explicarle qué es el Reino de Dios?, ¿Creen que es el mejor momento?, ¿No creen que es una pregunta tan seria que intentar contestarla aquí, en este rellano, sería desvirtuarla?

Pero ellos, erre que erre, el Reino de Dios por aquí, el demonio por allá, Adán y Eva que se cuelan en la conversación, el desprecio que Dios sufre hoy en nuestra sociedad… y yo, sin perder la calma, intentando responder educadamente.

Su problema, les dije, es el literalismo. No se puede leer literalmente el texto bíblico dando por verdad histórica lo que son géneros literarios; cuando esto se hace así, surge el fanatismo religioso y esto es muy peligroso. Miren, todo texto sacado de contexto se convierte en un pretexto. Vigilen ustedes, pues están en un tris de andar por esos derroteros.

Y entonces, el joven, que parecía más prudente hasta entonces, comienza a decir lo mal que está la Iglesia, que es intrínsecamente perversa, que se enriquece a costa de la Biblia y que manipula a los jóvenes. Y me habla de la Inquisición, y de la maldad de la juventud a la que el demonio, como dice el versículo no sé cuántos del libro del Apocalipsis, es una pandilla de drogados y de violadores, y que más vale que se vayan convirtiendo, que -si no- el Dios bíblico se las va a hacer pasar canutas; y que Jesucristo dice que el que no respete el nombre de Dios se va a condenar y que -al parecer- yo tengo boletos comprados en esa rifa…y…

Por fin, cuando recuperé el resuello, les contesté Señores, hasta aquí hemos llegado. Creo que la juventud es una maravilla que suele ser víctima de las tropelías de tipejos diabólicos a los que el Apocalipsis denuncia y, por cierto, el Apocalipsis no es un libro de profecías parecidas al horóscopo, sino un texto de resistencia escrito en los primeros años de cristianismo bajo la persecución de Diocleciano. Creo que Jesús de Nazaret da a conocer el nombre de Dios por excelencia: Abbá, papa, por eso cada vez que nos acercamos desde la misericordia a los más pobres y excluidos estamos honrando el nombre de Dios como aparece en el capítulo 25 de San Mateo, y  -continúo- quiero decirles que la Iglesia, a la que los primeros cristianos llamaban la casta prostituta porque era santa y pecadora, lleva 2000 años dejándose la piel y la vida para anunciar el Reino de Dios y yo  la amo entrañablemente. Por eso, les animo sinceramente a estudiar para que utilizar los libros bíblicos para alentar la vida y no para meter miedo a la gente en nombre de Dios, que eso no es precisamente muy religioso.

Pensé luego en aquellas dos personas. Pensé en lo importante de estudiar técnicamente el mundo de las Religiones. En momentos de la historia en los que hay un batiburrillo ideológico tan desconcertante, los fundamentalismos suelen hacer acto de presencia.

Ahora es muy necesario el diálogo interreligioso. Cuando el diálogo esté bien hecho, la otra religión me hará descubrir cosas buenas de la mía. Pero hoy es también necesario no poner todo en el mismo rasero. No todo es religión, hay mucha ideología sectaria y sin fundamento que se disfraza de seriedad.

Ojala que vaya creciendo el convencimiento de la necesidad de formarnos en este terreno. Podremos así apostar por un futuro más humano donde las sectas perniciosas queden al descubierto y donde las religiones, lejos de ser instrumento de división, sean de relación y de fraternidad asentadas en la convicción de sabernos hijos de un mismo Dios.

JOSAN MONTULL