LA MÁQUINA DEL FANGO

Fue Humberto Eco el que popularizó la expresión “la máquina del fango”. Con ella se refería a todo un sistema informativo de falsedades exhibidas como si fueran ciertas, en las que –incluso- se desvelan secretos de la vida privada de algunas personas, con el fin de ir creando un estado de opinión sucio y maligno para enturbiar el ambiente. Para la máquina del fango la mentira, el bulo y la calumnia se convierten en instrumentos que hay que utilizar con la mayor calma. Es decir, la máxima “Difama, que algo queda” se convierte en el signo de identidad de esta perversión.

Políticos españoles han hecho suya esta expresión para denunciar lo que ellos creen que es un estilo permanente de algunos de nuestros representantes. Es cierto, unos y otros se lanza el fango con un afán de atacar sistemáticamente al rival para denostarle y ridiculizarle. Denuncias, declaraciones a los medios, insultos, broncas parlamentarias, redes sociales convertidas en vertederos … todo vale. El “y tú más” se ha convertido en el gran argumento. No se construye en común, se destruye lo que el contrincante defiende. Una pena, un despropósito infame que desanima al pueblo y desmoraliza a los jóvenes.

En este lodazal muchos representantes públicos han perdido ya toda autoridad moral y sus sueldos, por el trabajo de insultarse, resultan escandalosos para la población.

Pero la gente sigue viviendo cada día y, a pesar de todo, intentan trabajar, ser responsables, echar una mano, divertirse y amar. El pueblo chapotea en este lodazal de fango vertido por quienes deberían animar nuestra convivencia e intentan sobrevivir sin axfisiarse.

Hace unos días, una DANA terrible azotó el levante español dejando muerte, destrucción y desesperación en miles de vidas. Hubo quienes, desde diferentes colores políticos, volvieron a poner en marcha la máquina del fango y se lanzaron el lodo con acusaciones encontradas, despejando responsabilidades y culpabilizando a los otros. Mientras todo esto ocurría, miles de hombres y mujeres, de creencias, razas e ideologías diversas, acudieron a la ciénaga que había dejado el temporal para ayudar en lo que buenamente pudieran.

Estudiantes, obreros, policías, sanitarios… gente buena de todas las edades se aprestaron para limpiar el barro miserable que sembraba la muerte. Armados de escobas, palas, botellas de agua, fregonas, maderas… los voluntarios iban llegando sin que nadie les hubiera convocado. Acudieron también tractores, furgonetas, camiones… llegaron de toda España. “Todos somos Valencia”, decían unos; “Hay 48 millones de valencianos” decían otros. Los jóvenes –la “generación cristal” daban una lección extraordinaria. Miles de ellos se dejaban la piel durante el fin de semana sacando el barro y animado la vida.

Ésta es la actitud que hace que todos podamos sentirnos orgullosos de este pueblo que está por encima de credos y partidos, que se conmueve ante el dolor y ejerce la solidaridad compartiendo el dolor y el compromiso. Es el pueblo el que limpia las tierras embarradas y los ambientes enfangados.

Muchos, ante el abandono que intuían de muchas autoridades, lanzaron el grito “Sólo el pueblo salva al pueblo”. Y, si bien es cierto que ha habido quien se ha querido apropiar del lema, la frase tiene mucho sentido. El pueblo llano, sencillo y noble, por encima de ideas, naciones y religiones, tiene corazón, se conmueve, llora y ayuda. Es un pueblo que anima a la esperanza desde la solidaridad.

“Sólo el pueblo salva al pueblo”, qué cierto es. Los cristianos lo creemos firmemente. Lo celebraremos el 25 de Diciembre, cuando festejemos comprometidamente el nacimiento de Jesús. En él, Dios se hace pueblo…porque la salvación, la redención no viene de las lejanías, viene del pueblo, de un pueblo que hoy, conmovido y movido, ha empuñado las armas de los utensilios de limpieza para secar las calles y las lágrimas… un pueblo del que nos sentimos orgullosos de pertenecer.

JOSAN MONTULL

Jurado Nº2

Pero ¿qué es la verdad?: JURADO Nº 2

Dirección: Clint Eastwood. (USA 2024)

Intérpretes: Nicholas Hoult, Toni Colette, JK Simmons, Kiefer Sutterland.

Música: Mark Mancina

Fotografía: Ives Belanger.

Parecía mentira: el maestro Eastwood ha vuelto a dirigir una película; el que antaño interpretara a un brutal policía de métodos inmorales, regresa al cine para regalarnos una obra que propone una reflexión moral sobre la verdad. Y la ha rodado con una edad sorprendente, 94 años.

Justin Kemp, un joven bueno y familiar, que espera su primer hijo después de que su esposa perdiera en un aborto espontáneo a dos niñas gemelas, es llamado para formar parte de un jurado en un juicio por asesinato de alto perfil. Su sorpresa es mayúscula cuando en el juicio descubre que tal vez él ha estado involucrado en el caso. Su testimonio le hará entrar en un seria crisis ética… ya que podría utilizar lo que él sabe para influir en el veredicto del jurado y potencialmente condenar (o liberar) al asesino acusado, aun a costa de su propia libertad.

Estamos antes una película con una temática judicial. Eastwood, pausada e intensamente, narra el juicio con los necesarios flashbacks que van descubriendo la verdad de los hechos. Y aquí viene el dilema moral: hay que desvelar la verdad perjudicando la propia estabilidad familiar o hay que condenar injustamente a un inocente.

El jurado se reúne, reflexiona, dilata el veredicto y le da vueltas a un caso de aparente fácil solución. Poco a poco los miembros del jurado van descubriendo que nada es lo que parece y que juzgar es muy difícil.

También la fiscal tiene un dilema moral, puede reflexionar más la posible inocencia de la persona a la que acusa perdiendo la popularidad política que tiene o puede condenar sin más al acusado apuntándose un tanto en su carrera electoral.

Justin Kemp intenta el difícil equilibrio de liberar al acusado sin entregarse él mismo y, así, el film va avanzando como un thriler judicial que involucra al espectador y le hace entrar también en dilemas sobre la justicia, la verdad, la honestidad, la familia…

La ambigüedad moral de los personajes va recorriendo la cinta mientras nos muestra que para el hombre acomodado es más fácil burlar la justicia que para el pobre desgraciado. 

Lógicamente, una película de estas características se apoya mucho en la veracidad que imprimen los actores. Todo el elenco está estupendo. Nicholas Hoult da vida a este pobre hombre, padre primerizo de familia, que pelea internamente contra sí mismo en un combate brutal en el que intenta aparentar siempre serenidad. Las miradas son claves en el film, son miradas que hablan, que expresan. En sus primeros planos la película muestra la imagen de la justicia con los ojos vendados, sin poder mirar; el último plano es el de la mirada sostenida de la fiscal con los ojos bien abiertos.

En los evangelios, entre las preguntas que se le formulas a Jesús hay una que no responde, se la formula Pilatos cuando le dice “¿Qué es la verdad?” (Jn 18,38). Resulta paradójico, Pilatos, que juzga a Jesús, tiene que tomar una decisión respecto a la verdad que va intuyendo y termina preguntándole al propio acusado dónde está la verdad. Algo parecido ocurre en Jurado nº 2, los profesionales de la verdad, terminan en un mar de dudas.

Clint Eastwood no presenta en sus películas a grandes héroes, casi son anti héroes, hombres que, en medio de contradicciones, y frecuentemente con la herida del alcohol, quieren ser buenos. Ahí está recientemente el Mike Milo de Cry macho, o el Earl Stoen en Mula, ahí está el ya legendario Walt Kowalski de Gran Torino o el pistolero William Muni en la oscarizada “Sin perdón; son todos ellos personajes ambiguos, profundamente humanos pero marcados con las contrariedades a las que les lleva la vida y tanto les dificultan para la honestidad, personajes que, bajo una apariencia fría, necesitan redención. Este Justin Kemp de Jurado nº 2, con una vida aparentemente feliz, necesita ser redimido de su culpa en un juicio en el que, paradójicamente, tiene que dictaminar qué es la verdad.

Estamos ante una obra seria, magnifica, sobria y profunda. Una estupenda película de corte clásico que disecciona el alma humana en medio de contradictorios vaivenes morales.

94 años y Clint Eastwood sigue dándonos lecciones de ética y lecciones de cine.

JOSAN MONTULL

El 47

Reivindicar la dignidad: EL 47

Dirección: Marcel Barrena

Reparto: Eduard Fernández, Clara Segura, David Verdaguer,

Música: Arnau Bataller

Fotografía: Isaac Vila

Entre finales de los años 50 y principios de los 60 miles de inmigrantes del sur de España salieron de las condiciones míseras de su tierra para llegar a Cataluña. En Barcelona fueron muchos los que compraron una parcela y se construyeron sus casas. La ley -extraña ley- mandaba derruir aquellas viviendas que se construían por la noche y no tuvieran techo al amanecer. La vecindad tuvo que unirse para ir levantando una casa cada noche. El barrio de Torre Baró, situado en una zona muy escarpada de la ciudad, tenía un acceso muy difícil que le hacía estar prácticamente aislado tras una montaña. El agua, la luz… todo llegaba con dificultad. No había ningún sistema de transporte que lo comunicara con el centro de la ciudad.

La película cuenta la lucha vecinal de estos hombres y mujeres, marcados por la pobreza, pero con un profundo sentido de la dignidad, que trabajaron unidos para dar a conocer sus problemas y reivindicar pacíficamente sus derechos.

De entre todos los vecinos destaca Manolo Vital, un conductor de autobuses, luchador, tenaz y solidario, que “secuestró” el autobús que conducía, el 47, para llegar a Torre Baró demostrando que el transporte podía llegar hasta allí.

La película de Marcel Barrena emociona desde su inicio. Estamos ante una historia plenamente humana; muchos de los actores que aparecen son vecinos que en 1978 fueron testigos de la gesta de Manolo Vital.

Eduard Fernández interpreta al rebelde Vital con una convicción y una naturalidad sobresalientes. Fernández no parece un actor, parece un vecino rebelde interpretándose a sí mismo. Su interpretación es absolutamente extraordinaria, magistral.

Utilizando imágenes de los años 60 y 70, el filme cuenta con una ambientación dignísima y sus escenarios tienen un realismo excelente. Está hablada en castellano, catalán y ese catalán “mal hablado” que los llamados despectivamente “charnegos” aprendían para poderse integrar en Cataluña. No le falta a la obra una crítica educada de la distancia de los políticos con los problemas de los barrios.

“El 47” es una de las mejores películas del año; una película sencilla, valiente y humana; un canto a la vecindad, a las luchas sociales, u homenaje a un hombre que, desde su compromiso social y su dignidad, consiguió rescatar del olvido a los barrios y devolver la dignidad a muchos excluidos.

JOSAN MONTULL

EL CARRITO DEL LIGUE

Los noticieros televisivos son cada vez más escalofriantes. Te sientas tranquilamente a ver las noticias para intentar estar al día, y lo que ves te produce escalofríos: la guerra de Ucrania, con un aporte de material bélico permanente; la guerra en Gaza y Líbano, con matanzas sobrecogedoras que se ensañan con los niños y lo más frágiles; la llegada a nuestras costas de pateras cargadas de hombres, mujeres y criaturas que huyen del hambre, la injusticia y la violencia; la vergonzante deriva de la política española, con representantes del pueblo que se insultan con mala educación mientras cobran sueldos importantes; los sucesos de Venezuela, con una violencia cada vez más manifiesta… Lo cierto es que el televisor inquieta cuando muestra un mundo canalla que produce víctimas inocentes y perpetua el horror.

Pero, como quien no quiere la cosa, y gozando de muchos minutos de tele, ha habido una noticia que me ha descolocado y me ha hecho tomar conciencia de que hay quien nos considera imbéciles de solemnidad.

Me refiero al tema de los ligues en los supermercados. La televisión va detallando, con una sonrisa picarona de quien presenta, qué es lo que hay que hacer para tener éxito en alguna aventura sentimental. Es, al parecer, la nueva moda. El súper se convierte en el terreno para la seducción que cuenta con todo un reglamento–detallado en el noticiero y que lógicamente hay que conocer- que expresa las peticiones del que arrastra el carrito y busca algún rollete.

Hay que llegar a una hora concreta, no valen todos los momentos del día. Luego hay que conocer y dominar bien el código de lo que se pone en el carro. De entrada, hay que poner una piña al revés (para diferenciarse –con esta postura anómala- de los que comprar la piña para su despensa).

Luego hay otros productos que van dando concreciones sobre las apetencias del seductor o seductora. Si, por ejemplo, se añade un paquete de lentejas, es que se quiere que el romance tenga larga duración (las legumbres que duran más tiempo y cocinas platos hogareños). Una relación rápida, esporádica y fugaz se expresa con productos de pronta caducidad: una lechuga, una pizza precocinada. Si lo que se quiere es una relación definitiva, hay que poner un melón.

Una vez que el carrito tiene lo pertinente para expresar las preferencias románticas de quien lo lleva, hay que recorrer los pasillos del supermercado buscando a otra persona que hay puesto lo mismo en su carrito. Si se la encuentra y el paseante del carrito es del agrado del seductor, hay que chocarle con el carro mientras se esgrime una sonrisita picarona buscando que surja el amor.

Pues sí, semejante gilipollez ha salido en los telediarios, tamaña imbecilidad ha sido noticia… una noticia que ha ocupado tantos minutos, o más, que las de las tragedias que nos estremecen.

Y es allí cuando uno, como les decía, empieza a convencerse de que, en este país, burguesito, de charanga y pandereta- hay quien nos quiere tontos, pero muy tontos, manipulables y tontos. Que esta memez sea noticia es una prueba de la mediocridad intelectual, y hasta moral, de quienes mueven los hilos de las informaciones.

Hay quien nos quiere incultos, acríticos y manipulables. Hay quien quiere hacer de nosotros unos perfectos melones… tan melones que, si nos descuidamos, acabaremos en el interior de un carrito del Súper a la hora del amor.

JOSAN MONTULL