SER UN CURA EN MEDIO DE LOS CHAVALES (1)

SER UN CURA EN MEDIO DE LOS CHAVALES (1)

 

He querido recuperar un artículo de hace unos años. Varios habían expresado sus ganas de verlo publicado en el blog. Soy consciente de que es muy teológico y es muy largo. Tal vez alguien pueda darle alguna utilidad. Prometo (no sé cuándo) una segunda parte, reflexionando sobre mi vida con los chavales entre los cuales ando en estos momentos.

 

Un día cualquiera.

Suena el despertador y casi a tientas entro en la ducha. Voy luego a la meditación con mis hermanos y, a decir verdad, tengo que hacer esfuerzos para no dormirme en este día de invierno. Salgo a la calle y necesariamente me espabila el frío cuando camino deprisa para compartir la Eucaristía con una comunidad de religiosas. Intento concentrarme antes de la celebración: Santo Dios, el día que me espera –pienso-: clases, Teatro, volver a las tantas…menos mal que mañana es sábado.

Comienzo las clases de Religión con chavales de 3º de la ESO (ya no sé cuántos años hace que enseño religión… ¿25?…?. Los chavales siguen bien la clase, sobre todo cuando les cuento una historia. Ellos saben que es fácil engatusarme diciendo Cuéntanos una historia. Yo me dejo engatusar, tendré que apuntar luego la historia que les he contado y el grupo al que lo he hecho para no repetirme. Acaba la historia y digo Venga, coged el cuaderno que vamos a escribir un poco, comienzan las protestas cariñosas. Cuando voy a empezar a dictar una cría no ha sacado nada y está hablando y riendo con el vecino. Le llamo la atención y me contesta en seguida Mira, trata de entenderme, no te pongas así porque soy hiperactiva diagnosticada. Me río. No sé si será verdad, pero yo firmaría el diagnóstico.

De nuevo, otra clase. Más de lo mismo. Buen rollo y los últimos cinco minutos, nervios y miradas tiernas a los bocadillos que van asomando tímidos, como víctimas que serán sacrificadas en el patio. Suena el timbre. Al patio. Busco a Andrei, a Mohamed y a Juan Carlos. Están muy contentos, van a perder tres horas de clase. Cargamos los baúles del teatro en la furgoneta. Hay telas, hierros, cables…Dios quiera que no nos pare la Guardia Civil. Llegamos al pueblo. Casi no hay nadie. Vamos al bar donde se representará La niña que riega las albahacas. Vamos poniendo las cosas con una precisión matemática (ya lo han hecho muchas veces). Esta vez nos falta la cabra de goma espuma que hemos llevado otras veces. La Compañía que nos la dejó nos la reclamaba y la hemos devuelto. Era una cabra sonriente, preciosa, de tamaño natural y cara simpática.  El escenario está listo. Nos invitan a una coca cola y salimos de nuevo para la Escuela. No corras, me dicen, así nos picamos también la última hora. Les digo que yo tengo clase a última hora y manifiestan disgusto.

Son las cinco de la tarde. Van llegando coches de padres y algún profe. Somos 22 personas en total. La representación empieza a las 7 de la tarde; vamos allá. Llegamos al pueblo y vamos al bar en donde será la actuación. En un cuartito minúsculo las 22 personas se van preparando. Hay bullir de vestidos y maquillajes. La gente del pueblo va llegando poco a poco. En las sillas de delante se han sentado los críos.   Son las siete y tres minutos, el respetable no puede esperar, sería una descortesía; vamos allá. El público ríe el primer chiste; ya está, ya los tenemos en el bolsillo. Aplausos, risas. Al cabo de media hora entra pálido Rubén en las cortinas en las que nos agazapamos los traspuntes.

¿Y la cabra?, falta la cabra.

No hay cabra, le digo, la hemos tenido que devolver.

¿Pero cómo vamos a actuar sin la cabra en la escena en la que entra una cabra?

No sé, sal tú de cabra, tío, sal tú de cabra.

– ¿Qué? Si yo hago de escudero.  

Venga, pon cara de cabra.

Sale Rubén al escenario y pone una cara de cabra memorable. Va comiendo hierba del suelo y, estirando el cuello, la masca tranquilamente mirando al infinito. El público ríe divertido y aplaude frenéticamente. La nueva cabra es un éxito, por ahora a ella se le han dedicado las mejores ovaciones. La cabra de goma espuma ya no volverá a salir, su contrato ha sido rescindido por obra y gracia de Rubén y su careto.

 

Se cierra el telón. Nos dicen que tenemos la merienda preparada. Primero recogemos, luego merendamos. Así lo hacemos. Todo embaladito. Es más fácil recoger esta tarde. Hay más coches. Profes y padres colaboran. Subimos luego a merendar con la gente del pueblo. No falta de nada. Nos ponemos como el hijo del esquilador y nos echamos unas risas. Luego viene Roberto y me dice que quiere bajar con el primer coche, que le acaban de enviar un mensaje diciendo que a las 9 hay una pelea en una plaza solitaria. Que la María y la Laura se van a pegar. Al parecer Laura dijo que la otra era una tal y una cual; se ve que se han enviado anónimos por el Watssap y ahora se ha descubierto todo.  Así que se prepara una gorda. Van a ir los amigos de una y de la otra. Una es de 2º de la ESO, la otra es de 3º.

Intento poner cara de serenidad y, a pesar de que le miro con aparente tranquilidad, creo que me parezco a la cabra del espectáculo. ¿Cómo dices?, ¿Cómo dices?.  Al cabo de un rato sale el primer coche. En el coche va Roberto. Tal vez, si se da prisa el conductor, lleguen a ver la pelea.

 


 

En mi origen, los jóvenes.

Han cambiado mucho las cosas desde que entré en la Congregación Salesiana. Profesé hace casi 40 años y lo hice con una ilusión extraordinaria. Había hecho dos años de postulantado en la Residencia Provincial de Niños de Huesca y allí, viviendo codo a codo junto a 70 chavales con una situación familiar adversa, experimenté cómo Dios me hablaba al corazón y me animaba a seguirle siendo salesiano. Los dos años de vida en medio de aquellos chicos me hicieron caer en la cuenta de que el estilo educativo y espiritual de don Bosco eran un regalo de Dios para la Iglesia; y eran para mí una llamada a seguir a Jesús.

A pesar de los 300 kilómetros de distancia, un buen grupo de aquellos chavales de la Resi me acompañaron en Terrasa el día de mi profesión. Creo que les debo a esos chavales gran parte de mi vocación.

Cuando hace unos años fallecieron mis padres (primero mi padre y luego mi madre), fueron varios grupos de jóvenes los que entraron y sacaron los féretros de ambos de la Iglesia, ocupando así el tradicional puesto reservado a los familiares. Intuyeron que, al ser yo hijo único, eran ellos los que, por derecho propio, eran mi familia y tenían que portar el féretro.

Siempre, por tanto, he tenido la certeza de que los jóvenes han sido en mi vida una mediación de Dios extraordinaria, yo me atrevería a decir que la mediación más genuina. Los chicos y las chicas con las que he compartido y comparto mi vida se convierten en sacramento de la presencia de Jesús en mis historia; sacramento que, como ocurre con la Eucaristía, hay que amar, compartir y abrazar.

Cuando repaso cómo vivo mi fe en medio de los chavales, hay varias cuestiones que creo son para mí fundamentales:

 

Nuestra Historia actual es Sagrada. La Historia siempre lo es.

A veces, es cierto, en estos años en los que vamos a la intemperie de la fe, añoramos otros tiempos, nos gustaría que los jóvenes tuvieran un sentido de pertenencia de Iglesia mucho mayor; pero descubrimos con pena que la Iglesia se ha convertido para muchos en una institución irrelevante. No les dice nada.

Sin embargo estos son tiempos de Dios. No hay en la vida dos historias, una religiosa y otra profana; no se trata de que los religiosos nos sumerjamos en una supuesta historia religiosa y dejemos a un lado la que no lo es. Toda la historia es de Dios, también la actual. Éste es un tiempo de Dios, el mejor de los tiempos. Nuestro siglo XXI está haciendo Historia Sagrada.

Creo que a veces corremos el riesgo de decirnos Dediquémonos a lo específicamente catequético, a lo religioso, a lo que es nuestro. No sé, creo que todo es nuestro, que compartir la vida diaria con los chavales, manifestando mi fe en la entrega y en el afecto es necesariamente evangelizador. Para vivir mi fe no tengo que dedicarme al anuncio explícito del Evangelio, (también lo hago); son los chavales los que me recuerdan mi fe y me obligan a actualizarla.

Pienso en Don Bosco. Marcada su vida por un sentido de Dios permanente, compartía el juego, el trabajo, el afecto y la celebración de la fe con los jóvenes. Pero en todo vivía como cristiano, no sólo en lo celebrativo o en la catequesis.

 

El pueblo de Israel vivió una relación de amistad con Dios.

En la Sagrada Escritura nos encontramos con el misterio de un Dios que se manifiesta fundamentalmente en la relación histórica: elige a un pueblo para que lleve adelante un plan de libertad. Ese pueblo no es precisamente santo, ni tiene mérito alguno para ser elegido. Claro que la elección comporta un compromiso, no un privilegio. A pesar de que no siempre Israel lo vea así, Dios nunca le deja de su mano; siempre le acompañará en su devenir histórico.

Por otra parte, Dios compromete a personas concretas del pueblo para que sean artífices de su libertad. Así, Moisés, los profetas y otras personas son llamadas por Dios para que sean protagonistas de su Historia. Dios se manifiesta como Padre, no como paternalista que saca las castañas del fuego a sus hijos.

Dios, pues, se hace Historia; no es posible vivir la fe al margen de la misma.

 

La vida de Jesús no es solitaria, está llena de relaciones.

La vida toda de Jesús es la radicalización de ese estilo de Dios. Se hace Historia de tal manera que se encarna en la Historia, es uno más de su pueblo, se compromete con los sencillos y, siguiendo la pedagogía de Dios, compromete a otras personas para que le sigan y construyan el Reino.

Jesús nos enseña cómo relacionarse con Dios, cómo encontrarse con El.

  • mirando la vida con ojos nuevos (la viuda que echa dinero en el cepillo del Templo).
  • comiendo con los excluidos (las comidas con los publicanos).
  • acogiendo y perdonando sin preguntar (a la pecadora arrepentida).
  • gritando contra la injusticia (la expulsión de los vendedores del Templo).
  • alentando la vida (levántate y anda… hoy la salvación ha entrado en esta casa).
  • saltándose la Ley para liberar a las personas (tocando leprosos, curando en sábado, sanando endemoniados…)
  • rezando (desde la gratitud, la pena, la filiación, en la soledad o celebrando la fe con los amigos que luego le abandonaron)
  • muriendo como ellos en la muerte más pobre y despreciable.

 

Jesús vive su fe en la Historia, situándose en los márgenes de la misma. A Jesús no le aplaudió la institución religiosa del momento. Su fe le llevó a vivir en un conflicto permanente donde las instituciones no acababan de apoyar aquellos gestos tan profundamente humanos que necesariamente abrían a Dios.

 

Los jóvenes son un terreno para vivir la fe.

Por eso creo que entre los jóvenes uno puede encontrar un marco extraordinario para vivir la fe. Porque valoran los gestos humanos, porque están desprovistos de formalismos, porque necesitan quien se acerque a su Historia y les tome de la mano, aun con el riesgo de equivocarse, porque son víctimas de una sociedad que ensalza la juventud y, paradójicamente, les manipula, porque son incómodos para las instituciones… no me resulta extraño que don Bosco se encontrara bien con los chavales, así lo decía, y no fuera entendido por muchos sectores de la Iglesia. La relación con los jóvenes da la posibilidad extraordinaria de vivir la fe a la intemperie, sabiendo que la propia institución eclesial no acaba de entender muchas de las formas que viven los chavales.

Desde este margen de la Historia, me hago preguntas sobre cómo vivo yo mi fe. Los verbos con los que recordaba las acciones de Jesús son para mí motivo de interrogantes:

  • Mirando (¿cómo miro a los chavales?)
  • comiendo (¿dónde comparto mi vida con los jóvenes?)
  • acogiendo y perdonando (¿cómo recibo a los chavales?)
  • perdonando (¿cómo condena la sociedad?, ¿cómo perdono yo?)
  • gritando (¿dónde clamo contra la injusticia? ¿qué me juego yo por la vida?
  • alentando la vida (¿con cuántos chavales ya he tirado la toalla?… ¿soy capaz de animar a aquellos que dan la sensación de que no tienen solución?
  • saltando la ley (¿Soy tan formalista que no quiero abandonar el terreno en el que me siento seguro para acudir a su terreno si me permiten la entrada?)
  • rezando (¿dónde rezo, ¿doy gracias por los chavales y por su vida?, ¿rezo por los chavales que no rezan?)
  • muriendo (¿cuál es mi cruz, mí muerte de cada día?)

 

Una novedad, una esperanza.

Hay ahora una novedad: la distancia que la Iglesia ha vivido de los jóvenes durante años empieza a cambiar.

El pontificado de Francisco está resultando extraordinario. Es cierto que muchos sectores de la Iglesia están caducos y alejados de los chavales…pero algo está cambiando. Amo apasionadamente a la Iglesia, pero vero que tiene que cambiar muchos estilos y normas. Entiendo perfectamente esa irrelevancia de la que antes hablaba. Las formas, los ritos, los lenguajes, la moral, los estilos eclesiásticos son en nuestro momento histórico, cuando menos, desfasados.

Me apena que en la Iglesia vivamos esta situación. Por eso, vivir la fe en medio de los jóvenes me lleva a una doble situación; por un lado, quiero ser para los jóvenes un testimonio de un seguidor de Jesús, de un cristiano; creo que la Iglesia guarda para la Humanidad un mensaje de esperanza extraordinario y quiero transmitirlo.

Por otro lado, como salesiano que vivo con jóvenes, tengo la obligación de anunciar a la comunidad cristiana la existencia de una juventud que en el siglo XXI se manifiesta desorientada y alejada de la Iglesia y esto nos obliga a hacer un examen de conciencia y a corregir lo que sea menester para, como dice Francisco, ir a las periferias. Los jóvenes son una palabra de Dios para la Iglesia. Si hacemos tantos ritos en los sacramentos y cuidamos tanto los detalles de la liturgia, deberíamos tener para con los chavales una actitud de reverencia (no de condescendencia) y amarles profundamente.

Hay más novedades que me suscitan esperanza. Son los inmigrantes. La llegada a nuestro país de tantos jóvenes que llegan con otra cultura, otra religión y otras costumbres son para mí un motivo de renovación. Esos chicos y chicas tienen en común una cosa: son pobres; han salido de su tierra urgidos por la miseria que padecen. Su presencia en nuestros ambientes espolea mi fe y se convierte en acicate para acercarme de nuevo a los jóvenes dando lo mejor de mí mismo.

En esta Historia Sagrada de nuestros días, creo que la inmigración es una palabra de Dios que llega con mucha nitidez a nuestra vida. Muchos de ellos son creyentes…podremos compartir muchas cosas. Al fin y al cabo, la fe es un camino y compañeros de camino te los encuentras en cada recodo.

 


Vamos llegando cansados y contentos al Cole. Descargamos las cosas. Dentro de 15 días vamos a otro pueblo a actuar, luego haremos una cena para todos. El domingo varios actores vendrán a celebrar la Eucaristía -pocos-, luego jugaremos al futbolín y reiremos un rato. Cuando ya me voy a dormir, me llama Roberto: efectivamente, ha habido pelea. Ha ganado María, le ha llenado a Laura la cara de arañazos y la ha tirado al suelo varias veces. No ha podido ver mucho porque había un montón de gente.  Cuando ya se han ido las amigas de la que ha sido derrotada humillantemente, ha quedado un buen grupo de gente y se han liado unos canutos. A mi me han invitado pero yo no he querido, ya sabes que no fumo.

Me siento un rato ante la tele; no sé qué programa es. En la pantalla todos gritan, se insultan y se amenazan con denuncias.

Vuelvo a la capilla donde empecé soñoliento la jornada. Gracias por todo lo de hoy, gracias por la gente y por los chavales. Qué mal están algunos. Cuídalos Tú, Señor; cuídalos Tú. Al fin y al cabo no son mis hijos, son los tuyos.

“No es el vídeo de la representación de la que hablo en el texto, pero si es el mismo grupo y alguno de los mismos chavales”

Josan Montull

CARTA A WILLY TOLEDO

CARTA A WILLY TOLEDO

Amigo Willy:

No sé si en alguna ocasión podrás leer esta carta. La leerán, eso sí, personas que andan estos días siguiendo noticias de tu vida por el tema de las famosas blasfemias escritas en una red social y repetidas hasta la saciedad en varios medios de comunicación. Esas blasfemias te han traído y llevado por juzgados e incluso te han hecho pasado una noche en un calabozo. El motivo de mi carta es, precisamente, hacerte partícipe de mi reflexión sobre esas blasfemias en las que tú menosprecias a Dios y a la Virgen del Pilar de una manera muy estridente.
Te escribo como cinéfilo, como cristiano y como educador.
Como cinéfilo quiero decirte que conocí tu talento en “El otro lado de la cama”. ¡Cómo me hizo reír la comedia de Emilio Martínez Lázaro! Me pareció sensacional. Junto con tus amigos Ernesto Alterio, y Alberto Sanjuan hicisteis una película simpática que provocó en mí una empatía con tu capacidad para hacer reír.
Años después te vi en “Diamantes negros” y me impresionó tu excelente actuación con un registro dramático en el que, bajo la batuta de Miguel Alcantud, hicisteis una película en la que denunciabais la explotación que el mundo del fútbol lleva a cabo con menores africanos.
Así que, como actor, tienes de verdad mi admiración.

Como cristiano, tus blasfemias me resultan llamativas, sorprendentes. Por una parte, los cristianos pensamos que a Dios no se le ofende insultándole, la gran ofensa a Dios es el maltrato de los seres humanos, que en la cultura judeocristiana creemos que somos su imagen. Es cierto, el maltrato a los hombres y mujeres, la explotación, la guerra, el hambre, la injusticia, la pobreza…son la gran ofensa a Dios. Cuando se ha explotado al pobre en su nombre, se produce una auténtica perversión; cuando se ha explotado en nombre del ateísmo, se da también una indecencia brutal.
Se ha tomado muchas veces el nombre de Dios en vano, para matar en su nombre y para matar en contra de su nombre. Por eso creo que los muros, la existencia de la pobreza, el hambre, la opresión de los países pobres son una auténtica blasfemia, mucho más que tus palabras.
Cristianos, judíos, musulmanes y no creyentes podemos trabajar juntos (y de hecho lo hacemos en muchas partes) para defender la dignidad humana y para luchar contra la injusticia. Es la opresión del pobre, no la blasfemia verbal, lo que de verdad va en contra de Dios.
Sobre el dogma de la virginidad de María poco tengo que decirte; es una cuestión teológica, que no física que, supongo, no entenderás y no entraré en ello. Hay en la Biblia, en el Corán, en los Vedas, en esos libros extraordinarios de la literatura universal, nacimientos en circunstancias extrañas, vírgenes embarazadas, mujeres estériles que dan a luz…pero todo eso es un lenguaje que hay que conocer y estudiar para poderlo entender, y dudo que tú lo hayas estudiado.
Creo, eso sí, que esas expresiones de las que tú blasonas son reflejo de fanatismo antirreligioso; y el fanatismo siempre es malo porque menosprecia al ser humano y lo instrumentaliza. Durante el pasado siglo en Europa el nazismo y el comunismo tenían en común el ateísmo radical…y ese fanatismo ya ves a qué llevó…entre otras cosas, a que surgieran dictaduras católicas. En la actualidad el fanatismo islamista (que no el islam) ataca sin piedad en nombre de Dios al mundo capitalista (curiosamente al que tú también dices odiar). A Jesús de Nazaret, sin ir más lejos, le mataron, precisamente en nombre de Dios, fanáticos religiosos y, ya ves tú, romanos y judíos –enemigos acérrimos- se pusieron de acuerdo para quitárselo de en medio porque sus palabras y sus actos incomodaban a todos los poderosos.
Así que tengo que decirte que a mi fe cristiana tus blasfemias le traen sin cuidado.

Finalmente quiero hablarte como educador y ahí sí que tengo mucho que decir. Tus reiteradas blasfemias en medios de comunicación y tus exabruptos permanentes sobre Dios y María de Nazaret, lejos de parecerme un ejercicio de libertad de expresión, me parecen de una falta de respeto de libro.
Nadie te dice en qué tienes que creer o dejar de creer. Cuando cualquier religión impone una determinada forma de pensar deja de tener autoridad moral, es cierto; pero en un régimen de libertades, donde nadie te obliga a creer en nada, burlarse de las convicciones de unas personas, cagarse en tales creencias y hacer burla sistemática de las mismas, es, ciertamente, un perverso ejercicio de intolerancia.
Tienes derecho a ser ateo, tienes derecho a defender tu ateísmo en público, a razonarlo, a manifestarlo cómo y dónde quieras, pero, así como nadie tiene derecho a cagarse en tu ateísmo y en tus convicciones, tú no lo tienes para hacerlo en la fe de millones de personas.
Quiero recordarte que esa expresión supone un menosprecio a hombres y mujeres que han entregado su vida a la causa de los pobres en nombre de sus convicciones religiosas. Tus expresiones no ofenden a aquellos poderosos o fanáticos que usan el nombre de Dios para oprimir y dominar, tus expresiones ofenden a los pobres que son creyentes en cualquier religión y a aquellos que comparten su vida con ellos. ¿Te imaginas blasfemando a voz en grito en una cola de gente que acude a las Iglesias a recibir comida y ayuda?, ¿te imaginas hacer esto en el Tercer Mundo en donde tantos misioneros cristianos se dejan la piel por la causa de los oprimidos?, ¿te imaginas hacerlo delante de jóvenes voluntarios que dedican su tiempo a la solidaridad inspirados por su fe?, ¿te imaginas blasfemar en presencias religiosas que, casi al margen de la ley, acogen a inmigrantes y refugiados de todos los credos?
Ateísmo no es blasfemar, Willy, eso es menosprecio de las personas. Los ateos de verdad expresan con respeto sus opiniones, colaboran con otras personas, creyentes o no, que luchan por un mundo mejor; buscan con sinceridad la verdad y caminan al lado de aquellos que hacen lo mismo desde otras perspectivas ideológicas.
En todos los países creyentes y no creyentes trabajan juntos por la erradicación de la pobreza, por el restablecimiento de la justicia en donde se ha hurtado. ¿Sabes cuántos voluntarios ateos hay en Caritas, por ejemplo?, ¿sabes cuántos no creyentes hay en organizaciones de la Iglesia echando un cable y desviviéndose?, ¿sabes cuántos cristianos hay en ONGs no religiosas?, ¿sabes en cuántas organizaciones de nuestro país colaboran juntos cristianos, musulmanes y ateos para acoger a los pobres?
Como educador me esfuerzo cada día en transmitir la tolerancia y el respeto a los jóvenes, por eso tus palabras me parezcan lastimosas. Tus blasfemias son un demoledor ejemplo de intransigencia que ofenden a religiosos y ateos que creen en la tolerancia y en el respeto profundo a las creencias.
Los artistas estáis llamados a ser críticos, a modelar la belleza, a transformar el mundo y a hacerlo más humano; tus blasfemias son una contradicción extraordinaria con tu profesión además de un ejercicio de cobardía al ofender los sentimientos de personas que, a lo sumo, te denunciarán.
Al salir de la audiencia el otro día comenzaste gritando “Viva la URSS”. No sé si era un gesto cómico o una bufonada extraña. Se me ocurrió pensar en qué te hubiera pasado en la antigua URSS si hubieras gritado contra el estado, la judicatura y las fuerzas de seguridad, como hiciste al salir del calabozo ante los micros. De lo que sí estoy seguro es que si algún día estás en necesidad, podrás acudir a un centro de la Iglesia…seguro que te acogerán con afecto y profesionalidad, sin preguntarte tus ideales, ni tus militancias.

Amigo Willy, te aseguro que yo no me cago ni en tu ateísmo, ni en tus convicciones, ni en tus sentimientos…pero creo sinceramente que tus palabras son un ejemplo diáfano de lo que no es la libertad de expresión.

No sé si a los jóvenes con los que comparto la vida les tendré que hablar alguna vez de ti. Si lo hago me veré obligado a decir que, así como creo que eres un buen actor, eres un maleducado y un intolerante. Creo, Willy, que en mis clases de Ciudadanía tendría que suspenderte.

Un abrazo.

Josan Montull

LA BANALIDAD DE LA MANADA

LA BANALIDAD DE LA MANADA

 

Estos días estoy redescubriendo la figura de Hannah Arendt. Esta mujer fue una pensadora alemana que cubrió periodísticamente el juicio de Adolf Eichmann, acusado de genocidio contra el pueblo judío y de crímenes contra la humanidad. El mundo siguió este juicio enviando a muchos periodistas que se desplazaron a Israel para cubrir todas las vicisitudes de la vista. Finalmente Eichmann fue ahorcado en Tel Avid.

Paradójicamente, Hannah Arendt intuyó que el reo no era un monstruo enfermo a pesar de haber hecho cosas monstruosas; simplemente se limitó a cumplir órdenes por más que estas órdenes llevaran a crímenes espeluznantes. Fue un eficaz y disciplinado burócrata al servicio del horror. Obedecía sin más, como todos, y no se cuestionaba nada.

A esto  lo llamó la “banalidad del mal” , el comportamiento de personas que no se traumatizan por el horror que provocan, que se limitan a cumplir directrices sin hacerse preguntas…que hacen sencillamente el mal sin sentirse culpables.

He pensado en esta filósofa ante varios hechos que han sacudido nuestra opinión pública.

La tímida sentencia contra los cincos jóvenes que abusaron de una chica en Pamplona ha encendido la calle. Miles de mujeres y hombres se han lanzado a voz en grito a clamar contra una sentencia que consideran injusta e insultante para la dignidad de las mujeres. Los cinco tipos que la llevaron a un portal y la sometieron a un trato vejatorio y humillante han sido condenados por abuso, no por agresión.

La calle arde, ya la gran mayoría de la población había condenado a estos cincos bárbaros. Ahora se establece una delicada distinción entre abuso y agresión…sometimiento, consentimiento y mil triquiñuelas.

También estos días se juzga a un colectivo de jóvenes que, según la acusación, apalearon a cuatro personas (dos guardias civiles y sus parejas) en el bar de un pueblo. Hay quien no vio nada, otros dicen que la paliza fue brutal, los agredidos manifiestan su indefensión, los supuestos agresores hablan de una pelea cuando había unos tragos de más.

Y de nuevo un complicado juego de palabras, ¿terrorismo?, ¿trifulca?, ¿odio?, ¿pelea?, ¿borrachera?, lo cierto es que el tema está en la calle y la calle también juzga en un sentido o en otro…pero juzga.

En estos casos hay una cierta aceptación de una pretendida normalidad. Es normal para algunos que la fiesta y el alcohol llevan a un sexo enloquecido y brutal, ¿quién no ha ido de fiesta? ; es normal pelear y hacer daño en una trifulca en un bar…el alcohol y la noche nos confunde, ¿quién no ha sido joven?

Y todo eso lo hacen tipos aparentemente normales, con sus amigos, sus historias y sus familias. Sorprende que uno de los jóvenes de la “manada” de Pamplona haya tenido un hijo con su pareja en este tiempo que lleva en la cárcel; sorprenden los watssaps que sus amigos les enviaban el mismo día del abuso o agresión jaleando su hazaña. Sorprende que el gobierno navarro se haya alzado a defender a los supuestos agresores de los guardias civiles.

Es, a mi modo de ver, una cierta banalidad del mal; la falta de remordimiento, la generalización de la idea de que ser un ladrón, un violento, un machista o un sinvergüenza es lo normal porque todo el mundo lo hace, los tiempos son así, no hay que hacerse grandes preguntas. Lo único peligroso es que te pillen; por eso hay que tener mucho cuidado con grabaciones, wattsaps, vídeos, fotografías… todo lo demás es normal.

De aquí que piense en la importancia de la educación. Urge que nuestros chavales aprendan Filosofía, Ciudadanía, Religión, Ética, Historia… Hay que recuperar sin vergüenza una educación en valores, donde la actitud, el comportamiento y la convivencia con los demás se evalúen y se puntúen académicamente. Es importante educar para la interioridad, la solidaridad y la justicia; es importante que en la educación haya una apertura a la dimensión trascendente de la vida, al reverencial respeto ante el Misterio de la persona humana.

Pero hay un miedo atroz a todo esto. Confundimos enseñar con adoctrinar, educar con imponer, iluminar con amaestrar, y así vamos escurriendo el bulto cuando se trata de enseñar valores. Nuestros jóvenes reciben una exquisita educación informática, digital e idiomática pero las asignaturas que hablan de valores humanos y trascendentes son sistemáticamente vapuleadas o arrinconadas bajo una supuesta modernización de contenidos.

Hay que felicitar la bondad, animar a la superación personal, fomentar el voluntariado y el amor; por eso no hay que tener miedo a sancionar, a marcar límites y a no dejar pasar lo que merece una corrección, lo que moralmente está mal.

Urge huir de un proteccionismo cobarde que lleva a algunas familias a defender a sus retoños contra sus maestros, desautorizando a estos y sembrando en sus hijos semillas de despotismo.

Tal vez Hannah Arendt tenía razón. Si acabamos banalizando el mal acabaremos convirtiéndonos en una miserable manada.

 

JOSAN MONTULL