CREO EN LAS LÁGRIMAS

(en recuerdo a nuestro querido Dani Gómez)

Para un salesiano, llorar por los jóvenes forma parte del RH. Nos consagramos en la Iglesia para estar, desde nuestra Congregación, toda nuestra vida al servicio de los jóvenes. Es decir, que, al margen de los chicos y chicas, nuestra vida no tendría ningún sentido. Así como cada miembro de una familia, sólo se entiende a sí mismo en relación con los demás miembros de la familia, un salesiano sólo se entiende a sí mismo a través de su relación con los jóvenes. Por eso, junto a las alegrías, emociones, luchas, esfuerzo, y preocupaciones que compartimos con los chavales, cuando toca, compartimos las lágrimas.

Estos días he llorado. Y mucho. La muerte de Dani Gómez, con sus 18 años recién cumplidos, nos ha roto el corazón. Tuve el privilegio de darle la extremaunción en la UCI acompañado de sus padres. He tenido el privilegio de compartir una vigilia de oración y de presidir la Eucaristía de su funeral. A excepción, lógicamente, del sacramento de la unción, la Vigilia y la Eucaristía las preparé y compartí con un entrañable y querido puñado de jóvenes monitores del Club Amigos. Así como hemos llorado juntos, estas celebraciones también las hemos preparado juntos.

Durante estas intensas horas nos hemos acompañado, abrazado y hemos llorado unidos. Cuando uno desfallecía, otros le apoyaban con sus brazos; cuando las palabras no brotaban, todos callábamos. He abrazado a jóvenes que se rompían y otros me han abrazado cuando el que se rompía era yo.

En la celebración de la Eucaristía fueron los chavales los que animaron musicalmente la oración, sacando la voz de las vísceras cuando había un nudo en la garganta. Comenzaron cantando “Dios está aquí” cuando entraba el féretro de Dani. Hubo signos, discursos, aplausos y las estremecedoras palabras de Elena, la madre de Dani, que -en nombre de David, su esposo, e Isabel, su hija- dio un testimonio de fe extraordinario.

Dani nos robó el corazón con su sonrisa y su bondad. Dios nos hizo en él un regalo extraordinario. Se nos metió en el alma. Su recuerdo nos estimula a ser mejor gente, su ausencia se traduce en nuestras lágrimas. Todos nos hemos sentido estos días más cercanos y más humanos. Sin conocernos, llorábamos juntos, uníamos nuestras manos en el Padre Nuestro, nos consolábamos y nos animábamos. Junto a la familia estábamos muchos: amigos del Peñas, jugadores del Boscos, compañeros de clase, educadores del Club Amigos, profes de los Salesianos y del Altoaragón, amigos de siempre, curas…y muchísimos jóvenes. En la Eucaristía nos conjurábamos para mantener viva la alegría y la esperanza, para no sucumbir a la desilusión; no en vano, lo que celebrábamos era la muerte y resurrección de Jesús.

Recuerdo otra Eucaristía, fue hace muchos años, cuando falleció mi padre. Yo presidí su funeral. Me encontraba sereno, lo tenía todo preparado: moniciones, lecturas, homilía. Sólo hubo una cosa en la que no había caído, ¿quién entraba el féretro de mi padre? Normalmente es la familia, los hijos, los sobrinos… quienes entran los féretros; yo soy hijo único, no pensé en quién iba a entrar el ataúd. Al empezar la Eucaristía, me di cuenta de mi despiste y fui caminando hacia el atrio para bendecir el féretro que, suponía, sería entrado con un digno carrito empujado por los empleados de la funeraria, como se hace cuando no hay quien lo lleve a hombros. Al llegar al atrio, vi con asombro y emoción que el féretro de mi padre era portado a hombros por seis jóvenes. Lo recuerdo perfectamente. En aquel momento no tuve duda -no tengo ahora ninguna duda- ellos eran mi familia. Para un salesiano, los jóvenes son su familia. Llorar por ellos y con ellos, me ayuda, pues, a ser lo que soy.

En la UCI, durante la extremaunción a Dani, pedíamos un milagro. Dios no nos dio el que queríamos, pero nos dio otro…el de tantos chicos y chicas unidos dando lo mejor de sí mismos en torno a su amigo. Los mayores tenemos tanto que aprender de los jóvenes. En la Vigilia de oración, en los abrazos silenciosos del Tanatorio, en la esperanzada Eucaristía con tantos chavales conmovidos, Dios, se hacía presente y nos hablaba para animarnos a la vida. Cuando se habla de la juventud en los medios de comunicación se suele hablar de peleas, de alcohol, botellones, agresividad, vandalismo… parece que en las noticias de jóvenes haya un empeño en esconder tanta bondad que hay en ellos.

  • Creo en los jóvenes. La muerte de Dani me ha ayudado a creer más en ellos. Creo en su honestidad, en su alegría, en su amistad. Creo que son buenos y que son la semilla de una Iglesia nueva, más desprovista de formas rigurosas y más sincera, sencilla y humana.
  • Creo en una Iglesia que llora. Estos días han resonado en mi corazón las palabras del Papa Francisco: 

No seamos una Iglesia que no llora frente a estos dramas de sus hijos jóvenes. Nunca nos acostumbremos, porque quien no sabe llorar no es madre. Ciertas realidades de la vida solamente se ven con los ojos limpios por las lágrimas. Os invito a que cada uno se pregunte: ¿Yo aprendí a llorar? La misericordia y la compasión también se expresan llorando. Si no te sale, ruega al Señor que te conceda derramar lágrimas por el sufrimiento de otros. Cuando sepas llorar, entonces sí serás capaz de hacer algo de corazón por los demás. (C.V. 75-76).

  • Creo en las lágrimas compartidas y en su poder redentor y generador de vida. Doy gracias a Dios por ser cura salesiano y tener la fortuna de poder llorar junto a los chavales. Jesús lloró en diversas ocasiones, los evangelistas -lejos de esconderlo- nos lo han dejado escrito. También don Bosco lloró en ocasiones junto a sus jóvenes.

Urge ahora homenajear a Dani, que tanto nos ha hecho llorar. Nuestro dolor se tiene que convertir en caminos de amistad verdadera, de ayuda, de consuelo común, de reconciliación entre personas que puedan estar distantes, de destierro de insultos, de perdón de ofensas, de paz entre todos, de tolerancia. Cuando vivimos así, la vida ya es un milagro…ése es el milagro que está en nuestras manos y al que Dios nos llama.  … ése es el milagro que Dios, transformando nuestras lágrimas, quiere hacer a través de nosotros.

Ése va a ser el milagro de Dani.

JOSAN MONTULL

#DaniSiempreEnNuestrosCorazones

JÓVENES ESTIVALES

Abundan las imágenes de jóvenes en verano. Las televisiones y las redes se llenan de fotos y vídeos de macroconciertos, fiestas populares, playa, discotecas y movidas estivales en los que miles y miles de adolescentes y jóvenes combaten el tedio con el bañador o la ropa ligera en medio de masas uniformadas de chicos y chicas de la misma edad.

El Sónar, el Ron Barceló, el Mallorca Live… cientos de festivales animan con decibelios desbocados tantos encuentros multitudinarios de jóvenes sedientos de adrenalina y experiencias intensas.

También los festejos populares congregan a miles de chavales ruidosos que, como en los encierros, corren huyendo de la realidad diaria, a veces poco esperanzada, para hacer una experiencia colectiva de fraternidad y desproporción.

Con frecuencia los medios hacen hincapié en los desmanes, las peleas, las drogas, las agresiones y el vacío que muchos jóvenes llevan dentro y que buscan llenar con conductas autodestructivas.

Bronceados, morenos, con cuerpos esculpidos en gimnasios, exhiben frescura y diversión por todos los poros.

Pero rara vez aparecen otros jóvenes estivales que, siendo también fiesteros y festivaleros, entregan su vida en verano para construir, desde el voluntariado, un mundo más humano y fraterno.

Ahí están los miles de monitores y monitoras de Campamentos, Ludotecas y Colonias que educan y alegran a tantos niños y niñas. Ahí están los que acuden a barrios humildes para colaborar en el Tiempo Libre veraniego de criaturas que no tienen vacaciones. También están los que se van al Tercer Mundo a hacer experiencias de voluntariado con personas de pueblos crucificados intentando ser cireneos en esos dolorosos ámbitos donde la miseria se fusiona con las ganas de vivir.

Los hay en los Campos de refugiados, en las zonas de exclusión y miseria. Pululan otros jóvenes sembrando humanidad en las fronteras donde el primer mundo cierra las puertas a las masas de apátridas que buscan vivir en paz.

Los encontramos en Hospitales acompañando ancianos o niños con enfermedades terribles. Hay chavales que se convierten en lazarillos de niños discapacitados o de abuelos que están solos. Otros reparten alimentos, compañía y sonrisas en los ámbitos de pobreza.

Se embarcan otros en barcos aventureros que tienden una mano a quienes llegan en patera huyendo del horror. Hay quien enseña idiomas para los que llegan atemorizados buscando acogida y empiezan presentándose con el idioma universal de la sonrisa.

Hay tantos…tantos chicos y chicas jóvenes que, también en verano, hacen de la solidaridad un estandarte, que merece la pena que se les recuerde. No se les suele nombrar, no están bajo las luces de luminotecnias fascinantes, no retumban bajo millones de decibelios, pero ahí están, llenando de luz un mundo oscuro y haciendo ruido con los latidos de su corazón.

JOSAN MONTULL

EDUCAR y AMAR.

He dedicado toda mi vida a la educación. Se puede decir que no he hecho otra cosa. He educado en la Escuela, en el mundo del Tiempo Libre, en ámbitos de exclusión, en el terreno parroquial… Después de muchos años de ser educador, me he preguntado por qué lo soy, qué es lo que me da la autoridad moral para entrar en el Misterio de la vida de un adolescente e intentar acompañar sus pasos para que en un futuro sea feliz. En definitiva… ¿quién soy yo para meterme en la vida de nadie?

Creo que, por encima de la pedagogía, la psicología, la técnica y la profesionalidad, que doy por supuestas, sólo el amor puede ser motor de educación. Si no quiero a los chavales con los que estoy, no tengo ningún derecho a inmiscuirme en su intimidad para orientarles de cara a su futuro. Por eso me pregunto qué es el amor.

-El amor es una actitud que no se centra en una persona específica. Es un ir por la vida…amando a los otros. Esto supone una actitud de apertura y confianza en los demás. Y esto no quiere decir ser un inocentón, pero sí que implica, de entrada, tener una actitud de confianza en las personas.

-El amor es fundamentalmente dar, no recibir. Dar significa ganar. Los padres dan a sus hijos lo más precioso que tienen, su vida, su alegría. No deben dar con el fin de recibir, porque saben que darse es ganarse. Lo mismo los educadores… damos, porque amamos. En la vida llega un momento en el que casi todo se pierde, el amor es lo único que permanece.

-Amor es acoger el don del otro. Se acoge al sonreír, al estrechar una mano, al comprender…Es valorar al otro tal y como es; y esto se expresa en mil detalles, saludar con afecto sincero al que llega, interesarse por sus cosas, escucharle sin prejuicios, corresponderle desde él, sin proyectar mis cosas.

Esta acogida debe manifestarse más con el que queda marginado, con el peor dotado, con el que tiene menos posibilidades…con el que alguna vez es mal visto y ahora nadie le hace caso.

-Amar es dejar ser, es dar a cada persona el respeto que merece, dejarle ser lo que realmente es. En general, los humanos nos empeñamos en hacer ser; somos felices cuando conseguimos que el otro dice y hace lo que nosotros queremos que diga y haga (claro que esto no supone renunciar a unos objetivos educativos, a unas metas a las que queremos llegar).

Esto los chavales lo saben muy bien; para que se les quiera, aprenden a actuar como sabe que los mayores esperan que actúen.

Dejar ser es respetar lo que es real en el otro. Es ayudar a ser lo que uno es (Educar viene de Ex-ducere, sacar hacia fuera lo que hay dentro). Educar es animar a que la persona busque en su propio misterio, se conozca, descubra sus cualidades -lo que realmente es- y las potencie.

-Amar es marcar límites. Dejar ser es lo contrario de una permisividad tolerante que todo lo consiente.  El chaval necesita límites, los pide. Los límites -cuando son razonables- ayudan a encontrarse, a probarse a sí mismo, a superarse, a estructurar su libertad…Educar desde el amor supone ayudar a que el hijo/a respete los límites. Transigir sin más, por la comodidad de no afrontar el conflicto es una falta de amor.

-Amar es cuidar el ambiente, crear una atmósfera donde cada uno pueda sentirse a gusto, sentirse él mismo. Ordenar la casa, vivir con un cierto horario, crear espacios de diálogo, celebrar los aniversarios, las fiestas, cuidar todos estos detalles. Hacer que el ámbito educativo en el que uno está tenga un ambiente de amor.

-Amar es leer en profundidad los sentimientos del otro. Saber captar sus demandas de amor, sus manifestaciones de amor…sus problemas…valorar lo que ellos valoran. Para eso hay que tener muy en cuenta que el amor se percibe y se expresa de modos muy diversos en diferentes edades. Además, no todos los chavales saben expresar el amor…el educador tendrá que saber leer en medio de esa dificultad de exteriorización del afecto.

-Amar es respetar siempre la libertad del otro. No consiste en mendigar cariño. Amar es aceptar -desde su libertad- que el chico y la chica pueden rechazar el amor que se les brinda. Hay que desterrar toda pretensión de monopolizar el afecto de los chavales.

-Amar es enseñar con sencillez que el sexo sincero y limpio es la más hermosa expresión de amor. Y en esto hay que ser consciente de que habrá que nadar a contracorriente, porque la visión del sexo en nuestra sociedad está muy despersonalizada y vacía.

-Amar es dar a conocer a Dios, el que más nos ama, vivir coherentemente con la fe y, por tanto, hacer del perdón el gran signo. Amar es ayudar a que el joven se haga preguntas y, a partir de ahí, busque respuestas. Por tanto, hay que tener, por amor, un escrupuloso respeto a las convicciones religiosas de cada cual.

Sentirse amado es el motor educativo que hace transformar positivamente la vida de las personas. De todos los afanes educativos, el amor es el que no pasa nunca (1Cor 13).

Tras estos años bregando en el ámbito educativo, creo que sólo el amor da sentido a la tarea educativa.

Resuenan en mí los versos de Silvio Rodríguez:

Debes amar la arcilla que va en tus manos
Debes amar su arena hasta la locura
Y si no, no la emprendas, que será en vano
Solo el amor alumbra lo que perdura
Solo el amor convierte en milagro el barro.

Intentar educar sin amar es una intromisión sin escrúpulos en lo más sagrado de cada vida humana. Deberíamos poder decir en nuestro interior “Te educo porque te quiero”. Sólo entonces tendrá sentido nuestra tarea educativa.

JOSAN MONTULL

Belfast

La mirada limpia: BELFAST

Director: Kenneth Branagh (Reino Unido 2021)

Guión: Kenneth Branagh

Productor: Laura Berwick, Kenneth Branagh, Becca Kovacik, Tamar Thomas

Música: Van Morrison

Fotografía: Haris Zambarloukos

Montaje: Úna Ní Dhonghaíle

RepartoCaitriona Balfe, JamieDornan, Judi Dench, Ciarán Hinds, Jude Hill,Lewis McAskie, Colin Morgan

El prolífico actor y director Keneth Branagh dirige su película más personal e íntima en la que cuenta su propia infancia en la conflictiva Belfast de los años 60.

A mediados de Agosto de 1969 se desató una violenta batalla entre protestantes y católicos en Irlanda del Norte que ocasionó muertos, heridos y la marcha de muchas familias que no soportaban la presión social que se ejercía sobre ella.

En medio de este conflicto vive el pequeño Buddy, cuyo padre trabaja en Inglaterra mientras la madre educa a sus hijos a pesar de que la familia está asediada por las deudas. Mientras la presión política va asfixiando el barrio, Buddy sueña con un futuro sin problemas con toda la familia unida y sin moverse de Belfast.

El sinsentido de la agresividad es visto por los ojos abiertos de un niño (extraordinario Jude Hill) que se refugia fascinado en el cine, y en el idílico amor por una niña de su clase.

Estamos ante una película inocente, amable y hermosa, que destila bondad y un gran amor por la vida. La cámara se sitúa con frecuencia a la altura de los ojos del niño para aportar esa visión al espectador. La fotografía es magistral e impregna lirismo a todo el film. El blanco y negro es luminoso, contrastado por las poquísimas imágenes en color que corresponden a viejas películas o al mundo de la fantasía. Por si fuera poco, la banda sonora la pone el también irlandés Van Morrison.

Los diálogos del pequeño Buddy con el abuelo son extraordinarios. El abuelo es un auténtico filósofo de la vida que, desde la picaresca y la ironía, aporta una visión esperanzadora de las relaciones humanas.

Branagh homenajea a las víctimas del fanatismo, que nunca tiene sentido, y hace un hondo homenaje a la familia, como lugar referencial por excelencia, donde el amor, en medio de los conflictos, es capaz de vencer siempre, a pesar de que haya que emigrar y cambiar el paisaje cotidiano. La película es, además, un canto a la tolerancia religiosa y a la fraternidad. Ser vecinos es mucho más importante que la religión de cada cual. La relación de vecindad es muy humana, todos se conocen, se cuidan y se protegen entre sí, independientemente de su religión. Sólo el fanatismo quiere minar esas relaciones con argumentos vacío e inhumanos. Y, a pesar de ese fanatismo, el amor a la ciudad, al barrio y a sus vecinos se mantienen intactos.

Con unas interpretaciones excelentes, BELFAST es un conmovedor canto a la vida, la tolerancia, el amor y la familia.

Una maravilla.

JOSAN MONTULL