Salesiano, cura, profesor, licenciado en teología, twittero, educador, cinéfilo, teatrero, tertuliano, remo a contracorriente y apuesto a perder, uso el micro en la radio, el show en las tablas, la pizarra en el aula, el juego en el patio, la broma en la calle, la pluma en la prensa y todo lo que sea menester para acercar a Jesús a los chavales y construir una Iglesia sencilla y profunda donde todos puedan sentirse queridos y en casa.
Agoniza el verano, uno de los más cálidos de la Historia. Desde que en 1961 empezaron registros oficiales, 2026 ha sido el verano más caluroso. Sucesivas olas de calor, noches sofocantes y las aguas del Mediterráneo a casi 30º han hecho que muchos días fueran sofocantes.
Por otra parte, nuestro país ha vivido una oleada de incendios terribles que han quemado casi 300.000 Hectáreas en lo que va de año. Un auténtico horror, un desastre ecológico, uno más.
También la temperatura política subió, y de qué manera, cuando la invasión de unas 80.000 personas irrumpió en Ceuta, quién sabe si engañados, para buscar un futuro prometedor, y provocaron una crisis humanitaria tremenda, mientras nuestros representantes públicos se resistían a quedarse sin vacaciones y se lanzaban las culpas entre insultos de unos a otros. Otros se negaban a sentarse para hablar con nadie y manifestaban que no acogerían a ningún menor en su comunidad autónoma. Mientras esto ocurría, la compraventa de un ático millonario para una dudosa utilidad, se convertía en un arma arrojadiza que con un “Chao pescao” se quería zanjar. Todo ello ha sido un espectáculo patético, una pena a la que tristemente nos tienen acostumbrados.
Sí, ha sido un verano caliente en el que los discursos de odio han proliferado, no sólo en las redes sociales sino también en las sedes de la representación popular.
Pero frente a todo este ambiente tan “ardiente”, hemos podido ver a muchos voluntarios que combatían el fuego ayudando a los profesionales. Hemos visto a personas que han acogido en sus casas a desalojados de sus pueblos por los incendios próximos y les han abierto los brazos como si fueran de su propia familia. Ha habido muchos voluntarios que han preparado comidas y agua para repartir a los que estaban en primera línea de fuego y a los que habían ido a los polideportivos, desalojados de sus pueblos, que vivían la angustia de no saber si sus casas se habían quemado. En esos polideportivos no faltaban jóvenes que atendían a los niños desplazados y les hacía jugar para entretenerles lejos de casa y relajar a sus preocupados padres. Hasta las mascotas fueron albergadas y cuidadas por profesionales y por una legión inmensa de hombres y mujeres que acudieron voluntariamente a echar una mano.
Otras personas en Ceuta han acogido, han repartido alimentos, ropa, consuelo a las masas de gentes que, desesperadas, había llegado a nado hasta la ciudad. Paradójicamente, barrios muy humildes se han multiplicado hasta que no han podido más.
No han faltado en este verano monitores de Colonias, chavales voluntarios en muchos sectores sociales, familias que han acogido a niños saharauis o desplazados, jóvenes que han acompañado a abuelos que se sienten solos, grupos que han ido al Tercer Mundo para entregarse a los más pobres…no han faltado miles y miles de personas buenas que han dado un soplo de aire fresco y humanidad a un país acalorado por las temperaturas, los incendios y la bronca ideológica.
Son esas las personas que llenan de sentido a una sociedad en la que algunos se empeñan en polarizar y dividir por disputas insustanciales que, esas sí, caldean el ambiente más que el cambio climático.
Fue Humberto Eco el que popularizó la expresión “la máquina del fango”. Con ella se refería a todo un sistema informativo de falsedades exhibidas como si fueran ciertas, en las que –incluso- se desvelan secretos de la vida privada de algunas personas, con el fin de ir creando un estado de opinión sucio y maligno para enturbiar el ambiente. Para la máquina del fango la mentira, el bulo y la calumnia se convierten en instrumentos que hay que utilizar con la mayor calma. Es decir, la máxima “Difama, que algo queda” se convierte en el signo de identidad de esta perversión.
Políticos españoles han hecho suya esta expresión para denunciar lo que ellos creen que es un estilo permanente de algunos de nuestros representantes. Es cierto, unos y otros se lanza el fango con un afán de atacar sistemáticamente al rival para denostarle y ridiculizarle. Denuncias, declaraciones a los medios, insultos, broncas parlamentarias, redes sociales convertidas en vertederos … todo vale. El “y tú más” se ha convertido en el gran argumento. No se construye en común, se destruye lo que el contrincante defiende. Una pena, un despropósito infame que desanima al pueblo y desmoraliza a los jóvenes.
En este lodazal muchos representantes públicos han perdido ya toda autoridad moral y sus sueldos, por el trabajo de insultarse, resultan escandalosos para la población.
Pero la gente sigue viviendo cada día y, a pesar de todo, intentan trabajar, ser responsables, echar una mano, divertirse y amar. El pueblo chapotea en este lodazal de fango vertido por quienes deberían animar nuestra convivencia e intentan sobrevivir sin axfisiarse.
Hace unos días, una DANA terrible azotó el levante español dejando muerte, destrucción y desesperación en miles de vidas. Hubo quienes, desde diferentes colores políticos, volvieron a poner en marcha la máquina del fango y se lanzaron el lodo con acusaciones encontradas, despejando responsabilidades y culpabilizando a los otros. Mientras todo esto ocurría, miles de hombres y mujeres, de creencias, razas e ideologías diversas, acudieron a la ciénaga que había dejado el temporal para ayudar en lo que buenamente pudieran.
Estudiantes, obreros, policías, sanitarios… gente buena de todas las edades se aprestaron para limpiar el barro miserable que sembraba la muerte. Armados de escobas, palas, botellas de agua, fregonas, maderas… los voluntarios iban llegando sin que nadie les hubiera convocado. Acudieron también tractores, furgonetas, camiones… llegaron de toda España. “Todos somos Valencia”, decían unos; “Hay 48 millones de valencianos” decían otros. Los jóvenes –la “generación cristal” daban una lección extraordinaria. Miles de ellos se dejaban la piel durante el fin de semana sacando el barro y animado la vida.
Ésta es la actitud que hace que todos podamos sentirnos orgullosos de este pueblo que está por encima de credos y partidos, que se conmueve ante el dolor y ejerce la solidaridad compartiendo el dolor y el compromiso. Es el pueblo el que limpia las tierras embarradas y los ambientes enfangados.
Muchos, ante el abandono que intuían de muchas autoridades, lanzaron el grito “Sólo el pueblo salva al pueblo”. Y, si bien es cierto que ha habido quien se ha querido apropiar del lema, la frase tiene mucho sentido. El pueblo llano, sencillo y noble, por encima de ideas, naciones y religiones, tiene corazón, se conmueve, llora y ayuda. Es un pueblo que anima a la esperanza desde la solidaridad.
“Sólo el pueblo salva al pueblo”, qué cierto es. Los cristianos lo creemos firmemente. Lo celebraremos el 25 de Diciembre, cuando festejemos comprometidamente el nacimiento de Jesús. En él, Dios se hace pueblo…porque la salvación, la redención no viene de las lejanías, viene del pueblo, de un pueblo que hoy, conmovido y movido, ha empuñado las armas de los utensilios de limpieza para secar las calles y las lágrimas… un pueblo del que nos sentimos orgullosos de pertenecer.
Con frecuencia hablamos de valores. Son aquellas convicciones personales que orientan la vida de cara a lo que cada persona quiere ser (la ética, la dignidad, la empatía, el respeto, la responsabilidad, la honradez, la familia, la modestia, la amistad, la lealtad, la tolerancia… son ejemplos de buenos valores).
No hay educación que se precie si no educa en valores. Claro que estos sólo se transmiten con el ejemplo y el testimonio. Un docente, por ejemplo, no puede educar para la paz, por más que hable de ella, si utiliza un lenguaje agresivo, virulento, amenazante o humillante.
Por otra parte, los valores no son puramente innatos, se tienen que trabajar para conquistarlos. Si la amistad es un valor, ser fiel a los amigos -por más que haya dificultades- será un empeño por el que habrá que luchar y esforzarse.
Los jóvenes, tan ávidos de valores, no necesitan para su educación grandes profesionales sin más, necesitan testigos, personas referentes que encarnen con su vida aquel tipo de ser humano al que merece la pena parecerse.
Incluso sabemos que los valores van más allá de quien los vive. Una persona cuya vida sea significativa por la coherencia con sus valores, por ejemplo, puede seguir siendo referente, incluso después de su muerte. Por eso podemos decir que los valores transcienden a la propia vida.
La Historia nos ha regalado personas cercanas (nuestra familia, educadores, religiosos y religiosas…y gente a la que hemos conocido) que han modelado nuestras vidas. También otros hombres y mujeres más famosos como deportistas, pacifistas, artistas, voluntarios… han dejado con sus vidas una estela de bondad y compromiso que nos han influenciado.
Veo ahora con preocupación las prácticas habituales de muchos de nuestros políticos. Su lenguaje se ha vuelto humillante y mal educado. Se busca el insulto, la descalificación, la burla, el escarnio del que piensa distinto. Los que, por su profesión, deberían enseñar el valor de la democracia, se han convertido, con excesiva frecuencia, en paladines de la agresividad y el odio.
¿Qué valores están transmitiendo con sus acciones? ¿En qué tipo de persona creen? ¿De qué pueden ser referentes para las nuevas generaciones?
Verlos y oírlos sonroja y hasta avergüenza. No sé si tienen conciencia de que están transmitiendo unos contravalores espantosos, mientras cobran por esgrimir su mala educación.
Qué pena. Me recuerda a aquellos de lo que habla Jesús en el Evangelio, esos tipos capaces de ver la mota de polvo en el ojo del prójimo antes que notar la viga que llevan en el suyo.
¿Qué ejemplo están dando? ¿Qué valores están transmitiendo?
Muchos de ellos, no hay duda, son los nuevos fariseos.
Siempre me ha encantado el cine de Berlanga. Supo retratar como nadie el alma castiza española, esa controvertida personalidad que tenemos, con nuestras grandezas y sus miserias. Creo que su cine es inmortal, eterno. Sus películas, aun las más viejas, siguen teniendo una vigencia extraordinaria.
En sus películas aparecían canallas, pícaros, burgueses, aprovechados, chantajistas, políticos, curas, pobres, empresarios, guardias civiles, alcaldes, putas, suegras, devotas, enterradores, presos, verdugos, rojos, fachas… toda una colección de personajes que caricaturizaban a la perfección los avatares de este país nuestro, tan pasional, encantador, cainita y loco.
Sus argumentos, muchos coescritos con el genial Rafael Azcona, resultaban tan surrealistas como certeros: un pequeño pueblo recibe la noticia de la inminente visita de un comité del Plan Marshall y la novedad provoca un gran revuelo entre la gente, que se dispone a ofrecer a los americanos un recibimiento muy especial. (Bienvenido míster Marshall 1953); un científico atómico norteamericano se refugia en u un pueblo de la costa para limitarse a vivir y a tener amigos (Calabuch 1956); un pueblo quiere atraer el turismo inventando apariciones marianas (Los jueves, milagro. 1957), un joven empleado de una funeraria es obligado a casarse con la hija de un verdugo que quiere enseñarle su “oficio” (El verdugo. 1963); la boda de un provinciano que llega a la costa brava tiene que aplazarse durante un año porque muere la madre del novio y hay que guardar el luto (Vivan los novios 1970); a una cacería de la alta sociedad acude un industrial catalán con su amante para hacer negocios (La escopeta nacional. 1975); una corrida de toros en zona nacional en plena guerra civil quiere ser boicoteada por soldados republicanos (La vaquilla 1985); la celebración del Día Internacional del Preso de Conciencia en la cárcel de Valencia es aprovechada para que gentes de la política, la cultura y la farándula asistirán al acto para hacer lucrativos negocios. (Todos a la cárcel. 1993).
El esperpento, lo surrealista, el desvarío y la locura iban desfilando por la pantalla provocando la carcajada del espectador que sabía que, en el fondo, se estaba riendo de su idiosincrasia más atávica.
Puede que alguien piense que Berlanga y Azcona están trasnochados y que ahora se hace un cine más visual, frenético, duro y -eso sí- subvencionado. Pero lo retorcido de los argumentos berlanguianos siguen, por más que pasen los años, formando parte de nuestro ADN. Repasemos, sin ir más lejos, avatares patrios cercanos y muy lanzados a los cuatro vientos por los medios.
La selección nacional de futbol femenino gana el Mundial, ni más ni menos, el Mundial. Entre los exuberantes y desatados festejos, el presidente de la Real Federación Nacional de Fútbol de España, desde el palco –y ante la reina- se echa la mano a sus partes, como un macho desatado ante las cámaras de todo el mundo. Luego baja al césped, saluda a las protagonistas de la gesta y a una de ellas la agarra con fuera, la levanta y se cuelga de ella misma con sus piernas abiertas mientras la aferra de la cara y le planta un beso en los labios. Las jugadoras, desconcertadas por la acción, incluso hacen broma al principio, dándose cuenta luego de la gravedad del asunto.
El presidente, entrevistado por una emisora de radio, quita importancia al asunto y tacha de tontos del culo, idiotas, estúpidos, pringados y gilipollas…a todos los que se han quedado atónitos ante sus efusivas manifestaciones el terminar la Final. Ya en el viaje de vuelta pide unas tímidas disculpas, pero la deportista besada se niega a aparecer con él.
Llega la expedición a nuestro país y la gente se echa a la calle para vitorear a las protagonistas de la hazaña. Recuperada la cordura, el presidente es acusado de esa actitud chulesca y mal educada y la cosa se empieza a liar. Incluso se le interponen varias denuncias y los medios empiezan a vocear que es necesario que dimita por machirulo y mal educado. Pero el presidente, en cuestión, se revuelve, convoca la Asamblea de la Federación y dice que no dimite, que lo suyo ha sido un piquito sin importancia. La asamblea, puesta en pie enfervorizada, aplaude a rabiar al presidente en un acto casi emotivo.
A las pocas horas, y puesto que la opinión social empieza a ser unánime contra el presidente, los mismos que le aplaudían empiezan a retractarse y llegan incluso a denunciarle, sumándose así a las varias denuncias que van llegando. La cosa se complica. Las futbolistas dicen que o se marcha el presidente o se marchan ellas. Incuso algún futbolista de la selección nacional masculina anuncia que se niega a jugar en un partido internacional mientras el fútbol español esté presidio por el presidente en cuestión.
Pasan los días –pocos- y siguen las denuncias de las federaciones provinciales y de los equipos diversos. Prácticamente todos los que aplaudían en la Asamblea ahora braman contra el presidente al que quieren defenestrar. También se unen los políticos de todos los signos, que hasta entonces habían aplaudido la gestión del presidente, y exigen su dimisión mientras hablan de acoso, agresión y otras lindezas contra la jugadora besada.
La cosa no acaba aquí y aparece un nuevo personaje en escena, la madre del presidente. Defendiendo apasionadamente y con amor de madre a su hijo vilipendiado, se declara en una huelga de hambre indefinida que vivirá en una iglesia de su localidad mientras las cámaras rodean el templo buscando declaraciones. Es entonces cuando aparecen las primas. Las primas acompañan a la madre del presidente que se auto inmola en el interior de la iglesia poniendo en juego su salud. Las ofendidas primas denuncian ante los medios el acoso mediático al que se le somete a su primo del alma y enaltecen con preocupación la valentía de la huelga de hambre de su tía.
Al día siguiente entra en escena un nuevo personaje, el tío. El tío del susodicho presidente había sido jefe de gabinete de la Real Federación de Fútbol. Dice que el tío que su sobrino de alma había estado protegido por el mismísimo presidente del Gobierno y por otros miembros del ejecutivo. Afirma que es un machista redomado, un enfermo, derrochador de la pasta ajena, putero, maltratador y otras lindezas. Dice el tío que su sobrino necesita que se le reeduque para que modifique esas conductas tan poco edificantes.
Los colectivos feministas, por otra parte, salen a la calle exigiendo la cabeza del presidente por machista y abusador. “Se acabó”, gritan, mientras lanzan exabruptos contra él. Mientras esto ocurre en la calle, la madre del interfecto sufre un ataque de ansiedad y es ingresada de urgencia en un Hospital mientras abandona su corta huelga de hambre.
Los políticos, que se han mantenido discretos hasta el momento, en un ataque de responsabilidad pública, le retiran el coche oficial, la tarjeta y el móvil. Le suspenden de empleo y sueldo mientras los dos partidos en el gobierno se enfrentan entre sí lanzándose acusaciones por lo mal que lo han hecho en este caso, y la dejadez que, ante conductas tan reprobables, ha mantenido el partido en el poder.
Los programas televisivos hacen su Agosto (nunca mejor dicho) siguiendo minuto a minuto todos esto avatares, mientras no le dedican apenas tiempo, por ejemplo, a la devolución a Senegal de 180 inmigrantes a los que nuestras fuerzas de seguridad salvaron de morir ahogados.
Mientras tanto, la heroicidad de las futbolistas ha pasado a un segundo plano. No se habla del dineral inmundo que ha ganado desde hace mucho tiempo el presidente. Nadie había sacado a la luz sus chulerías, sus orgías con chicas jovencísimas, sus devaneos multimillonarios, sus viajes por asuntos personales tirando de la cuenta de la Federación. Nadie había protestado porque hubiera llevado nuestro fútbol a Arabia Saudita, uno de los países que menos respetan los derechos humanos y marginan insultantemente a la mujer. Poco protestaron porque el mundial masculino fuera en Qatar, un país tan rico como injusto. Nadie había dicho nada de los sueldos insultantes de los futbolistas, del dinero que mueve el mundo del futbol y de la ostentación, lujo y caprichos multimillonarios de sus dirigentes. Nadie había comentado que las leyes de extranjería son violentadas por el universo futbolístico que incluso tiene otra legislación para sí. Es un Estado dentro de otro Estado, un opio que es utilizado sabiamente por los poderes políticos y económicos para adormecer a la gente manipulando un deporte tan bello.
Las hemerotecas nos devuelven imágenes de nuestros mandatarios abrazándo con coleguismo familiar al presidente ahora acosado, entre risas y copas de cava, sumergidos en un ambiente de lujo y de exhibición de la riqueza. Muchos de los que ahora, sumándose a la mayoría, piden su dimisión, han brindado en ocasiones con él, dándose palmaditas en la espalda y apoyando hasta el final a este hombre.
¿Se dan cuenta? Es Berlanga en estado puro. Es el estrafalario esperpento de una sociedad que se arrastra por el dinero y busca sacar tajada de todo. El disparate que hasta intenta culpabilizar a las mujeres humilladas por un tipo como Rubiales que, en una actitud absolutamente primate, manifiesta una prepotencia machista de libro.
Es España, la nuestra, en la que el machismo sigue campando a sus anchas, en la que representantes públicos se apuntan siempre al carro de los vencedores, en la que las mujeres son menospreciadas –cuando no asesinadas-, en la que el dinero, la picaresca, la falta de escrúpulos y el todo vale para medrar se convierten en características patrias. “Todos somos Jenny” grita la calle, pero también es cierto que todos somos Rubiales. Es España, en la que lo vergonzoso se convierte en espectáculo y la heroicidad pasa a segundo plano.
La mirada irónica de Berlanga sigue hoy vigente. Este esperpento surrealista es el reflejo, ni más ni menos, de lo que somos. No me digan que esta historia no merece una buena película. Berlanga y Azcona ya tendrían inspiración para el guion de una serie de varias temporadas.