The Mauritanian

Elogio de la conciencia: THE MAURITANIAN

Dirección: Kevin Macdonald

Guion: Rory Haines, Sohrab Noshirvani, M.B. Traven. Libro: Mohamedou Ould Slahi

Música: Tom Hodge

Fotografía: Alwin H. Kuchler

Reparto: Tahar Rahim, Jodie Foster, Shailene Woodley, Benedict Cumberbatch.

Existen películas destinadas a golpear la conciencia del espectador, son películas cuyas imágenes y secuencias se nos quedan dentro, películas cuyos diálogos recordamos y repasamos porque tienen un contenido que trasciende al argumento de la misma. Cuando, además, la película cuenta un hecho histórico reciente, el espectador se siente interrogado y vuelve con frecuencia a reflexionar sobre el film.

Tal es el caso de “The mauritanian” (El mauritano) historia real de Mohamedou Ould Slahi (Rahim), capturado en Mauritania por el gobierno de los Estados Unidos y conducido a la prisión de Guantánamo donde vivió -malvivió- durante años sin cargos ni juicio. A lo largo de esos años Mohammedou fue sometido a vejaciones y torturas ignominiosas con el fin de arrancarle una confesión. Tras haber perdido toda esperanza, Slahi encontró aliados en la abogada defensora Nancy Hollander (Jodie Foster) y su asociada Teri Duncan (Shailene Woodley). Juntos se tuvieron que enfrentar a innumerables obstáculos en una búsqueda desesperada de justicia.

La película tiene un arranque extraordinario y muestra a los personajes poco a poco. La expectación que el director busca para presentar al terrorista sorprende al espectador que se encuentra son un hombre bueno, pacífico y religioso, incapaz de pensar mal de la justicia norteamericana.

A medida que la historia va avanzando, asistimos a la brutal deshumanización de los carceleros que contrastan con la aparente bondad del preso. ¿será un asesino?, ¿un miembro de Al Khaeda responsable del atentado de las Torres Gemelas?

El director, Kevin McDonald, muestra su oficio y construye una película sólida, dramática y profundamente humana. La pantalla se estrecha para mostrar las secuencias de tortura queriendo así manifestar la opresión que vive el reo y vuelve al ancho normal para presentar la vida en libertad. Las escenas de la investigación discurren con rapidez y tensión. Los encuentros de las abogadas con Mohammedou tienen un pulso narrativo estupendo.

A lo largo de la película asistimos a un proceso interesante: todos los que se acercan al presunto terrorista van sintiéndose interrogados sobre la moralidad de sus propios actos y van teniendo problemas de conciencia. Las abogadas van evolucionando y se implican humanamente en el caso; el militar Stuart Couch, abogado del estado que lleva la acusación contra el mauritano, hace objeción de conciencia desde su fe cristiana al ver lo que pasa en Guantánamo.

La película -sólida y contundente- emociona y conmueve. Las interpretaciones son sobresalientes, Jodie Fostert está impecable en su papel de tenaz abogada, los primeros planos de Benedict Cumberbatch consiguen transmitir todo el debate moral interior que vive este soldado. Tahar Rahim, dando vida al reo, es un auténtico descubrimiento, está sencillamente genial.

Concebida con un corte clásico, la película toca muchos temas, y todos los toca bien: la dignidad humana, el estado de derecho, la fe como motor de libertad, la objeción de conciencia…todo tratado con un montaje impactante y acompañado de una música excelente.

“The mauritanian” es una muy buena película. Ideal para verla de un tirón, hacer luego silencio, pensar y finalmente hablar de ella. Es sencillamente la conmovedora historia de un acusado que se convirtió en testigo.

PARA TRABAJAR EN GRUPO

  • Comenta la evolución de la conciencia de

Nancy

Terry

Stuart Couch

  • Comentad las siguientes frases:
  • Stuart Couch: Dios siempre nos recompensa; de una forma un otra, todo saldrá bien.
  • Nancy Hollander:  He descubierto por qué construyeron la base allí, no es para alejar a los detenidos de los tribunales… sino a los carceleros.
  • Mohamedou Ould Slahi: Mis captores no pueden perdonarme por algo que jamás he hecho pero yo intento perdonar, quiero perdonar porque eso es lo que Allah, mi Dios, quiere. Por eso y no guardo rencor a aquellos que me maltrataron, no señor. En árabe la palabra libertad y la palabra perdón se dicen igual, así es como incluso aquí puedo ser libre. Durante 8 años he estado soñando con estar en un tribunal y ahora que estoy aquí estoy muerto de miedo, pero espero encontrar la paz porque creo que este tribunal se rige por la ley, no por el miedo, así que cualquier cos que decida su señoría la aceptaré. Que Allah nos perdone y esté con nosotros.

JOSAN MONTULL

INVOCAR, PROVOCAR, CONVOCAR

El tema vocacional siempre ha estado muy presente en la Iglesia. La actual crisis de vocaciones religiosas ha llevado a que la comunidad cristiana se pregunte desconcertada qué está haciendo mal y en qué se ha equivocado.

Ciertamente los tiempos no son nada fáciles. En una cultura postmoderna y líquida no es fácil que los jóvenes se planteen el sentido de sus vidas. Los mismos programas educativos europeos han escatimado la dimensión espiritual de las llamadas competencias básicas, dando por supuesto que hay que formar personas prácticas, políglotas, con habilidades digitales y poco reflexivas.

Hacer que los jóvenes descubran el sentido de sus vidas es lo mismo que animarles a que reflexionen sobre a qué son llamados para dar lo mejor de sí mismos. En los jóvenes cristianos hay una urgencia de la experiencia de búsqueda para discernir qué es lo que Dios quiere de ellos para que sean plenamente felices.

Ésta es una llamada importante para los educadores. A nosotros nos toca ser servidores que animen a los jóvenes a hacer su propio proyecto de vida teniendo a Jesús de Nazaret como centro.

Es necesario, pues, invocar al Dios que nos llama. De entrada, a los animadores de la fe nos toca ser hombres y mujeres orantes, que invocamos a Dios y lo tenemos permanentemente en nuestro horizonte. No podremos comunicar nada que no vivamos. La invocación al Espíritu de Jesús debe ser una característica del animador vocacional. Se nos pide ser personas profundas, orantes, de Espíritu.

Sólo así nuestra vida podrá ser una provocación. Nos toca también provocar, ir a contracorriente de un mundo que, con frecuencia, excluye a los pobres y menosprecia a los débiles. Nuestras comunidades cristianas deber ser una profecía de fraternidad y misericordia. La ternura, la pobreza, la entrega, el compromiso por los oprimidos deben marcar el ritmo de las comunidades. Nuestra vida como animadores vocacionales debe ser tan comprometida que sea una provocación valiente en un mundo que esconde el amor. Nuestras presencias de Iglesia deben ser testimoniales e incómodas en medio de una sociedad que se ha arrodillado ente el dinero y ha arrinconado la interioridad.

Por último, creo que es desde esa invocación y esa provocación, desde donde tenemos que convocar. Dios llama, lo ha hecho a lo largo de toda la Historia de la Salvación. Los grandes personajes veterotestamentarios se sintieron llamados por un Dios que les cambiaba los planes y les comprometía. En el Nuevo Testamento, María de Nazaret, Isabel, Juan Bautista…escudriñaron la Historia para descubrir la llamada de Dios y vivir su vocación. También Jesús llamó a muchos para seguirle. La llamada de Jesús es siempre una propuesta, nunca una imposición.

Nosotros tenemos que ser hoy instrumentos de esa propuesta. Es necesario convocar con nuestras palabras, nuestra vida y nuestro testimonio. Son muchos los jóvenes que, acompañados desde el afecto y la autenticidad por personas concretas y por una comunidad, pueden descubrir esa llamada. No se trata de algo excepcional y extraño. Hay que dar pasos para ir creando una cultura vocacional que normalice la propuesta y la respuesta.

Por todo esto y por la actualidad del tema, sugiero la lectura del libro de Jorge Juan Reyes “10 preguntas para comprender hoy la animación vocacional”. Desde la reflexión teológica y las sugerencias pastorales, el autor hace una exhaustiva reflexión sobre la animación vocacional.

Gracias, Jorge, por este libro cuya lectura invita a invocar, provocar y convocar. Gracias por este libro que nos anima a seguir siendo servidores de los jóvenes.

JOSAN MONTULL

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EXPERIENCIA COVID

A mediados del pasado mes de Agosto enfermé. La PCR que me hicieron detectó que me había infectado de coronavirus. Posiblemente me debí contagiar en una Residencia de las hermanas de Santa Ana a las que voy a presidir la Eucaristía y estaban sufriendo un brote. Cuando me dijeron la palabra “coronavirus” me asusté, lo confieso, y siguiendo las indicaciones médicas, me confiné en la habitación. Lo cierto es que cada día me encontraba peor: respiraba mal, tenía fiebre, no podía hablar, sólo tosía… al final, acudí a Urgencias y me ingresaron en el Hospital. Después de 10 días me dieron el alta y regresé a casa, muy cansado pero bien y con la intención de vivir la covalencia que me recomendaban.

He sido uno más, sí, de los miles que han tenido COVID. Uno más de los que han experimentado una sobredosis de fragilidad en unos tiempos en los que parece que todo lo tenemos bajo control.

Hoy, y animado por amigos que me han pedido que comunique la reflexión de lo vivido en estas tres largas semanas, con toda sencillez quiero poner por escrito algunas de las reflexiones de estos días, sabiendo –eso sí- que no tengo derecho a ninguna generalización chulesca ni a dogmatizar sobre la enfermedad –Dios me libre- sólo trasmito lo reflexionado en la experiencia personal.

  1. Las hermanas. Lo primero que pensé fue en dónde había podido contagiarme. Cuando supe lo del brote en la residencia de las hermanas de Santa Ana no tuve duda. En ese momento experimenté, junto al susto, la satisfacción de compartir con ellas su mala suerte. Creo que es imposible entender a nuestra diócesis de Huesca sin valorar el trabajo de las hermanas de Santa Ana. En cuántos ambientes difíciles se han movido ellas a lo largo de los años: la educación, la vida rural, la siquiatría, el cuidado de ancianos, la atención a discapacitados intelectuales, las misiones, la maternidad, la acogida de huérfanas, la medicina… en muchos sectores de exclusión y de dificultad estas mujeres se han desvivido dejando, con amor, lo mejor de sí mismas. Con ellas compartí mis primeros años de vocación religiosa. Hoy me siento, si cabe, mucho más cercano de estas hermanas.
  2. Infectar a los que quieres. En cuanto me dieron la noticia y los rastreadores me llamaron, repasé las personas con las que había tenido una relación cercana en días anteriores. Había compartido la mesa con varios grupos de amigos. Varios de ellos también resultaron infectados. ¡Cómo me afligió haber sido portador involuntario de un contagio!. ¡Qué mal me supo…! lo lamenté, lo confieso, más que mi propia enfermedad.
  3. La experiencia de la fragilidad. Acostumbrado, como estoy, a una vida muy activa. Con mil trabajos, responsabilidades y tareas… me he visto frágil, muy frágil… hasta inútil. La fragilidad puede ser una gracia que nos baje de nuestros pedestales y nos enseñe el valor de las cosas realmente importantes. Cuando tenemos una tendencia al endiosamiento personal, la fragilidad sobrevenida súbitamente puede convertirse en don y ayudarnos a tomar conciencia de la propia pequeñez.
  4. La visión del tiempo. Me doy cuenta que vivo en una saturación de actividades. Es cierto, hago muchas cosas…no tengo tiempo, me digo. Cuántas veces me he visto prisionero de un tiempo del que yo creía que era dueño. La experiencia de parar, de necesitar cuidados, de vivir despacio saboreando las cosas ha sido para mí un espacio de regalo en mi vida. Cierto es que las cosas me han ido bien, no sé cómo hubiera experimentado el tiempo si no viviera la curación. Pero lo cierto es que detener el reloj de mi vida por una causa no deseada me ha ayudado a ver y vivir el tiempo de otra manera.
  5. El valor de las pequeñas cosas. Con frecuencia me preguntaban si no me aburría, si un tipo tan activo como yo, no sentía el tedio de dejar pasar las horas sin hacer nada. Y tengo que decir sinceramente que no me aburrí sin hacer nada. Sólo he leído (bastante), pero el placer de respirar bien, de poder hablar sin ahogarte por la tos, de no tener fiebre…la experiencia de sentirme sencillamente bien me ha ayudado. Qué poco valoramos esa minucia que es estar bien; de vez en cuando, pienso, deberíamos parar para experimentar que no nos duele nada extraordinariamente y que sencillamente nos encontramos bien.
  6. La gracia de la ciencia. La aparición de la COVID ha cambiado el mundo, ha desbaratado nuestra forma de vida. Y ahí, denodadamente, la ciencia está haciendo un esfuerzo extraordinario de investigación. Qué preciosidad, pienso, que los científicos investiguen para curar esta afección y mejorar la vida. Qué genialidad esta carrera por llegar a tener una vacuna, una curación a esta enfermedad canalla que está haciendo tanto daño. Qué maravilla que se pueda investigar, hacer analíticas, TACS…lo que sea menester. Es cierto que siempre ha habido mucha ciencia dedicada a pensar cómo hacer daño y multiplicar el mal, pero es tan hermoso que el ser humano tenga capacidad para investigar todo lo bueno para la vida que esa capacidad me remite, casi sin quererlo, a considerar que nos parecemos al Dios creador.
  7. Los profesionales de la medicina. Nunca recibirán todo el agradecimiento que merecen. Es genial que haya tantos profesionales de la medicina que cuidan la fragilidad. Seres humanos excelentes, que sanan con la sabiduría, la profesionalidad y un trato exquisito y humano que anima al enfermo. Y aquí entran todos: doctores, personal de enfermería, biólogos, médicos, celadores, gente de limpieza, especialistas, todos. Cuando pienso en los miles de sanitarios que se han contagiado de COVID e incluso han muerto, agradezco más profundamente el trabajo enorme y excelente de los profesionales de la medicina.
  8. La conciencia de la injusticia en la pandemia. En todo este tiempo he pensado y pienso en tantas personas que están sufriendo esta pandemia desde la pobreza, el hacinamiento y la falta de posibilidades. El coronavirus de la COVID ha llegado a todas las partes del mundo; lo hemos sufrido en nuestro primer mundo, con medios, una sanidad moderna y mil posibilidades, y lo sufren en el Tercer Mundo y en los colectivos excluidos de tantas partes, allí donde no llega la medicina pero llega el virus y la muerte. El papa Francisco nos ha recordado que la vacuna debe llegar a todos, también a los pobres. Millones de personas no tienen en nuestro Mundo acceso a la medicina. Eso es sencillamente injusto y abyecto.
  9. El don de la familia, la comunidad y los amigos. A lo largo de estos días mi familia, mi comunidad religiosa y mis amigos han manifestado una cercanía extraordinaria conmigo. Estar solo y aislado en el Hospital te hace experimentar el valor de las personas que te quieren y que sientes cercanas aunque no estén físicamente a tu lado. Cada detalle, cada WhatsApp, cada llamada, cada signo de afecto y preocupación de los míos me los ha hecho vivir muy cercanos a mi intimidad vulnerable. Qué don tan maravilloso es tener una familia y una comunidad que te quiere y unos amigos para los que tu vida es sencillamente importante. En este sentido, mención aparte para mí, como salesiano, ha sido el experimentar la cercanía de tantos jóvenes que se han interesado por mi situación desde el cariño. Cuántas llamadas, mensajes y WhatsApps de chavales me han animado permanentemente en la enfermedad. Ellos, lo aseguro, han sido para mí el pulmón que necesitaba y el aire que me faltaba.
  10. La experiencia de la fe. Como creyente tengo que decir que no he rezado más que en otros momentos; tiempo he tenido, es cierto…pero no he dedicado tiempos extraordinarios a la oración. He tenido siempre, eso sí, la certeza que el Dios crucificado estaba junto a mí. He experimentado su cercanía. Tal vez la actividad incesante que habitualmente llevo me impida darme cuenta de que estoy en manos de una Presencia que me conoce por mi nombre y me ama. No he pedido por mi curación, de verdad, (tampoco me he visto apurado). He ido agradeciendo con mucha normalidad la situación que estaba viviendo. Me gustaba mucho leer el evangelio de cada día y me hacía entrar en comunión con la comunidad cristiana de la que formo parte. Este parón me ayudaba en muchos momentos a retomar la conciencia de que la vida es un regalo que hay que saborear, exprimir y paladear con calma. Tal vez en este mundo nuestro hay tantas prisas que resulte tan difícil experimentar la fe y hasta sentir la propia vida.

Ésta ha sido mi experiencia, una más, sin ninguna pretensión. Creo que las cosas que vivimos tienen que ayudarnos a dar sentido a la existencia. De todo podemos aprender. Las experiencias personales deben enriquecernos y convertirse en fuente de inspiración para nuestra vida y la de los demás. Creo por eso, que la experiencia de COVID que he vivido debe ayudarme a entregarme con más calma y generosidad a las personas, a escuchar y a ayudar con esta experiencia acumulada.

Para dar sentido a la vida de las personas, el Mundo no necesita expertos sino testigos. Me gustaría que lo vivido me ayude a ser testigo de la grandeza de nuestra fragilidad, de la dignidad de la vida humana, de la divinidad de nuestra propia humanidad… me gustaría que mi experiencia me ayude a manifestar que el virus que más destruye es la superficialidad en la vida y la indiferencia ante el dolor ajeno. Me gustaría, en fin, que mi experticia con la COVID me ayude a dar permanentemente un mayor y contagioso testimonio de amor.

JOSAN MONTULL

UN POQUITO DE POR FAVOR

Seguro que lo recuerdan. Era la frase paradigmática de Emilio, el portero del bloque en el que vivía una extravagante comunidad vecinal en la serie “Aquí no hay quien viva”. Cada vez que surgía algún lío, cuando aparecían los gritos, cuando las Asambleas de vecinos se convertían en un griterío insoportable lleno de insultos, cuando parecía que ya nadie hacía caso a nadie más que a su propia apetencia, Emilio gritaba angustiado, con su sempiterno acento andaluz, “Un poquito de por favor” pidiendo cordura y sentido común. Era la llamada desesperada al entendimiento y al orden, la llamada de quien siente vergüenza ante el espectáculo de aquella divertida comunidad. Y no es que Emilio tuviera una conducta ejemplar, no; también en su vida había momentos turbios y picaresca de la fina…pero la educación y los modales no había nunca que perderlos.

He recordado a Emilio en estos días. Ha sido al ver las algaradas callejeras en Barcelona, ciudad en la que he vivido y a la que amo de corazón. No daba crédito a la violencia, las barricadas, el lanzamiento de objetos, las cargas policiales, los insultos, los contenedores y coches quemados. Me sobrecogió especialmente ver en las imágenes a tantos jóvenes, algunos casi chavales, que habían hecho estallar la calle. ¿Qué han podido vivir, pensé, para estallar en esa agresividad?, ¿qué puede ocurrir en la cabeza de tantos jóvenes para desatar la violencia organizada en un momento concreto?, ¿qué ha ocurrido? Yo recuerdo la Barcelona multirracial, culta y creativa, mestiza y alegre en la que viví… ¿qué ha pasado con esos chavales?

Pero repaso las actitudes de nuestros responsables políticos, los que debe ser referentes para nuestros jóvenes, y tengo la sensación que en colocar la mecha del fuego callejero algo han debido contribuir nuestros profesionales de la política.

Desde hace tiempo el parlamento nacional y algunos autonómicos se han convertido en Sesiones tan desquiciadas como las Asambleas de “Aquí no hay quien viva”. Claro que no tienen ninguna gracia. Hay con mucha frecuencia tanganas sonrojantes de gritos y despropósito donde se insulta, se grita, se patalea y se descalifica permanentemente al otro. “Golpista, terrorista, vende patrias, traidor, mentiroso, carroñero, bloqueador, pactista, saboteador, fascista, reaccionario, facha, corrupto, indecente, indigno, hooligan, miserable, cobarde…” y otra serie de lindezas hemos escuchado estupefactos en los últimos meses mientras veíamos a nuestros bien pagados parlamentarios gritándose y faltándose al respeto un día sí y otro también. 

El problema estriba en que esos mandatarios nos representan, me representan… y no consiento que aquel a quien yo elijo y pago para representarme haga de la mala educación un estilo de hacer.

Pero nos representan, mal que nos pese, nos representan. Por eso podemos exigirles. La política es el arte de lo posible. Hoy urge que nuestros políticos se miren a los ojos y recuerden que sus palabras y gestos nos representan a todos. Porque queremos que la convivencia, la tolerancia y la concordia sean posibles.

Tengo la sensación que tras los cocteles molotov y la violencia callejera está la incapacidad de nuestros políticos para hablar sin gritarse, dialogar sin interrumpirse y debatir sin insultarse.

En más de una sesión parlamentaria, viendo las algaradas y la desilusión violenta de la calle, tendría que aparecer el bueno de Emilio gritando “Un poquito de por favor” … a ver si aparece el sentido común y el respeto…no sea que al final el título de la serie se aplique a nuestra convivencia y tengamos que decir que “Aquí no hay quien viva”.

JOSAN MONTULL