LO QUE AHORA SE VE

Seguimos mirando a los ojos a la pandemia. Seguimos afrontando nuevas situaciones, a veces complicadas. Ahí andamos, entre fases y desfases, entre brotes y rebrotes, intentando doblegar el miedo y la desgracia.

Y es ahora, precisamente ahora, cuando la sociedad pone sus ojos asustados en unas realidades que ya estaban allí y a las que nunca solíamos mirar con sinceridad.

Ahora se va descubriendo que existen los ancianos, que en algunas residencias –no en todas, por supuesto- son aparcados desde el olvido a veces en condiciones poco saludables. Muchos de ellos se dejaron la vida a girones en otros tiempos para que el progreso y la libertad llegaran hasta nosotros. Muchos han muerto en soledad en la pandemia. Unos 50 han sido enterrados recientemente sin que nadie los echara de menos, sin que nadie les acompañara o preguntara por ellos.

Descubrimos que hay jóvenes, que desde hace años y en medio de una sociedad permisiva hasta el tuétano, han hecho del botellón, la noche y las supuestas fiestas una provocación a la salud y a la amistad. Y ahora les culpamos de lo que hemos construido para ellos. En un país como el nuestro en el que los educadores han sido tantas veces ignorados y en el que a los chavales se les han hurtado referencias éticas para crecer, ahora les vemos saltándose la noche y la prudencia, como siempre habían hecho. Y el dedo acusador les señala y les afea su conducta imprudente.

Descubrimos que hay un turismo deleznable que llega a nuestro país, animado por una publicidad que garantiza el exceso, para burlarse de la dignidad con el alcohol, las drogas y estulticia mientras esto se pague con dinero contante y sonante. Son los tipos del balconing y el desmadre absoluto, los que rompen las reglas y el mobiliario, los que se ponen hasta las trancas de alcohol y sustancias porque se lo pueden pagar y porque su locura beneficia a otros.

Descubrimos que hay temporeros, que acuden a millares desde hace años para hacer un trabajo que ningún autóctono quiere hacer y se ven con frecuencia obligados a dormir hacinados en locales insalubres o en las calles de las ciudades. Ahora, precisamente ahora, hemos visto cómo viven y sobreviven entre nosotros.

Aparecen de nuevo los inmigrantes ilegales, que son recluidos en los CIES y se afanan por escapar del horror, la violencia y el hambre. También se vuelve a hablar de pateras y llegadas masivas de personas africanas que buscan refugio, dignidad y paz. Llegan a un paraíso canalla donde al menos no tienen guerra y terror.

Y es que algunos de los brotes con de nuevo nos castiga el coronavirus parece que tienen su entrada a través de estos colectivos.

Los miramos ahora, y hasta hay quien les culpabiliza, quien se manifiesta escandalizado y trastornado por unas conductas y unas vidas a las que se les imputan todas las idas y venidas de la supuesta normalidad con que la pandemia nos zarandea. Pero estos colectivos, estas personas ya estaban antes, siempre han estado ahí, aunque no les quisiéramos ver y echáramos la vista para otro lado. Han salido a la luz precisamente ahora.

Que gran cosa sería que, dentro de unos meses, podamos mirarlos desde el respeto más absoluto sabiendo que todos, absolutamente todos, somos igualmente dignos e igualmente vulnerables.

JOSAN MONTULL

El niño que domó el viento

Desafiando la fatalidad

EL NIÑO QUE DOMÓ EL VIENTO

(Reino Unido 2019)

Director: Chiwetel Ejiofor.

Reparto: Chiwetel Ejiofor, Maxwell Simba, Joseph Marcell

En la República de Malawi la familia de William, un adolescente espabilado, viven muy pobremente de la siembra y la recogida del maíz. Los padres de William desean darles a sus hijos lo que ellos no pudieron tener: educación, cultura. Pero la llegada de una sequía impresionante y la gestión despótica del gobierno desata una hambruna tremenda. El padre de familia cree que ya sólo queda rezar, la hija mayor piensa en la huida, pero William, que observa ávidamente la realidad, cree que puede construir una noria rudimentaria para tener agua aprovechando la fuerza del viento, siguiendo los pasos de un libro encontrado en la biblioteca de la escuela.

Inspirado en la historia real del joven William Kamkwamba, una de las “30 personas menores de 30 años que cambiaron el mundo” según la revista Time, el debutante director Chiwetel Ejiofor consigue una película didáctica y cargada de valores humanos. Con un ritmo ralentizado, Ejiofor retrata la pobreza de una forma excepcional, casi documental, y es precisamente ese retrato de miseria lo que conmueve al espectador desde el principio.

Hay, por otra parte, en la película un homenaje a la familia, a la fidelidad, al sacrificio personal que comporta el amor cuando debe desvivirse por proteger a los hijos. A pesar de las discusiones familiares en medio de la desesperación que provoca el hambre, prima siempre generosidad y la entrega por los demás.

El verdadero William Kamkwamba

Y hay también un elogio de las convicciones y prácticas religiosas. Éstas, en una comunidad plural como la que viven los protagonistas, son más profundas cuando son comunitarias y cuando personas de diferentes credos son capaces de rezar juntas. En los rótulos de crédito finales, y junto a fotografías de los auténticos protagonistas, aparece la frase “Dios es como el viento, lo toca todo” que, de alguna manera, explicita el sentimiento trascendente del film.

Un film humano, cargado de valores, técnicamente muy bien realizado, con una historia, en fin, que invita al espectador a ser mejor persona.

JOSAN MONTULL

A dos metros de ti

Prohibido tocar: A DOS METROS DE TI

Dirección: Justin Baldoni
Intérpretes: Haley Lu Richardson, Cole Sprouse, Moises Arias

Este drama romántico adolescente cuenta la historia de Stella, una joven de, debido a una fibrosis quística, ha pasado su vida en hospitales. Necesita un improbable trasplante de pulmones y su rutina consiste en mantener un orden, casi obsesivo, son sus cosas del día a día. Sus amigas le van enviando vídeos en los que muestran cómo se divierten y tienen aventuras propias de la edad.

Tan ordenada vida se descentra por completo cuando llega al Hospital un chico llamado Will, también con problemas pulmonares, rebelde, transgresor y desordenado. Ambos se enamoran de una forma limpia y sincera, pero tienen la gran dificultad de no poderse acerar a menos de dos metros para evitar cualquier contagio. El amor, obligados a vivir separados, sin ningún contacto físico, tiene que irse abriendo camino en ese difícil contexto.

El primer largometraje de Justin Baldoni tiene muy buenas intenciones. No es novedoso en el cine el tema de la vida de jóvenes en hospitales, pero sí lo es el planteamiento del film.

La película presenta cuestiones serias: el amor sin contacto físico, el sentido de la existencia, le debilidad y la enfermedad, el más allá después de la muerte, la ayuda mutua como medio para entenderse y quererse, el amor a la vida, la comunicación humana sin el tacto…todos estos temas están tratados con delicadeza y finura.

A pesar de que los personajes secundarios no están bien dibujados, de situaciones hospitalarias inverosímiles y de transitar terrenos conocidos que desembocan en la emoción del espectador, la película se ve muy bien y es más que correcta. 

Tal vez hoy, cuando un virus nos obliga a un difícil distanciamiento social por miedo a los contagios, “A dos metros de ti” cobra una inesperada actualidad y nos anima a reflexionar sobre las formas de expresar los afectos. El coronavirus ha convertido a esta película en una obra interesante que merece verse.

JOSAN MONTULL