NAVIDAD 2020: DIOS TIENE EL COVID

Desde la Antigüedad, el ser humano ha adorado dioses. Normalmente eran dioses lejanos, distantes, serios, que daban, más que respeto, miedo; dioses a los que había que rendir culto de una manera difícil y que necesitaban sacrificios para aplacar su ira.

Hoy, en Navidad, celebramos lo contrario, no que el hombre hace dioses sino que Dios se hace hombre, uno de los nuestros. A quién se le hubiera ocurrido inventar a un dios bebé. Sólo Dios es tan grande que, en Belén, nos invita a admirable contemplando con respeto la fragilidad humana.

La fragilidad este año la hemos experimentado mucho. Desde hace 9 meses la pandemia ha provocado mucho dolor. Han muerto en el mundo más de un millón de seres humanos y la pobreza ha llegado a muchas familias.

En España han fallecido por esto miles de personas. Otros han quedado con secuelas muy fuertes. De entre los más afectados ha habido un buen colectivo de trabajadores de la sanidad. Los ancianos han sido especialmente golpeados por la enfermedad. Muchas actividades han tenido que suspenderse y la vida social nos ha cambiado radicalmente.

Ante todo ese sufrimiento, ha habido quien que ha culpado a Dios, diciendo que Él castigaba a las personas con esta enfermedad. Nada más lejos de eso. Dios no castiga nunca a sus hijos… les anima, eso sí, para que ayuden a los demás y combatan el sufrimiento. Por eso ha estado al lado de los médicos, farmacéuticos, sanitarios y de tantas personas voluntarias. Ha compartido la vida sacrificada de transportistas, reponedores, militares, funcionarios de la seguridad, tenderos y gente buena que han podido proveer de lo necesario en las casas. Ha estado junto al esfuerzo de los científicos que investigan vacunas y medicamentos.

También ha estado junto a los educadores, educadoras y tantos profes que se han tenido que multiplicar para ayudar a que muchos chicos y chicas pudieran seguir aprendiendo.

Ha estado cerca de los curas, que –aunque mucha gente no lo sepa- han llevado consuelo y esperanza a numerosas personas.

Y también he permanecido en silencio junto a la cama de los moribundos, junto al dolor de sus familias… junto a todas las víctimas de esta enfermedad. También ha estado y está cercano de los que han perdido el trabajo, de aquellos que han visto cómo la pobreza llegaba a sus hogares, de aquellos que lo han maldecido por desesperación.

Aunque en esos momentos de tanto dolor muchos no se dieran cuenta, Dios estaba allí, en la cruz del sufrimiento de los enfermos y de sus familias, en el esfuerzo de los que querían curarles, en las lágrimas de alegría por las curaciones y en las de impotencia cuando no se podía vencer a la enfermedad. Las manos de los que se han esforzado por combatir la pandemia han sido una prolongación de las manos de Dios. Los pulmones agonizantes de los enfermos han sido los pulmones de Dios. Dios se ha hecho hombre. También Dios ha tenido el COVID.

Estamos en Navidad. La Iglesia nos invita a mirar al hijo de María, al pequeño Jesús, al Rey de la fragilidad… allí late el corazón de Dios. No, Dios no envía castigos ni males… qué padre podría desear el mal a sus hijos. Él sufre con sus hijos que más sufren y está al lado de los que se esfuerzan por humanizar la vida y luchan contra toda enfermedad y pandemia.

Hay que acoger la humanidad de Dios. En cada ser humano vulnerable y necesitado nos encontramos el latido de Jesús en Belén. En Jesús Dios se parece a nosotros y nosotros nos parecemos a Dios. En Navidad descubrimos que ya no podemos mirar a Dios sin mirar a los seres humanos.

Hoy es Navidad. Navidad es un tiempo de regalos. Regalemos humanidad. Acojamos a Jesús, acojámoslo en los que sufren y en los débiles, en las personas solidarias y en los que luchan por humanizar la vida.

Dios no envía el mal…Dios envía a un bebé en Belén para combatir el mal. Acojamos a Jesús y convirtámonos también nosotros en un regalo divino para una humanidad herida.

Feliz novedad, feliz humanidad, feliz Navidad,

JOSAN MONTULL

UNA NAVIDAD QUE NO SERÁ COMO LA DE OTROS AÑOS

Nunca como este año, las autoridades se habían convertidos en voceros del Adviento, Desde hace tiempo nos dice una y otra vez que se acercan las Navidades, que queda poco tiempo, que hay que estar preparados y que hay que estar vigilantes porque…esta Navidad será distinta.

Luego lo matizan, lo ponen en manos de las comunidades autónomas y lo complican… y nos sumergen en un mar de dudas:

  • ¿Podrá haber reuniones de hasta 6 personas…o hasta de 10?
  • ¿Habrá ciudades confinadas?
  • ¿el toque de queda será a las 11 de la noche los días que no sean festivos?
  • ¿Las superficies comerciales podrán llenarse?
  • ¿Y qué pasará con las cenas familiares de Nochebuena o Nochevieja? ¿Y el día de Reyes?… ¿Podrán intercambiarse regalos esos días?
  • ¿qué son exactamente los allegados?
  • ¿Y los bares estarán abiertos?… y, en caso afirmativo. ¿en qué tanto por ciento se podrá llenar el interior?
  • ¿Habrá más aforo en los cines y teatros?
  • Y en las misas, ¿qué aforo habrá?
  • ¿Habrá Misa de gallo a las 12 de la noche?

Y, ante todas estas preguntas, nuestras autoridades responden: “Una cosa está clara: las Navidades NO SERÁN COMO OTROS AÑOS”.

Pues, qué quieren que les diga, que a mí me alegra esto de que la Navidad no sea como siempre. Creo que también los cristianos deberíamos plantearnos esto, que las Navidades no fueran como otros años. Corremos el riesgo de que una fiesta tan extraordinaria como la Navidad, en la que celebramos –ni más ni menos- que Dios se hace un recién nacido, se convierta en una cuestión rutinaria, en una milonguita simpática y familiar a la que se le haya privado de su fuerza revolucionaria.

Así que me atrevo, con toda sencillez, a darles otros consejos, que van más allá de lo sanitario, para que su Navidad sea un poco más “cristiana”.

  • Ponga el Belén en casa y rece por la paz cada día ante él.
  • Lea diariamente un fragmento del evangelio.
  • Haga un donativo solidario. Piense en cualquiera de las organizaciones que se dedican con esmero a paliar la miseria de los oprimidos y entregue algo de su dinero.
  • Prescinda de parte del tiempo que dedica a Internet y regáleselo a su familia o a los amigos a los que hace tiempo no ve.
  • Piense qué regalos va a hacer y calcule que sean mucho más baratos que los del año pasado (el exceso sería una ofensa en plena pandemia).
  • No deje pasar ni una fiesta sin participar de la Eucaristía a la hora que sea: Noche Buena, Navidad, Domingos, Epifanía…
  • Abra bien los ojos para ver personas necesitadas cerca de usted. Suelen pasar desapercibidas, aunque estén a nuestro lado.
  • Llame o escriba a alguna persona que esté viviendo un mal momento.
  • Envíe felicitación navideña escrita de su puño y letra. Eso testimonia que ha dedicado tiempo a la persona destinataria de la felicitación. Y, por favor, prescinda usted de renos, trineos, muñecos de nieve u otras cositas graciosas en su postal y haga que aparezca el Niño Jesús. Él es el centro de nuestra Navidad.
  • Y en este Adviento, repase los motivos de esperanza que tiene en esta situación que nos toca vivir y conviértase usted mismo en una estrella de Navidad que sea un motivo de esperanza para los demás.

Hagamos caso a las autoridades. Hagamos que esta Navidad, ciertamente, no sea como otros años.

Josan Montull

ABUELOS

Existen los abuelos. Los encontramos en muchas casas, en muchas familias, en muchos ambientes. Han acumulado años de historia, de vida, de sinsabores y esperanzas y aguantan el tipo con dignidad. La edad, imperturbable, les juega malas pasadas, y lo que antes eran reflejos rápidos y pasos decididos se convierten ahora en gestos tímidos y torpes, cargados de poesía y de profunda humanidad.

Se han convertido en muchos casos en la referencia adulta y ética de sus nietos. Les acompañan a la Escuela, les van a buscar, se quedan muchas veces con ellos los fines de semana para que los padres puedan salir a airearse de sus variados trabajos. Incluso muchos de ellos hasta les hablan de Dios y les enseñan a rezar.

Además del cariño y el consejo, los abuelos regalan tiempo a sus nietos y nietas. Tal vez el tiempo sea hoy uno de los regalos que más necesitamos. En esta sociedad del vértigo y las prisas necesitamos tiempo para jugar, escuchar, reír… tiempo para saborearlo y perderlo con las personas amadas.

Una pandemia canalla e inhumana nos ha obligado a protegernos del mal de una manera tan dura que nos han robado los abrazos, los besos, las caricias, la cercanía y el roce. Ese virus asesino nos está robando también a los abuelos cuya salud queremos proteger.

Ahora les vemos asustados, tristes y alejados de los suyos, sin entender mucho lo que pasa. Incluso en esta situación hay abuelos que prefieren contagiarse a no ver a sus nietos. Si el virus destruye, no ver a sus nietos también apaga la vida. Además, la incertidumbre del tiempo que tendrán que aguantar para poder protegerles sin abrazar a los críos hace que la situación sea todavía más dolorosa. 

También vemos a los nietos, necesitados del abuelo y la abuela que derraman humanidad y ternura a cada momento.

Maldito virus que nos aleja y nos prohíbe los abrazos.

Maldito virus que nos separa para protegernos y nos blinda para estar seguros. Maldito virus que ha robado a los niños la ternura de sus abuelos y a los abuelos, los besos de sus nietos.

Dicen que los abuelos espolvorean polvo de estrellas sobre la vida de los nietos. Dicen que un mundo sin ellos no tiene corazón. Este mundo necesita abuelos y abuelas. No sólo los nietos, sino todos los que quieran construir su historia sin rencor escuchando y palpando el latir de las arrugas.

JOSAN MONTULL