SURREALISMO ANIMAL.

El respeto debido a los animales se esta convirtiendo en una especie de imperativo moral que desborda a veces lo racional. Con frecuencia se les da a los animales un trato que ya quisieran para sí muchos humanos. A algunos se les viste con jerseicitos y prendas muy finas; en los supermercados tienen una sección de comida para mascotas. Acabamos viendo normal que haya más perros que niños, que los nombres de algunos animales sean nombres de personas y que a algunas personas se les llame con nombres que hasta ahora eran animales. Hay una confusión tremenda que lleva a considerar, por ejemplo, que un aguilucho tenga más valor que un bebé y que un torero tenga menos dignidad que un toro. El aborto es considerado como un hecho de libertad, pero romper el huevo de un quebrantahuesos se convierte un delito gravísimo.

Dos acontecimientos recientes, lejos de ser anécdotas simpáticas, tienen que hacernos pensar.

El primero nos sitúa en un zoológico japonés; allí un mono, llamado Puch, fue rechazado por su madre y los cuidadores le entregaron un peluche para que pudiera el monito desarrollarse y socializar correctamente. Puch se agarraba al orangután de peluche mientras persistía la dificultad de ser integrado en el grupo.

Las hazañas de Puch fueron seguidas en todo el mundo y sus vídeos -alguno transmitido en directo 24 horas al día- se convirtieron en virales por la ternura que conmovía a los seguidores.

En el zoológico había largas colas deseosas de seguir en directo la hazaña de Puch y transmitirle todo su cariño.

Puch apareció durante días en los telediarios, recibiendo el tratamiento de una noticia relevante.

Por otra parte, y ya en nuestro país entre otros, estamos asistiendo a otro fenómeno ciertamente curioso: los therian, que son personas que se identifican y se sienten como un animal en concreto. Los vemos en forma de lobos, perros, zorros e incluso focas. En realidad, no es que se sientan animales a nivel físico, sino que buscan una forma identidad concreta. 

Son, fundamentalmente, jóvenes. Se ponen máscaras y colas para arrastrarse, emitir sonidos y sentirse integrados en una comunidad.

Estos therian empezaron a verse hace unos años pero las redes sociales han amplificado y popularizado este fenómeno que no deja de llamar la atención.

Animales que son tratados como seres humanos y seres humanos que se identifican con animales.

Pienso en la terrible confusión que esta pretendida normalidad puede generar en los adolescentes. Basta sentirse un animal para renunciar a la responsabilidad y libertad propias de un ser humano. Basta tratar a un animal como a una persona para acabar tratando a las personas con menos dignidad.

Mientras estas noticias, presentadas con una insultante normalidad, aparecen en los medios y las redes, nada se sabe de las personas que viven en Gaza, Nigeria, Irán o Haití, por ejemplo.  También a nuestros chavales, a los que -como al mono de marras- se les hurta el cariño, se les entretiene y engaña con un móvil, en lugar de con un peluche.

Que suerte tendrán los mandatarios injustos al ver cómo muchos jóvenes prefieren buscar una manada en la que puedan sentirse perros, a un grupo en el que puedan sentirse seres humanos y trabajar por la justicia y la dignidad para todos.

JOSAN MONTULL

Diecisiete

DIECISIETE: Amores perros

  • Título original: Diecisiete (España 2019)
  • Dirección: Daniel Sánchez Arévalo
  • Intérpretes: Biel Montoro, Nacho Sánchez, Lola Cordón, Kandido Uranga, Itsaso Arana
  • Guión: Daniel Sánchez Arévalo
  • Música: Julio de la Rosa
  • Fotografía: Sergi Vilanova

No es la primera vez que Daniel Sánchez Arévalo pone ante su cámara la adolescencia y la juventud. Pero nunca, como en esta vez, ha hilado tan fino llegando a retratar el alma de sus personajes con una mirada esperanzada.

Héctor es un chaval de 17 años que, tras varios hechos delictivos, vive confinado en un Reformatorio. Con un marcado síndrome de Asperger y un rencor contenido hacia su hermano, a quien culpa de todas sus desventuras, deja pasar las horas muerta junto a los compañeros de internamiento con los que no se relaciona. Su aislamiento es tan fuerte que, de vez en cuando, huye del Centro hasta que le detienen a los pocos minutos y le llevan a una celda de aislamiento. Allí Héctor, en su mundo aislado, se siente protegido y a salvo.

Cuando un día inicia una terapia con perros, mejora su actitud y su mirada ante la vida. Se encariña con un perro desvalido a quien llama “Oveja” y recupera las ganas de vivir y la sonrisa mientras alegra la vida del can. Pero un día “Oveja” no aparece, una familia lo ha apadrinado. Profundamente abatido y sin saber cómo reaccionar, Héctor se fuga del Reformatorio para encontrar a su perro. Va a buscar a su abuela, enferma terminal, y junto con su hermano Isma, con quien tan difícil le resulta la relación, se lanza por las carreteras de Cantabria en una furgoneta destartalada a recuperar a “Oveja”. Su viaje, el de los dos hermanos y la abuela, resulta toda una aventura.

Sánchez Arévalo consigue una obra hermosísima en la que los sentimientos van aflorando en ese extraño viaje. Los dos hermanos se reencuentran, se hablan, se discuten, se perdonan. En el trayecto, a los tres personajes se les une un perro al que le falta una pata. Los kilómetros recorridos juntos constituyen un viaje al interior de ellos mismos. Todos son seres frágiles, urgidos de relación; los dos hermanos necesitan pedirse perdón, están heridos. Isma bebe en exceso y se ha dejado con su novia porque ha quedado embarazada y él no está dispuesto a ser padre; Héctor necesita un hermano que se haga cargo de él, que le espere, que le quiera. La abuela necesita cuidados médicos pero sobre todo ternura y compañía. Hasta el perro urge acogida respeto.

Todos son seres necesitados pero, y ahí está lo hermoso del film, sólo se reencuentran a sí mismos cuando son capaces de darse, de compartir, de salir de sí mismos y ayudar al otro. La película nos muestra inteligentemente que sólo la donación redime y que todos, por más desajustados que estemos, podemos aportar algo a los demás.

El guión agilísimo y los diálogos frescos, ingeniosos y chispeantes, hacen que “Diecisiete” se vea con deleite y con una sonrisa permanente.

Temas como la familia, la fraternidad, el cuidado de los animales, la responsabilidad y la honestidad son tratados con una ternura extraordinaria. Los dos noveles actores protagonistas se complementan estupendamente y dotan de una verosimilitud extraordinaria a sus personales.

Ideal para jóvenes y educadores. Viéndola, se hace realidad la bellísima canción de Silvio Rodríguez “Sólo el amor engendra la maravilla, sólo el amor consigue encender lo muerte”.

Una pequeña joya, un derroche de talento y de ternura.

JOSAN MONTULL