EL BAILE Y EL DEAN

La que se lió. El vídeo (de una realización impecable) de los artistas C.Tangana y Nathy Peluso rodado en la catedral de Toledo provocó un escándalo morrocotudo.

En el vídeo –titulado ATEO- los dos artistas cantan y bailan con coreografías que destilan sensualidad, provocación y erotismo. El texto de la canción va repitiendo “Yo era ateo, pero ahora creo Porque un milagro como tú Ha tenido que bajar del cielo…”

La factura técnica de la grabación es impecable. La fotografía, los contrastes visuales, los movimientos de cámara, la angulación, el tratamiento de la luz…todo está muy bien. El contraste de la danza (en la que los artistas perrean) con la imagen seria de la Catedral llama la atención. También en la realización se juega con la frescura de los cuerpos de los jóvenes, contrastándolos con los rostros –entre circunspectos y curiosos- de los eclesiásticos que miran atónitos a los bailarines.

Ciertamente el efecto consigue epatar y llamar la atención.

Y se desató el escándalo. Muchos cristianos se sintieron ofendidos de que en un lugar tan emblemático se hubiera podido rodar este vídeo por el que la productora pagó 15.000€ a la catedral.

Cristianos indignados ante lo que consideraron una burla blasfema organizaron un acto de desagravio para “purificar” la profanada catedral. El deán, que había permitido el rodaje, anunció su dimisión irrevocable, los artistas protagonistas no salían de su asombro, y la productora vio con alegría cómo se multiplicaban las descargas del vídeo y, consiguientemente, sus beneficios gracias a una publicidad original.

Yo miro con una cierta ironía y una cierta pena este desaguisado. Ciertamente que una catedral, en la que tantas generaciones de cristianos han celebrado su fe, se convierta en el escenario de un rodaje de este tipo es difícilmente comprensible. Luego miro con asombro las imágenes del posterior acto de desagravio y me parecen extrañísimas, cuando no surrealistas. Pero confieso que no consigue indignarme ni el vídeo ni el acto de purificación posterior.

Pero todo esto no es nuevo. También es cierto que auténticas hordas de visitantes sedientos de fotos se pasean por edificios emblemáticos, dando gritos ataviados como si anduvieran por la playa, mientras se hacen selfies en medio de posturitas adolescentes y estúpidas. En ese sentido, pienso, muchas catedrales y lugares sagrados son profanados desde hace mucho tiempo por tipos que exhiben orgullosos una incultura supina y una zafiedad hortera auténticamente horripilante.

Lo que sí me preocupa es la lejanía que muchos sectores de la Iglesia viven con respecto a la cultura juvenil actual. Me parece de un buenismo casi ridículo dejar la catedral para rodar un vídeo de este cariz. Me parece patético que la persona que cedió la catedral desconociera quiénes son C.Tangana y Nathy Peluso. Bastaba con leer la prensa, C.Tangana había sido noticia este verano por publicar unas fotografías de contenido machista en la que aparecía rodeado de chicas en un yate. Nathy Peluso tiene un estilo musical en el que combina en Hip hop, reguetón y la salsa bailando new sexy style,que se caracteriza por utilizar movimientos sensuales y muy bien definidos para que el resultado sea una coreografía sexy y muy atrayente. Ambos, Tangana y Peluso, utilizan este estilo de baile en el vídeo de la catedral. Creo que los os son muy buenos artistas, pero no sé si su estilo era muy idóneo para un recinto sagrado Lo triste es que personas que custodian un bien religioso y cultural de esas características no tengan ni idea de manifestaciones artísticas actuales.

Todo esto me hace pensar dos cosas:

Hay una urgencia en la comunidad cristiana de acercase sin miedo ni condenas a los nuevos lenguajes culturales para conocerlos y discernir sobre ellos. Hay que leer, ver, hablar, saber, tener relación con personas que puedan darnos a conocer estilos que nos suelen ser desconocidos. Hay que dialogar con la cultura, la Iglesia siempre lo ha hecho, pero no se puede andar con el lirio en la mano para que nos cuelen espectáculos que no conocemos por pura ignorancia.

Por otra parte, como educadores, debemos hacer un serio esfuerzo por enseñar a los jóvenes a saber estar en los diversos ambientes. Entrar en un gimnasio, en una mezquita, en un teatro, en una catedral o en un museo, por poner varios ejemplos, comportan una manera de vestir y de comportase diferentes para situarse siempre en una actitud educada y respetuosa.

No estamos, pues, ante un problema de escándalo sino de cultura. No es un problema de profanación sino de educación.

Habrá que tomar buena nota.

JOSAN MONTULL

Condena

Esperanza en la oscuridad :CONDENA 

Time (Reino Unido 2021) 

Duración: 3 capítulos de 58 min. 

Dirección: Lewis Arnold 

Guion: Jimmy McGovern 

Música: Sarah Warne 

Fotografía: Mark Wolf 

Reparto: Sean Bean, Stephen Graham, James Nelson-Joyce, Nabil Elouahabi, Natalie Gavin, Nadine Marshall.

La ficción televisiva está cada día superando su calidad a través de series magníficas que enganchan al espectador a con capítulos que suponen un menor esfuerzo de concentración que en los largometrajes cinematográficos porque tienen una duración más corta, asumible en el hogar, y posibilidad de seleccionar el número de episodios que uno quiere ver. Grandes realizadores como Scorsese, Woody Allen o nuestro Amenábar no han podido resistirse a hacer series, otro tipo de cine en el que no se escatiman gastos ni medios. La producción de las mismas es con frecuencia, muy ambiciosa y consigue incluso superar al cine más tradicional.  

Muchas series ya no son un producto de fácil consumo y olvido inmediato, sino que son grandes obras de cine concebidas para ver domésticamente.   

Tal es el caso de CONDENA, una miniserie de tres capítulos de una hora de duración, que bien pudiera haber sido estrenada como un largometraje para el cine. 

Mark Cobden (Sean Bean) era un ciudadano respetable, profesor de adolescentes y padre de familia. Excesivamente dependiente del alcohol, su vida cambia radicalmente cuando, embriagado, atropella a un hombre y es condenado a cuatro años de prisión. Atormentado por la culpa, Mark se ve inmerso de repente en un mundo desconocido y hostil, convirtiéndose en blanco fácil para los reos más violentos y peligrosos. Allí es puesto bajo la tutela de Eric McNelly, un veterano funcionario de la prisión a cargo de la protección y manejo de varios grupos de presos. Aunque tiene mano firme y autoridad, McNelly cumple con su trabajo honradamente y busca ayudar a los presos en lo que necesiten a diario. Durante el tiempo de prisión, Mark se enfrenta con sus demonios personales que le atormentan, no consigue perdonarse a sí mismo y encuentra justo el castigo, a pesar de tener que convivir y sobrevivir junto a presos desquiciados que han hecho de la cárcel el nuevo lugar donde delinquir desde mafias internas. 

La serie comienza con el interior del furgón policial en el que nuestro protagonista es conducido a la prisión entre otros detenidos que gritan y cruzan acusaciones y amenazas. Desde ese momento la pantalla se absorbe y atrapa al espectador en una historia claustrofóbica, un drama carcelario en el que se reflexiona sobre el remordimiento, el perdón, la culpa o la felicidad.   

Las vidas de Mark, el preso, y de Eric, el funcionario, tienen muchas cosas en común y poco a poco irán descubriendo que la línea que separa lo justo de lo injusto es a veces muy difícil de ver. Situados a ambos de la ley, van a ser víctimas de un sistema penitenciario que, pese a que busca humanizar a los presos, se encuentra con la ambigua condición humana, capaz de lo más grande y lo más abyecto.  

No es un film de buenos y malos. Los funcionarios son buenos trabajadores y comprometidos en hacer una buena labor. Los presos son frágiles, enfermos mentales; en algunos se esconden briznas de bondad y otros están ya absolutamente destrozados moralmente. 

Lo que el director se empeña en mostrar es que el ser humano necesita el perdón para poder vivir. Reflexionar sobre el mal cometido, arrepentirse y pedir perdón es un proceso que puede llegar a redimir al culpable. Por otra parte, en el film aparecen intentos de algunos presos para pedir perdón a las víctimas, por carta o personalmente, y se muestra que la grandeza de perdonar redime también a la víctima por más que ésta sea una actitud muy difícil. 

La figura de una monja católica -que trabaja con los internos y dirige un grupo de apoyo a los presos formado por universitarios- está tratada con acierto y delicadeza. (Qué necesitado está el cine de presentar la figura de religiosos y religiosas como gente buena, normal, abierta, solidaria y comprensiva. Aquí se acierta plenamente). 

El guion de Jimmy McGovern es estupendo. Dosifica la intensidad dramática del relato y mantiene la atención del espectador permanentemente, sin darle tiempo para el aburrimiento.  

Claro todo esto no sería posible sin las actuaciones de Sean Bean y Stephen Graham, los dos están absolutamente magistrales. Consiguen poner rostro al alma atormentada; en sus primeros planos, aun sin palabras, dan a conocer todo lo que llevan dentro y deben callar.  

CONDENA es un drama excelente; auténtico cine. Una historia de redención, un acto de fe en la capacidad liberadora del perdón, un aldabonazo a la conciencia. Una película cristiana, que cree que, en medio del infierno, pueden sobrevivir los ángeles. 

JOSAN MONTULL

 

JAURÍAS

El asesinato de Samuel Luiz en Coruña este verano a manos de un enloquecido grupo de jóvenes nos ha llenado de estupor. Sin ningún motivo, un joven le insultó y comenzó a golpearle. Pronto se unieron chavales que continuaron golpeando irracionalmente a Samuel. Durante 150 metros la lluvia de golpes y patadas continuó hasta que cayó al suelo y, a pesar del intento de defensa de dos jóvenes senegaleses sin papeles, la paliza continuó hasta acabar con la vida del chico de 24 años. Días después otro joven holandés fue linchado hasta la muerte por compatriotas suyo en Mallorca. Días antes en Terrassa otro joven fue apaleado. También en Ceuta. Recientemente se ha repetido esto en Amorebieta.

Estas barbaridades sin nombre son tan incomprensibles como escalofriantes. Pero más escalofriante es pensar que estas palizas o peleas son habituales (aun sin consecuencias tan terribles) numerosos fines de semana. Hay jóvenes absolutamente descentrados y trastornados que encuentran en estas agresiones una diversión perversa y excitante.

Otros adolescentes salen en la noche del sábado a buscar bronca y la encuentran con facilidad y con cualquier excusa en las zonas de ocio; chavales, en principio buena gente durante la semana, se convierten en jaurías violentísimas en las noches de fiesta. Algunos dicen: “Antes era excepcional, ahora lo normal es que haya varias peleas brutales las noches del sábado”. Sorprende además que una mayoría que rodea estos incidentes se inhiba o saque el móvil para grabar primero y colgar después las peleas tumultuarias que empañan muchas noches.

En todas estas acciones aparece la droga como telón de fondo. Los efectos de las sustancias hacen que muchos pierdan el control y la conciencia de lo que hacen. Hay también un cierto acomodamiento a esta situación…lo importante es estar lejos cuando ocurre. Se produce así una alarmante banalización de la violencia que cosifica a las víctimas como si fueran muñequitos de algún juego digital.

Hay que tomar nota: esta realidad existe por más que queramos ocultarla. No podemos mirar a otro lado. Cada colectivo, cada institución tendrá qué reflexionar sobre cuál es su pequeña o gran culpa. Ciertamente que muchos de los modelos de referencia que aparecen en los medios son de una bajeza moral extraordinaria exhibiendo su falta de capacidad para amar mientras cobran cantidades suculentas. Seguramente influirá también el miedo que los adolescentes experimentan ante la falta de futuro por una crisis económica que les arrincona. Por otra parte, el gran número de fracasos familiares han abocado a muchos chicos y chicas a la soledad, el desamor y la vulnerabilidad.

Tal vez nuestros responsables políticos tengan que mirar con preocupación estas conductas entre muchos adolescentes. Tal vez esa violencia de jóvenes sea el amargo reflejo de una clase política que utiliza la descalificación, el insulto, el desprecio del adversario como algo habitual. Tal vez estos delitos de odio encuentren su germen en los mismos parlamentos políticos que utilizan sus escaños para -cobrando una pasta- lanzar no botellas, pero sí insultos, no puñetazos o patadas, pero sí agresiones verbales y burlas ignominiosas. Sin tratar de exculpar a los jóvenes agresores, sí que conviene reflexionar si esa violencia gratuita no será consecuencia de una continuada actitud política irresponsable y chulesca donde lanzar bravuconadas y ofensas se ha convertido ya en lo habitual. Una clase política, que mantiene rencillas y disputas, y se muestra incapaz de llegar a un pacto educativo, por ejemplo, debería reflexionar seriamente para ver hacia dónde dirige sus esfuerzos.

Se ha llegado a una globalización de la economía y de la información, pero hay que llegar a la globalización de la educación, sólo desde ahí encontraremos la posibilidad de orientar a nuestros chavales para que sus vidas tengan sentido. Esta educación debe escudriñar sin miedo en lo sagrado, en aquello que la persona no puede tocar. Y lo más sagrado es la vida, ante la que el ser humano debe mantener una actitud de respeto reverencial.

A los educadores, pues, nos toca, hoy más que nunca, hacer una apuesta por los valores, el diálogo, la tolerancia, la compasión, la trascendencia, la profundidad. Tenemos que resucitar la Ética, la Religión, la Ciudadanía, la Filosofía y otras asignaturas que nuestro sistema ha arrinconado. Nos toca ser testigos con nuestra vida de conductas morales, pacíficas, solidarias y trascendentes. En nuestras manos está que estas jaurías o manadas queden arrinconadas hasta su desaparición.

JOSAN MONTULL

LA HORA DE LA EDUCACIÓN

Las imágenes de las revueltas de jóvenes en Barcelona y otras ciudades nos han dejado a todos boquiabiertos. No dábamos crédito a lo que veíamos. Una policía asediada recibía pedradas, botellazos, escupitajos e insultos por jóvenes que, perfectamente coordinados, vandalizaban lo que encontraban a su paso.

Pero no fue sólo eso. La clase política miraba entonces hacia otro lado o intentaba dar explicaciones poco plausibles, cuando no deleznables, cantando las excelencias de la lucha por la libertad, mientras otros -que no decían ni esta boca es mía ante los hechos- no manifestaban ningún apoyo a su propia policía. Las descalificaciones e insultos que se lanzaban los políticos entre sí eran semejantes a las piedras y objetos que lanzaban los jóvenes en las calles.

Por otra parte, y durante este tiempo, elecciones, mociones de censura, destituciones, inhabilitaciones, dimisiones, pactos secretos, ceses de responsables públicos y otros desencuentros se desparraman por nuestra geografía mostrando un importante deterioro social y una irresponsabilidad política de libro. Sistemáticamente, cuando un político tiene que opinar de otro de un partido diferente, utiliza el menosprecio y el insulto para referirse a él.

Cada vez más el ciudadano de a pie se siente perplejo ante un espectáculo semejante cuando una pandemia sigue cobrándose vidas, la pobreza es mayor y cuando la unidad es más necesaria que nunca. Todos estos groseros vaivenes políticos resultan impúdicos movimientos de personas aferradas al poder y al sueldo, incapaces de mirar a su alrededor, ignorando el dolor de un pueblo que se empobrece cada día.

Y en medio, los jóvenes, los chavales, los chicos y chicas que ven un futuro poco esperanzador, mientras los encargados de abrirles la ilusión andan a la greña disputándose sillones y pingües salarios.

Por eso creo que es hoy, más que nunca, la hora de la educación. A los educadores y educadoras nos toca la difícil misión de devolver la esperanza a nuestros jóvenes, de animarles a la solidaridad y la honradez a pesar de los malos ejemplos de muchos -no todos, claro- mandatarios electos; de difundir la cultura del diálogo y la paz, contrariamente al lenguaje agresivo y faltón de nuestros políticos; de presentar la reverencia ante el Misterio del ser humano, a pesar de que lo religioso se quiera arrinconar y presentar como trasnochado; de promover la cultura y el respeto a todos, pese a que en algunos parlamentos reine el griterío y la confusión.  

En este mundo pandémico, plural y difícil, los jóvenes -más que nunca- necesitan testigos cuyas vidas sean una referencia ética que invite a mirar el mundo desde la esperanza.

Es la hora de la concordia. Es la hora de la educación.

JOSAN MONTULL