Publicado en Críticas de cine

El buen maestro

Cuestión de fe: EL BUEN MAESTRO

Título original: Les grands esprits

Año: 2017

Duración: 106 min.

País: Francia

Dirección; Olivier Ayache-Vidal

Guion: Olivier Ayache-Vidal

(Idea: Ludovic du Clary)

Reparto: Denis Podalydès, Marie-Julie Baup,

Léa Drucker, Pauline Huruguen,

Anne Jacquemin, François Rabette,

Tom Rivoire, Marie Rémond, Zineb Triki

La educación de jóvenes inadaptados ha sido un tema muy recurrente en la Historia del cine. En particular, los cineastas franceses lo han abordado en muchas ocasiones.

El joven director galo, Olivier Ayache-Vidal, debuta exitosamente con el mismo tema dirigiendo “El buen maestro”.

François Foucault es, a sus 50 años, un exigente y prestigioso profesor de literatura en uno de los más importantes liceos de París. En una fiesta de educadores, Foucault critica con dureza a los maestros de los institutos de los suburbios y, casi sin saber cómo, acepta, sin querer, dar clases en un liceo de un barrio conflictivo del extrarradio conflictivo de París.

El choque vital que experimenta es importante. Acostumbrado –como estaba- a jóvenes interesados por aprender y por estudiar una carrera, Foucoult se encuentra con un grupo de chicos y chicas con una extraordinaria desmotivación cuyo único interés al ir a la escuela es entretenerse.

La película, que hubiera podido decantarse por el drama terrible y efectista, mantiene desde el principio un tono esperanzado. Foucoult no es un innovador, se limita a intentar hacer comprender que los lejanos conocimientos de la gramática son muy cercanos a las vidas de los alumnos y tienen mucho que ver con ellos.

Foucoult se convierte así en el buen maestro, no en aquel que imparte enseñanzas sino en aquel que ayuda a que los alumnos crean en sí mismos, reafirmen la autoestima, descubran lo mucho de bueno que tienen y lo pongan a trabajar.

La educación es una cuestión de fe; fe en los jóvenes y en sus posibilidades; fe en que los chavales pueden llegar a creer en sí mismos. Educar viene de la expresión latina ex-ducere: sacar a fuera. En esto se empeña el maestro Foucoult, en animar a que cada alumno saque afuera lo mucho que de bueno tiene dentro.

Para eso, el orden, la disciplina (hoy tan denostados) se manifestarán como medios estupendos para posibilitar la educación, incluso de los marginados.

El novel director sostiene un ritmo entretenido desde las primeras escenas. Todo ocurre muy deprisa, es verdad, el espectador necesariamente tienen que entrar en la propuesta argumental del film.

Si el trato con los chavales no es fácil, peor será el trato con el claustro. Tal vez sea éste el mejor hallazgo de la película. A los jóvenes se les puede cambiar desde el afecto y la exigencia pero con los adultos –que ya han pactado con la propia mediocridad- Foucoult no tendrá tanto éxito, tan sólo una profesora conseguirá la redención desde la entrega a sus alumnos.

La pregunta del director está clara, ¿de quién es la culpa del fracaso escolar…de los jóvenes…de sus familias…de las administraciones…de los claustros…?. El espectador es invitado a responder por sí mismo a esta cuestión.

Con un guion amable, ágil, divertido y humano, con unas interpretaciones creíbles y profundamente humanas, “El buen maestro” se convierte en una excelente película para ser degustada por todas las personas interesadas por la educación y que crean que sigue siendo posible acercarse a los jóvenes, por más desestructurados que estén, para ayudarles a mirar a su interior.

JOSAN MONTUL

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Campeones

¿Quién enseña a quién?: CAMPEONES

Título original: Campeones. España 2018
Género: Drama, comedia
Director: Javier Fesser
Reparto: Javier Gutierrez,

Daniel Freire, Luisa Gavasa,

Itziar Castro, Juan Margallo,

Athenea Mata, Roberto Chinchilla,

Alberto Nieto Ferrández,

Gloria Ramos, Jesús Vidal
Guión: David Marqués y Javier Fesser
Producción: Gabriel Arias-Salgado,

Álvaro Longoria y Luis Manso
Música: Rafael Arnau
Fotografía: Chechu Graf
Montaje: Javier Fesser
Dirección artística: Javier Fernández
Vestuario: Ana Martínez Fesser
Productoras: Morena Films,

Movistar Plus, RTVE y Películas Pendleton

 

El quinto largometraje de Javier Fesser se desvía del tratamiento surrealista de sus trabajos anteriores para abordar un tema esencialmente humano: la acogida de las personas con una discapacidad intelectual.

Marco Montes es el segundo entrenador de un importante equipo de baloncesto. Su vida anda revuelta; disgustado consigo mismo, vive temporalmente con su posesiva madre, alejado de su esposa -que desea tener un hijo, idea que a él le aterra- , es expulsado del equipo que entrena por conducta violenta y bebe en exceso. Una noche su coche -cuando él lleva unos cuantos tragos de más- se estrella contra un automóvil de la policía. Un juicio rápido le condena a trabajos sociales; tendrá que trabajar durante tres meses como entrenador de baloncesto en un humilde centro de discapacitados mentales.

El argumento podría hacer pensar en un drama lacrimógeno, previsible, moralista y edulcorado pero Fesser opta por la comedia y en un “más difícil todavía” y, tras un costoso casting, el director ha contado con diez actores debutantes que son realmente personas con discapacidad intelectual. Los actores se interpretan a sí mismos y, lejos de reírse de ellos, el espectador ríe –y mucho- con ellos. Dotados de un desparpajo impresionante, los diez noveles actores están estupendos. Su inocencia, su falta de filtros y su ternura enamoran al espectador desde un primer momento.

El primer encuentro de Marco con el equipo es realmente extraordinario. Un inspiradísimo Javier Gutiérrez se enfrenta por primera vez con una tarea imposible, coordinador a un colectivo de personas que aparentemente no se controlan a sí mismas. Pero la relación va siendo cada vez más próxima. Cada uno de ellos, incluyendo el propio entrenador, tienen que enfrentarse consigo mismos para ir avanzando.

Mientras los diez jugadores van haciendo un equipo, Marco va empezando a reconstruir su vida; él sabe mucho de baloncesto pero “Los amigos” (así se llama el equipo) saben mucho de superación personal.

Es precisamente la confianza en el otro, por más desajustado que aparentemente esté, lo que posibilita la transformación de las personas. Creer en el otro, descubrirle como ser humano, dejar que entre en tu vida…todo eso facilita la redención de cada uno.

Cuando además a la otra persona se la ama, el cambio es más rápido. Sólo nos queremos si amamos a los demás…es el amor a los demás y la donación generosa lo que hace que podamos conocernos más a nosotros mismos.

Incluso el espectador religioso puede plantearse la pregunta sobre ¿qué es ser imagen de Dios? Si el creyente descubre que el ser humano es imagen de Dios, hay que intuir que Juanma, Collantes, la mosca cojonera, Paquito, y todo el equipo tiene algo de divino y trascendente.

Estas profundas intuiciones no hacen de “Campeones” una película aburrida; todo lo contrario. Estamos ante un film fresco, divertido, con un ritmo vertiginoso, muy bien montado y con un mensaje absolutamente humano.

Es justo subrayar el trabajo de Javier Gutiérrez; es absolutamente extraordinario. Nos hace reír, nos hace pensar, nos emociona. Gutiérrez es capaz de interpretar los personajes más diversos, angelicales o canallescos, si encasillarse nunca en ningún rol. Este Marco Montes, canalla, faltón e inseguro, pero necesitado de aceptarse a sí mismo y de perder los miedos, es un trabajo magnífico de este actor que parece imprescindible en el actual cine español.

Fesser consigue llevar la historia hasta un clímax en el que no cae en lo facilón. Durante las dos horas de duración el director ha caminado por el filo de la navaja pudiendo ser vulgar trabajando con actores discapacitados; lejos de eso, la película es un conmovedor canto al respeto, a la acogida y a la dignidad de cada ser humano en el que el espectador es invitado a preguntarse quién es más discapacitado, las personas con limitaciones psíquicas o las que tienen limitaciones morales.

Y todo esto entre risas continuadas. ¿Qué más se puede pedir?

Josan Montull

Publicado en Reflexiones en voz alta

URBANIDAD

Pertenezco a una generación que recibía clases de “Urbanidad de los niños”. Nos explicaban que había que levantarse en el autobús cuando venía una señora embarazada, que había que ceder la acera a los más mayores, que había que quitarse el sombrero en la Iglesia…Los contenidos serían hoy discutibles, muchos podríamos encontrarlos rancios, machistas o conservadores. Incluso antes parecían un poco distantes de nuestra vida (los que vivíamos en un ambiente rural no habíamos nunca habíamos visto un autobús, no teníamos aceras en el pueblo y nunca veíamos a un hombre que llevara sombrero, a excepción de los abuelos que lucían una espléndida boina, aunque estos rara vez iban a la Iglesia.

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Pero el sustrato sí que lo captábamos. Aprendíamos que convivir es un ejercicio de difícil equilibrio en el que la cordialidad y las formas correctas son esenciales. Aquella materia nos enseñaba, en fin, a ser personas educadas que hiciéramos del respeto a los demás un auténtico estilo de vida.

Hoy la echo de menos, de verdad. Veo en la vida pública una falta de educación morrocotuda. Cierto es que mucha gente sencilla es cordial y educada pero muchos de nuestros representantes públicos mantienen actitudes de insolencia raras veces igualables.

Hay, por ejemplo, especialistas en hablar desde el estrado a gritos, chillando e insultando; otros se mueven en sus escaños haciendo muecas y gesticulando airados cuando habla el adversario político; no faltan quienes lucen curiosas camisetas llenas de mensajes que, por otra parte, pueden expresar en el estrado (para eso, ni más ni menos, están allí). Hay quienes dejan banderas en sus asientos cuando los abandonan, otros –a su vez- las sustraen y las esconden. Pero tal vez de lo más llamativo en estos últimos tiempos es el recurso de algún parlamentario a llevar objetos y cacharros (impresoras, esposas…) para descalificar unas veces –desde la chulería prepotente del bien pagado- cuando no para amenazar al parlamentario enfrentado.

Intuyo que en muchas de estas supuestas estrategias no se encuentra más que una absoluta incapacidad para defender cordialmente unas opiniones buscando el bien de todos, incluso de los que no piensan como el ponente.

Pero lo que más sorprende es que todos estos personajes cobran por hacer estas cosas; perciben un sueldo mucho más alto que el resto de los españoles por hacer estas gracias. Resulta llamativo que los que tienen que garantizar la convivencia manifiesten actitudes de una exasperante mala educación.

Y además crean escuela; los que nos dedicamos a la noble misión de la educación observamos atónitos cómo los representantes políticos no pueden ser puestos en su mayoría como ejemplos de tolerancia y convivencia para nuestros jóvenes. En muchos caso son ejemplo de cómo no hay que portarse, de lo que no hay que hacer. Muchos debates parlamentarios han perdido seriedad y se han convertido en simulacros de programas del corazón donde se cotiza el insulto y se cobra por la ofensa.

Tal vez sus señorías tendrían que tener clases de Urbanidad, tal vez deberían aprender que los buenos modos y la buena educación es condición indispensable para ser demócrata. Las descalificaciones, los insultos, las esposas mostradas o las camisetas con mensajes nos acercan al imperio de la mala educación que, a la postre, se convierte en una tiranía que nos perjudica a todos.

 

JOSAN MONTULL

Publicado en Reflexiones en voz alta

CON LOS BRAZOS EN CRUZ

CON LOS BRAZOS EN CRUZ

Los datos de los recientes informes PISA no nos dejan muy bien. Al parecer, la educación de nuestro país ha suspendido clamorosamente y nuestros jóvenes se sitúan a la cola en la UE. Finlandia parece ser el paraíso de la pedagogía y se lo invoca reiteradamente para cantarnos sus excelencias y producirnos sonrojo. No falta quien reivindica la escuela de antes, seria, disciplinada y en la que reinaba siempre el orden. Yo, qué quieren que les diga, no la añoro ni en broma. Hay experiencias para todo, pero la mía no fue muy feliz.

A la escuela de mi infancia les debo bastantes cosas. Una de ellas es la grima y el repelús que me produce una cierta manera de educar, precisamente la manera que viví en la Escuela.

Recuerdo mis años de infancia en la Escuela desde la tristeza, la represión y la falta de amor. No podré olvidar nunca a don Francisco, el profesor de Educación Física (Gimnasia, entonces) y de Política (Formación del Espíritu Nacional, entonces).Don Francisco era uno de aquellos tipos arribista y trepa, cuya militancia política en la dictadura de la época le había llevado a tener un trabajo en un instituto. No tiene ni el bachillerato, decían algunos; nunca lo supimos; don Francisco, que siempre nos trataba de usted, era tan impenetrable, serio y borde que creaba una distancia fría y seca con todo el alumnado.

No he olvidado sus clases. Salíamos los niños con pantalón corto de lona y camiseta de imperio y comenzábamos a correr para el calentamiento. Dos niños le iban a buscar a don Francisco un sillón de madera en el que se sentaba en el centro del patio. Vestido elegantemente con traje, corbata y gafas de sol muy tintadas, don Francisco parecía un príncipe caprichoso que, inmóvil e impertérrito, daba órdenes sin vacilar: más rápido, cambien, palmada en el aire… Filas!. Cuando decía ¡filas! corríamos todos frente a él y nos formábamos cuatro filas largas para hacer la tabla. Firmes, cubrirse, descanso… Justo en aquel momento, cuando los niños estábamos en aquellas filas, se oía seca y fuerte la voz: Piernas abiertas en salto y brazos en cruz, ¡uuuhmp! Aquel ¡uuuhmp!, aquella especie de gemido viril e ininteligible era la clave para hacer el ejercicio. Era un ¡uuhmmmp! marcial, militar y contundente. El ejercicio debía hacerse en aquel preciso momento, todos de vez, al unísono, dando el saltito de marras y levantando los brazos como crucificados. No faltaba quien se adelantaba dando un brinco a destiempo. Todos conteníamos entonces la respiración. Don Francisco le llamaba, el pobre niño avanzaba temeroso hacia él; el profesor, como una esfinge se incorporaba esta vez y le soltaba un guantazo que resonaba sin que nadie dijera una palabra. Si el niño lloraba, don Francisco se reía diciéndole que los hombres no lloran, que la lágrima no es varonil, que llorar es de nenas.

El invierno era mejor. Cuando la niebla y el hielo se hacían presentes en el campo de tierra, don Francisco no salía, se quedaba protegido del frío en un pasillo tras unos cristales que daban al patio mirándonos fijamente, sentado, eso sí, en el sillón de madera. De vez en cuando limpiaba el vaho con los guantes. Los niños corríamos más para no congelarnos y mentábamos en voz baja a los antecesores de aquel hombre, que debían pertenecer a alguna rama de mamíferos con una cornamenta espectacular.

Pero también en mi niñez, además de un cura extraordinario y de unas religiosas entrañables, tuve un maestro que me cautivó, don José. Era un hombre afable, paciente y bueno. Tenaz pedagogo, era también un excelente narrador de leyendas y de Historia Sagrada con las que nos tenía boquiabiertos. Nos llevaba de excursión y el día de su santo nos invitaba a su casa. Si alguno caía enfermo, don José iba a verlo acompañado de algún niño de la clase.

Nunca nos pegó. Nunca nos humilló; nos escuchaba y nos sonreía.

Han pasado muchos años y los tiempos, gracias a Dios han cambiado. Los profesores y profesoras hoy tienen otro sentido de la educación que en nada tiene que ver con los desmanes de don Francisco; la humillación ha sido desterrada de las aulas y las técnicas pedagógicas son hoy revolucionarias. La Educación Física tiene unos contenidos muy serios y la informática y los idiomas han entrado al abordaje de la educación y de la vida. Ya no hay actitudes semejantes a las de aquel canalla.

Hoy atisbo, eso sí, otro peligro; es tal el cambio de leyes, el inmisericorde papeleo, la burocracia desmedida que acosa a los enseñantes que puede que en la Escuela se corra el riesgo de no implicarse, puede que el cansancio agote a muchos profesionales, puede que la distancia de los chavales sea hoy una tentación en muchos educadores; tentación que ahora se manifieste en la inhibición o en centrarse exclusivamente en el programa y los papeles. La pedagogía de don José estaba fundada en el respeto, la exigencia, la cercanía y el afecto.

Hay, por otra parte, una relegación de las asignaturas humanísticas y filosóficas; intuyo un cierto utilitarismo en lo que se enseña. En el asunto de la trasmisión de valores existe un miedo que lleva a escurrir el bulto y a delegar en otras instancias la responsabilidad de la transmisión de la ética y la apertura a la trascendencia.

Creo que en esta sociedad nuestra los chavales reivindican hoy de sus educadores un amor claro y concreto, que sea referente y sincero. Ese amor no tiene que ser en absoluto paternalista ni facilón; con frecuencia les hemos dado muchas cosas a los jóvenes para hacerles callar y no hemos tenido tiempo para escucharles, marcarles límites y ayudarles a corregirse.

Ya sé que los informes PISA no son muy halagüeños, ya sé que no es nada fácil estar en la escuela y aguantar el tipo…pero, pese a todo, prefiero estos tiempos, abiertos, innovadores, cooperativos, imaginativos; y créanme, cuando oigo a algún educador que dice que con los jóvenes ya no se puede hacer nada, recuerdo a don Francisco gritándonos: ¡piernas abiertas en salto…! animándose a sí mismo a comenzar la ronda de las humillaciones.

Por eso cuando veo a muchos educadores volcándose en la educación de los jóvenes, creyendo en su futuro, en su bondad y su talento…me admiro por su esfuerzo y recuerdo el cariño y el respeto de Don José que, en tiempos difíciles, nos quiso y se desvivió por nosotros como alguien que hace 2000 años entrego su vida… con los brazos en cruz.

 

JOSAN MONTULL

 

Texto publicado el 3 de Noviembre de 2017 en el Diario del Altoaragón en la sección “TRIBUNA ALTOARAGONESA” Opinión.

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“Se lo llevaron: Recuerdos de una niña de Camboya”

Mirada de esperanza:

SE LO LLEVARON, RECUERDOS DE UNA NIÑA DE CAMBOYA.

Año: 2017

Duración: 136 min.

País: Camboya

Director:Angelina Jolie

Guion: Loung Ung, Angelina Jolie

(Libro: Loung Ung)

Música: Marco Beltrami

Fotografía: Anthony Dod Mantle

Reparto: Sareum Srey Moch,

Phoeung Kompheak,

Sveng Socheata, Tharoth Sam

Productora: Coproducción

Camboya-Estados Unidos

Netflix / Bophana Production

A través de la plataforma Netflix llega hasta nosotros la última película de Angelina Jolie como directora, “Se lo llevaron, recuerdos de una niña de Camboya”.

En sus anteriores trabajos Jolie ha manifestado una especial sensibilidad para abordar temas de carácter social y político: “En tierra de sangre y miel” (sobre la guerra de los Balcanes), Invencible (biopic de un héroe olímpico en la segunda guerra mundial).

Con “Se lo llevaron”, regresa al cine comprometido y adapta una novela autobiográfica de Loung Ung, una niña camboyana hija de una acomodada familia de diplomáticos, que consiguió sobrevivir a la terrible violencia de los jemeres rojos cuando en 1975 tomaron Camboya.

La película comienza en el momento de la entrada de los victoriosos jemeres rojos en Camboya. Los ojos de Loung se fijan maravillados y luego desconcertados en la comitiva que va llegando a la ciudad. La ciudad debe desalojatse urgentemente bajo la amenaza de un próximo bombardeo de los norteamericanos. A pesar de la promesa de los jemeres de que podrán regresa en tres días, la salida es tan precipitada como inhumana, incluso monjes y enfermos de hospitales tienen que irse acosados por niños soldados que una actitud prepotente y agresiva. La niña mira un lado y a otro: sus ojos van y vienen; busca la mirada comprensiva des preocupados padres y contempla como los monjes son obligados a trabajar humillantemente en su huida. Los ojos de esa niña se convierten a partir de este momento en los auténticos protagonistas de la película.

A través de esa mirada, la guerra y la enseñanza del odio, la derogación de la familia y el castigo a la religión irán desfilando en la vida de una niña que, durante cuatro años no entenderá nada.

El infierno de los jemeres les lleva a trabajar 14 horas diarias, a reprimir cualquier signo que la lleve a desvelar el origen político de su familia, a la separación y al aprendizaje del odio más irracional.

Con un estilo distinto al que Roland Joffe imprimió en su excelente “Los gritos del silencio” (1984), Jolie da al film un tono sosegado, casi contemplativo en algún momento, evitando la descripción de la atrocidad que se sugiere más que se muestra.

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La fotografía es excelente; el guión no pierde el fuelle a lo largo del extenso metraje, casi sobran las palabras y con frecuencia da la sensación que vemos un documental; y en medio de todo lo que más impresiona es la actuación de la pequeña Sareum Srey Moch; la niña –un auténtico descubrimiento- ofrece un rostro que se queda por mucho tiempo en la memoria, unos ojos que expresan sin palabras un cúmulo de sentimientos contradictorios, una mirada que mira incluso al espectador, una mirada que se convierte en el eje central del film en torno a la cual girará toda la historia.

Cómo es posible, se pregunta una y otra vez el espectador, que en pleno siglo XX se pudiera vivir esta historia absolutamente irracional y aterradora que acabó con la vida de la cuarta parte de la población camboyana en un genocidio sistemático. La película deja que el espectador juzgue por sí mismo, que se sienta prisionero como la niña protagonista, que, como ella, no encuentre respuestas a las preguntas.

El film, no obstante, es una llamada a la superación personal, al amor en medio de tanto odio y a la búsqueda infatigable de la paz.

Un vez que abandonó Camboya y pasados los años, Loung Ung, la auténtica protagonista de la historia fue portavoz de la Campaña de Minas Antipersona. Actualmente, es portavoz de la Coalición contra la Violencia Doméstica del Estado de Maine, en Estados Unidos.

Estamos, sin duda, ante la mejor película de Angelina Jolie. Narrada con un pulso excelente y protagonizada por un prodigo de niña, “Se lo llevaron” es un fenomenal trabajo cinematográfico que invita a mirar atrocidades del pasado y nos invita a reivindicar la paz con la inocencia de las víctimas más inocentes: los niños.

JOSAN MONTULL