Publicado en Reflexiones en voz alta

HÉROES EN MONOPATÍN

Las nuevas formas de terrorismo están resultando cada vez más desconcertantes y salvajes. Al hecho de que a los terroristas no les importe perder la vida, se une la utilización de medios cada vez más rocambolescos: atropellos, autoinmolaciones, disparos indiscriminados, martillazos, apuñalamientos…

Este terrorismo no elige víctimas con una relevancia política o social; lo único que busca es provocar muertes, cuantas más, mejor. Por eso los concurridos espacios se han convertido en lugares en los que la seguridad y el miedo se están incrementando.

Pero cada vez que el terrorismo saca lo peor de los verdugos, saca también lo mejor de la mayoría de las personas. Y es que las personas son fundamentalmente buenas.

Así hemos sabemos de gentes que se han apresurado a abrir las puertas de sus casas para refugiar a hombres y mujeres que huían del horror, hemos visto consolar, abrazar, a los que estaban sufriendo la pérdida de un ser querido; los hospitales ha recibido con frecuencia en de gente que hacía cola para dar sangre a los heridos de los atentados. Otros se han acercado a los heridos para estar a su lado hasta que llegaran las asistencias. Ha habido quien ha dejado su móvil, su coche, su casa…para paliar el mal que unos habían sembrado.

Es cierto que el terrorismo hace que muchas personas desconfíen de la nobleza de la condición humana. Y es que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Pero esas expresiones de odio sin sentido no tienen que hacernos perder el norte: la gente es mayoritariamente buena.

Hoy el mundo entero se ha fijado en un español que, armado con un monopatín, se lanzó a defender la vida de una mujer que estaba siendo agredida por terroristas. Lejos de huir, corrió hacia los violentos y les plantó cara. Ignacio Echeverría murió a consecuencia de las puñaladas que recibió en esa acción.

La actitud de la familia ha sido encomiable; ni un reproche, ni una condena, sólo han tenido palabras de agradecimiento sin excepción a todos los que se han volcado: al gobierno, a la policía, a los amigos. Por más que se tardó cuatro días en identificar el cadáver de Echeverría, su familia fue capaz de agradecer con serenidad y entereza todo el esfuerzo que unos y otros habían puesto para descubrir qué había pasado con Ignacio. No buscaron responsabilidades, no solicitaron dimisiones. Simplemente agradecieron.

Echevería era un cristiano militante. En el seno de su familia fue educado en los valores del evangelio; el amor, la trascendencia, el perdón, la misericordia y la defensa de los oprimidos, características del mensaje de Jesús de Nazaret, los había asimilado por la ósmosis de la transmisión en casa, de la participación en la Eucaristía y de la militancia en un grupo de Acción católica de Adultos. Su actuación el día de su muerte fue el signo de una coherencia extraordinaria con el credo que profesaba.

A Ignacio le han llamado el héroe del monopatín. Creo que es hoy una referencia, un símbolo de tantos y tantos hombres y mujeres que, armados de sencillez se encaran con la fatalidad para salvar la vida de otros. Ahí les tenemos, educadores y educadoras, monitores y monitoras de tiempo libre, voluntarios y voluntarias, ONGs, organizaciones solidarias, profesionales de la sanidad, del periodismo y de muchas disciplinas que se desviven entre refugiados y víctimas, parroquias que acogen a indigentes y mendigos, misioneros y misioneras que dejan todo y van a vivir donde nadie quiere vivir, jubilados que regalan su tiempo a causas justas…Son gente buena, personas que entienden la vida desde la donación, la entrega y la generosidad.

No, la perversión del terrorismo no podrá hacernos dimitir de nuestra condición humana. Podemos ser buena gente…hay mucha buena gente…héroes de la bondad cotidiana, capaces de echarle valor y amor a la vida, enarbolando el corazón…como quien desafía la fatalidad blandiendo con orgullo un monopatín.

Josan Montull

 

Anuncios
Publicado en Críticas de cine

Amor

En la salud y en la enfermedad: AMOR

Título original: Amour.

Dirección y guion: Michael Haneke.

Países: Francia, Austria y Alemania.

Año: 2012. Duración: 127 min.

Género: Drama.

Interpretación: Jean-Louis Trintignant (Georges),

Emmanuelle Riva (Anne), Isabelle Huppert (Eva).

Producción: Margaret Menegoz, Stefan Arnd,

Veit Heiduschka y Michael Katz.

Fotografía: Darius Khondji.

Una de las características típicas de la filmografía del director austriaco Michael Haneke es la capacidad turbadora que imprime a sus películas. Cualquier obra de Haneke produce angustia, claustrofobia y una situación incómoda motivada por la narración fría y seca de temas inquietantes que va estremeciendo poco a poco al espectador.

Tal ocurría con “Funny Games”, en la que se contaba los juegos sádicos de dos adolescentes en una casa, o en “La cinta blanca” en la que diseccionaba el fanatismo religioso que lleva a cimentar actitudes racistas, o en el voyerismo de “Caché”, o en la autodestrucción de “La pianista”.

Hanneke vuelve con “Amor” a hacer un film de muy pocos personajes que consigue sorprender pero también conmover al espectador.

Georges y Anne son dos profesores de música clásica jubilados. Ambos poseen una gran cultura y viven cómodamente su vejez entregados en común al disfrute de la música y a la entrega mutua. Su hija también se dedica a la música y vive fuera de Francia con su familia. Un día, Anne sufre un infarto. Tiene que ser operada y la operación sale mal. Al volver del hospital, un lado de su cuerpo está paralizado. El amor que ha unido a la pareja durante tantos años se verá puesto a prueba.

Desde ese momento la película recorre con calma la vida de la pareja de enamorados que, paso a paso, van deslizándose hacia el final. El amor aparece entonces más puro que nunca. La entrega, el sacrificio, la paciencia, la ternura, la humillación van haciendo acto de presencia mientras Anne se va apagando y Georges da lo mejor de sí mismo para acompañar y mitigar su dolor.

Si el cine de Haneke, como antes decía, tiene una gran capacidad turbadora, en “Amor” hay una comunión con el público absoluta. Y es que los personajes del film son de un realismo abrumador. A todos nos ha tocado o nos va a tocar abordar el tema del deterioro físico y mental que conlleva la vejez. Probablemente nos tocará acompañar la ancianidad de los seres queridos. Haneke, que siempre en sus películas obliga al espectador a mirar donde no quiere mirar, muestra esta vez una realidad totalmente próxima pero con frecuencia oculta. Cambiar los pañales, acostar a la esposa inválida, dar de comer con paciencia, acariciar a la persona en apariencia insensible, bañar a un enfermo… se convierten en escenas que hay que contemplar con calma porque retratan la grandeza moral que se puede vivir en medio del desvalimiento.

A nuestros adolescentes, por ejemplo, tan acostumbrados a ver violencia y a jugar a la misma a través de juegos electrónicos, se les hurta la visión del deterioro, la mirada a la vejez y la reflexión sobre la fragilidad. Hay socialmente un empeño tenaz en hacer un elogio de la permanente juventud y cubrir con un velo la vejez.

Por eso el film es tan incómodo como tierno, tan duro como emocionante, porque en las figuras del matrimonio, de la hija, delos vecinos, de las enfermeras y de los pocos personajes que aparecen todos nos sentimos reflejados e interrogados.

Haneke rueda con su estilo frío y contenido, con cámaras fijas que exploran el apartamento (escenario exclusivo del film) y las almas de los protagonistas. La ausencia de música (habitual en su cine) aporta aquí un subrayado en el drama Nada de esto sería posible sin la actuación extraordinaria de Jean-Louis Trintignant (Georges), Emmanuelle Riva (Anne). Los dos están absolutamente magistrales y creíbles. Su actuación es inolvidable.

El final, duro y seco, nos crea mil interrogantes. Podemos discrepar del mismo, yo lo hago. El director no emite un juicio, simplemente muestra a una pareja que se aman hasta el extremo. Haneke vuelve a provocar. Al espectador le tocará juzgar el desenlace de esta obra extraordinaria.

JOSAN MONTULL