Publicado en Reflexiones en voz alta

LA OLA DE CALOR

LA OLA DE CALOR

Ya está aquí, ya la estamos sufriendo…otra vez; es normal en el verano, llega la ola de calor.

Todos de pertrechan y se afanan para protegerse de tan sofocante situación. La ventas de aparatos de aire acondicionado se disparan, la gente acude a las piscinas y se ponen a remojo durante muchas horas, en casa no faltan los refrescos. Los ventiladores y los abanicos se convertirán en compañeros inseparables; hasta las sombrillas y toldos ser enseñorearán en las ciudades. Las gafas de sol, los protectores solares, las cremas, los bañadores, las gorras, la botella de agua permanente, los sombreros, las toallas y toda la parafernalia piscinera hacen acto de presencia en este tiempo de calentamiento global.

Los más pudientes ya están huyendo. En las agencias de viajes no dan abasto. Hay quien se va a Méjico o a Cuba, otros buscan los espacios más fresquitos y se suben a los fiordos, a Dinamarca y a esos países en donde parece que siempre es invierno.

Y luego están los intercambios, que si la niña se me va a Irlanda a aprender el inglés, que si en Canadá hay un campus fantástico, que si en el sur de Francia hay intercambios universitarios en unas playas en las que los niños hacen surf y se ven unos cuerpos danone tremendos. En fin, que estamos el verano, en plena ola de calor.

Y con este afán de huida, de hacer las maletas y de echar a correr, voy yo y preparando unas reflexiones que debo hacer en voz alta escribo la palabra interiorizar en mi ordenador y éste me subraya la palabrita de marras y me dice que no la reconoce, que interiorizar no debe existir, que si quiero algo, la añada a la herramienta de ortografía. Y, claro, me he cabreado. Y pienso que tal vez el ordenador no haga más que proyectar un reflejo de lo que muchos nos quieren hacer creer: que vivir es huir, que solamente con dinero puedes combatir el calor y el tedio.

Me ha dado la sensación de que, más que el calor, nos asfixia el consumo.

Por eso me atrevo a proponer un verano alternativo, un verano que nos sirva para viajar hacia nosotros mismo y para interiorizar la historia que vamos viviendo.

Se me ocurren muchas cosas; leer (también algo intrascendente), ir al cine a ver alguna peli humana o alguna de aventuras, de las que nos hacen recordar los buenos ratos de la niñez. Propongo caminar, respirar, hacer excursiones, saborear algún bocata y una cervecita con los amiguetes.

Propongo ir a ver algún enfermo para refrescarle el verano con la sonrisa. También propongo hacer algún cursillo que le ayude a trabajar mejor o simplemente a ser más persona.

Propongo la noche, la risa y la verbena; las tardes de siesta, el botijo y la sandía; las terrazas de los bares y las visitas a los pueblos.

Brindo los museos, los paisajes y las artes; los conciertos y el teatro. Y, esté usted donde esté, le propongo hablar con las personas y perder el tiempo contemplando el paisaje, la vida o la gente.

Si su vida está vinculada a la educación, le recomiendo que no desconecte del todo, acondicione el verano de tal manera que pueda estar en contacto con chavales; en los campamentos, travesías, convivencias, colonias o vaya usted a saber. Ni se le ocurra pensar por un momento que ser educador dura lo que dura el curso.

Y si usted pertenece a esa extraña ralea, entre los que me cuento, de hombres y mujeres que tienen fe, refrésquela también… y celebre la Eucaristía, y ventile su alma…y, de paso, como quien no quiere la cosa, lea algo que le ayude a dar razón de sus creencias y de su vida. Le propongo rezar, decirle a Dios cuánto le quiere o no decirle nada, limitándose a estar con él en la Iglesia o en ese monasterio tan hermoso que va a visitar y que le dice tantas cosas.

Y no olvide dormir más y saborear cómo va pasando el tiempo cuando parece que no pasa nada…

Y así, cuando llegue Septiembre y todos regresen al curro con un moreno de alucine y contando viajes de ensueño, vaya usted y les diga sonriendo que en verano ha interiorizado, que se ha ido de viaje al interior de sí mismo y ha descubierto unas vistas fascinantes y que ya les enseñará las fotos… vaya, que de la ola de calor usted ni se ha enterado.

JOSAN MONTULL

Temazo de Andrés Calamaro para despedir este primer cuatrimestre de Blog, GRACIAS, a los más de

420 Seguidores del blog, y a las más de 3000 visitas, en tan poco tiempo.

Volveré por el blog pasadas las fiestas de Huesca, en la recta final antes del inicio de curso, “Sed buenos, hijos míos”

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Publicado en Críticas de cine

Ignacio de Loyola

Militante en la brecha: IGNACIO DE LOYOLA

Dirección: Paolo Dy y Cathi Azanza

Música: Ryan Cayabyab

Fotografía: Lee Meily

Reparto: Andreas Muñoz, Javier Godino,

Julio Perillán, Gonzalo Trujillo,

Isabel García Lorca, Lucas Fuica,

Mario de la Rosa,

Producción: Jesuit Communications Foundation

Filipinas 2017

 

El género hagiográfico sobre los santos ha gozado de gran popularidad incluso en estos tiempos. Muchos de estos films han sido seguidos por miles de fieles cristianos que han saboreado la grandeza de la vida de creyentes que les han precedido. También personas sin fe en la Trascendencia han experimentado en estas películas el placer del acercamiento a vidas de una grandeza ética extraordinaria. Cineastas clásicos como Dreyer o Rosellini, cineastas actuales como Joffe o Cavani han abordado desde perspectivas muy distintas la vida de estos grandes personajes de la Historia.

Con frecuencia muchos de estos films han sido utilizados en ámbitos escolares o parroquiales con más fines catequísticos que artísticos.

Este “Ignacio de Loyola” se presenta como una película difícil y profunda, más para ser degustada por espectadores iniciados en lo religioso o filosófico que para niños o jóvenes catecúmenos.

La película comienza con la infancia de Íñigo, marcada por un padre exigente y por la muerte de su madre y de un hermano. El afán de nobleza y de aventuras lleva al joven Loyola a una vida militar licenciosa, lejos de Dios y con una importante ausencia de moral. El honor, las batallas, los placeres banales y la victoria sobre el enemigo son los únicos motores de su vida.

Cuando en la batalla de Pamplona el joven es herido gravemente en una pierna, su vida se sume en el sinsentido y el vacío. Postrado en una cama y sintiéndose tullido, los supuestos valores sobre los que había edificado su vida se le antojan vacíos e insensatos. La reflexión del pasado, el remordimiento y el arrepentimiento marcarán un itinerario moral que le llevará a la búsqueda de una vida auténtica y a un compromiso con el Evangelio que por coherencia le hará afrontar los calabozos de la misma Inquisición.

Los filipinos Paolo Dy y Cathy Azanza codirigen este ‘biopic’ protagonizado por actores españoles a cuya cabeza está Andreas Muñoz que interpreta convincentemente a un Ignacio atormentado y buscador.

Hay en el film dos partes bien diferenciadas; en la primera, el joven militar vive aventuras bélicas y seductoras con una rapidez vertiginosa. Cuando los cañones franceses abren una brecha en las murallas de Pamplona, el joven e idealista soldado se pone en medio de la brecha para intentar frenar al enemigo. Está parte del metraje está marcada por una evidente falta de presupuesto que deja escenas como la batalla de Pamplona con una gran pobreza visual. Quiere aquí ser una película de aventuras que no acaba de enganchar y ser creíble por una producción muy escasa.

La segunda parte narra el periplo existencial de la conversión de Ignacio. En esta parte el film gana mucho y resulta ser mucho más convincente. Los directores nos dan a conocer que acoger el misterio de Dios en la propia vida es una batalla mucho más difícil que las que se libran con la espada y las armas de fuego. Tener que combatir contra uno mismo y contra la misma Iglesia a la que se ama no es sencillo.

Las voces en off del propio Ignacio, las reflexiones filosóficas y teológicas en voz alta, el juicio al que es sometido y que termina haciendo que los propios jueces se sientan juzgados…todo este itinerario moral y religioso está relatado con interés e inteligencia. Las imágenes recurren a la metáfora y a una plástica con efectos especiales bien construidos.

Ignacio irá descubriendo que ser cristiano es formar parte de otra milicia. La redención por la fe no se obtiene por una obcecación personal…pasa por la Iglesia, por más que ésta viva mil contradicciones. “No somos enemigos, estamos en el mismo bando” le dice Ignacio a uno de los inquisidores.

Interesante y más que correcta esta propuesta cinematográfica en torno a la vida de San Ignacio. No es una película de estampita…no es una hagiografía al uso; es el retrato de la conversión tormentosa de un hombre que fue capaz de revolucionar la vida de la Iglesia desde un amor crítico y desde una propuesta espiritual valiente y comprometida.

La brecha que en esa época se abría en la Iglesia era mucho más grande que la que había en la destruida muralla de Pamplona. En esa brecha, como en la de la capital navarra, se planta Ignacio para hacer frente con su vida a un estilo cristiano intolerante y prepotente que amenazaba la identidad de la comunidad cristiana.

Aquí sí acierta el film presentándonos a un Ignacio, herido pero erguido, cansado pero en pie, militante en la brecha para defender la vida de la Iglesia con las armas de la inteligencia, de la espiritualidad y del amor.

JOSAN MONTULL

Para más información podéis visitar la web de la pelicula :  http://www.peliculaignacioloyola.es/

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¿AÚN QUEDAN JÓVENES CRISTIANOS?

¿Aún quedan jóvenes cristianos?… ¿Aún quedan adultos cristianos?

Uno de los fenómenos a los que más estamos asistiendo con respecto a la identidad de los jóvenes es la lejanía creciente de los valores religiosos en su vida.

Es cierto, de un tiempo a esta parte, da la sensación de que temas relacionados con la fe, la religión, los sacramentos y las creencias aparecen en un lugar insignificante con respecto a los valores que mueven a los jóvenes.

Un 62 % de los jóvenes españoles afirma no asistir nunca o prácticamente nunca a la iglesia. Sólo un 7% cumple con el precepto dominical de ir a misa, un 5% acude a la iglesia una vez al mes y un menor número de jóvenes, un 2%, acude más de una vez a la semana. El porcentaje de jóvenes que dicen no rezar nunca es de casi el 60%.

La Iglesia es una institución muy poco valorada por ellos. Sólo un 3% de los jóvenes dicen que la Iglesia tiene cosas importantes que decir en el mundo.

Incluso un 69% de los jóvenes que se consideran católicos opinan que se puede vivir la fe individualmente. Una mayoría de jóvenes considera que la religión es un asunto privado que debe vivirse privadamente.

Hay un cierto repunte, no obstante, en la valoración de la Institución eclesial desde la llegada al pontificado del papa Francisco.

Así las cosas, los cristianos adultos deberíamos estar muy preocupados al constatar cómo hay un desencuentro entre la Iglesia de Jesús y los chavales que pululan en nuestra historia buscando encontrar una referencia para descubrirse y ser felices. Creo que esta constatación no debe llevarnos al desánimo sino a la reflexión y a la acción comprometida para el anuncio de Jesús.

Mi constatación es que tenemos hoy unos jóvenes buenos, afectuosos, cercanos y con un índice de participación en movimientos de voluntariado más que importante. No buscan hoy los chavales una apariencia religiosa a sus actos sino que actúan con una espontaneidad notable. Estos chavales, tan aparentemente alejados de la Iglesia, responden positivamente a las propuestas respetuosas de compromiso por los demás, son espontáneos, sinceros y no buscan dobleces en sus vidas. Su frescura resulta a veces hiriente pero, escarbando un poco, uno puede descubrir en ellos la bondad en su corazón.

Algo tendremos que hacer los cristianos, nos decimos, para que estos chavales, tan despistados en la vida como necesitados de Dios, encuentren en la comunidad cristiana un lugar donde sentirse a gusto.

Sin pretender ser exhaustivo, hay varios puntos que, a mi arecer, deberíamos tener en cuenta.

  • No tener miedo. Los jóvenes necesitan de cristianos que no les huyan, que les miren a los ojos con respeto y afecto.
  • Interesarse por lo que a ellos les interesa. No podemos pretender que a los jóvenes de este siglo XXI les llame la atención de lo que mueve nuestra vida si no manifestamos.
  • Manifestar abiertamente nuestra fe en Jesucristo, nuestras convicciones, y todo aquello que mueve nuestra vida. Hacer esto sin pretender que ellos se apunte al carro de nuestra historia. Desterrar cualquier intento de proselitismo y manifestar nuestra fe con nuestras palabras y con nuestra vida. Puede que los chavales estén vacunados ante tantas palabras pero siguen siendo extremadamente sensibles a los testimonios de las personas.
  • No tener ninguna prisa en el tema de las celebraciones. Todavía hay colectivos de cristianos que miden sus éxitos en la cantidad de gente que “va a misa” en ambiente determinados. La fe es otra cosa. Jesús hizo el bien a todos, incluso a los que no le siguieron. Por otra parte tendríamos que revisar el contenido y el estilo de nuestras celebraciones, en la mayoría de las ocasiones tienen un lenguaje ininteligible y unos ritos aburridos.
  • Amarles, amarles con todo el corazón. Sólo se puede anunciar el evangelio de Jesús cuando se quiere a la gente. Si algo es distintivo de los cristianos es el amor. Hay que amar de tal manera a los jóvenes que estos se sientan amados. Nada como sentirse amado consigue cambar tanto el corazón de las personas. Nuestros jóvenes no se deben sentir condenados por la Iglesia sino profundamente amados.

Estos chavales nuestros necesitan, en fin, de seguidores de Jesús de Nazaret que les testimonien con su vida que Cristo puede dar sentido a la existencia. Ellos, con sus formas y sus creencias, tan distintas de las nuestras, nos están urgiendo a una búsqueda de autenticidad y a crear comunidades cristianas en donde puedan sentirse acogidos y queridos.

Tal vez así, con la fe en Dios y con el amor por estandarte, podamos hacer que los chavales empiecen a mirar a la Iglesia de Jesús con ojos de benevolencia que aprecian los destellos de misericordia.

JOSAN MONTULL