1917

1917 : Apabullante espectáculo

Dirección: Sam Mendes

Guion: Sam Mendes, Krysty Wilson-Cairns

Música: Thomas Newman

Fotografía: Roger Deakins

Reparto: George MacKay, Dean-Charles Chapman,  Benedict Cumberbatch, Colin Firth,

País: Reino Unido 2019

La guerra ha sido uno de los temas más veces llevado a la pantalla. Como epopeya al servicio de los vencedores, como comedia satírica, o como reflejo del drama humano que comporta, los conflictos bélicos han servido de inspiración para muchos cineastas que han dejado obras interesantes.

Nos llega ahora 1917, de Sam Mendes, un espectacular film que cuenta la historia de dos jóvenes soldados Blake (Dean-Charles Chapman) y Schofield (George MacKay) que, en plena primera Guerra Mundial, reciben la orden de entregar un mensaje a sus compatriotas para evitar que ataquen puesto que ignoran la trampa que les han tendido los soldados enemigos. Si el aviso, aparentemente imposible, llega a buen término en el tiempo previsto, se evitará la muerte de cientos de soldados, entre ellos el propio hermano de Blake.

El film comienza con un plano de los dos soldados hablando relajadamente, mientras están tumbados en un paisaje idílico. Pero su tranquilidad es interrumpida por el un soldado que les requiere a un encuentro con uno de sus mandos. Los dos amigos se levantan y la cámara les sigue. Ese seguimiento se va a prolongar a lo largo de toda la película, que está construido con un único plano secuencia.

La utilización de este recurso nos sitúa en la misma piel de los dos solados, nos hace participar de su misión, recorrer con angustia y rapidez los terrenos más terribles: las trincheras, los túneles, los campos abiertos, las ciudades en ruinas, los ríos, las hileras de cadáveres…

La película es de un virtuosismo técnico espectacular. La cámara persigue a los protagonistas por lugares inverosímiles y hace que el espectador se sumerja en la guerra desde dentro, como un soldado más.

El barro, la sangre, la suciedad, el horror, la muerte…todo va desfilando ante los ojos atónitos de los soldados –y del espectador- que corren y corren sin tiempo para reflexionar sobre todo lo que ven. Sólo vale la rapidez, el llegar al destino.

La potencia visual de la película es extraordinaria. Arropado con la música de Thomas Newman, Mendes ofrece un apabullante espectáculo que sacude y conmueve al espectador El director no pretende epatar con efectos especiales notables sino hacernos partícipes de una experiencia tan vertiginosa como angustiosa.

Estamos, además, ante un film muy humano. No hay héroes, ni tan siquiera valientes… los soldados son buena gente, con miedos y esperanzas, sumergidos en el horror, que huyen de la muerte que les va cercando.

Varios actores consagrados hacen pequeños cameos con una profesionalidad encomiable (Benedict Cumberbatch, Colin Firth), pero los dos jóvenes protagonistas George MacKay, Dean-Charles Chapman, brillan con luz propia, proyectando toda una serie de sentimientos estremecedores y demostrando una forma física excelente.

1917 es cine con mayúsculas, una obra absolutamente excelente, imprescindible y hasta histórica.

No es sólo una película sobre la guerra…es una película sobre el cine. Extraordinaria.

JOSAN MONTULL

HÉROES EN MONOPATÍN

Las nuevas formas de terrorismo están resultando cada vez más desconcertantes y salvajes. Al hecho de que a los terroristas no les importe perder la vida, se une la utilización de medios cada vez más rocambolescos: atropellos, autoinmolaciones, disparos indiscriminados, martillazos, apuñalamientos…

Este terrorismo no elige víctimas con una relevancia política o social; lo único que busca es provocar muertes, cuantas más, mejor. Por eso los concurridos espacios se han convertido en lugares en los que la seguridad y el miedo se están incrementando.

Pero cada vez que el terrorismo saca lo peor de los verdugos, saca también lo mejor de la mayoría de las personas. Y es que las personas son fundamentalmente buenas.

Así hemos sabemos de gentes que se han apresurado a abrir las puertas de sus casas para refugiar a hombres y mujeres que huían del horror, hemos visto consolar, abrazar, a los que estaban sufriendo la pérdida de un ser querido; los hospitales ha recibido con frecuencia en de gente que hacía cola para dar sangre a los heridos de los atentados. Otros se han acercado a los heridos para estar a su lado hasta que llegaran las asistencias. Ha habido quien ha dejado su móvil, su coche, su casa…para paliar el mal que unos habían sembrado.

Es cierto que el terrorismo hace que muchas personas desconfíen de la nobleza de la condición humana. Y es que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Pero esas expresiones de odio sin sentido no tienen que hacernos perder el norte: la gente es mayoritariamente buena.

Hoy el mundo entero se ha fijado en un español que, armado con un monopatín, se lanzó a defender la vida de una mujer que estaba siendo agredida por terroristas. Lejos de huir, corrió hacia los violentos y les plantó cara. Ignacio Echeverría murió a consecuencia de las puñaladas que recibió en esa acción.

La actitud de la familia ha sido encomiable; ni un reproche, ni una condena, sólo han tenido palabras de agradecimiento sin excepción a todos los que se han volcado: al gobierno, a la policía, a los amigos. Por más que se tardó cuatro días en identificar el cadáver de Echeverría, su familia fue capaz de agradecer con serenidad y entereza todo el esfuerzo que unos y otros habían puesto para descubrir qué había pasado con Ignacio. No buscaron responsabilidades, no solicitaron dimisiones. Simplemente agradecieron.

Echevería era un cristiano militante. En el seno de su familia fue educado en los valores del evangelio; el amor, la trascendencia, el perdón, la misericordia y la defensa de los oprimidos, características del mensaje de Jesús de Nazaret, los había asimilado por la ósmosis de la transmisión en casa, de la participación en la Eucaristía y de la militancia en un grupo de Acción católica de Adultos. Su actuación el día de su muerte fue el signo de una coherencia extraordinaria con el credo que profesaba.

A Ignacio le han llamado el héroe del monopatín. Creo que es hoy una referencia, un símbolo de tantos y tantos hombres y mujeres que, armados de sencillez se encaran con la fatalidad para salvar la vida de otros. Ahí les tenemos, educadores y educadoras, monitores y monitoras de tiempo libre, voluntarios y voluntarias, ONGs, organizaciones solidarias, profesionales de la sanidad, del periodismo y de muchas disciplinas que se desviven entre refugiados y víctimas, parroquias que acogen a indigentes y mendigos, misioneros y misioneras que dejan todo y van a vivir donde nadie quiere vivir, jubilados que regalan su tiempo a causas justas…Son gente buena, personas que entienden la vida desde la donación, la entrega y la generosidad.

No, la perversión del terrorismo no podrá hacernos dimitir de nuestra condición humana. Podemos ser buena gente…hay mucha buena gente…héroes de la bondad cotidiana, capaces de echarle valor y amor a la vida, enarbolando el corazón…como quien desafía la fatalidad blandiendo con orgullo un monopatín.

Josan Montull

 

El hobbit; la desesperación de Smaug

El heroísmo de los pequeños: EL HOBBIT, LA DESOLACIÓN DE SMAUG

Dirección: Peter Jackson.

Países: USA y Nueva Zelanda.

Año: 2013. Duración: 161 min.

Género: Aventuras, fantástico.

Interpretación: Martin Freeman (Bilbo Bolsón),

Ian McKellen  (Gandalf el Gris),

Richard Armitage (Thorin, Escudo de Roble),

Cate Blanchett (Galadriel), Lee Pace (Thranduil),

Orlando Bloom (Legolas),  Evangeline Lilly (Tauriel),

Stephen Fry (gobernador de Ciudad del Lago),

Guion: Peter Jackson & Guillermo del Toro; basado en el libro de J.R.R. Tolkien.

Producción: Peter Jackson, Carolynne Cunningham,

Zane Weiner y Fran Walsh.

Música: Howard Shore.

Fotografía: Andrew Lesnie.

Montaje: Jabez Olssen.

Diseño de producción: Dan Hennah.

Casi como si de una tradición navideña se tratara, llega en Diciembre una película inspirada en el universo mágico del católico escritor inglés  JR Tolkien. Como en su predecesora y como en la trilogía de los anillos, dirige el neozelandés Peter Jackson.

La película continúa la aventura de Bilbo Bolsón,(Martin Freeman) junto a Gandalf (Ian McKellen) y trece enanos, guiados por Thorin Escudo de Roble, en su difícil misión de reconquistar la Montaña Solitaria y Erebor, el reino perdido de los enanos. A lo largo del viaje tendrán que luchar contra un  enjambre de arañas gigantes en el traicionero Bosque Negro, liberarse de la prisión de los elfos, llegar a la triste Ciudad del Lago y entrar en la Montaña Solitaria donde tendrán que hacer frente al devastador dragón Smaug.

Nos encontramos ante una película importante. Jackson consigue crear un clima mágico extraordinario a través de decorados, ambientes y paisajes que tan pronto retratan belleza como desolación o magia. Hay una perfección técnica magnífica. La fotografía, rodada a 48 imágenes por segundo (en lugar de las habituales 24), tiene una calidad y nitidez espectaculares. Su formato digital dota a toda la obra de una perfección técnica absolutamente deslumbrante.

La aventura es trepidante y, si bien tiene algún momento en que la acción se ralentiza en exceso, hay una agilidad de ritmo que supera con mucho a su antecesora. Aunque el espectador que no haya leído a Tokien pueda en algún momento sentirse confundido ante tanta persecución y tantas huidas, el ritmo consigue atrapar y apasionar en la correría épica que se nos describe.

Junto al peligroso viaje de los enanos, se van abriendo tramas menores que tienen su interés. Así conoceremos la historia de los elfos Legolas (Orlando Bloom) a quien ya vinos en “El señor de los anillos” y su tímido romance con Tauriel (Evangeline Lylli); también seguiremos la búsqueda del nigromante que hace Gandalf en medio de peligros.

Si alguna objeción hay que hacerle al film es que su metraje es excesivo. Jackson hizo brillantemente la trilogía de los anillos llevando a la pantalla tres voluminosos libros en los que Tolkien describía la historia de la Tierra Media y la búsqueda del anillo para obtener la paz. Pero ahora, y tal vez animado por el éxito del “Anillo”, vuelve a hacer una trilogía pero de un solo libro “El hobbit” que, además, es mucho más breve que cualquiera de los otros tres. Allí es donde el director estira y estira un argumento que no da más de sí para narrar con una técnica apabullante una historia que no da para tanto (la secuencia del encuentro con el dragón es excesivamente larga y reiterativa). Pero de nuevo la calidad fotográfica, musical y el montaje sincopado, atrapan al espectador fascinándolo por lo que está viendo…aunque en ocasiones se nos cuente poco.

A la historia no le faltan valores éticos: el sacrifico por el bien común, el grupo como lugar comunitario en donde uno se apoya y se conoce a sí mismo, la grandeza que nos aporta  la entrega a los demás, la importancia del trabajo en equipo, la alegría de ser responsable,  la generosidad y la búsqueda incansable de la libertad. Nuestros héroes, por más que pertenezcan a especies mágicas y fantásticas, retratan lo mejor de los humanos y su comportamiento moral es una constante en medio de tantas dificultades.

El film termina con las imágenes del malvado dragón lanzándose contra la ciudad para destruirla. La aventura continúa, la épica de los enanos buscando la paz no ha terminado, la intriga está servida, la operación comercial, también, puesto que las tres partes se rodaron de vez. “El hobbit: partida y regreso” está ya en avanzada fase de postproducción. Habrá que esperar al próximo 17 de Diciembre para conocer la conclusión de esta apasionante aventura.

JOSAN MONTULL