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EL LOCO DON BOSCO

El loco Don Bosco

Cada 31 de Enero la Iglesia celebra la fiesta de San Juan Bosco, más conocido como don Bosco. Son muchos los chavales y los Antiguos Alumnos Salesianos que le tienen presente ese día. Don Bosco fue un sacerdote piamontés que a lo largo del turbulento siglo XIX -y en medio de una situación eclesial conservadora- hizo una opción radical por los jóvenes más desfavorecidos, que se contaban por centenares en las grandes ciudades inmersas en el apogeo de la industria a la vez que iba creciendo la pobreza. La delincuencia juvenil y la violencia callejera eran una constante, a la vez que las cárceles de jóvenes estaban cada vez más llenas. En ciudades como Turín había barrios nada recomendables en los que existía un sinfín de riesgos para los viandantes que se atrevían a pasear por ellos.

La opción de don Bosco por estos chavales desprotegidos fue total. Es obvio que llamaba la atención ver a un hombre con sotana deambular rodeado de pilluelos por los barrios marginales de la ciudad mientras estos permanecían absortos ante las palabras o los juegos de manos y malabarismos de aquel joven sacerdote. Su estilo contrastaba abiertamente con las posiciones de una curia oficial, educada en las formas, dedicada a un culto preciso, condescendiente con los ricos y distante de la gente sencilla.

Una de las anécdotas que más se han contado del entrañable santo es la siguiente: El clero turinés, hondamente preocupado porque el joven cura fuera rodeado de aquella pandilla de jóvenes temibles, acordaron internarlo en un siquiátrico para que los médicos le hicieran una revisión a fondo. Como era previsible que Juan Bosco no accediera a ir al manicomio, unos sacerdotes hablaron con el director del centro siquiátrico y le pidieron que los celadores estuvieran atentos ya que en una carroza iba a llegar un joven cura al que había que reducir e internar, aun a costa de que él se negara. Dos clérigos se encargaron de invitar a don Bosco a subir a una calesa con el pretexto de darle un paseo para que descansara de sus múltiples ocupaciones. Algo debió intuir el santo cuando invitó a los buenos sacerdotes a que subieran al carromato ellos primero. Cuando lo hubieron hecho, don Bosco se dirigió al cochero y le dijo: “Rápido, no pierda un instante, al manicomio”. Cuentan los que refieren la anécdota que la sorpresa de los celadores -cuando entró la calesa al manicomio- fue tal que exclamaron “Caramba, nos había dicho que llegaría un cura trastornado, y nos han enviado a dos”.

Lejos del sentido del humor que contiene la anécdota, tras de ella se esconde una verdad tan amarga como luminosa, que nada tiene de risa: los hombres y mujeres que han sido fieles a Dios a lo largo de la Historia han sido tomados por locos. Y esta locura no ha sido sospechosa en el ámbito profano sino en el seno de la misma Iglesia. No nos tienen que extrañar que don Bosco no se entendiera con su obispo y sí lo hiciera con un ministro anticlerical. Hay más casos, ahí tenemos a Francisco de Asís, a Teresa de Jesús, a Felipe Neri, y a tantos otros que antes de ser proclamados santos por la Iglesia, fueron proclamados locos. Y es que también a Jesús le tomaron por loco las autoridades religiosas de su tiempo.

Por eso se me antoja que la vocación a la santidad a la que somos llamados todos los cristianos contiene una no menor vocación a la locura, al riesgo y a la aventura. Me extraña ver cristianos que, tan sumergidos en sus creencias, son personas que rebosan seriedad, prudencia y un trato más protocolario que educado. Por eso creo que hay que hacer un esfuerzo por apuestas generosas y valientes de compartir la vida con los más desheredados. Ahí creo que todas las religiones y todos los seres humanos, creyentes o no, podremos encontrarnos.

Ojalá que el recuerdo de don Bosco -no en vano patrón del circo y de los magos- nos anime a vivir desde la alegre y desconcertante locura de todos los santos.

JOSAN MONTULL

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POR QUÉ SOY CRISTIANO (2)

POR QUÉ SOY CRISTIANO (2)

Link parte 1

Querida Alba:

Te empecé a escribir hace unos días explicándote los motivos que tenía para ser cristiano. Te hablé de mi fascinación por Jesús de Nazaret y de cómo su figura es siempre una provocación mi fe. Pero por no ser pesado omití un tema que me parece fundamental.

Y es en este camino de la fe -que no siempre es fácil- me ayuda (no te lo vas a creer) la Iglesia. Sin ella no sabría ser cristiano.

Ahora sí que te he desilusionado…ahora sí que ya no te parezco tan normal. Hasta ahí podríamos llegar, dirás. Cómo es posible que un Iglesia vieja y carrinclona pueda animarle la vida a alguien. Cómo desde el Vaticano, desde las riquezas y desde posturas históricas de tanto poder y colaboración con la injusticia, la Iglesia puede animar la fe de alguien.

Bueno, déjame que te explique. En primer lugar tendríamos que concretar qué queremos decir cuando hablamos de Iglesia. Normalmente nos referimos a la jerarquía y a las personas consagradas a través de unos votos. Es decir, cuando pensamos en la Iglesia automáticamente pensamos en los curas, el Papa, los obispos; es decir, en los “profesionales de la religión” y en los que mandan, y estos, además, son varones.

Cuando hablamos así, estamos hablando del uno por mil de la Iglesia. La inmensa mayoría de los cristianos no son ni curas ni monjas, ni obispos. Yo, cuando hablo de la Iglesia pienso en familias cristianas, en voluntarios generosos, en adolescentes que buscan, en personas mayores que tienen esperanza en Dios, en enfermos que sufren, en catequistas, en solteros, en misioneros…es decir, en miles de personas…también en curas, monjas, obispos y el Papa.

Juzgar a la Iglesia pensando sólo en la jerarquía es como juzgar a las personas que generosamente militan en un partido político teniendo en cuenta sólo las actuaciones de los poderosos de ese partido que -por su responsabilidad- puedan estar cobrando una pasta, teniendo una gran vivienda gratis, dietas en todo y además vayan en coche oficial.

Ahora tenemos un papa formidable, un auténtico profeta, sencillo y bueno, que es admirado por todos. Tampoco podemos juzgar a la Iglesia sólo por lo que hace un papa, aunque sea bueno.

No, no podemos juzgar así. Es más, cuando la conciencia nos lo pida, debemos disentir. Amar a la Iglesia a mí me lleva a criticar desde el amor las decisiones que no entiendo, sabiendo que también yo soy infiel. Amar a la Iglesia no quiere decir ser más papista que el Papa, ni creer que siempre la voz de los obispos es la voz de Dios. Nunca ha sido así. Desde sus orígenes la Iglesia ha ido creciendo en el marco de la tensión interna. El mismo apóstol Pablo le llama la atención a Pedro porque éste no acababa de aceptar a los extranjeros que se hacían cristianos…y Pedro era el papa. Las primeras comunidades elegían a sus obispos y en cada región la Iglesia vivía unas características distintas. Es decir, había unidad, pero no unitariedad. Incluso hay textos que apuntan a que había mujeres que presidían la “cena del Señor”, es decir, la misa…y fíjate ahora cómo anda el patio.

En el Credo los cristianos decimos que creemos en la Iglesia, pero no decimos que creemos en el papa o en los obispos o en los curas…no; creemos en la Iglesia.

Y la Iglesia hoy sigue teniendo cosas extraordinarias: parroquias al servicio de la gente, personas dedicadas a los pobres, voluntarios que entregan la vida por los marginados, familias que acogen a otros…y también tiene cosas que no están bien: poder de algunos eclesiásticos, descalificaciones de personas, normas poco serias que se quieren imponer a todos, alianzas con el poder… Esas cosas las debemos denunciar, criticar. Y esto lo debemos hacer los cristianos en primer lugar. Si como cristiano lo callo…es que no amo a la Iglesia como debo. Una cosa es ser cristiano y la otra comulgar con ruedas de molino.

Pero mira, hay dos cosas que nunca agradeceré lo suficientemente a esta Iglesia que considero madre y comunidad: una primera es que me ha dado a conocer a Jesucristo. A pesar de sus limitaciones y sus fallos, de su historia convulsa y frágil, la Iglesia me ha enseñado quién es Jesús y me ha apoyado en los momentos de mi vida en los que he andado desorientado.

Por otra parte, la Iglesia ha tenido y sigue teniendo mártires, personas que han dado la vida y han derramado su sangre por la fe en Jesucristo. Cada año mueren alrededor de 40 misioneros asesinados por su fe, también otras personas que no son misioneros son asesinados por el mismo motivo. Si a la Iglesia se le persigue no es porque vaya a bautizar negritos en el Tercer Mundo sino porque anuncia a Jesús de Nazaret y, consiguientemente, anuncia que todo ser humano es hijo de Dios y tiene derecho a que se le respete su dignidad. Y eso siempre es molesto.

Querida Alba soy cristiano también porque en la Iglesia me he encontrado personas extraordinarias. Tú misma te conociste emocionada hace poco días a Maite, cuya hija de menos de 40 años está en Etiopía dando la vida por niños a los que esté primer mundo ha condenado al Sida y a la miseria. Hace pocos días estuve en casa de dos religiosas mayores. En su pueblo una señora anciana que está sola había tenido una caída y se había roto los dos brazos quedando así totalmente imposibilitada. Las monjas no lo pensaron ni un momento, la acogieron en su casa y la señora accidentada está viviendo con ellas siendo cuidada con una ternura sin alharacas ni propagandas.  Eso es la Iglesia.

Jesús dijo que en su comunidad el que quisiera ser el primero que fuera el último y el que quisiera ser importante fuera el servidor de todos. Es cierto que en la Iglesia no faltan jerarcas purpurados que exhiben mando y lejanía de la gente, que se visten con trajes caducos y cuando hablan duermen a todo hijo de vecino, que condenan a los jóvenes y les encantan los tiempos pasados. Pero también es cierto que en la Iglesia hay gente sencilla y buena, valiente y generosa, gente que acoge sin peguntar, que son servidores de los demás.

Hay mucha gente así, más de la que puedas imaginar. Ellos me ayudan a ser cristiano. Junto a ellos el pan sabe más a pan, el vino más a vino…y la vida más a Jesús de Nazaret.

 

JOSAN MONTULL

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POR QUÉ SOY CRISTIANO (1)

POR QUÉ SOY CRISTIANO (1)

Querida Alba:

Sin duda que te llamará la atención que escriba unas líneas dedicadas a ti a través de un blog como éste. Ya desde ahora te pido disculpas.

Pero es que cuando el otro día en clase de Reli, desde tus 16 años y tu desparpajo optimista, me dijiste que no entendías las religiones, que no creías en nada, que todos éramos pura química y que lo que de verdad te interesaba era el hacer el bien a los demás. Además decías que tampoco entendías a la Iglesia porque ésta se manifestaba siempre contra el progreso y la libertad y mantenía una visión de la sexualidad absolutamente pasada de moda. Que la condena al condón con el problema del Sida que hay te parecía mentira que se tuviera que oír hoy. Que te escandalizaba la actitud de muchos jerarcas que siempre andaban de aquí para allá condenándolo todo. Menos mal que el papa parecía buen tío.

Me dijiste también -y te lo agradezco- que veías en mí a una persona normal y a un buen tipo y que por eso no acababas de entender que yo fuera cristiano. Me dijiste todo esto y te respondí, pero luego creí oportuno reflexionarlo más despacio y decirte lo que pienso por escrito porque así le pudiera servir a otros.

De entrada, te agradezco tu sinceridad; con personas como tú, la clase de Religión, lejos de ser ese rollo patatero en donde a veces se nos quiere encasillar, se convierte en algo vivo y apasionado que puede llegar a tocarnos el corazón.

Por eso quiero escribirte, porque tus ideas son las de mucha gente de tu edad y porque yo, como dices, soy cristiano y quiero explicarte desde la amistad que ser cristiano hoy no es ni un fanatismo ni algo pasado de moda.

De entrada soy cristiano porque mis padres me enseñaron a serlo. Y me lo enseñaron con el ejemplo de sus vidas. Ellos siempre fueron generosos y buenos. Daban gracias a Dios por lo que tenían (que era muy poco) y lo compartían con alegría. La presencia de Dios en mi vida y el amor a Jesucristo fue algo normal en mi niñez.

Claro que tuve 16 años, como tú, y me rebelé contra todo y contra todos, también contra la Iglesia y contra lo que mis padres me habían enseñado. Pero, aun entonces, me quedó Jesús.

La figura de Jesús siempre me fascinó. Incluso cuando no entendía a Dios, a la Iglesia, a mis padres y a la vida, Jesucristo seguía siendo un desafío difícil de rechazar. Y eso me sigue ocurriendo hoy: la figura de Jesús es lo que me ayuda a ser cristiano, lo que me ayuda a entender mi fe y a no pararme nunca en el camino de la vida. Jesús es un revolucionario de la Historia. Su vida sigue hoy siendo una provocación. Su amor a los pobres, su denuncia de la injusticia, su libertad permanente, su cercanía con los marginados, su alegría compartida, su respeto profundo por las personas humanas (publicanos, prostitutas, romanos…), su familiaridad con Dios, su ternura con los enfermos, su crítica a los profesionales de la religión, su ilusión por la vida y su opción decidida por los oprimidos siguen siendo para mí un empujón que me anima a seguirle y me hace sentirme más vivo. Siguiendo a Jesús experimento la cercanía de Dios, te lo aseguro. En la vida de Jesús descubro el latido de un Dios cercano que nos quiere entrañablemente y nos anima a vivir de una forma humana.

Jesús no fue un teórico de la religión (imagínate, le mataron en nombre de Dios). fue un apasionado de la vida que, con sus palabras y sus hechos, nos dio a conocer que cuando nos amamos, cuando rompemos las barreras humanas y nos acercamos como hermanos, cuando nos perdonamos y construimos un mundo más justo…entonces estamos experimentando a Dios.

En la Biblia sólo hay una definición de Dios, nos la da san Juan que se atreve a decir que Dios es amor. Ya ves tú. Dios podrá ser omnipotente, omnisciente, eterno, todopoderoso, y todas esas cosas difíciles de entender…pero san Juan acierta: Dios es amor, así de sencillo. Y por eso, cuando veo que la vida de Jesús fue una defensa apasionada del amor hasta derramar la sangre, descubro que en Jesús me encuentro con el misterio de Dios.

Eso me hace descubrir que cuando amamos estamos cerca de Dios. Creo que tú, que eres generosa, sensible y buena, también lo estás. Y creo que las personas de otras religiones, los ateos, los agnósticos y los indiferentes, cuando aman de verdad están junto a Dios.

Lo que importa no es creer, lo que importa es amar.

Por eso creo que las religiones están llamadas a trabajar juntas por un mundo en paz. Es en la defensa del amor y la justicia donde las religiones se pueden encontrar. Quiero mirar con profundo respeto a los musulmanes, budistas, judíos y a todas las confesiones cristianas sabiendo que el amor es más importante que las ideas. El amor es la cumbre hacia la que caminamos, las religiones son las sendas a través de las que ascendemos. Si absolutizamos nuestra senda nunca nos encontraremos y además nunca alcanzaremos la cumbre.

Querida amiga, soy cristiano, sí. Para mí ser creyente no es sólo creer que “algo tiene que haber”, ni tan siquiera creer en Dios. Para mí, ser creyente es seguir a Jesús de Nazaret e intentar vivir en comunidad haciendo que mis gestos y mi vida sean un reflejo de sus gestos y su vida. Así, te lo aseguro, soy feliz.

Y a esto –que no siempre es fácil- me ayuda (no te lo vas a creer) la Iglesia. Sin ella no sabría ser cristiano.

Ahora sí que te he desilusionado…ahora sí que ya no te parezco tan normal. Hasta ahí podríamos llegar, dirás. Si quieres te lo explico…pero eso tendrá que ser en el próximo artículo.

Link parte 2

JOSAN MONTULL