MANADAS

El auge de agresiones sexuales en grupo se está convirtiendo en una preocupante noticia cotidiana. A partir de los sucesos de Pamplona en los que la tristemente famosa “Manada” forzó a una joven vejándola y grabando su agresión, se ha producido un doble fenómeno.

Por una parte hay una toma de conciencia progresiva de la dignidad de las mujeres. El “No es no” es un grito que clama por defender la libertad de las chicas frente a cualquier tipo de abuso machista.

Por otra parte, y paradójicamente, hay un aumento de las agresiones sexuales en grupo que han disparado todas las alarmas sociales. Desde 2016 hasta hoy han sido más de 100 las agresiones sexuales en grupo de las que se tiene constancia en nuestro país. Por otra parte asusta pensar que muchas de estas agresiones han sido cometidas por menores varones contra chicas también menores de edad.

Ante este fenómeno, y sin pretender sentar ninguna cátedra, me vienen a la cabeza a botepronto una serie de reflexiones que pongo por escrito.

  • La dignidad de las mujeres es absolutamente sagrada. Cualquier agresión machista es denigrante y digna de una condena sin paliativos.
  • Hay actualmente una banalización de la relación sexual que es considerada exclusivamente como una fuente de entretenimiento sin más. La ética, la religión, la ciudadanía, la filosofía, el mundo de los valores ha sido permanentemente maltratado en el sistema educativo por unos y por otros. Se ha venido oyendo que todas estas cuestiones eran puramente personales y familiares, que los proyectos escolares no debían decir nada al repecto. Poco a poco se han ido relegando estos temas y se ha optado por asignaturas útiles y prácticas excluyendo las que implican una cierta reflexión interior.
  • Los medios de comunicación han ensalzado la vida de hombres y mujeres con una moral vergonzante y han hecho de la intimidad un puro espectáculo. Los programas llamados del corazón o los reality shows hacen de las relaciones íntimas entre las personas pura carnaza para ser vendida y consumida. La exhibición pública y detallada, bajo contrato, de infidelidades y desamores se ha convertido así en un nuevo modo de prostitución bajo la aureola de la libertad de expresión. No tiene que extrañarnos la sistemática grabación y difusión por las redes sociales de estos delitos por parte de quienes los cometen.
  • Culpabilizar genéricamente a menores inmigrantes o refugiados de estos hechos atribuyéndoles sin más estas agresiones es una auténtica vergüenza. Estos jóvenes son también víctimas, aunque en algunos casos hayan llegado también a ser agresores, y urgen de nuestra ayuda y nuestro compromiso, que no excluye las acciones legales, sea cual sea la procedencia de los agresores.
  • Una clase política que no ha conseguido llegar nunca a un pacto educativo desde el advenimiento de la democracia hasta hoy está siendo cómplice de desajustes y trastornos emocionales de muchos de nuestros jóvenes, que crecen sin ninguna referencia ética de quienes son sus representantes. No haber llegado a un consenso en algo tan primordial como la educación de nuestros jóvenes pone en evidencia el desamparo en que se encuentran estos.
  • La corrupción de personas poderosas para robar impunemente el dinero de todos con guante blanco y elegancia ha creado en nuestra juventud una auténtica crisis moral, llevándoles a creer en muchos casos que algo sólo se convierte en malo si le pillan a uno y se demuestra su participación.
  • Los menores agresores son el espejo más despiadado que nos muestra el reflejo de una sociedad que en muchos momentos ha perdido la decencia. Necesitan, también ellos, ser ayudados –con la penas que la Justicia les imponga- para que puedan restaurar su propia dignidad.
  • Urge el acuerdo de mínimos para que juntos -Escuela, Judicatura, Partidos Políticos, Confesiones Religiosas, Comunidades Educativas y demás colectivos ciudadanos- podamos aparcar diferencias, tantas veces ficticias, y trabajar unidos por la educación de nuestros adolescente y jóvenes.

Ni el medio ni la brevedad de este texto buscan tener muchas pretensiones. Queden estas líneas, eso sí, como la reflexión rápida de un educador que está convencido, por una parte, de las posibilidades de bondad que hay en cada joven –por más desajustado que esté- y, por otra, de la existencia de colectivos agresivos más sofisticados de los que no se habla tanto; no todos actúan en descampados, viejos almacenes o casas ocupadas…lo hacen es despachos, ambientes elegantes, sonrisas de diseño y lujo sofisticado.

Son, en definitiva, otras manadas que engendran estas camadas feroces.

JOSAN MONTULL

COLORINES

COLORINES

La nueva camiseta de la selección española de fútbol ha levantado una polvareda y un revuelo mediático fuera de serie que ha hecho que incluso los más profanos futboleros (entre los que me encuentro) hayan oído algo sobre una cuestión al parecer muy trascendental y que ha ocupado mucha tinta y muchas horas de emisión radiofónica y televisiva.

El problema, dicen, viene dado porque los colores que aparecen lateralmente en una especie de cadena de rombos de la camiseta de la Selección no dan el cromatismo claro de la bandera constitucional y semejan a la bandera republicana.

Los medios animan a aguzar la vista: por un lado, el rojo, por otro el amarillo…pero por otro…no se sabe, parece un poco morado, claro que si te acercas bien –dicen-parece más bien azul. Y ahí están los interesados por el tema entornando los ojos, acercándose y alejándose de la tan observada camiseta. Los expertos dicen que de cerca hay alta resolución y vemos claramente. Al alejarnos, mezclamos los colores. El morado no deja de ser una ilusión.

El tema, que personalmente a mí me importa aproximadamente un huevo, no deja de tener su gracia y confirma una obviedad: de lejos las cosas se ven distorsionadas, de cerca las distinguimos con más claridad.

Los acontecimientos políticos que vive actualmente nuestra sociedad, y que se siguen al minuto, han podido alejar otros temas que parecen distantes a nuestra vida y sobre los que ya casi no opinamos porque sencillamente no los vemos. Así, enardecidos por temas tan triviales como los colores de las camisetas o por otros temas más serios como la problemática de las comunidades autónomas, se nos han alejado otras cuestiones que ya permanecen prácticamente olvidadas y tal vez sean más serias.

España, por ejemplo, ha triplicado en lo que va de año (comparándolo con 2016) el número de inmigrantes que han llegado ilegalmente a nuestro país y ha tenido conciencia de la muerte de otros muchos que en las mismas travesías habían sucumbido engullidos por el mar.

Nuestro país sigue hasta ahora sin haber acogido el número de refugiados a los que se comprometió. De los  17.337 a los que dijo que iba a acoger sólo han llegado algo más de 2.000.

A cierre de 2017, el 27,9% de la población de España (un total de 12,82 millones de personas, dos millones y medio más que en 2007) están en riesgo de pobreza. Parece así que de la triste crisis no acaban de salir todos.

Nuestro país es destino de menores víctimas de trata de seres humanos con fines de mendicidad; en su mayor parte provenientes de Rumanía, Bulgaria y Marruecos.

España es el segundo país de la comunidad europea en el que hay más consumo de cocaína y es el cuarto en consumo de cannabis. Por cierto que el 66% de hachís de Europa se incauta en España. Por otra parte, la edad de los jóvenes españoles que van consumiendo es cada vez más baja.

Todo esto y mucho más está en nuestro país, en este ambiente nuestro en el que parece que sólo existen las cuestiones nacionalistas o los problemas cromáticos de las camisetas deportivas.

Y es que existen los pobres, los indefensos, los olvidados, los excluidos, aquellos que no se ven porque nos los alejan para no incomodarnos. Llevan mucho tiempo entre nosotros, han nacido aquí, son de los nuestros…pero no existen porque son parados, pobres, enfermos o marginados.

Existen también los parias apátridas que llegan a nuestra tierra esgrimiendo el hambre y la mirada extraviada por el terror como única bandera. Llegan buscando solamente reconocimiento y paz.

Nos los ocultan. No son de nadie, no los reivindica nadie; no hay manifestaciones que nos recuerden su presencia, no hay movilizaciones que nos los pongan delante de nuestros ojos. Ya nadie habla de ellos. Su presencia incómoda está hoy alejada de nuestra vista, enturbiada por tantas luchas intestinas, con frecuencia tan estériles.

No sé cuáles son los colores de la bandera de los pobres, lo que sí sé es que nos los alejan tanto que no los distinguimos. Están entre nosotros…pero no los vemos, absortos como estamos comparando camisetas y banderas.

JOSAN MONTULL

HUÉRFANOS

HUÉRFANOS

Los que nos dedicamos a la educación tenemos que lidiar con frecuencia con situaciones complejas y tratar con críos que presentan dificultades de conducta. Los hay rebeldes, indómitos, agresivos, negligentes…otros son inconstantes, caprichosos, acomodados…Forman parte de una generación en la que se les dan muchas cosas hechas para evitar las hagan y en la que se les premia incluso por lo que no se han ganado.

También los hay –los más- que son chavales responsables, amables y buenos, trabajadores y comprometidos.

Unos y otros conviven en sus entornos propios: la escuela, la calle, el deporte, el grupo de amigos, el Tiempo Libre.

Hay, eso sí, una característica común en algunos de ellos: cuando sus padres están separados –mal separados- y las desavenencias entre ellos son manifiestas, los chavales se resienten.

Hay separados modélicos, la vida no les ha puesto facilidades para convivir y la relación se ha roto pero guardan una unidad de criterios extraordinaria cuando se trata de educar a su hijos. Van a una, a pesar de sus diferencias; con sus hijos tienen los mismos criterios, las mismas exigencias y la misma preocupación.

Pero en otros casos, y todos conocemos, los hijos se convierten en un arma arrojadiza contra el cónyuge para echarle en cara sus presuntas culpabilidades. Las criaturas van de aquí para allá al socaire de las disposiciones legales y cuando están con papá, éste se dedica a despellejar verbalmente a su ex, insultándola y desacreditándola. Luego le regala a la criatura dinero o algún juguetito para comprarle un cariño interesado.

Lo mismo ocurre cuando va con mamá; ésta se dedica a repasar al padre mentándole al nene la parentela paterna, y a explicarle lo canalla que es la nueva novia de papi. Cuando el chavalín cambia de casa, mamá le premia con juguetitos y dulces que el padre no le permite comer en su casa.

Estos chavales sobreviven sin referencia moral. Tienen muy difícil crecer con valores asentados y suelen ser proclives a la agresividad y a la intolerancia. En el fondo no se sienten amados por sus padres y se saben a sí mismos manipulados por quienes deberían educarles. Son conscientes, en fin, de que para sus padres no son importantes…aunque tienen padres biológicos, viven una orfandad que les condena a una soledad terrible.

Creo que algo parecido está empezando a ocurrir con la clase política. Quienes, como los hijos, deberíamos ser los destinatarios de sus esfuerzos, nos convertimos en testigos de cómo nuestros ediles se descalifican, insultan y maldicen entre ellos.

Les hemos visto denigrarse y despreciarse a voz en grito tantas veces que tenemos la certeza de que lo que realmente les importa no somos nosotros, los destinatarios de sus programas, sino sus propios intereses, sus menudencias y sus chanchullos. El populismo y la corrupción conviven alejados como papá y mamá utilizando a sus hijos (nosotros) como meros instrumentos para echarse en cara todo género de descréditos en busca de sus propios intereses.

Crecemos así, sin modelos éticos No son para nosotros referencias morales; en el fondo no nos quieren, no les interesamos. Al final nos dan el regalito, tal en forma de fútbol o de programa del corazón, para enviarnos de nuevo a casa…con la soledad de quienes se saben abandonados de sus dirigentes, olvidados por aquellos que un día prometieron que nos iban a servir.

Claro que no son todos así, claro que hay personas que, como tantas parejas, se desviven en la función pública por los suyos…pero el espectáculo habitual es tan vergonzoso que, como tantas criaturas, nos empezamos a sentir totalmente huérfanos.

JOSAN MONTULL