Adú

Preguntas desde el infierno: ADÚ

Título Original: Adú (España 2020) 

Guion: Guillermo Calderón, Alejandro Moreno, Pablo Larraín 

Fotografía: Sergi Vilanova

Dirección: Salvador Calvo

Reparto: Luis Tosar, Anna Castillo, Álvaro Cervantes,

Jesús Carroza, Miquel Fernández, Ana Wagener, Nora Navas

El segundo film de Salvador Calvo nace de un viaje que éste hizo a Canarias para el rodaje de “1898 Los últimos de Filipinas”; allí conoció de primera mano la situación de los menores inmigrantes ilegales que llegaban a nuestro país.

“Adú” se estructura como un tríptico de narraciones con un punto de partida y de llegada comunes: la valla de la frontera de Melilla. En torno a ese punto son tres las historias, inconexas en principio, que confluyen geográficamente al final del film.

La primera historia es la de un guardia civil con problemas de conciencia (Álvaro Cervantes) que, rechazando una entrada masiva de inmigrantes ilegales, es testigo de la muerte accidental de un africano cuando un compañero repele con su porra al colectivo.

La segunda historia es la de un activista medioambiental (Luis Tosar) que lucha contra la caza ilegal de elefantes y que recibe a su hija (Anna Castillo) que vive un importante desequilibrio emocional marcado por el uso de drogas y por sus devaneos afectivos.

La tercera historia, que es la que articula las otras dos, es la de Adú (Moustapha Oumauru), un niño camerunés que tiene que escapar junto con su hermana para huir de la violencia de su tierra y llegar a la soñada Europa.

La historia de esta criatura es la realmente importante. A su lado, las otras dos (la del guardia civil y la del ecologista) palidecen y no tienen tanto interés.

El Vía Crucis que vive Adú es estremecedor. Cuando aparece su historia en la pantalla, la intensidad del film es terrible. Las penurias de tantas personas que se ven obligadas a huir del miedo y la miseria buscando un futuro de paz son retratadas con la fuerza de la narración conmovedora del éxodo de este pequeño.

Salvador Calvo va describiendo, a través del largo camino de Adú, el horror al que miles de personas se ven sometidas buscando un refugio mientras en Europa se mira hacia otro lado. La selva, los narcotraficantes, las mafias, el desierto, la prostitución, las ONGs, el mar, las tripas de los aviones, los barcos miserables…todo ese mundo de dolor y esperanza va desfilando en la pantalla de forma estremecedora. El espectador es consciente que lo que ve no es una narración de terror sino una realidad actual y silenciada. La huida de Adú nos hace ver que el infierno existe cerca de nosotros…el infierno está junto a un supuesto paraíso cerrado por una valla.

Las otras dos historias sólo encuentran sentido a la sombra de la del pequeño camerunés. Ambas historias obligan al espectador a hacerse preguntas. La historia de Tosar y su hija nos hace preguntar ¿Cuáles son las preocupaciones de los jóvenes en nuestra cultura europea? ¿No es hipócrita una protección de la Naturaleza cuando se olvida la protección del ser humano? ¿Qué sentido de familia, qué valores son los que están marcando en una cultura postmoderna marcada por el individualismo?, ¿De qué nos quejamos en este Primer Mundo, rico en bienes y pobre en sentido? (interesantísimas las quejas y reivindicaciones burguesas del personaje interpretado por Anna Castillo).

Los conflictos morales del guardia civil también nos llenan de preguntas: ¿qué solución política tiene este problema?, ¿no deberían nuestros Estados invertir en el Tercer Mundo?, ¿Qué responsabilidad tiene el Norte con la explotación del Sur? ¿Es moral la venta de armas a estos países para que siga siendo fuente de ingresos entre nosotros?, ¿No son también víctimas de un sistema injusto los guardias que están en las fronteras?, ¿Son éticas las devoluciones en caliente?, ¿No son insultantes los sueldos de muchas personas en nuestro primer Mundo?

Todas estas preguntas y muchas más se las puede hacer el espectador viendo al pequeño protagonista Moustapha Oumauru, un auténtico descubrimiento. Su presencia en la pantalla es absolutamente deslumbrante. Sus ojos reflejan todo el horror, la pena, la esperanza y la ternura de una criatura de cinco años. En la mirada del pequeño Adú nos mira el Tercer Mundo y esa mirada hace que nos sintamos interrogados y hasta avergonzados.

“Adú” es una película tan incómoda como necesaria, tan terrible como hermosa, tan descarnada como pedagógica. Cine didáctico y de calidad. Una molesta llamada a la solidaridad.

JOSAN MONTULL

LOS MUERTOS

Se aproximan fechas que nuestro calendario vincula con la muerte y el más allá.

La muerte es una realidad que todo ser humano debe afrontar pero en nuestra cultura, paradójicamente, está vetada. Mientras nuestros chavales se familiarizan con la informática y el aprendizaje de idiomas, se les hurta la realidad de la enfermedad y la vejez. Mientras lo normal es que viajen por Europa y se paseen por Dysney World, no se les acerca a los hospitales por miedo a que la visión de los abuelos moribundos les traumatice. Mientras juegan a matar personitas virtuales con la Play y llenan las pantallas de sangre y vísceras electrónicas, nuestros adolescentes no han visto una persona muerta porque sus mayores no les educan para la visión de un cadáver.

Hoy la muerte se ha convertido en un tabú.

Pero, eso sí, juegan a los muertos. Llega Halloween y se disfrazan de cadáveres terribles, zombis perversos y muertos vivientes que aterrorizan a la peña. Los muertos están de moda y las grandes multinacionales de la diversión hacen sofisticados túneles del terror, pasajes angustiosos y disfraces truculentos para animar entre risas un miedo de diseño que sea una experiencia sensorial estupenda y divertida.

También los mayores hablan estos días de los muertos. La conveniencia o inconveniencia, por ejemplo, de sacar a un dictador de su tumba en una especie de pirámide por él construida ha dado mucho que hablar últimamente y se ha convertido en un espectáculo televisivo de gran audiencia.

También se habla de los muertos de guerras fratricidas, de los que están en las cunetas, de los que fueron arrojados en fosas comunes, de los que fueron enterrados con la misma ignominia con la que les asesinaron en paredones canallas o en improvisados patíbulos. Creo que hay que ser tremendamente respetuosos con la dignidad de estos hombres y mujeres cuyos cadáveres han sido vilipendiados. Creo que, mientras sus restos estén desaparecidos, no acabara de haber una paz serena para los que vivieron en sus familias la tragedia de estos desaparecidos. Sólo exhumando, identificando e inhumando con dignidad a estos asesinados se podrá enterrar –eso sí- el hacha de todas las guerras.

Pero también hay otros muertos muy cercanos y a los que hacemos menos caso. Tampoco están identificados. El mar se convirtió en su tumba. Me refiero a aquellos cuyos cadáveres han llegado vomitados por el mar hasta nosotros y que hoy están enterrados sin nombre, sin edad, sin patria…un número identifica las tumbas de esos nadies. Y lo cierto es que cada uno de ellos tuvo una historia, una familia, unos amigos, unos seres queridos, unas experiencias hermosas… y también tuvieron hambre, miedo y un horror que, lejos de paralizarles, les llevó a emprender la aventura de acercarse a una tierra de excesos que, a través de las antenas parabólicas, los móviles y las redes sociales, se mostraba en los países de esos muertos bajo la apariencia de maravillosos paraísos.

Desde 2018 han sido más de 3000 los muertos de todas las edades, hombres y mujeres, que han sido sepultados por un Mediterráneo que, lejos de ser un mar de paz, se ha convertido en un cementerio anónimo. Algunos cadáveres han llegado hasta nosotros flotando inertes, sin nombre, sin papeles, sin vida. Les hemos enterrado en nichos numerados sin que conociéramos ni tan siquiera sus nombres.

Creo que, junto a la Memoria Histórica de hace décadas, hay que recuperar la memoria histórica de la actualidad, reflexionar sobre qué nos está pasando, dar nombre a estos muertos que se lanzaron a buscar paz y sólo han tenido olvido.

El Mediterráneo, que ha sido un mar de transmisión de cultura, se ha convertido en un nuevo paredón con miles de inocentes ejecutados mientras la indiferencia de unos y otros aprieta el gatillo.

Tal vez en nuestra vida querríamos que con estos muertos pudiéramos hacer un Halloween, un túnel del terror o una fiesta truculenta y graciosa.  Lo cierto es que, si no miramos cara a cara a esta realidad tan cercana, seguiremos esquivando mirar cara a cara a nuestra propia vida.

Entonces sí que pareceremos unos muertos vivientes.

JOSAN MONTULL

MANADAS

El auge de agresiones sexuales en grupo se está convirtiendo en una preocupante noticia cotidiana. A partir de los sucesos de Pamplona en los que la tristemente famosa “Manada” forzó a una joven vejándola y grabando su agresión, se ha producido un doble fenómeno.

Por una parte hay una toma de conciencia progresiva de la dignidad de las mujeres. El “No es no” es un grito que clama por defender la libertad de las chicas frente a cualquier tipo de abuso machista.

Por otra parte, y paradójicamente, hay un aumento de las agresiones sexuales en grupo que han disparado todas las alarmas sociales. Desde 2016 hasta hoy han sido más de 100 las agresiones sexuales en grupo de las que se tiene constancia en nuestro país. Por otra parte asusta pensar que muchas de estas agresiones han sido cometidas por menores varones contra chicas también menores de edad.

Ante este fenómeno, y sin pretender sentar ninguna cátedra, me vienen a la cabeza a botepronto una serie de reflexiones que pongo por escrito.

  • La dignidad de las mujeres es absolutamente sagrada. Cualquier agresión machista es denigrante y digna de una condena sin paliativos.
  • Hay actualmente una banalización de la relación sexual que es considerada exclusivamente como una fuente de entretenimiento sin más. La ética, la religión, la ciudadanía, la filosofía, el mundo de los valores ha sido permanentemente maltratado en el sistema educativo por unos y por otros. Se ha venido oyendo que todas estas cuestiones eran puramente personales y familiares, que los proyectos escolares no debían decir nada al repecto. Poco a poco se han ido relegando estos temas y se ha optado por asignaturas útiles y prácticas excluyendo las que implican una cierta reflexión interior.
  • Los medios de comunicación han ensalzado la vida de hombres y mujeres con una moral vergonzante y han hecho de la intimidad un puro espectáculo. Los programas llamados del corazón o los reality shows hacen de las relaciones íntimas entre las personas pura carnaza para ser vendida y consumida. La exhibición pública y detallada, bajo contrato, de infidelidades y desamores se ha convertido así en un nuevo modo de prostitución bajo la aureola de la libertad de expresión. No tiene que extrañarnos la sistemática grabación y difusión por las redes sociales de estos delitos por parte de quienes los cometen.
  • Culpabilizar genéricamente a menores inmigrantes o refugiados de estos hechos atribuyéndoles sin más estas agresiones es una auténtica vergüenza. Estos jóvenes son también víctimas, aunque en algunos casos hayan llegado también a ser agresores, y urgen de nuestra ayuda y nuestro compromiso, que no excluye las acciones legales, sea cual sea la procedencia de los agresores.
  • Una clase política que no ha conseguido llegar nunca a un pacto educativo desde el advenimiento de la democracia hasta hoy está siendo cómplice de desajustes y trastornos emocionales de muchos de nuestros jóvenes, que crecen sin ninguna referencia ética de quienes son sus representantes. No haber llegado a un consenso en algo tan primordial como la educación de nuestros jóvenes pone en evidencia el desamparo en que se encuentran estos.
  • La corrupción de personas poderosas para robar impunemente el dinero de todos con guante blanco y elegancia ha creado en nuestra juventud una auténtica crisis moral, llevándoles a creer en muchos casos que algo sólo se convierte en malo si le pillan a uno y se demuestra su participación.
  • Los menores agresores son el espejo más despiadado que nos muestra el reflejo de una sociedad que en muchos momentos ha perdido la decencia. Necesitan, también ellos, ser ayudados –con la penas que la Justicia les imponga- para que puedan restaurar su propia dignidad.
  • Urge el acuerdo de mínimos para que juntos -Escuela, Judicatura, Partidos Políticos, Confesiones Religiosas, Comunidades Educativas y demás colectivos ciudadanos- podamos aparcar diferencias, tantas veces ficticias, y trabajar unidos por la educación de nuestros adolescente y jóvenes.

Ni el medio ni la brevedad de este texto buscan tener muchas pretensiones. Queden estas líneas, eso sí, como la reflexión rápida de un educador que está convencido, por una parte, de las posibilidades de bondad que hay en cada joven –por más desajustado que esté- y, por otra, de la existencia de colectivos agresivos más sofisticados de los que no se habla tanto; no todos actúan en descampados, viejos almacenes o casas ocupadas…lo hacen es despachos, ambientes elegantes, sonrisas de diseño y lujo sofisticado.

Son, en definitiva, otras manadas que engendran estas camadas feroces.

JOSAN MONTULL