Salesiano, cura, profesor, licenciado en teología, twittero, educador, cinéfilo, teatrero, tertuliano, remo a contracorriente y apuesto a perder, uso el micro en la radio, el show en las tablas, la pizarra en el aula, el juego en el patio, la broma en la calle, la pluma en la prensa y todo lo que sea menester para acercar a Jesús a los chavales y construir una Iglesia sencilla y profunda donde todos puedan sentirse queridos y en casa.
Me han regalado un libro; sí, así de sencillo, un libro. Quienes me lo han regalado, lo vieron en una librería, pensaron en mí y me lo compraron. Parace un acto intrascendente, pero regalar en estos tiempos un libro es regalar un tesoro. Vivimos agobiados por las prisas, la inmediatez, las redes sociales y los cambios vertiginosos que nos hurtan el encuentro con nosotros mismos y nos imponen opiniones banales de todo y de todos. Por eso un libro es una trinchera intelectual y moral que nos ayuda protegernos de tanto vacío y nos capacita para combatirlo. Abrir las páginas de una obra literaria es entrar con calma en nuestro interior para conectar con el autor de esas letras que, una vez publicadas, dejan de ser exclusivamente suyas para pasar a formar parte del patrimonio intelectual de quien las lee. Aventuras, reflexiones, estudios, intrigas, acción…todo está en los libros. El libro es una fuente de verdad pausada que ayuda a pensar, a imaginar y crear, a dejarse fascinar y a cuestionar el mundo, elaborando propias conclusiones y creando personales fantasías. Leer es regalarse tiempo a uno mismo, lanzarse a la aventura de soñar y dejarse fascinar y asombrar. Por eso, leer hoy se convierte en un acto de rebeldía; en un mundo en el que sutilmente se nos quiere dirigir, manipular y controlar el pensamiento, leer un libro es un acto de rebeldía y una afirmación de la propia libertad. Recibirlo de quien te lo ha regalado (que ha tenido la delicadeza de pensar en ti), abrirlo, acariciar sus páginas, olerlas, ojearlas…y preparar ese momento mágico en el que empecemos a hacerlo nuestro con su lectura…es toda una liturgia que nos hace más dignos y humanos. Queremos ser libres, por eso nos atrincheramos en los libros para ser mejores. Queremos ser indómitos, por eso resistimos, por eso leemos.
Pertenezco a una generación que luchó por la libertad de expresión. Nuestra vida universitaria estaba alterada con frecuencia por manifestaciones, comunicados, huelgas y otras luchas que reivindicaban muchas cosas…entre otras, la libertad de expresión.
Eran tiempos extraños. Había que ver las películas comprometidas (si eran autorizadas por la censura) en versión original –en los llamados cines de arte y ensayo-; así por ejemplo pudimos ver “El gran dictador” de Chaplin 40 años después de su estreno. Los que hacíamos teatro éramos obligados a enviar los textos de las obras al Gobierno Civil, que siempre recortaba frases o las modificaba, obligando a las compañías a hacer auténticos malabarismos para que no se perdiera el sentido original de los libretos.
Teníamos muchas cosas que decir…y no nos dejaban. Pero, poco a poco y con la lucha pacífica de todos, llegaron las libertades, también la de expresión, regresaron artistas exiliados y la palabra libre volvió a hacerse presente en nuestra sociedad. Fue el triunfo de la cultura por encima de la brutalidad.
Ahora veo estupefacto que se reivindica la libertad de expresión total, incluso para aquellos que no creen en ella. La surrealista defensa que de Pablo Hasél hacen muchos grupos me resulta incomprensible. ¿Cómo se puede defender como libertad de expresión la apología de la violencia y el odio, las amenazas de muerte a personas concretas con nombres y apellidos? ¿Cómo se puede pensar que es libertad de expresión defender la vuelta de ETA, de los Grapo, del tiro en la nunca, de las bombas lapa en un país que, como el nuestro, ha sufrido el horror del terrorismo? ¿Cómo se puede utilizar como bandera de libertad en nuestro país a un tipo que, en sus … ¿canciones?… canta a la violación y a la violencia machista? Es absolutamente surrealista; es como si las gallinas defendieran que, para ser más libres, debían tener al zorro conviviendo entre ellas.
Por otra parte, la defensa legítima de este pretendido artista ha sido acompañada de actos de pillaje, vandalismo y violencia absolutamente escandalosos de los que la organización de la protesta ha querido desligarse.
En medio de este caos, un representante político, Pablo Echenique, afirmaba que “Todo mi apoyo a los jóvenes antifascistas que están pidiendo justicia y libertad de expresión en las calles”. Pero ni el autor de este tuit ni nadie de su partido, que -paradójicamente- está gobernando, ha salido a condenar enérgicamente los destrozos y la violencia en las manifestaciones ni a defender a las fuerzas del orden, que se ven permanentemente asediadas por chavales, amparados por la irresponsabilidad de muchos políticos que, con sueldos millonarios, han hecho del populismo un permanente y cansino discurso.
Días antes del encarcelamiento de Hasél, otra joven, Isabel Medina, decía en una manifestación madrileña “El enemigo siempre va a ser el mismo, aunque con distintas máscaras: el judío. Porque nada hay más certero que esta afirmación: el judío es el culpable”. Se dice esa barbaridad amenazante, xenófoba y llena de un odio incomprensible, y no pasa nada, absolutamente nada, ahí queda. Es cierto que en esta concentración no hubo disturbios, pero las palabras de la joven eran una mentira nazi para echarse a temblar.
Señor Netanyahu a usted que le gusta bombardear países, este #Video le puede interesar, mire es en Madrid, España, hay un grupo de nazis liderados por Isabel Peralta, dice que "los judíos, son el enemigo", así como cosa suya puede mandar unos drones o al mosad a investigar #viralpic.twitter.com/EHNPdRAuEe
Yo creo firmemente en los jóvenes, en su capacidad de bondad, en su capacidad de ser buenos y solidarios. Sé que su futuro es difícil y que se les están robando muchas posibilidades. Creo que se les manipula sin rubor aprovechando su frustración. Creo, y ahora más que nunca, en la libertad de expresión, en la capacidad de manifestar los sentimientos e ideas, sean cuales sean, desde el respeto y la tolerancia. Y creo en la cultura como antídoto a la intransigencia, como instrumento de libertad, de capacidad crítica, de resistencia a las imposiciones de los fuertes, de posibilidad de expresión racional.
Por eso, como educador de jóvenes y apasionado de la cultura, ante este marasmo de situaciones me hago muchas preguntas. ¿Hemos perdido el sentido común?, ¿todo vale?, ¿no hay ningún tipo de límite? ¿Se puede consentir la amenaza pública?, ¿Esto es la libertad de expresión?, … mucho me temo que esto es el germen de la tiranía, una tiranía en la que -poco a poco- solo los fuertes se podrán expresar haciendo callar a base de patadas, pedradas, barricadas y tuits, las voces de los más vulnerables.
Tal vez sea que Hasél, Echenique y Medina sean distintas caras de una misma moneda. Una moneda falsa.
Puesto que creo en la libertad de expresión, creo que no hay lugar para la exaltación del odio, la violencia, el terrorismo, el racismo, el machismo, el nazismo … por más que se haga a ritmo de rap. pic.twitter.com/sEPzZGUrjr