HABLANDO EN SERIE

Sorprende ver la cantidad ingente de producciones televisivas que, con mayor o menor calidad, tienen como protagonistas a adolescentes y chavales que van abriéndose paso en la vida en medio de los estudios en sus Institutos en los que se entrecruzan una multitud de historias y aventuras.

Y sin que sea casualidad, los adolescentes de las diversas series (españolas, estadounidenses, europeas…) tienen unas características muy comunes. Sin pretender ser exhaustivo, he encontrado las siguientes:

  • Son casi todos de un ambiente socioeconómico medio o alto.
  • Las familias son muy dispares. La figura de la familia tradicional ha desaparecido o, cuando aparece, se muestra como trasnochada y en crisis. Abundan las separaciones, la convivencia de dos padres, dos madres, madres solas, padre o madre en el que van pasando diversas parejas… todo esto se vive con normalidad.
  • Los profesores y profesoras son muy comprensivos y tolerantes. Coquetean a veces con la complicidad en algún momento turbio de la vida de los chavales. En otras ocasiones hay profesores intransigentes que rozan la caricatura grotesca. Pasarse con estos últimos profesores y humillarles es hasta justo.
  • -El móvil es el instrumento de comunicación permanente. Tienen una absoluta dependencia del mismo. Los mensajes por WhatsApp son continuos y aparece sobreimpreso en la escena televisiva. Con frecuencia los mensajes ocultos son muy agresivos y despiadados. Las redes sociales son ya un medio de comunicación tan normal como la palabra.
  • Las relaciones sexuales se convierten en una finalidad fácil en la que no hay atisbo de ternura. Es un objetivo permanente. Ocupa muchas de las conversaciones y de los minutos de cada capítulo. Las escenas son cada vez más explícitas y se presentan con una total normalidad, pretendiendo a veces la provocación al espectador. Se trata siempre de liarse con alguien y luego contarlo.
  • Suele haber difusión de fotografías de contenido erótico. Se las hacen a sí mismos o a compañeros.
  • La droga es habitual y absolutamente generalizada. Casi todos suelen consumir, otros venden. No hay crítica a la ética de los actos
  • Hay una gran tolerancia a las opciones y características de la diversidad de las personas: raza, orientación sexual, procedencia, aficiones…
  • La actividad que más tiempo les lleva en la series es la preparación y desarrollo de fiestas. Hay muchas fiestas, casi siempre en casa de algún amigo rico en ausencia de sus padres. En la fiesta corre la droga y el alcohol permanentemente y las habitaciones de la casa son usadas para las relaciones sexuales. La fiesta suele ser siempre escenario de algún conflicto. En estas casas suele haber una piscina que tiene su importancia en el guión.
  • Suele aparecer el problema del aborto. Éste es considerado como vinculado a la libertad. Las posturas antiabortistas son presentadas como fanáticas y superadas.
  • Hay una gran exaltación de la amistad, aparece como el valor supremo. Por el contrario es muy fácil que las amistades (como los enamoramientos) sean muy endebles y duren poco. Abundan también los rechazos y odios entre los que antes habían sido grandes amigos.
  • La violencia es algo habitual, se presenta como una consecuencia lógica de la vida. Los conflictos que llevan a la violencia suelen estar vinculados a historias sentimentales.
  • No hay censuras éticas a lo que está bien o está mal: al robo, a la infidelidad de otros, al consumo o venta de drogas…sólo importa lo que le hacen a uno mismo.

Sorprende, eso sí,  que hay temáticas que no aparecen nunca. La religión no se nombra, ni para bien ni para mal. La inquietud por el medio ambiente no existe; mucho menos la mirada crítica al mundo de la pobreza y la injusticia. Los jóvenes de las series no son solidarios, no tienen preocupación por el sufrimiento de los pobres…lo desconocen. Viven encerrados en su mundo ególatra.

Tampoco aparecen jóvenes comprometidos con realidades de exclusión, o trabajando generosamente en voluntariados al servicio de los demás. Tampoco hay esfuerzo por el futuro, simplemente no existe.

Yo me niego a creer que estos sean los jóvenes los únicos. Creo, eso sí, que son los jóvenes que los guionistas han pintado. Conozco a otros jóvenes, muchos. Chicos y chicas, con sus historias y sus contradicciones, con sus luces y sus sombras. Chavales que se toman la vida un poquito más en serio que esos protagonistas de series; conozco jóvenes que están en colectivos voluntarios, que se afanan por ser honrados, que hacen de la fiesta un rito permanente y son capaces de hablar en serio y hasta de echar una mano, que se esfuerzan por el futuro y se preparan para abordarlo. Conozco incluso, jóvenes que se esfuerzan en dar sentido a su vida desde la fe.

Son chavales majos, que intentan abrirse paso en la vida, con temblores y miedos, pero con bondad e ilusión.

Qué lástima que de ellos no se hable nunca en serio, de los otros se habla siempre en serie.

JOSAN MONTULL

El buen maestro

Cuestión de fe: EL BUEN MAESTRO

Título original: Les grands esprits

Año: 2017

Duración: 106 min.

País: Francia

Dirección; Olivier Ayache-Vidal

Guion: Olivier Ayache-Vidal

(Idea: Ludovic du Clary)

Reparto: Denis Podalydès, Marie-Julie Baup,

Léa Drucker, Pauline Huruguen,

Anne Jacquemin, François Rabette,

Tom Rivoire, Marie Rémond, Zineb Triki

La educación de jóvenes inadaptados ha sido un tema muy recurrente en la Historia del cine. En particular, los cineastas franceses lo han abordado en muchas ocasiones.

El joven director galo, Olivier Ayache-Vidal, debuta exitosamente con el mismo tema dirigiendo “El buen maestro”.

François Foucault es, a sus 50 años, un exigente y prestigioso profesor de literatura en uno de los más importantes liceos de París. En una fiesta de educadores, Foucault critica con dureza a los maestros de los institutos de los suburbios y, casi sin saber cómo, acepta, sin querer, dar clases en un liceo de un barrio conflictivo del extrarradio conflictivo de París.

El choque vital que experimenta es importante. Acostumbrado –como estaba- a jóvenes interesados por aprender y por estudiar una carrera, Foucoult se encuentra con un grupo de chicos y chicas con una extraordinaria desmotivación cuyo único interés al ir a la escuela es entretenerse.

La película, que hubiera podido decantarse por el drama terrible y efectista, mantiene desde el principio un tono esperanzado. Foucoult no es un innovador, se limita a intentar hacer comprender que los lejanos conocimientos de la gramática son muy cercanos a las vidas de los alumnos y tienen mucho que ver con ellos.

Foucoult se convierte así en el buen maestro, no en aquel que imparte enseñanzas sino en aquel que ayuda a que los alumnos crean en sí mismos, reafirmen la autoestima, descubran lo mucho de bueno que tienen y lo pongan a trabajar.

La educación es una cuestión de fe; fe en los jóvenes y en sus posibilidades; fe en que los chavales pueden llegar a creer en sí mismos. Educar viene de la expresión latina ex-ducere: sacar a fuera. En esto se empeña el maestro Foucoult, en animar a que cada alumno saque afuera lo mucho que de bueno tiene dentro.

Para eso, el orden, la disciplina (hoy tan denostados) se manifestarán como medios estupendos para posibilitar la educación, incluso de los marginados.

El novel director sostiene un ritmo entretenido desde las primeras escenas. Todo ocurre muy deprisa, es verdad, el espectador necesariamente tienen que entrar en la propuesta argumental del film.

Si el trato con los chavales no es fácil, peor será el trato con el claustro. Tal vez sea éste el mejor hallazgo de la película. A los jóvenes se les puede cambiar desde el afecto y la exigencia pero con los adultos –que ya han pactado con la propia mediocridad- Foucoult no tendrá tanto éxito, tan sólo una profesora conseguirá la redención desde la entrega a sus alumnos.

La pregunta del director está clara, ¿de quién es la culpa del fracaso escolar…de los jóvenes…de sus familias…de las administraciones…de los claustros…?. El espectador es invitado a responder por sí mismo a esta cuestión.

Con un guion amable, ágil, divertido y humano, con unas interpretaciones creíbles y profundamente humanas, “El buen maestro” se convierte en una excelente película para ser degustada por todas las personas interesadas por la educación y que crean que sigue siendo posible acercarse a los jóvenes, por más desestructurados que estén, para ayudarles a mirar a su interior.

JOSAN MONTUL

EL PRIMO SANTI

EL PRIMO SANTI.

Me senté tranquilamente con mi amiguete en el Restaurante. Vamos a llamarle Santi. Hacía casi un año que no lo veía. Le tocaba esta vez pagar a él. Como desde hace cinco años, y siguiendo un rito repetido cada dos meses, nos sentamos a comer y a charlar.

Santi tiene 24 años, le he acompañado desde que él tenía 14 y la vida, como a todos,  le iba poniendo dificultades. La adolescencia se le hizo cuesta arriba y todos los que le queríamos tuvimos que hacer acopio de paciencia para no despachar sus salidas de tono con un guantazo que le pusiera en su sitio y le recordara que tener 15 años no es una excusa para poderle levantar la voz en plan vacilón a quien más le quiere a uno.

Recuerdo que hace años un domingo apareció en mi casa sollozando sin poder hablar. Cuando recuperó el resuello, contó que se había escapado de casa después de haberse pasado tres pueblos con su padre. Esta vez no le levantó sólo la voz, sino que también le levantó la mano…su padre se quedó blanco y la cosa acabó con un fuerte empujón del chaval que echó por los suelos las esperanzas que aquellos padres tenían con su hijo. A Santi le dije aquel día que si se quería quedar en mi casa hasta que se serenara lo tenían que saber sus padres en el acto. Accedió y llamé a su familia. Respiraron tranquilos al saber donde estaba el chaval. Por la noche, volvió a casa.

Harto de suspensos, dejó de estudiar y se puso a currar. Con su primer sueldo me invitó a cenar…y así inauguramos una costumbre a la que hemos sido fieles hasta ahora. Una vez paga él, otra vez pago yo.

El trabajo le iba bien al chaval y parte de lo que ganaba lo daba en casa para ir colaborando en la manutención. Parecía que, por fin, la cosa se iba arreglando.

Pero un día, en la vida de Santi apareció un gualdrapa engominado de mucho cuidado y le animó a sacarse una pasta vendiendo el chocolate que ya consumía desde hacía unos años. Y el tontaina tiró la toalla de su vida y empezó a trapichear. Y con la venta, llegó el dinero, y la noche, y las juergas hasta las tantas, y el trabajo a hacer puñetas, y la venta de pastillas, y los coches, y los ligues, y la cocaína vendida y consumida, y los guiskis, y la ropa de marca, y las pirulas, y las amenazas a los que le debían dinero…y el dinero para los que le amenazaban.

Y mi primo Santi y el gualdrapa de marras del que no se despegaba nunca se convirtieron en los más enrollados de las discotecas. Y en la Disco y en los bares era mi Santi el rey del mambo; pásame una rayita, Santí, tronco, que te la pago la semana que viene; dame unas rulitas, colega, que mi chati está muy puesta y ya no aguanto más; Santi, tío, pásame una piedra de la buena y tómate algo.

Y una mañana, hace algo más de un año, mira tú por dónde, cuando Santi se había ido a dormir, le para la guardia civil a su coleguita del alma y le encuentra tanta farlopa como para colocar a una filarmónica. Y de pronto, lacagasteburtlancaster,  a pesar de la gomina y las gafas fashion, se le cambió el careto al tío y se quedó con la cara de lo que realmente era: un capullo.

Santi fue a ver al tipo a la cárcel al cabo de un mes. Y aquel día, en la prisión, tras un cristal, se reencontró con su compañero de correrías y pensó que fue cuestión de suerte no haber acabado con él en el talego. Y al verle la cara y al asomarse a su vida, le dio pena, mucha pena.

Aquel día mi amigo recogió la toalla que había tirado unos años antes…busco curro de nuevo y fue ordenando su vida. Conoció a una chavala encantadora y se puso a recomponer su historia. Fue pagando deudas mientras intentaba cambiar de ambientes y de fama.

Me lo contaba en el Restaurante, hace pocos meses, el día en que le tocaba pagar a él. Me lo decía muy serio. Recordaba la cara de su compañero en la cárcel…tiene para tiempo, me dijo. La cara de aquel tipo, con el que tantas fiestas se habían marcado, se le había metido muy dentro.

Yo recordaba otras caras… me venía a la memoria la de un chavalillo de 15 años, adicto al hachís y a las pastillas. Recordaba la cara de sus padres, a los que este chaval sí que les ha llegado a pegar. Yo había estado en su casa el día anterior y salí impresionado. Tal vez, imaginé, el chavalillo visitó alguna vez a Santi y a su colega enchironado para pillar alguna cosa. Le quise hablar a Santi de este otro chaval pero preferí callar. Eso…-pensé- se lo contaré en la próxima comida, en la que, por cierto, me tocará pagar a mí.

 

JOSAN MONTULL