GRACIAS ESCUELA

Durante estos días, en medio de las vacaciones escolares de las que ya gozan lo niños y niñas, los Claustros van cerrando el curso. Reuniones, evaluaciones, revisiones…una mirada atrás para ver más allá. Nadie retrocede si no es para saltar más lejos.

Y, al mirar este curso que está expirando, sienten los educadores que ha sido el curso más extraño de sus vidas pero que lo han sacado adelante con un esfuerzo ímprobo y con una fe admirable en la educación. Están cansados, muy cansados…pero están satisfechos, muy satisfechos. La tarea realizada ha sido tan agotadora como maravillosa. Nunca, cuando estudiaban en la Facultad, hubieron podido sospechar nunca un curso como el que ha terminado.

La palabra que hoy deberíamos pronunciar con los labios y el corazón es “Gracias”. Gracias a los maestros y maestras -tantas veces incomprendidos- por su esfuerzo titánico en acompañar la formación de los chavales en unos tiempos extremadamente adversos. Gracias porque, a pesar del desconcierto que sintieron al inicio y el tiempo que han tenido que robar a su vida familiar, se han reinventado a sí mismos, han tenido que redoblar su capacidad para motivar, animar y enseñar en tiempos en los que la incertidumbre se había instalado en el alma. Gracias a las familias que han confiado en sus Escuelas, a las que han apoyado y defendido en casa lo que los profes hacían en el Cole, a las que han dado ante sus hijos la razón a sus profesores reforzando el contenido de lo que vivían en la Escuela.

Y gracias a los niños y niñas, a los adolescentes que han vuelto a llenar las aulas y talleres, y a gritar y reír en los patios de las escuelas, silenciadas durante meses, haciendo que la vida estallara en los Centros. Gracias a una generación de alumnos y alumnas que han hecho de la mascarilla, el gel hidroalcohólico, la toallita, el desinfectante y la botella de agua elementos básicos que llevar en la mochila escolar. Gracias a estos niños y niñas que han vivido un año escolar en el que no se les ha dejado estudiar o jugar como antes, compartir materiales, ni tan siquiera tocarse o abrazarse, sometidos a la distancia de seguridad y los grupos burbuja, conceptos tan difíciles de vivir en la infancia. Gracias a la responsabilidad de todos… el curso que ahora clausuramos ha sido un éxito de la educación en nuestro país.

Podemos sentirnos orgullosos al pensar que, pese a los vaivenes desalentadores de las repetidas leyes de educación, tenemos en nuestro país unos profesionales de la docencia extraordinarios que llenan de nobleza el mundo de la Escuela y son garantía de futuro. Han sido la mejor vacuna contra el desaliento.

  Gracias a todos.

JOSAN MONTULL

CONVERSANDO CON JOSAN MONTULL (parte 2 de 2)

(2ª parte del Diálogo con el sacerdote José María Ferrer publicado en el semanal El Cruzado Aragonés. Diciembre de 2020) 1ª Parte aquí

4.- Seguimos con algo que dices y que subrayo. La esperanza cristiana es compromiso. A veces me pregunto si nuestra generación tendría mejor nota en voluntariado que en compromiso. Ayudar da menos miedo que comprometerse. Al compromiso le va lo de permanente y duradero y yo no sé si a nuestros tiempos, tan veloces y volubles, le va mucho esto. Ahora que tanto se habla de educar para el futuro, podría ser que sorprendentemente, haya que volver al pasado y enraizarla en los valores de siempre, en los esenciales. Pero creo también, que con esto y con todo, las cosas han cambiado y hoy es hoy. ¿Qué significa educar en nuestro tiempo? ¿para qué hay que educar?

No hay duda que hoy el compromiso está en crisis. Cada vez, por ejemplo, hay menos matrimonios. En nuestro país desde mucho tiempo hay más divorcios que bodas. Sí, tenemos miedo al compromiso. Hay como una desconfianza en las propias posibilidades para hacer duraderas las convicciones. Antes podíamos pensar diciendo “Esto que vivo –en mi matrimonio, en mi trabajo social, en mi vida religiosa…- me hace sentir tan feliz que lucharé para que dure toda la vida”. La filosofía del Carpe diem de la que hablábamos ha llegado también a esto.

Es cierto lo que dices, aquí tiene un gran reto la educación. Educar viene de la palabra latina educere: extraer, sacar fuera. Es decir, educar es ayudar a que cada persona descubra lo que de bueno tiene dentro de sí para que lo saque fuera, lo potencie y lo ponga al servicio de los demás. Con frecuencia hemos creído que educar era inducere: meter dentro, imponer… y eso no tiene mucho futuro. Hay, por ejemplo, en la actualidad una primacía de asignaturas que llevan a lo útil y práctico: la informática, las lenguas… son asignaturas que llevan más al inducere que al educere. Urgen las asignaturas humanistas: la filosofía, la literatura, la religión, la ética, la historia… que animan a que la persona bucee dentro de sí misma y de otros seres humanos para descubrir el Misterio que hay en cada uno y le oriente en la vida. Hay que educar, en definitiva, para ayudar a ser felices.

Es necesario, además, que en los Centro educativos se fomenten actividades solidarias y experiencias de voluntariado, acompañadas y consistentes.

El papa Francisco lo ha definido muy bien en su última encíclica “Fratelli tutti” cuando dice “La tarea educativa, el desarrollo de hábitos solidarios, la capacidad de pensar la vida humana más integralmente, la hondura espiritual, hacen falta para dar calidad a las relaciones humanas, de tal modo que sea la misma sociedad la que reaccione ante sus inequidades, sus desviaciones, los abusos de los poderes económicos, tecnológicos, políticos o mediáticos”.

5.- Pienso que resumo bien tu respuesta diciendo que, en definitiva, la educación debe ayudar a la persona a crecer integralmente por dentro para que, con sus cualidades, pueda ayudar a mejorar su tiempo y su ambiente. Ya lo dices y repito: un educador debe ayudar a la persona a que encuentre y saque fuera los valores y cualidades que lleva dentro y las ponga al servicio de los otros.” Vale quien sirve”.

En el texto que citas de la última Encíclica del papa, “Fratelli tutti”, él habla de la calidad de las relaciones humanas. En este momento me parece un tema de mucha actualidad y sobre el que hay que reflexionar. Algunos sociólogos advierten que estamos muy comunicados y, a la vez, muy solos. Con los amplios y diversos medios de comunicación que tenemos ahora sí que nos comunicamos. Pero pienso que no siempre bien porque son comunicaciones impersonales y distantes. No podemos negar ni el valor ni las posibilidades que ofrecen las redes sociales.  Lo que no sé es si estamos todos preparados para usarlas convenientemente. ¿Cuáles te parece que son los valores y los riesgos de estos medios de comunicación y cómo usarlos convenientemente?  

Creo que la comunicación digital ha cambiado radicalmente la forma de relacionarnos. Las posibilidades son infinitas. Internet posibilita que todo esté aquí y ahora. Los beneficios de la comunicación digital son extraordinarios. Baste echar la vista atrás para ver que, en el confinamiento, las Escuelas y Universidades se organizaron para hacer llegar la enseñanza al interior de las casas. Esto era antes impensable, ahora es una realidad.

Esta excelente novedad tecnológica no está exenta de peligros.  Da la sensación de que la sabiduría es ahora saber buscar en la red y ya está. Pero creo que los chavales deben buscar respuestas y, con frecuencia, buscan soluciones. Y las repuestas están más allá de la red, precisamente en las relaciones interpersonales y en la comunicación calmada y profunda.

Por otra parte, en la red está todo, lo más grande y humano junto con lo más perverso y canalla. Internet se ha convertido en un amplificador de lo más hermoso y de lo más abyecto.

Es imprescindible una educación técnica y moral para hacer que estos conocimientos se usen para el bien y sirvan para hacer un mundo más humano.

Hay que estar muy atento, además, para que la comunicación digital no acabe con la comunicación presencial. También lo dice Francisco en Fratelli Tutti. , «los medios de comunicación digitales pueden exponer al riesgo de dependencia, de aislamiento y de progresiva pérdida de contacto con la realidad concreta, obstaculizando el desarrollo de relaciones interpersonales auténticas. Hacen falta gestos físicos, expresiones del rostro, silencios, lenguaje corporal, y hasta el perfume, el temblor de las manos, el rubor, la transpiración, porque todo eso habla y forma parte de la comunicación humana.» (F.T. 43).

Pronto vamos a celebrar la Navidad, la fiesta del Dios encarnado, del Dios que ha creído tanto en el ser humano que se ha hecho humano. No era la Palestina del siglo I un mundo más humano y tierno que el nuestro. Tenía las ambivalencias y fragilidades propias de la persona; la violencia y el deseo de paz convivían a veces conflictivamente. Aquella tierra era tierra de Dios, aquel tiempo era tiempo de Dios. Creo profundamente que éste es también un tiempo de Dios, un tiempo para encontrarse y encontrarnos, en medio de todas las dificultades, grandezas y miserias. Por eso pienso que es posible la esperanza. La fe y la educación nos ayudarán a construir un mundo más humano tras la pandemia, un mundo parecido al que Dios pensó para nosotros. En nuestras manos está. El futuro que vislumbramos depende de nuestro compromiso.

Y hasta aquí llegamos en esta comunicación con Josan Montull. Nuestra comunicación ha sido amplia, aunque pienso que se ha ido concretando en temas y cuestiones que son vitales para el momento presente y para el futuro que ya está aquí. Como él decía en su respuesta a la última pregunta, que además es algo que ha estado presente en toda esta comunicación, hemos de seguir viviendo con y desde la esperanza. Con la fe y con la educación, decía, y con el compromiso de todos, hemos de seguir construyendo el mundo bueno y justo que Dios pensó para nosotros.

CONVERSANDO CON JOSAN MONTULL (parte 1 de 2)

(Diálogo con el sacerdote José María Ferrer publicado en el semanal El Cruzado Aragonés. Diciembre de 2020)

Hablar con José Montull es fácil porque se puede hablar con él de muchas cosas, pero al mismo tiempo es difícil porque hay que seleccionar y eso no es tan fácil.  Vamos a comenzar situándonos en el hoy que vivimos, como poniendo en el reloj en el ahora mismo.

1.- Nuestro tiempo, ¿es de crisis, es de esperanza, es de poner fin a una etapa histórica para empezar otra?

Creo que en este tiempo estamos sumidos en un momento de crisis. La pandemia de COVID ha dado la vuelta a nuestra vida cotidiana. Además de las muertes provocadas, la prevención, cuando no el miedo, se han convertido en cotidianas. Hay que cuidarse, distanciarse de los demás, encerrarse, no compartir el afecto desde un estilo tradicional, nuestras manifestaciones sociales han quedado relegadas, nuestra vida familiar está muy acotada…

Por otra parte, creo que existe una crisis política importante en nuestro ambiente. Da la sensación de que nuestros dirigentes públicos luchan más por sus propios intereses que por los de la gente sencilla. La ideología prima por encima de la solidaridad. El entendimiento no existe. y en los foros políticos se usa habitualmente el insulto, la descalificación e incluso la amenaza para lanzarla contra los otros. No se exponen razones, se descalifica al rival. Resulta sorprendente que, con la que está cayendo, los gobernantes se hayan subido el sueldo. Ciertamente, los dirigentes no son referentes éticos para una sociedad como la nuestra.

También hay crisis económica. Se están perdiendo muchos trabajos y la pandemia ha traído la ruina a mucha gente. Cada vez la pobreza se va a hacer más cercana.

La sociedad está cambiando vertiginosamente. El avance de la inmigración, legal o ilegal, la crisis de la familia tradicional,… todos estos cambios se producen con una celeridad tal que cuestan ser asumidos. La Iglesia también vive esta crisis y ha dejado de ser referencial para muchas personas. En muchos de nuestros ambientes, antes tan religiosos, la institución eclesial es ahora sencillamente irrelevante.

Hay un cambio de etapa, qué duda cabe. Pero esto no quiere decir que haya desesperanza. Hay muchos motivos para esperar. La gente sigue siendo buena, la solidaridad de millones de personas anima a mirar el futuro con ilusión. Suelo decir muchas veces que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Este cambio de época es estruendoso, como un árbol que cae, pero hay todo un bosque de millones y millones de seres humanos que se afanan por cuidar la vida y animar el amor. Hay muchísimos jóvenes que son capaces de emocionarse ante la verdad y que están dispuestos a adherirse a las causas justas cuando les son bien presentadas. Hay un voluntariado en la Iglesia que resulta extraordinario.

Hay mucha crisis, sí, pero hay mucha más esperanza. 

2.- De acuerdo en que este tiempo nuestro, además de ser complejo va a “hacer historia” y a ver si logramos que sea “historia positiva”. Y lo digo por tu referencia explícita a la esperanza. Siempre he pensado que es una virtud necesaria pero que, quizá en cada tiempo, tenga su singularidad. ¿Qué rasgos piensas que debe tener una esperanza para nuestro tiempo?

Yo diría que tiene que ser trascendente, contagiosa, y solidaria.

En estos tiempos se nos pone delante una y otra vez todo lo negativo del mundo y, sin embargo, hay que tener con el mundo una mirada trascendente, es decir, hay que mirar más allá de lo que se nos muestra. Hay muchos gestos de bondad y de profunda humanidad en los seres humanos. Nos falta la esperanza cuando no sabemos mirar. Hay muchísimas personas buenas que dignifican la vida y nos animan a vivir. Hay que aprender a mirar la realidad de un modo trascendente para vislumbrar el amor de tanta gente.

Debe ser contagiosa porque nuestra vida debe animar la esperanza de los desesperanzados. Creo que debemos ser testigos de esperanza, personas que animen la ilusión de la gente.

Y, finalmente, la esperanza nos debe llevar a la solidaridad; una persona esperanzada no se centra en sí misma, sino que lucha por un mundo mejor, hace lo posible, se da a sí misma en causas justas…precisamente porque espera un mudo más humano y nunca da por perdida a ninguna persona.

En los colectivos de voluntarios, en nuestras comunidades cristianas, en las ONGs, en el servicio desinteresado que se hace en muchos frentes encontramos a personas esperanzadas.

Afortunadamente hay muchos testigos y constructores de esperanza.

3.- Lo de una esperanza trascendente me parece tanta verdad que hasta creo que esa es la esperanza de verdad. Nuestros contemporáneos hoy son muy inmanentes, es decir, ya es hasta cansino oír decir que hay que vivir el presente, el aquí y el ahora que, por cierto, esto es antiguo y ya nos viene del poeta latino Horacio, con aquello del Carpe diem. Yo digo a esto que sí, pero con matices. Porque lo de Horacio era cerrarse al futuro y no conviene absolutizar el presente, aunque sea muy necesario ser fieles a él. Habrá algo más que el presente y éste nos ha de servir para avanzar. Yo creo que esto lo indicas en tu respuesta y si la he entendido bien hablas de una esperanza que sabe conjugar el presente y el futuro. Y desde este equilibrio entre inmanencia y trascendencia me hago una pregunta y te la paso: ¿La fe cristiana da esperanza o, algunos lo dicen, la fe sirve para que estemos tranquilos y como sumisos y sin enfrentamientos con la realidad?

Sumisos, en absoluto. Jesús de Nazaret alentaba la esperanza y, desde esa postura, denunciaba las injusticias y se ponía al lado de los enfermos y los pobres. A los desesperados, Jesús les contagió esperanza. Y esa opción esperanzada por un mundo mejor le llevó a la muerte. La mirada de Jesús nos ayuda siempre a descubrir que el Reino está entre nosotros, que nunca debemos desalentarnos y que tenemos que hacer todo lo posible para humanizar esta Historia. Los cristianos creemos que Dios se ha hecho hombre en Jesús por eso –y no es un juego de palabras- todo lo divino es humano y todo lo propiamente humano es divino. La esperanza en Dios pasa por un compromiso de hacer que esta tierra se vaya convirtiendo de verdad en su Reino. El Carpe diem de Horacio está bien, pero puede resultar egoísta. Decirle a una persona que ha perdido el trabajo y está desesperado que viva el “Carpe diem” y aproveche el presente, es una auténtica perversión. Claro que tengo que vivir y exprimir el hoy, pero yo sólo puedo vivir el presente si me comprometo en trabajar por el futuro de aquellos a los que por mil razones el presente les resulta horroroso. Ésta es, creo, la esperanza cristiana

Y el domingo 10-01-20221, la segunda parte de la entrevista….

UN VIRUS PARA EDUCAR

De pronto se paró el reloj. Se cancelaron proyectos y se anularon las agendas. Lo cierto es que nos lo veíamos venir, pero fue un mazazo: llegaba una pandemia, había que confinarse en casa. De nada valían las excusas y las justificaciones; había que estar recluido las 24 horas del día. La responsabilidad y la solidaridad llevaban a meterse en la vivienda de cada cual –vete tú a saber hasta cuándo- y cambiar el ritmo de vida.

Y tuvimos que ingeniárnoslas para, en lugar de ser prisioneros del tiempo, llegar a ser dueños de nuestro propio tiempo…y no era tarea fácil.

Los mayores, reos de mil compromisos, teníamos que organizarnos en casa. Los chavales, con una agenda complicadísima en cuanto abandonan la Escuela, tenían que convivir con sus familiares las 24 horas del día. Ya no había extraescolares, ni fútbol, ni idiomas, ni música… De nada servían los abuelos, que tantas veces solucionan la papeleta, esta vez eran los progenitores los que debían estar en casa, armándose de paciencia, organizando los tiempos y los espacios, obligados a compartir, en una especie de Gran Hermano nacional, una situación de entrada angustiosa.

Y en esas estamos.

Son muchas las reflexiones que en estos días nos estamos haciendo en este confinamiento. A mí hay una que me ronda la cabeza. Ésta es una situación que podemos aprovechar como una oportunidad para la educación. Y me explico.

La pandemia que nos relega a nuestras viviendas puede ser una experiencia vitalmente tan intensa que favorezca la maduración de nuestros chavales. Por una vez, las privaciones, las dificultades, las incomodidades de la vida no van a tener que verse desde una pantalla o a estudiarse desde la literatura, o a maquinarse desde un juego electrónico. Sin que lo pretendiéramos, he aquí una experiencia difícil que hay que superar como un reto muy arduo, una especie de Campo de Trabajo en el hogar en el que cada cual tiene que privarse de muchas cosas (que antes parecían imprescindibles) y centrase en lo esencial.

El confinamiento puede ayudar a que nuestros chavales entiendan el valor del sacrificio y a apreciar lo que nunca sale en los medios: los médicos, los carteros, los profesionales del transporte, las personas que hacen la limpieza o que recogen la basura, la entrega de las fuerzas de seguridad, el papelón de los reponedores en las tiendas y de las personas que están en una caja cobrando…Toda esa legión de héroes anónimos que hacen posible nuestra vida nos aportan mucho más que tantos famosos, deportistas millonarios o artistas excéntricos ante los que tantas veces nuestra sociedad se ha puesto de rodillas.

Nuestros chavales tienen ahora una posibilidad extraordinaria para entender que los programas del corazón, que exhiben infidelidad y desamor, que animan por dinero a la falta de entrega, son un insulto a la vida de unos padres o familiares que, también en los tiempos difíciles, siguen apostando por el amor y la donación.

Estos muchachos confinados tienen la oportunidad de acercarse –aunque desde muy lejos- al drama de los sin techo, de los refugiados, de todos aquellos hombres y mujeres que no pueden recluirse en sus casas sencillamente porque no tienen. Vista así, la casa, lejos de ser una prisión donde nos confinamos, es para nosotros un privilegio y un refugio. Así descubrirán que el confinamiento no es igual para todos porque las enfermedades -que no hacen distingos de razas ni clases sociales- no pueden ser afrontadas de la misma manera por los pobres que por los enriquecidos.

Estos jóvenes encerrados en sus viviendas tienen la posibilidad de ver el valor de la cercanía, de los detalles sencillos, de la ayuda mutua, de la llamada cariñosa del favor desinteresado, de tantos gestos humildes que antes pasaban desapercibidos y adquieren una grandiosidad magnífica en los momentos de apuro. La propuesta de aplaudir desde las ventanas a las ocho de la tarde reconociendo el trabajo ingente y generoso de tatos hombres y mujeres les puede unir a muchos vecinos a los que ni siquiera conocía y que participan de la misma preocupación.

Nuestros chicos y chicas tienen la oportunidad de valorar de nuevo la vida de los abuelos, de los familiares distantes, de aquellas personas que les han cuidado con un cariño extraordinario y ahora necesariamente tienen que estar lejos, añorando como nadie el beso y la caricia.

Pueden nuestros adolescentes apreciar la escuela, a los docentes, a la gente que se esfuerza con entrega y profesionalidad por su educación, aunque a veces hayan sufrido tanto desdén social.

El dolor existe, como existe el sufrimiento, la dificultad, las contrariedades, las privaciones y todo aquello que se les está hurtando a nuestros jóvenes aun a riesgo de hacer de ellos personas frágiles, almibaradas y en nada resistentes a todas las frustraciones que les tocará vivir. Tal vez puedan descubrir, cuando volvamos a la vida cotidiana, que cosas como tirar un papel al suelo, ser ingratos, enfadarse por minucias, tener mala educación, no aprovechar el tiempo o menospreciar el entorno, por ejemplo, se convertirán en un desprecio enorme a las personas que les cuidaron durante el confinamiento.

Aprenderemos todos porque para todos ésta va a ser una experiencia única, no deseada, pero única. La historia será distinta el día que salgamos a la calle. Nada volverá a ser como antes. Posiblemente valoraremos como nunca las cosas sencillas y, por fin. podremos entender el valor de lo inútil, de lo que no cotiza, de lo aparentemente irrelevante pero que da sentido a la vida.

Estos chavales, que han sufrido el ninguneo en sus currículums escolares de las asignaturas humanísticas, están viviendo una situación vital muy intensa y que necesariamente tendrán que interiorizar. Habrá que ayudarles para que así sea. No se les puede dejar solos, ni ahora ni después. Habrá que acompañarles para que lo que están viviendo les ayude a madurar y crecer.

Y los adultos también aprenderemos de ellos. Serán la generación Covid 19, una generación con posibilidad de enseñar a sus mayores que las cosas más importantes son precisamente aquellas que nunca apuntamos en nuestras agendas.

JOSAN MONTULL