ESCUCHAR

Parece que el oído es de los primeros sentidos que desarrollamos cuando somos bebés, antes, incluso, que la vista. Ya en el seno materno oímos y percibimos a través del sonido la alegría, la esperanza, el miedo, la angustia … de la madre y de los cercanos.

Cuando somos pequeños nos arrullan con sonidos cariñosos, nos cantan nanas, nos comunican sentimientos a través de las palabras.

Oír es para nosotros en algo fundamental que nos ayuda a crecer y a ser lo que somos. La voz humana se convierte en el bálsamo que nos va meciendo y formando para que aprendamos a ser.

Siempre estamos creciendo, no acabamos nunca de hacerlo. Por eso necesitamos mirarnos a la cara, dedicarnos tiempo y calma para escucharnos, comunicarnos y expresar lo que somos, a la vez que las palabras del interlocutor encuentran eco en mí.

Pero no siempre es fácil escuchar. Ahora hay mucha gente que va a la suya, que no escucha, que no se detiene con paciencia a oír al otro. La vida digital y las redes sociales han trastocado la comunicación. Por una parte, han ampliado el radio de la información y nos hacen llegar con rapidez a todas las geografías físicas y humanas; pero, por otra, han matado la calma y la espera, han escondido el misterio y han llenado de vacío las palabras. Nos estamos volviendo sordos a la escucha del otro; sordos para escuchar el silencio; sordos, incluso, para escucharnos a nosotros mismos.

Necesitamos escuchar a los otros con calma, regalándoles el tiempo y la comprensión. Precisamos escuchar con el oído y el corazón

También nosotros tenemos necesidad de ser escuchados, de que alguien se detenga para hacernos caso, para que le podamos contar qué nos pasa, para abrir nuestro interior y desvelarlo a quien, sin juzgarnos, es capaz, simplemente, de dedicarnos su tiempo.

En medio del griterío y de sonidos estridentes y huecos, urge la calma, la serenidad para que la voz humana pueda resonar en nuestra vida y nos ayude a ser lo que somos para que nos puedan decir y podamos decir “Gracias por escucharme”.

JOSAN MONTULL

UNA BOFETADA AL CINE

No sé cuántos lectores sabrán qué película recibió el óscar al mejor film de este año, o cuál fue el óscar a la mejor actriz, o al mejor film extranjero, por ejemplo. Tampoco sé si recordarán que en esta ceremonia se reunieron el director y los protagonistas del primer “Padrino”, 50 años después de su estreno: allí estaban los italoamericanos; Coppola, De Niro y Pacino, que nos han enseñado como pocos a amar el cine.

Todo eso y mucho más quedó ensombrecido porque esta ceremonia ha sido la del guantazo. Curiosamente, la ceremonia de los Óscar de Hollywood de 2022 no fue protagonizada por el cine sino por el enorme sopapo que Will Smith le propinó al presentador Chris Rock por un grosero chiste que éste contó, sin ninguna gracia, en relación a la alopecia de la esposa de Smith.

Las imágenes pasarán a los anales de la historia por motivos nada cinematográficos. Rock, en el escenario, hace una ironía desafortunada sobre la mujer de Smith. Éste se levanta, se acerca al escenario y le suelta un mandoble tremendo al pretendido gracioso. Al volverse a sentar, le grita al presentador que jamás vuelva a salir ni una palabra de su “puta boca” sobre su esposa. El público queda desconcertado, Rock salva la papeleta y sigue con su discurso…la ceremonia continúa. Minutos después Will Smith recibe el óscar al mejor actor. Vuelve a subir al escenario, ya no con intenciones agresivas, y –entre lágrimas- lanza un alegato en favor de la unión de la familia, del respeto y el amor. Aplausos. Sigue la ceremonia.

A las pocas horas se desató una oleada de comentarios sobre la cuestión; unos, afirmaban que Smith se había pasado; otros decían que la culpa era de Rock, por esos chistes sobre una enfermedad; había quien comentaba que Rock se lo merecía; muchos afirmaban que quien dice una inconveniencia se arriesga a que le partan la cara. Yo, como educador, me quede un poco estupefacto.

Imagine, amigo lector, que usted es profesor de una Escuela. En un emotivo acto de final de curso, muchos alumnos se despiden del Centro Escolar y van a ser obsequiados con una banda que recuerda su estancia en el Centro. Allí está todo el alumnado, profesores y familias de los chicos y chicas que terminan su andadura en la escuela. Imagine que, además, en el acto se homenajea a una profesora muy querida que se jubila. El claustro ha pedido a unos alumnos especialmente dotados para estar sobre las tablas, que presenten el acto y lo amenicen con su humor.

Continúe imaginando; uno de los alumnos elegido por el Claustro para presentar dice una inconveniencia que ofende a otro alumno que, sentado en el patio de butacas, espera que le impongan la banda. Éste, ofendido por el comentario del compañero presentador, se levanta, sube al escenario y le asesta un bofetón de campeonato al presunto gracioso elegido por el profesorado.

Y ahora, ¿qué? … ¿Cómo continúa la gala?… pregúnteselo. Seguramente, el alumno agresor será inmediatamente expulsado del patio de butacas, el presentador no volverá a aparecer en el escenario y algún profesor o profesora tendrá que salir a pedir excusas por ese desatino que empaña el buen hacer del Centro Escolar. Obviamente, en el acto no se le impondrá la banda al chaval del tortazo y, posiblemente, no se la impongan ni en privado.

La polémica que se suscitó posteriormente de la ceremonia de los Óscar fue totalmente inconcebible. Smith profanó un escenario, ofendió a todos los asistentes, reventó una ceremonia, faltó al respeto a los homenajeados y menospreció, en definitiva, al cine con un acto de violencia en público. No sólo fue una bofetada a un mal e irrespetuoso presentador; fue una bofetada a todos.

Sus emocionadas palabras en defensa de la familia sonaron absolutamente falsas. Que alguien, en el papel violento de machirulo ofendido, que defiende el honor de su esposa a mamporros, hable del amor y la familia, resulta absolutamente hipócrita. La benévola actitud del público aplaudiendo, condescendiente, este discursito entre lágrimas, no hizo más que agravar más la sonrojante ceremonia.

Algún chistoso decía que a Will Smith le hubieran podido dar el premio al mejor actor de “reparto” … o incluso el premio “Donostia”.

Impresentable, vergonzoso, una absoluta vergüenza. Una auténtica bofetada al cine.

JOSAN MONTULL

LA EXPULSIÓN DE KANT

Desde hace muchos años soy profesor de Religión. Lo he sido en la antigua FP, en la vieja EGB, en el Bachillerato antiguo, y actualmente en la ESO, en el Bachillerato y en la Facultad con alumnos que escogen hacer unas asignaturas de carácter teológico.

En varias ocasiones ha habido alumnos que me dicen que no escogen religión porque no es útil. Otros me comentan para qué sirve la Religión. A estos últimos les suelo contestar que, para nada, que la Religión no tiene utilidad. Lo mismo que no tiene utilidad dar dos besos a la familia, estrecharse en un abrazo con alguien que sufre, o escuchar a un enfermo; francamente, no son estas actividades útiles o prácticas. Claro que tampoco tiene gran utilidad el complemento directo o la oración transitiva, por ejemplo. Tampoco lo es emocionarse en una película, admirarse por una pintura, fascinarse por un poema o conmoverse con una sinfonía. En ese sentido, nada más inútil e inservible que el arte, la interioridad o la filosofía, por poner un ejemplo.

Durante estos años, además, he enseñado Ciudadanía, Ética, Filosofía y Valores éticos, además de Lengua española y la Historia. Y, excepto la Lengua y la Historia, esas otras asignaturas siempre -independientemente del Gobierno de turno- han estado cuestionadas, cuando no atacadas, argumentando mil y una justificaciones en aras de una pretendida libertad que priva a los chavales la posibilidad de reflexionar por miedo a que sean manipulados.

Ahora le ha tocado el turno a la Filosofía. Al parecer, la nueva Ley de Educación va a prescindir de esta materia en la Educación Secundaria.

¡Qué quieren que les diga! Que probablemente haya detrás una sutil manera de concebir la Escuela con fines oscuros para que –por mucho que digan- los alumnos no piensen demasiado y sean fácilmente manipulables. Privar de la espiritualidad, la profundidad, el pensamiento, la moral o de la belleza de lo inútil a nuestros jóvenes no deja de ser tremendamente sospechoso. Si a algo nos ayuda la Filosofía es a hacernos preguntas, a dudar, a buscar respuestas, a bucear en la propia vida para darle sentido, a ensanchar la libertad. Creo que, tras de esta enésima modificación de los planes de estudio, se esconde un afán por fabricar ciudadanos prácticos, eficientes materialistas … y obedientes.

Si ya es una vergüenza que, a estas alturas de la democracia, no se haya conseguido un pacto educativo, perseguir sistemáticamente esas asignaturas es un auténtico escándalo.

Buda, Platón, Jesús, Kant y otras figuras referenciales de nuestra Historia están siendo expulsadas de la Escuela. Ya no interesan.

Ahora importan otras cosas. Lo que importa es producir.

JOSAN MONTULL

EDUCAR y AMAR.

He dedicado toda mi vida a la educación. Se puede decir que no he hecho otra cosa. He educado en la Escuela, en el mundo del Tiempo Libre, en ámbitos de exclusión, en el terreno parroquial… Después de muchos años de ser educador, me he preguntado por qué lo soy, qué es lo que me da la autoridad moral para entrar en el Misterio de la vida de un adolescente e intentar acompañar sus pasos para que en un futuro sea feliz. En definitiva… ¿quién soy yo para meterme en la vida de nadie?

Creo que, por encima de la pedagogía, la psicología, la técnica y la profesionalidad, que doy por supuestas, sólo el amor puede ser motor de educación. Si no quiero a los chavales con los que estoy, no tengo ningún derecho a inmiscuirme en su intimidad para orientarles de cara a su futuro. Por eso me pregunto qué es el amor.

-El amor es una actitud que no se centra en una persona específica. Es un ir por la vida…amando a los otros. Esto supone una actitud de apertura y confianza en los demás. Y esto no quiere decir ser un inocentón, pero sí que implica, de entrada, tener una actitud de confianza en las personas.

-El amor es fundamentalmente dar, no recibir. Dar significa ganar. Los padres dan a sus hijos lo más precioso que tienen, su vida, su alegría. No deben dar con el fin de recibir, porque saben que darse es ganarse. Lo mismo los educadores… damos, porque amamos. En la vida llega un momento en el que casi todo se pierde, el amor es lo único que permanece.

-Amor es acoger el don del otro. Se acoge al sonreír, al estrechar una mano, al comprender…Es valorar al otro tal y como es; y esto se expresa en mil detalles, saludar con afecto sincero al que llega, interesarse por sus cosas, escucharle sin prejuicios, corresponderle desde él, sin proyectar mis cosas.

Esta acogida debe manifestarse más con el que queda marginado, con el peor dotado, con el que tiene menos posibilidades…con el que alguna vez es mal visto y ahora nadie le hace caso.

-Amar es dejar ser, es dar a cada persona el respeto que merece, dejarle ser lo que realmente es. En general, los humanos nos empeñamos en hacer ser; somos felices cuando conseguimos que el otro dice y hace lo que nosotros queremos que diga y haga (claro que esto no supone renunciar a unos objetivos educativos, a unas metas a las que queremos llegar).

Esto los chavales lo saben muy bien; para que se les quiera, aprenden a actuar como sabe que los mayores esperan que actúen.

Dejar ser es respetar lo que es real en el otro. Es ayudar a ser lo que uno es (Educar viene de Ex-ducere, sacar hacia fuera lo que hay dentro). Educar es animar a que la persona busque en su propio misterio, se conozca, descubra sus cualidades -lo que realmente es- y las potencie.

-Amar es marcar límites. Dejar ser es lo contrario de una permisividad tolerante que todo lo consiente.  El chaval necesita límites, los pide. Los límites -cuando son razonables- ayudan a encontrarse, a probarse a sí mismo, a superarse, a estructurar su libertad…Educar desde el amor supone ayudar a que el hijo/a respete los límites. Transigir sin más, por la comodidad de no afrontar el conflicto es una falta de amor.

-Amar es cuidar el ambiente, crear una atmósfera donde cada uno pueda sentirse a gusto, sentirse él mismo. Ordenar la casa, vivir con un cierto horario, crear espacios de diálogo, celebrar los aniversarios, las fiestas, cuidar todos estos detalles. Hacer que el ámbito educativo en el que uno está tenga un ambiente de amor.

-Amar es leer en profundidad los sentimientos del otro. Saber captar sus demandas de amor, sus manifestaciones de amor…sus problemas…valorar lo que ellos valoran. Para eso hay que tener muy en cuenta que el amor se percibe y se expresa de modos muy diversos en diferentes edades. Además, no todos los chavales saben expresar el amor…el educador tendrá que saber leer en medio de esa dificultad de exteriorización del afecto.

-Amar es respetar siempre la libertad del otro. No consiste en mendigar cariño. Amar es aceptar -desde su libertad- que el chico y la chica pueden rechazar el amor que se les brinda. Hay que desterrar toda pretensión de monopolizar el afecto de los chavales.

-Amar es enseñar con sencillez que el sexo sincero y limpio es la más hermosa expresión de amor. Y en esto hay que ser consciente de que habrá que nadar a contracorriente, porque la visión del sexo en nuestra sociedad está muy despersonalizada y vacía.

-Amar es dar a conocer a Dios, el que más nos ama, vivir coherentemente con la fe y, por tanto, hacer del perdón el gran signo. Amar es ayudar a que el joven se haga preguntas y, a partir de ahí, busque respuestas. Por tanto, hay que tener, por amor, un escrupuloso respeto a las convicciones religiosas de cada cual.

Sentirse amado es el motor educativo que hace transformar positivamente la vida de las personas. De todos los afanes educativos, el amor es el que no pasa nunca (1Cor 13).

Tras estos años bregando en el ámbito educativo, creo que sólo el amor da sentido a la tarea educativa.

Resuenan en mí los versos de Silvio Rodríguez:

Debes amar la arcilla que va en tus manos
Debes amar su arena hasta la locura
Y si no, no la emprendas, que será en vano
Solo el amor alumbra lo que perdura
Solo el amor convierte en milagro el barro.

Intentar educar sin amar es una intromisión sin escrúpulos en lo más sagrado de cada vida humana. Deberíamos poder decir en nuestro interior “Te educo porque te quiero”. Sólo entonces tendrá sentido nuestra tarea educativa.

JOSAN MONTULL