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LIBERTAD PARA EL ODIO

LIBERTAD PARA EL ODIO

 

Pertenezco a una generación que nació sin conocer la libertad de expresión. Cuando en los años de Universidad nos fuimos acercando al mundo del Teatro, fuimos constatando todo lo que había que hacer para subirse a las tablas: presentar el texto, pedir permisos, recibir la censura por parte del gobierno civil…

El cine se llevó la palma en temas de censura. No llegaban a nuestro país todas las películas y muchas de las que lo hacían llegaban mutiladas o con doblajes cambiados que daban pie a muchos malentendidos. Muchos teníamos que ir a cines de “arte y ensayo” a ver obras que, como “El gran dictador” estaban prohibidas y sólo podían ser exhibidas en versiones no dobladas.

Bastantes autores vieron que sus obras se prohibían; otros acabaron en cárceles por expresar sus propias ideas.

Llegó felizmente la libertad de expresión y la creatividad tuvo, por fin, su cauce merecido. Descubrimos a grandes creadores, a artistas irónicos, divertidos o derrotados que conmovían con su imaginación.

Junto a los grandes creadores aparecieron los oportunistas que hicieron del destape un negocio que duró poco tiempo. Hoy toda esa historia causa todavía un cierto sonrojo.

Pero, qué duda cabe, que tal vez la libertad de expresión haya uno de los logros más importantes de la democracia. El derecho a manifestar las opiniones, por más que sean controvertidas, es inalienable en cada persona.

Claro que este derecho conseguido con mucho esfuerzo tiene que educarse; hay que aprender a expresar la opinión, a defenderla, a entrar en diálogo con los demás, a disentir, a crear…Normalmente cuando estas reglas del juego no se respetan suelen ser los más pobres los que las sufren. En los medios de comunicación, sin ir más lejos, los ricos y poderosos tienen hasta programas exclusivos para verter toda clase de opiniones, por más que éstas sean más que discutibles, mientras que los más humildes no suelen encontrar cauces para expresarse.

Hay ahora varios acontecimientos que a mí, créanlo, me han dejado perplejo. Quieron subrayar particularmente dos.

El polémico actor Willy Toledo lanzó unas blasfemias contra Dios y la Virgen con un carácter escatológico y soez que son difícilmente asumibles. El actor tiene una denuncia puesta y se le está investigando por lo que parece un abuso contra la libertad de expresión.

Por otra parte el rapero Valtonyc ha huido de España porque una condena de cárcel pesaba sobre él provocada por algunas de sus expresiones. En varias de sus actuaciones animaba al público, entre otras cosas, a matar guardias civiles para obtener un estado de tranquilidad.

Si ambas cosas ya entrañan una falta de resteo brutal, lo que sorprende es que en ambos casos haya habido políticos, actores, personajes de la vida pública y hasta algún eclesiático que se hayan lanzado en su defensa en aras de la libertad de expresión.

Es absolutamente surrealista que expresiones ofensivas, irrespetuosas, violentas y brutales sean vistas como normales en ambientes que deberían ofrecer una llamada permanente a la convivencia y a la paz. Posicionarse en contra de estos exabruptos que alientan el desprecio a las creencias y el odio más violento, no debe ser tachado de ninguna opción política conservadora. Hace un año manifesté mi desacuerdo con los famosos autobuses de “Hazte oír” que fueron tan criticados. Hoy me parece una absoluta vergüenza que expresiones como la del señor Toledo o la de Valtonyc tengan un eco benevolente en ambientes supuestamente progresistas.

Qué difícil nos lo ponen a los educadores quienes apoyan estas opiniones. Muchas veces no sabemos qué decir; parece que lo que está bien y lo que está mal depende exclusivamente de uno.

Hace pocos días en una batalla de gallos (duelo de raperos) celebrada en Valencia, varios artistas en sus rimas animaban, entre aplausos, a violar niñas. ¿Qué dirán al respecto los defensores de Toledo o Valtonyc?

Yo me limitaré a educar y a enseñar a los chavales que expresiones semejantes, aunque sean jaleadas por algunos, nos despersonalizan y atentan precisamente contra la libertad de expresión, esa misma libertad de expresión que en España se ganó con el esfuerzo y la generosidad de personas valientes y auténticamente progresistas…que hoy sentirían vergüenza antes estos dictadores de las palabras.

 

JOSAN MONTULL

 

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LA BANALIDAD DE LA MANADA

LA BANALIDAD DE LA MANADA

 

Estos días estoy redescubriendo la figura de Hannah Arendt. Esta mujer fue una pensadora alemana que cubrió periodísticamente el juicio de Adolf Eichmann, acusado de genocidio contra el pueblo judío y de crímenes contra la humanidad. El mundo siguió este juicio enviando a muchos periodistas que se desplazaron a Israel para cubrir todas las vicisitudes de la vista. Finalmente Eichmann fue ahorcado en Tel Avid.

Paradójicamente, Hannah Arendt intuyó que el reo no era un monstruo enfermo a pesar de haber hecho cosas monstruosas; simplemente se limitó a cumplir órdenes por más que estas órdenes llevaran a crímenes espeluznantes. Fue un eficaz y disciplinado burócrata al servicio del horror. Obedecía sin más, como todos, y no se cuestionaba nada.

A esto  lo llamó la “banalidad del mal” , el comportamiento de personas que no se traumatizan por el horror que provocan, que se limitan a cumplir directrices sin hacerse preguntas…que hacen sencillamente el mal sin sentirse culpables.

He pensado en esta filósofa ante varios hechos que han sacudido nuestra opinión pública.

La tímida sentencia contra los cincos jóvenes que abusaron de una chica en Pamplona ha encendido la calle. Miles de mujeres y hombres se han lanzado a voz en grito a clamar contra una sentencia que consideran injusta e insultante para la dignidad de las mujeres. Los cinco tipos que la llevaron a un portal y la sometieron a un trato vejatorio y humillante han sido condenados por abuso, no por agresión.

La calle arde, ya la gran mayoría de la población había condenado a estos cincos bárbaros. Ahora se establece una delicada distinción entre abuso y agresión…sometimiento, consentimiento y mil triquiñuelas.

También estos días se juzga a un colectivo de jóvenes que, según la acusación, apalearon a cuatro personas (dos guardias civiles y sus parejas) en el bar de un pueblo. Hay quien no vio nada, otros dicen que la paliza fue brutal, los agredidos manifiestan su indefensión, los supuestos agresores hablan de una pelea cuando había unos tragos de más.

Y de nuevo un complicado juego de palabras, ¿terrorismo?, ¿trifulca?, ¿odio?, ¿pelea?, ¿borrachera?, lo cierto es que el tema está en la calle y la calle también juzga en un sentido o en otro…pero juzga.

En estos casos hay una cierta aceptación de una pretendida normalidad. Es normal para algunos que la fiesta y el alcohol llevan a un sexo enloquecido y brutal, ¿quién no ha ido de fiesta? ; es normal pelear y hacer daño en una trifulca en un bar…el alcohol y la noche nos confunde, ¿quién no ha sido joven?

Y todo eso lo hacen tipos aparentemente normales, con sus amigos, sus historias y sus familias. Sorprende que uno de los jóvenes de la “manada” de Pamplona haya tenido un hijo con su pareja en este tiempo que lleva en la cárcel; sorprenden los watssaps que sus amigos les enviaban el mismo día del abuso o agresión jaleando su hazaña. Sorprende que el gobierno navarro se haya alzado a defender a los supuestos agresores de los guardias civiles.

Es, a mi modo de ver, una cierta banalidad del mal; la falta de remordimiento, la generalización de la idea de que ser un ladrón, un violento, un machista o un sinvergüenza es lo normal porque todo el mundo lo hace, los tiempos son así, no hay que hacerse grandes preguntas. Lo único peligroso es que te pillen; por eso hay que tener mucho cuidado con grabaciones, wattsaps, vídeos, fotografías… todo lo demás es normal.

De aquí que piense en la importancia de la educación. Urge que nuestros chavales aprendan Filosofía, Ciudadanía, Religión, Ética, Historia… Hay que recuperar sin vergüenza una educación en valores, donde la actitud, el comportamiento y la convivencia con los demás se evalúen y se puntúen académicamente. Es importante educar para la interioridad, la solidaridad y la justicia; es importante que en la educación haya una apertura a la dimensión trascendente de la vida, al reverencial respeto ante el Misterio de la persona humana.

Pero hay un miedo atroz a todo esto. Confundimos enseñar con adoctrinar, educar con imponer, iluminar con amaestrar, y así vamos escurriendo el bulto cuando se trata de enseñar valores. Nuestros jóvenes reciben una exquisita educación informática, digital e idiomática pero las asignaturas que hablan de valores humanos y trascendentes son sistemáticamente vapuleadas o arrinconadas bajo una supuesta modernización de contenidos.

Hay que felicitar la bondad, animar a la superación personal, fomentar el voluntariado y el amor; por eso no hay que tener miedo a sancionar, a marcar límites y a no dejar pasar lo que merece una corrección, lo que moralmente está mal.

Urge huir de un proteccionismo cobarde que lleva a algunas familias a defender a sus retoños contra sus maestros, desautorizando a estos y sembrando en sus hijos semillas de despotismo.

Tal vez Hannah Arendt tenía razón. Si acabamos banalizando el mal acabaremos convirtiéndonos en una miserable manada.

 

JOSAN MONTULL

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CARTA A DIOS ANTE EL AÑO NUEVO

Querido Señor Dios:

Espero que al recibo de ésta estés bien. Yo, bien, gracias a Ti. Tengo ante mí el calendario del año que concluye y el del año que comienza. Antes de terminar este 2017, te escribo estas líneas para darte las gracias por todo lo vivido.

Es cierto que en el año que agoniza hemos visto de todo. Probablemente no hayamos tenido muchos motivos para el optimismo; las divisiones políticas, las rencillas, la manipulación de los jóvenes, la violencia contra las mujeres, los enfrentamientos, la pobreza, las guerras…han ensombrecido el mundo maravilloso que has diseñado para nosotros. Pero también quiero decirte  que los años, que no pasan en balde, me animan a descubrirte diariamente en las cosas más sencillas de nuestra vida.

Cuando despierto, por ejemplo, intento tenerte presente y agradecerte el nuevo día…pero sobre todo en los días de invierno, el sueño es tan profundo que tardo una media hora, más o menos, en tomar conciencia de que estoy despierto. Entonces sí que oirás mi voz (no muy clara a esa hora) que te da las gracias por el amanecer,  por la lluvia, por el frío…y hasta por el sueño.

Como te decía, he aprendido a irte descubriendo en las cosas del vivir cotidiano y así te vislumbro en la fe de las personas mayores, en los ojos de los críos, en las lágrimas de los enfermos, en los que –desde otras confesiones religiosas- te llaman con otros nombres. También te descubro diariamente en la sincera búsqueda de los ateos y los que no te conocen. Te intuyo en la gente generosa que se desvive por los demás, en los profesionales que realizan su trabajo con esmero, en las familias… en la gente, vaya.

Es verdad, Padre, que la naturaleza habla de Ti, pero está tan manida por los deportes de aventura, el esquí, la vela y estas cosas, que tu presencia se me hace más diáfana y transparente en la historia de los hombres y mujeres. Me emociona ver las ganas de vivir que tienen las personas; me parece precioso que la gente sencilla, arrastrando a veces tantos problemas, se lave, se peine, se arregle antes de salir de casa para mostrarse ante los demás de la forma más agradable y presentable posible. Creo que el primer signo matutino de tu presencia es que la gente salga a la calle arreglada, manifestando así respeto hacia sí mismos y los demás y ganas de hacer la vida más grata para todos.

Te descubro en la baraja de los sencillos, en la música, en el teatro y el arte, en el buen vino compartido, en el dolor de la familia que pierde al ser querido, en la ternura del abuelo, en la voz del amigo preso, en las fantasías del que se siente solo, en el maravilloso mundo de la educación, en los amigos, en los hermanos.

También te he descubierto, y qué bien los sabes, en el cine. La pantalla me ha ayudado a lo largo de mi vida a conocerte a través de las historias, las pasiones y las aventuras de tantos seres humanos que se trascienden a sí mismos. Los clásicos me han hablado de ti: Ford, Hawks, Kazan,  Preminguer, Bergman, Wilder, Kubrick, Visconti, Fellini, De Sica Hitchcock han sido lámparas que iluminaban mi mundo en la oscuridad de las salas; también los actuales: Scott, Spielberg, Eastwood, Mann, Coppola, Allen, y tantos otros me han emocionado y divertido y ya forman parte de mi historia; también los nuestros Aranda, Garci, Camus, Almodóvar, Saura, Buñuel, Cuerda, Amenábar, Bollaín, Villaronga, Bayona y estos directores cercanos que nos presentan la grandiosa fragilidad del ser humano en la magia del séptimo arte.

Como salesiano, te descubro en los adolescentes y jóvenes, que andan comiéndose tanto la cabeza, peinándose con elegancia, con pantalones de pitillo y adicionados al móvil,  intentando impresionar, intentando descubrirse, afirmarse, aceptarse y quererse en un mundo en el que el futuro está rodeado de buitres que intentan saquearles su juventud. Aunque me cuesta adaptarme a las exigencias de las cambiantes administraciones educativas, no me cuesta nada descubrirte entre los jóvenes en el mundo de la educación.

Te intuyo en los inmigrantes, en aquellos hijos tuyos que, víctimas de un reparto injusto de la riqueza, han tenido que dejarlo todo para buscar un futuro más digno. Te descubro en los refugiados, en aquellas personas a las que nadie mira y llegan huyendo del horror que hemos creado nosotros mismos. En sus ojos veo los ojos de tu Hijo…en su Historia veo la historia del pequeño Jesús, huyendo de los poderes de su tiempo y siendo extranjero en Egipto. En su muerte veo la cruz.

También, Padre, te descubro en personas que, desde plataformas muy distintas se empeñan en construir un mundo más humano: obreros, voluntarios,  educadores, médicos, periodistas, curas, músicos…te intuyo en los maestros, en los padres y madres, en los abuelos, en todos aquellos que ayudan a hacer crecer la vida.

Y, naturalmente, te encuentro en la Sagrada Escritura, tan vilipendiada, tan olvidada por nuestra cultura reinante y tan apasionante y necesaria.

Te descubro en mis hermanos de comunidad, a los que amo a pesar de las diferencias y con quienes creo que es posible hacer que nuestra vida sea una profecía luminosa.

Celebro tu presencia en la Eucaristía y en los sacramentos por más que los que presidamos tengamos nuestros defectos y nuestras limitaciones como cualquier hijo de vecino.

Lo cierto es que no me es nada difícil creer en Ti. Casi me atrevería a decir que la fe, en mi caso, no tiene mucho mérito. Para mí, creer es como respirar, besar, reír, llorar…vivir.

Por eso en esta carta, antes de empezar el año nuevo, quiero darte las gracias por todas las personas que me han ayudado y me ayudan a amarte. Por mis padres y por tantas personas buenas que me han enseñado a ver el mundo desde el agradecimiento y el compromiso. De una manera especial, te doy las gracias por toda la gente que ha alimentado mi fe a lo largo del año que concluye.

Haz, Padre, a que en el año que ahora empieza sepa ser coherente con mi fe y con lo que escribo; ayúdame a que mis torpes letras se conviertan en testimonio de tu Hijo y clamor rabioso contra la injusticia que permite que a tantos hijos tuyos les arrebaten la dignidad. Ayúdame a esforzarme  para ser testigo de esperanza, de esfuerzo compartido por un futuro más humano y, por tanto, más Tuyo. Hazme coherente con lo que soy.

Espero volver a escribirte pronto. Tus noticias me llegan, como te he dicho, cada día.

Recibe un fuerte abrazo de tu hijo.

Josan Montull