



¿Qué ocurre en la mente de un menor que maltrata a otros? ¿Qué extraño sentimiento puede percibir al acosar, normalmente, junto a otros, a un niño o niña más frágil? ¿Qué puede experimentar a ver la impotencia del acosado, su miedo y su destrucción?, ¿Cómo es posible que el acosador no tengo un sentimiento de empatía que le lleve a ponerse en la piel de la víctima?
Vivimos en una sociedad que mira asustada cómo el fenómeno del bulling se extiende vertiginosamente. Parece que uno de cada cuatro menores ha experimentado un cierto acoso en su ambiente con otros menores. Las redes sociales han amplificado este fenómeno para sacarlo de las aulas o las calles y llegar, desde el más cobarde anonimato, a la intimidad de la vida de esas víctimas.
Nos llegan de vez en cuando noticias de autodestrucción de jóvenes víctimas que se resisten a vivir en un entorno donde todo se ha convertido en miedo y desprecio.
¿Qué nos está pasando?
Dios me libre de buscar una solución fácil, el tema es muy complejo. Pero hay varias cuestiones que me parecen importantes.
· Hay que poner la mirada, no tanto en la víctima, cuanto en el agresor. Hay que trabajar el tema con él o con ella, desplegar toda la fuerza de la educación y de la exigencia contra aquella persona que corre el riesgo de convertirse en una maltratadora en un futuro.
· Hay que simplificar mucho los farragosos trámites protocolarios que los Centros Educativos tienen que hace ante el acoso. La burocratización de un sistema educativo cada vez más impersonal está llevando a que la gran atención de los Centros ante estos temas se derive a redactar informes con un sinfín de protocolos que exigen un desgate y agotamiento tremendo en los claustros.
· Hay que contar con jóvenes referentes (monitores, voluntarios, entrenadores…) que afeen y menosprecien las conductas del agresor. El acoso no es un tema exclusivamente escolar, va mucho más allá de las aulas. Las redes sociales y la gran cantidad de relaciones extraescolares que viven los chavales hace que con frecuencia el acoso no se circunscriba al entorno escolar, sino que vaya más lejos y persiga a los acosados a su propio hogar. No sólo el profesorado adulto debe ocuparse del tema… los jóvenes tienen una gran palabra, menos mediatizada por protocolos y documentos, más avalada por la autoridad moral que muchos jóvenes tienen.
· Hay que desterrar de la vida pública (la política, las relaciones sociales…los insultos, las vejaciones, las descalificaciones y burlas con las que los adultos esgrimimos la indecencia y hacemos de nuestros acosos un espectáculo sonrojante.
Hay que seguir apostando por los chavales; urgen medidas correctivas serias con los que juegan a acosar, urge el control de las redes sociales de los que tienen la sospecha de hundir la dignidad de otros. Urge que las familias con hijos acosadores vean todo el peso de la legislación en ellos.

No podemos seguir así, ya no podemos mirar hacia otro lado.
El acoso entre los menores es una realidad instalada en la cultura de muchos chavales que juegan a destrozar a los demás porque está de moda, sin reflexionar sobre lo que hacen a otros y se hacen a sí mismo.
En el fondo, el acoso a los menores es el espejo en el que los adultos podemos sentirnos reflejados; adultos que hemos construido una sociedad que se empeña en desterrar el amor.
JOSAN MONTULL


Desde hace un tiempo se está hablando del suicidio. Ha sido un tabú y hemos intentado esconder el tema para no provocar estigmas en las familias que han vivido en su seno este drama, pero lo cierto es que la cuestión está ahí y cada vez preocupa más, sobre todo sabiendo que es la mayor causa de mortalidad entre los jóvenes de 15 a 29 años, por encima, incluso, de los accidentes de tráfico. La realidad es así de fría y dura: en nuestro país están creciendo preocupantemente los suicidios de niños y jóvenes.
No podemos mirar a otro lado, hay adolescentes y jóvenes en nuestros ambientes que manifiestan poco apego a la vida, menosprecio de sí mismos y la certeza de que son una carga para los demás.
El bulling, la despersonalización de las redes sociales, el culto a la estética y al dinero, la falta de buenos modelos de identificación, la banalización de la vida… no sabemos dónde está la causa. Por otra parte, nuestro modelo cultural está arrinconando la trascendencia y menospreciando lo religioso, de modo que la vida humana no tiene una visión que mira al más allá. Por eso deberíamos preguntarnos qué es lo que le pasa a una sociedad del bienestar cuando aumenta el número de chavales que no quieren vivir.

Incluso se detectan cada vez más trastornos psiquiátricos y mentales en los adolescentes. Si, además, hay utilización de estupefacientes, las conductas tienen más peligro.
Habrá que revisar qué estamos haciendo mal, qué valores transmite nuestra sociedad, qué modelos de referencia tienen nuestros chavales y cuáles son sus expectativas de futuro.
Urge que en nuestros ambientes educativos detectemos esta problemática. El nihilismo y la falta de sentido de la vida se están instalando en muchos ámbitos sociales. La intolerancia a la frustración que tienen muchos jóvenes a los que todo se les ha consentido lleva a algunos a la depresión y el abatimiento ante las contradicciones y dificultades que la vida presenta.

Un gran educador, Don Bosco, decía que no sólo había que amar a los jóvenes, sino que estos debían sentirse amados. Tal vez en los sistemas sociales y educativos se haya relegado el amor. Un niño que no se siente querido no se querrá a sí mismo. Es necesario que los chicos y chicas se sientan queridos, animados, comprendidos. Urge dejarles hablar, ayudarles a que descubran lo mucho que valen. Hay que hacer posible que descubran en sus educadores a hombres y mujeres que dan testimonio, con sus acciones, de que la vida es un don maravilloso que hay que cuidar y construir.
Cada suicidio infantojuvenil es un signo terrible que pone de manifiesto las deficiencias de un estilo social que hemos creado y que va estigmatizando y dejando de lado a numerosos adolescentes. No podemos cerrar los ojos; tenemos que preguntarnos qué está pasando.
Atrevámonos a construir la vida. Atrevámonos a vivir.
JOSAN MONTULL