Publicado en Críticas de cine

Wonder

El rostro de la bondad: WONDER

 

 

 

Dirección: Stephen Chbosky

Guion: Steve Conrad,

Jack Thorne (Novela: R.J. Palacio)

Música: Marcelo Zarvos

Fotografía: Don Burgess

Reparto: Jacob Tremblay,

Julia Roberts, Owen Wilson,

Izabela Vidovic, Noah Jupe.

 

El norteamericano Stephen Chomsky, director de la aclamada “Las ventajas de ser un marginado” vuelve a retomar en su nuevo film la temática de las dificultades relacionales de los jóvenes y adapta a novela “Las lecciones de August” de Raquel J. Palacio.

Auggie Pulltman es un niño de 10 años que nació con una malformación facial. Tras ser sometido a 27 intervenciones en su rostro, el niño vive recluido en su casa donde su madre le educa como la mejor de las maestras y el resto de la familia, su padre y su hermana, le cuidan con un cariño particular.

Auggie vive tranquilo y protegido en su ambiente y se encuentra libre y aceptado. Cuando sale de casa, luce y un casco espacial que le evita ser visto con su desgraciado rostro.

Finalmente Auggie tiene que vivir su gran prueba, debe ir al Colegio, tiene que huir de su palacio en el que se siente seguro y aceptar la inseguridad de la relación con los demás en un entorno que presupone va a rechazarle.

La película aparece desde el principio con una gran vocación didáctica. No huye de los estereotipos (los pobres son buenos y honrados, los ricos son malos muy malos, la familia es comprensiva siempre, los profesores son buenos y apoyan sin fisuras la fragilidad de los alumnos…No falta ni tan siquiera el perrito al que toda la familia adora y que cataliza muchos sufrimientos. En ese sentido mucho de los que vemos en “Wonder” es ciertamente previsible.

Pero, a pesar de todo esto, la película se ve muy bien, está muy bien contada, combina admirablemente la tragedia con el humor y, salvo al final, no se escora hacia el sentimentalismo fácil.

Las interpretaciones son ajustadas y contenidas (magnífica Julia Roberts y estupendo el joven protagonista, Jacob Tremblay) y el guion es ágil y atrapa al espectador desde un primer momento.

Claro que el que va a ver esta película sabe que se va a encontrar con una historia moralizante y pedagógica, pero hay una singularidad que me parece que la hace superior a otras películas semejantes. En el film no sólo se nos cuenta la superación de Auggie ante la nueva situación sino la maduración personal de cada una de las personas que se encuentran con el niño y por tanto tienen que afrontar una situación que también es nueva para ellos.

Así, la película va fijándose en los padres del niño, en la hermana, en varios amigos…La película en varios momentos deja de tener a Auggie como protagonista y cede el testigo a estos otros personajes cuya evolución se va mostrando a la par que la convivencia con el niño va creciendo. La hermana fingirá ser hija única para que no la relacionen con él, el mejor amigo de Auggie lo negará en una fiesta de Hallowen en la que todos van disfrazados, las niñas que le rechazan diciendo que tiene la peste se acercarán a comer con él y serán sus amigas…Todos se tienen que posicionar con la nueva relación y van a ir cambiando y creciendo como personas; en ese sentido no sólo se habla de la superación personal de Auggie sino de la maduración de adolescentes cuando acogen al otro tal como es, prescindiendo de sus limitaciones físicas.

No estamos ante un film edulcorado y banal, estamos ante una entrañable película que hace un homenaje a la amistad, la tolerancia, la educación, la familia, la acogida, y la amabilidad. Hoy hay un pudor cobarde a mostrar claramente valores humanos en el cine. Al director Stephen Chomsky esto le trae sin cuidado y nos presenta una película abiertamente moral.

Vivir nos asusta a todos porque las diferencias son a veces muy fuertes, pero tener buen corazón conquista a las personas más difíciles y la amabilidad facilita la convivencia entre los distintos.

“Wonder”, en definitiva, es un canto a la bondad del ser humano, el único ser que puede mirar en profundidad viendo más allá de lo que aparentemente se ve.

Josan Montull

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POR QUÉ SOY CRISTIANO (2)

POR QUÉ SOY CRISTIANO (2)

Link parte 1

Querida Alba:

Te empecé a escribir hace unos días explicándote los motivos que tenía para ser cristiano. Te hablé de mi fascinación por Jesús de Nazaret y de cómo su figura es siempre una provocación mi fe. Pero por no ser pesado omití un tema que me parece fundamental.

Y es en este camino de la fe -que no siempre es fácil- me ayuda (no te lo vas a creer) la Iglesia. Sin ella no sabría ser cristiano.

Ahora sí que te he desilusionado…ahora sí que ya no te parezco tan normal. Hasta ahí podríamos llegar, dirás. Cómo es posible que un Iglesia vieja y carrinclona pueda animarle la vida a alguien. Cómo desde el Vaticano, desde las riquezas y desde posturas históricas de tanto poder y colaboración con la injusticia, la Iglesia puede animar la fe de alguien.

Bueno, déjame que te explique. En primer lugar tendríamos que concretar qué queremos decir cuando hablamos de Iglesia. Normalmente nos referimos a la jerarquía y a las personas consagradas a través de unos votos. Es decir, cuando pensamos en la Iglesia automáticamente pensamos en los curas, el Papa, los obispos; es decir, en los “profesionales de la religión” y en los que mandan, y estos, además, son varones.

Cuando hablamos así, estamos hablando del uno por mil de la Iglesia. La inmensa mayoría de los cristianos no son ni curas ni monjas, ni obispos. Yo, cuando hablo de la Iglesia pienso en familias cristianas, en voluntarios generosos, en adolescentes que buscan, en personas mayores que tienen esperanza en Dios, en enfermos que sufren, en catequistas, en solteros, en misioneros…es decir, en miles de personas…también en curas, monjas, obispos y el Papa.

Juzgar a la Iglesia pensando sólo en la jerarquía es como juzgar a las personas que generosamente militan en un partido político teniendo en cuenta sólo las actuaciones de los poderosos de ese partido que -por su responsabilidad- puedan estar cobrando una pasta, teniendo una gran vivienda gratis, dietas en todo y además vayan en coche oficial.

Ahora tenemos un papa formidable, un auténtico profeta, sencillo y bueno, que es admirado por todos. Tampoco podemos juzgar a la Iglesia sólo por lo que hace un papa, aunque sea bueno.

No, no podemos juzgar así. Es más, cuando la conciencia nos lo pida, debemos disentir. Amar a la Iglesia a mí me lleva a criticar desde el amor las decisiones que no entiendo, sabiendo que también yo soy infiel. Amar a la Iglesia no quiere decir ser más papista que el Papa, ni creer que siempre la voz de los obispos es la voz de Dios. Nunca ha sido así. Desde sus orígenes la Iglesia ha ido creciendo en el marco de la tensión interna. El mismo apóstol Pablo le llama la atención a Pedro porque éste no acababa de aceptar a los extranjeros que se hacían cristianos…y Pedro era el papa. Las primeras comunidades elegían a sus obispos y en cada región la Iglesia vivía unas características distintas. Es decir, había unidad, pero no unitariedad. Incluso hay textos que apuntan a que había mujeres que presidían la “cena del Señor”, es decir, la misa…y fíjate ahora cómo anda el patio.

En el Credo los cristianos decimos que creemos en la Iglesia, pero no decimos que creemos en el papa o en los obispos o en los curas…no; creemos en la Iglesia.

Y la Iglesia hoy sigue teniendo cosas extraordinarias: parroquias al servicio de la gente, personas dedicadas a los pobres, voluntarios que entregan la vida por los marginados, familias que acogen a otros…y también tiene cosas que no están bien: poder de algunos eclesiásticos, descalificaciones de personas, normas poco serias que se quieren imponer a todos, alianzas con el poder… Esas cosas las debemos denunciar, criticar. Y esto lo debemos hacer los cristianos en primer lugar. Si como cristiano lo callo…es que no amo a la Iglesia como debo. Una cosa es ser cristiano y la otra comulgar con ruedas de molino.

Pero mira, hay dos cosas que nunca agradeceré lo suficientemente a esta Iglesia que considero madre y comunidad: una primera es que me ha dado a conocer a Jesucristo. A pesar de sus limitaciones y sus fallos, de su historia convulsa y frágil, la Iglesia me ha enseñado quién es Jesús y me ha apoyado en los momentos de mi vida en los que he andado desorientado.

Por otra parte, la Iglesia ha tenido y sigue teniendo mártires, personas que han dado la vida y han derramado su sangre por la fe en Jesucristo. Cada año mueren alrededor de 40 misioneros asesinados por su fe, también otras personas que no son misioneros son asesinados por el mismo motivo. Si a la Iglesia se le persigue no es porque vaya a bautizar negritos en el Tercer Mundo sino porque anuncia a Jesús de Nazaret y, consiguientemente, anuncia que todo ser humano es hijo de Dios y tiene derecho a que se le respete su dignidad. Y eso siempre es molesto.

Querida Alba soy cristiano también porque en la Iglesia me he encontrado personas extraordinarias. Tú misma te conociste emocionada hace poco días a Maite, cuya hija de menos de 40 años está en Etiopía dando la vida por niños a los que esté primer mundo ha condenado al Sida y a la miseria. Hace pocos días estuve en casa de dos religiosas mayores. En su pueblo una señora anciana que está sola había tenido una caída y se había roto los dos brazos quedando así totalmente imposibilitada. Las monjas no lo pensaron ni un momento, la acogieron en su casa y la señora accidentada está viviendo con ellas siendo cuidada con una ternura sin alharacas ni propagandas.  Eso es la Iglesia.

Jesús dijo que en su comunidad el que quisiera ser el primero que fuera el último y el que quisiera ser importante fuera el servidor de todos. Es cierto que en la Iglesia no faltan jerarcas purpurados que exhiben mando y lejanía de la gente, que se visten con trajes caducos y cuando hablan duermen a todo hijo de vecino, que condenan a los jóvenes y les encantan los tiempos pasados. Pero también es cierto que en la Iglesia hay gente sencilla y buena, valiente y generosa, gente que acoge sin peguntar, que son servidores de los demás.

Hay mucha gente así, más de la que puedas imaginar. Ellos me ayudan a ser cristiano. Junto a ellos el pan sabe más a pan, el vino más a vino…y la vida más a Jesús de Nazaret.

 

JOSAN MONTULL

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POR QUÉ SOY CRISTIANO (1)

POR QUÉ SOY CRISTIANO (1)

Querida Alba:

Sin duda que te llamará la atención que escriba unas líneas dedicadas a ti a través de un blog como éste. Ya desde ahora te pido disculpas.

Pero es que cuando el otro día en clase de Reli, desde tus 16 años y tu desparpajo optimista, me dijiste que no entendías las religiones, que no creías en nada, que todos éramos pura química y que lo que de verdad te interesaba era el hacer el bien a los demás. Además decías que tampoco entendías a la Iglesia porque ésta se manifestaba siempre contra el progreso y la libertad y mantenía una visión de la sexualidad absolutamente pasada de moda. Que la condena al condón con el problema del Sida que hay te parecía mentira que se tuviera que oír hoy. Que te escandalizaba la actitud de muchos jerarcas que siempre andaban de aquí para allá condenándolo todo. Menos mal que el papa parecía buen tío.

Me dijiste también -y te lo agradezco- que veías en mí a una persona normal y a un buen tipo y que por eso no acababas de entender que yo fuera cristiano. Me dijiste todo esto y te respondí, pero luego creí oportuno reflexionarlo más despacio y decirte lo que pienso por escrito porque así le pudiera servir a otros.

De entrada, te agradezco tu sinceridad; con personas como tú, la clase de Religión, lejos de ser ese rollo patatero en donde a veces se nos quiere encasillar, se convierte en algo vivo y apasionado que puede llegar a tocarnos el corazón.

Por eso quiero escribirte, porque tus ideas son las de mucha gente de tu edad y porque yo, como dices, soy cristiano y quiero explicarte desde la amistad que ser cristiano hoy no es ni un fanatismo ni algo pasado de moda.

De entrada soy cristiano porque mis padres me enseñaron a serlo. Y me lo enseñaron con el ejemplo de sus vidas. Ellos siempre fueron generosos y buenos. Daban gracias a Dios por lo que tenían (que era muy poco) y lo compartían con alegría. La presencia de Dios en mi vida y el amor a Jesucristo fue algo normal en mi niñez.

Claro que tuve 16 años, como tú, y me rebelé contra todo y contra todos, también contra la Iglesia y contra lo que mis padres me habían enseñado. Pero, aun entonces, me quedó Jesús.

La figura de Jesús siempre me fascinó. Incluso cuando no entendía a Dios, a la Iglesia, a mis padres y a la vida, Jesucristo seguía siendo un desafío difícil de rechazar. Y eso me sigue ocurriendo hoy: la figura de Jesús es lo que me ayuda a ser cristiano, lo que me ayuda a entender mi fe y a no pararme nunca en el camino de la vida. Jesús es un revolucionario de la Historia. Su vida sigue hoy siendo una provocación. Su amor a los pobres, su denuncia de la injusticia, su libertad permanente, su cercanía con los marginados, su alegría compartida, su respeto profundo por las personas humanas (publicanos, prostitutas, romanos…), su familiaridad con Dios, su ternura con los enfermos, su crítica a los profesionales de la religión, su ilusión por la vida y su opción decidida por los oprimidos siguen siendo para mí un empujón que me anima a seguirle y me hace sentirme más vivo. Siguiendo a Jesús experimento la cercanía de Dios, te lo aseguro. En la vida de Jesús descubro el latido de un Dios cercano que nos quiere entrañablemente y nos anima a vivir de una forma humana.

Jesús no fue un teórico de la religión (imagínate, le mataron en nombre de Dios). fue un apasionado de la vida que, con sus palabras y sus hechos, nos dio a conocer que cuando nos amamos, cuando rompemos las barreras humanas y nos acercamos como hermanos, cuando nos perdonamos y construimos un mundo más justo…entonces estamos experimentando a Dios.

En la Biblia sólo hay una definición de Dios, nos la da san Juan que se atreve a decir que Dios es amor. Ya ves tú. Dios podrá ser omnipotente, omnisciente, eterno, todopoderoso, y todas esas cosas difíciles de entender…pero san Juan acierta: Dios es amor, así de sencillo. Y por eso, cuando veo que la vida de Jesús fue una defensa apasionada del amor hasta derramar la sangre, descubro que en Jesús me encuentro con el misterio de Dios.

Eso me hace descubrir que cuando amamos estamos cerca de Dios. Creo que tú, que eres generosa, sensible y buena, también lo estás. Y creo que las personas de otras religiones, los ateos, los agnósticos y los indiferentes, cuando aman de verdad están junto a Dios.

Lo que importa no es creer, lo que importa es amar.

Por eso creo que las religiones están llamadas a trabajar juntas por un mundo en paz. Es en la defensa del amor y la justicia donde las religiones se pueden encontrar. Quiero mirar con profundo respeto a los musulmanes, budistas, judíos y a todas las confesiones cristianas sabiendo que el amor es más importante que las ideas. El amor es la cumbre hacia la que caminamos, las religiones son las sendas a través de las que ascendemos. Si absolutizamos nuestra senda nunca nos encontraremos y además nunca alcanzaremos la cumbre.

Querida amiga, soy cristiano, sí. Para mí ser creyente no es sólo creer que “algo tiene que haber”, ni tan siquiera creer en Dios. Para mí, ser creyente es seguir a Jesús de Nazaret e intentar vivir en comunidad haciendo que mis gestos y mi vida sean un reflejo de sus gestos y su vida. Así, te lo aseguro, soy feliz.

Y a esto –que no siempre es fácil- me ayuda (no te lo vas a creer) la Iglesia. Sin ella no sabría ser cristiano.

Ahora sí que te he desilusionado…ahora sí que ya no te parezco tan normal. Hasta ahí podríamos llegar, dirás. Si quieres te lo explico…pero eso tendrá que ser en el próximo artículo.

Link parte 2

JOSAN MONTULL

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Land of mine

Odio enterrado: LAND OF MINE

Dirección: Martin Zandvliet

Reparto: Mikkel Boe Folsgaard,

Joel Basman , Laura Bro ,

Louis Hofmann y Roland Møller

Nacionalidad: Dinamarca

Año: 2015 Duración: 100 min.

Guión: Martin Zandvliet

Fotografía: Camilla Hjelm

Música: Sune Martin

Si la Guerra siempre ha sido una fuente de inspiración inagotable para el cine, su tratamiento en la pantalla ha sido tomado desde muchas perspectivas. “Land of mine” es una obra interesantísima que explora la humanidad o inhumanidad de unos personajes marcados por el odio con la guerra a pesar de que ésta ya haya terminado.

El argumento está tomado de un hecho histórico. En Mayo de 1945 un grupo de soldados alemanes es conducido hasta una playa en la que hay miles de minas que han diseminado los nazis. En una situación de humillación total estos muchachos (algunos casi unos niños) son obligados a arañar la tierra de la playa para descubrir y desactivar las minas que encuentran; claro que en alguna ocasión la propia impericia de los chavales hace que sean víctimas de estas bombas y alcancen la muerte o la mutilación. Al mando de esta operación cargada de sadismo está el sargento Rasmusen, un hombre que siente un profundo odio a todos los alemanes tras haber sufrido cinco años de ocupación nazi en su país. La relación de este cruel soldado con los adolescentes que se juegan la vida desactivando las bombas que sus compatriotas han dejado constituye el eje de la película.

En su tercera película el director danés Martin Zandvliet hace una disección moral de sus personajes desde la primera escena: una columna de soldados alemanes son conducidos escoltados y rotos a un destino incierto. El sargento Rasmusen, que ve cómo uno de esos solados lleva una bandera danesa, se abalanza sobre él y le da una paliza sin piedad.

En la segunda escena aparecen los diez adolescentes encargados de desactivar las minas. La vida de esos chicos no le importa a nadie; no les ven como a personas, son puros instrumentos para desactivar bombas; si uno muere, se busca a otro; si uno queda mutilado, se le deja morir.

Pero en los ojos de esos adolescentes se refleja el miedo, la incertidumbre, la soledad y la impotencia de los vencidos. Son huérfanos de todo, no tienen a nadie, sólo tiene enemigos. Y ahí está el drama moral que nos muestra la película; la guerra lo ha cambiado todo. Nada que ver la ferocidad de Rasmusen con la civilizada y libre Dinamarca que soportó el horror de la ocupación alemana, nada que ver los adolescentes germanos con la crueldad de sus compatriotas nacionalsocialistas. Todo ha cambiado cambiado por la guerra, no hay buenos y malos, todos son víctimas del odio. Todo está preparado para que el rencor y la sed de venganza se ceben en unos críos del bando perdedor.

La relación de este sargento sediento de venganza con esos inofensivos críos va evolucionando. Las bofetadas y los castigos que infringe Rasmusen a los asustados chavales van dando lugar al diálogo y los detalles de carácter humano. Entre los adolescentes alemanes y el soldado danés habrá, a pesar de todo, una búsqueda de los resquicios de humanidad que queden en ellos y que la guerra no haya podido destruir del todo.

Desde el brillante arranque la película atrapa al espectador y le obliga a asistir a una dura reflexión sobre la inhumanidad y la inutilidad de los conflictos bélicos. El enemigo es un ser humano, nos dice el director, y si no hay intentos de reconciliación la guerra siempre se pierde, aunque se sea del bando vencedor.

Con un guión muy bien trabado y unas interpretaciones convincentes, “Land of mine” es una excelente película antibelicista, que defiende brillantemente la permanente búsqueda de la paz. Zandvliet nos ofrece un film apasionante, entretenido, tenso y profundo…un film que invita a mirar a los ojos a los seres humanos para buscar las brechas en la que asoma la bondad.

Josan Montull

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