TRAS LOS MUROS.

(texto especialmente destinado a mis alumnos y alumnas de DECA, asignatura “Religión, cultura y valores”).

La vida del príncipe Shidarta no podía ser más placentera. Corría el siglo VI antes de Cristo y en las hermosas montañas del Nepal se alzaba majestuoso el bellísimo palacio de la familia del príncipe Shidarta. Rodeado de bosques frondosos, tranquilos lagos y verdes prados, el palacio era una filigrana arquitectónica deliciosa cargado de caprichos delicados: baños de agua caliente, bodegas de vinos aromáticos, salas de juegos y recreo, observatorio astronómico, grandes cocinas en las que se preparaban platos sustanciosos y pasteles sabrosísimos. Todo, absolutamente todo, estaba a disposición del joven príncipe Shidarta. De las más remotas tierras del Tibet habían llegado afamados profesores de lectura, escritura y arte marciales para ejercer de preceptores del futuro rey. Incluso unos ramilletes de hermosas adolescentes estaban preparadas para seducir a Shidarta y mostrarle las más refinadas artes amatorias de Oriente.

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Todo un palacio para un joven. Todo un ejército de sirvientes para hacer de su vida una delicia permanente. Cualquier deseo de Shidarta -por extraño que fuera- se convertía en una orden para los abnegados lacayos. Nada que el príncipe deseara dejaba de cumplirse; si quería un pastel a medianoche, si quería un baño de agua templada en el más duro invierno, si deseaba navegar en barca en la madrugada… todo era inmediatamente dispuesto para no contrariar al joven príncipe. Los preceptores sólo impartían sus clases cuando el príncipe así lo disponía, los cocineros sólo guisaban la comida que el pequeño Shidarta apetecía. Todo el palacio, sus bosques, sus lagos, sus cascadas y sus parajes más extraordinarios parecían rendir pleitesía al futuro rey. Todo, excepto los muros. A varios kilómetros del palacio se extendía -rodeando a éste- un fabuloso conjunto arquitectónico de altos e infranqueables muros vigilados por guardias reales. La misión de los guardias no era la de impedir que alguien entrara desde fuera -cosa del todo improbable- sino vigilar para que una persona jamás saliera de dentro. Esa persona era el príncipe. Y es que -según ordenaba la tradición- el futuro rey no podía salir hasta que cumpliera la mayoría de edad. Su vida era tan valiosa que debía ser siempre protegida. Había pues que eliminar cualquier influjo extraño al palacio. Shidarta podía hacer cuanto deseara dentro de los muros, pero no podía ni tan siquiera mirar lo que se encontraba fuera.

Conforme el príncipe fue creciendo, el deseo de salir tras de los muros se iba convirtiendo casi en una obsesión. Tan apenas tenía hambre, nada le apetecía ni le llenaba…sólo quería salir más allá de los muros. Las cosas que antaño fueron su delicia y causa de su alegría se le antojaban ahora aburridas y vacías. Tan sólo la obsesión por salir del palacio alimentaba sus noches de insomnio.

Le costó mucho sobornar a aquel débil guardia para que le dejara salir. El miedo a que se supiera en palacio que el príncipe estaba huido aterraba al guardián; pero las monedas que Shidarta depositó calladamente en su mano y la promesa firme de que con el alba regresaría bastaron para convencer al guardián que, sigilosamente, le abrió una de las puertas de la muralla.

Shidarta se vio, por primera vez en su vida, fuera de las murallas de palacio. Le resultaba extraño, pero se encontraba raramente seguro de sí mismo. Se alejaba corriendo en medio de la noche bañada por la luna llena mientras el corazón le latía con fuerza ávido, como estaba, de nuevos descubrimientos. El reflejo plateado de la luna sumergía a la noche en un halo mágico. Lo desconocido del terreno salpicado de luna hacían que cada paso fuera un descubrimiento para Shidarta; todo era desconocido y fantástico; todo, mágico y hermoso; todo, incluso el cuerpo de aquel mendigo que dormitaba en medio del camino y a quien casi arrolló el príncipe.

– ¿Quién eres? -dijo el mendigo- me has despertado.

Soy el príncipe Shidarta Gautama– contestó asustado el joven.

El mendigo palideció y, casi instintivamente, se puso de rodillas frente al joven en señal de sumisión.

– ¿Qué estás haciendo aquí? preguntó el príncipe.

Pido limosna, alteza; No tengo nada y me veo en esta humillación. Ya sé que voy sucio y mal vestido; pero no tengo otras ropas; sé que mi rostro es famélico, pero el hambre me ha labrado las arrugas que veis. Sé que soy desagradable a la vista, pero soy pobre, señor.

El joven príncipe estaba desorientado.

– ¿Pobre?… ¿qué es pobre?; ¿hambre?… ¿qué es hambre?

El Hambre -contestó el mendigo- es el más terrible de los tormentos. La vida sin alimento se convierte en una pesadilla. El estómago se rebela indignado, las piernas se niegan a seguir caminando, los brazos se niegan a seguir abrazando, los ojos se niegan a seguir viendo, el corazón…

El mendigo estalló en llanto. No pudo continuar. Se sintió avergonzado de llorar ante un príncipe. Éste lamentó no llevar ningún alimento que darle para que aplacara sus lágrimas. Shidarta estaba impresionado; nunca había visto lágrimas en los ojos de un hombre; nunca en su palacio le había faltado la comida ni tan siquiera a los perros. El primer encuentro tras el muro le había desconcertado. Hasta entonces había entendido todo lo que ocurría en palacio, pero esta vez no entendía ni las lágrimas del mendigo ni los acelerados latidos de su propio corazón. La verdad es que no estaba asustado, simplemente no entendía.

El camino seguía dibujando graciosas formas teñidas de luna; la belleza de aquella oscuridad plateada le estaba haciendo olvidar aquel extraño encuentro con el mendigo; la noche era una grande sinfonía de grillos, ramas y aves diversas. Todo era armonía mientras seguía caminando; todo, menos aquel desgarrador grito, como un aullido, que salía de una escondida choza. Creyó -espantado- que era un animal; estaba equivocado, era el grito de un hombre.

El príncipe entró en la choza iluminada por un débil fuego. Una mujer demacrada estaba sentada en el suelo junto a su hijo, que se encontraba tumbado en tierra, tapado con una sucia manta. Parecía un hombre joven. Todo su cuerpo estaba temblando. Su rostro dibujaba la mueca terrible de la enfermedad y el dolor. Shidarta nunca había visto un rostro tan desencajado.

– ¿Qué estáis haciendo aquí? -pregunto.

Alteza, mi hijo está muy enfermo. La fiebre se ha apoderado de él y está sufriendo mucho. Hace unos días todavía podía hablar, pero hoy la enfermedad le impide prácticamente articular cualquier palabra.

El muchacho iba gimiendo en el suelo mientras se iba moviendo convulsivamente. En uno de esos movimientos lanzó su mano hacia el príncipe y le sujetó el brazo.

El joven Shidarta se asustó.

– ¿Qué haces?…¿qué quieres de mí?

Los ojos desorbitados del enfermo se clavaron en la mirada del príncipe.

Siento dolor…mucho dolor- dijo casi imperceptiblemente.

Ha hablado, alteza, os ha hablado -dijo la madre.

Shidarta no sabía qué responder. A decir verdad no sabía si le habían preguntado algo. No sabía ni tan siquiera que hacía allí.

¿Dolor? -dijo tembloroso- … ¿qué es dolor?

Dolor -respondió la madre- es la más terrible sensación que se incrusta en la carne. Es el sufrimiento que te lleva a maldecir la vida, es el ansia de querer prescindir de parte de ti. Es el tormento maligno instalado en tu casa más cercana, tu cuerpo. Es el tributo a la condición humana…

Shidarta se estaba mareando. Era una sensación que jamás había sentido. Sólo una vez -recordaba- cuando tras una comida bebió varios vasos de un néctar dulce y sabroso había sentido algo semejante. Pero aquel día su preceptor le explicó que aquel néctar contenía alcoholes traicioneros que, bajo apariencias sabrosas, escondían traicioneros peligros cuando de él se abusaba.

La luna iluminaba, ya más suavemente, el camino que serpenteaba ante los ojos del príncipe que seguía corriendo. La huida tras de los muros no estaba respondiendo a lo que él tantas noches había imaginado. Pensaba ahora, mientras corría, qué debían estar haciendo en palacio; seguramente estarían casi todos plácidamente durmiendo. Pronto se levantarían los cocineros para comenzar a preparar los manjares del príncipe. Seguramente la temperatura era más agradable que en medio del camino, puesto que estaba empezando a sentir frío.

Absorto en medio de estos pensamientos casi no se dio cuenta de las antorchas que se le acercaban en medio de grandes gritos y sollozos.

Era un cortejo fúnebre. Las plañideras gritaban escandalosamente manifestando dolor por la muerte y solidaridad con la familia del difunto. Seis jóvenes llevaban la camilla con el cadáver tapado con una sábana. Tras de ella, la familia bañada en lágrimas seguía en silencio. Al ver al príncipe, el cortejo se detuvo.

– ¿Quiénes sois? ¿qué hacéis? ¿dónde vais a estas horas? -preguntó cada vez más desconcertado.

Vamos al pueblo de mis antepasados, alteza -contestó un hombre de pocos cabellos- allí haremos una pira para entregar a los dioses el espíritu de nuestra difunta hija. Murió ayer, al caer de un árbol en el que jugaba.

Shidarta levanto tembloroso la sábana que cubría el cadáver. El hermoso y pálido rostro de una niña se le presentó a sus ojos.

Es muy hermosa – dijo el príncipe- ¿cuántos años tiene?.

Tenía doce años -contestó el padre.

Shidarta tenía muchas preguntas.

– ¿Por qué no habla?, ¿por qué no sonríe?, ¿por qué no se mueve?

Nadie contestó.

– ¿Tiene hambre?…¿tiene dolor?

No -dijo el padre de la niña- Somos nosotros los que tenemos dolor.

Pero…no estáis enfermos.

No. Es otra clase de dolor. El más terrible de todos, el que produce la muerte de los seres amados.

– ¿Y ella? -insistió el príncipe- ¿no tiene ese dolor?

– No puede -respondió serenamente el padre- está muerta.

– ¿Muerta?…¿qué es muerta? ¿por qué si es ella la que ha muerto el dolor lo tienes tú?

La muerte es así de extraña– contestó.

Pero -palideció el príncipe- ¿qué es la muerte?

Apenas llegaron los primeros rayos del sol del amanecer a acariciar el palacio, el guardia abrió la puerta al joven príncipe. En los jardines todo era igual…la misma paz, la misma monotonía, los mismos sonidos… Sólo el corazón de Shidarta había cambiado.

Al cabo de pocos años, cuando el príncipe fue mayor de edad, renunció al trono con gran sorpresa de todos, se vistió de harapos y abandonó el palacio para siempre. Desde entones dedicó toda su vida a encontrarse a sí mismo y a luchar para combatir desde la serenidad el dolor de todos aquellos hombres y mujeres que se encontrara en su camino.

Cuando murió, al príncipe Shidarta Gautana todos cuantos le conocían le llamaban Buda, el iluminado. Era el siglo VI antes de Jesucristo. Hoy su influencia llega a millones de seres humanos que -como el joven príncipe- deciden explorar lo que hay tras de sus propios muros.

CONCERTADA DESCONCERTADA

Otra vez. Como un mantra reiterado y sempiterno, la Escuela Concertada ha vuelto a salir a la palestra. Había estado dormido el tema durante la pandemia, pero, en cuanto se ha tratado de repartir dinero para que las escuelas puedan reabrir con garantías sanitarias, a la Concertada la han dejado al margen, orillada e ignorada. Y de nuevo se ha desenterrado el hacha de la descalificación y la mentira para justificar lo que es difícilmente comprensible. Y ha vuelto el desconcierto.

Se lo intento explicar a Clara, refugiada colombiana, cuyos hijos van a un centro concertado, ella también a un proyecto social animado por la misma entidad, y no entiende nada. También me lo pregunta Carlos, cristiano militante sindical cuyo hijo asiste a una escuela concertada y a un Centro Juvenil que depende de la misma Congregación. Y Farah, que huyó del miedo de la guerra y quiere que sus dos hijos crezcan como buenos musulmanes en un Centro Católico en el que se habla de Dios con respeto y se enseña la tolerancia religiosa. Lo hablo con Pepe, que –como cristiano- quiere que sus tres hijos se eduquen en una escuela cristiana. Y lo comento con militantes de todos los colores políticos –de todos- que han descubierto en la Concertada un ambiente educativo en el que quieren que crezcan sus hijos e hijas.

También me preguntan qué es lo que pasa para que varias familias cuyos hijos no han podido acceder a una Escuela Concertada se hayan quedado fuera porque ya no hay plazas.

La libertad para escoger un Centro educativo es una consecuencia lógica de un Estado que apuesta por las libertades y la tolerancia; la imposición de un único sistema escolar me parece propio de países que vulneran derechos elementales.

Veo el enorme esfuerzo de tantos profesionales de la Enseñanza que día a día se dejan la piel en Escuelas Concertadas y no acabo de entender este persistente menosprecio de algunas autoridades al trabajo de estos colectivos. Miro con esperanza posiciones políticas como la del Gobierno de Aragón, aún minoritarias, que incluyen a la escuela concertada en la dotación de recursos, el diálogo, el trabajo conjunto por la salud de todos y en especial por la de los más vulnerables.

En una sociedad como la nuestra, que constata la desorientación de tantos jóvenes, en lugar de alentar la unidad de todos los que trabajamos en el ámbito educativo, desde muchas Administraciones se fomenta la división y el desencuentro y se busca la contraposición y hasta el enfrentamiento entre la Escuela Pública y la Concertada.

Desearía un poquito de respeto, un cese radical de las mentiras y los prejuicios. Desearía que dejen de enfrentarnos con la Escuela Pública, en donde hay experiencias estupendas y profesionales fabulosos; desearía que, cuando se hable de la Concertada, se dejara de hablar de tópicos como el adoctrinamiento, la derecha, el clasismo y otras milongas propias de quienes, sin tener ni idea de educación, quieren controlar la Escuela y sienten un repelús innato a todo lo que suponga espiritualidad y libertad.

Porque estamos hartos, de verdad, hartos de la palabrería permanente de algunos políticos que, en lugar de agradecer lo que esta opción de Escuela hace por la sociedad, se esfuerzan en querer arrinconarla cada vez un poco más. Estamos hartos de tener que justificarnos por hacer el bien y trabajar con ilusión.

Pasen, por favor, a ver estos Centros y Escuelas. Vean su estilo educativo, los valores que mueven la docencia, los proyectos sociales que se llevan a cabo, la prolongación en el Tiempo Libre de las horas lectivas, la tolerancia a todos los credos, el estilo educativo con el que se trabaja, el voluntariado que generan estas experiencias, los valores que se trasmiten…Vayan a verlo y luego redacten leyes y distribuyan el dinero de todos, pero háganlo mirando a los ojos a personas que -como Clara, Farah, Carlos, Pepe y tantos otros- confían lo mejor de sus vidas, sus hijos, a unas instituciones concertadas en cuya bondad creen y cuya confianza han otorgado.

JOSAN MONTULL

Aquí una reflexión con fecha de Abril de 2017 https://josanmontull.com/2017/04/05/libertad/

Especiales

Elogio de la bondad: ESPECIALES

Dirección: Olivier Nakache, Eric Toledano

Francia 2019
Reparto: Vincent Cassel, Reda Kateb,

Aloïse Sauvage, Benjamin Lesieur
Guion: Olivier Nakache, Eric Toledano 

Fotografía: Antoine Sanier

Música: Grandbrothers

Desde hace tiempo Oliver Nakache y Eric Toledano vienen ofreciéndonos un cine amable y humano, capaz de hacer sonreír mientras se reflexiona sobre temas marginales. “C´est la vie”, “Samba” y –sobre todo- “Intocable” han dado a esta pareja de amigos cineastas un gran prestigio internacional. Su cine presenta con delicadeza realidades que nuestro mundo se esfuerza por ocultar (la enfermedad, lea inmigración ilegal…).

En “Especiales” vuelven a trabajar el tema de la exclusión social. En este caso el autismo y la inadaptación social se convierten en el centro de interés de este hermoso film.

La película está inspirada en la historia real de dos voluntarios extraordinarios. Daoud Tatou y Stephane Benhamou. Cada uno de ellos fundó por separado una Asociación para atender a niños y adolescentes autistas o en riesgo de exclusión. Los dos amigos unieron sus esfuerzos y están desarrollando desde hace años un proyecto maravilloso: jóvenes con alguna conducta asocial se comprometen en el cuidado de jóvenes autistas. Esta historia de generosidad y servicio es lo que presenta “Especiales” con una finura encomiable.

Sorprende que los dos voluntarios, en la realidad y en la película, pertenecen a confesiones religiosas distintas y consideradas antagónicas por muchos: un judío convencido y un musulmán practicante. Esa concepción religiosa no es obstáculo, antes, al contrario, para ponerse del lado de los débiles constantemente sin tirar nunca la toalla con ellos.

A la vez que desarrollan esa generosa labor humanitaria, la Administración les audita una y otra vez exigiendo de forma inmisericorde documentación y papeleo para dar crédito oficial a la bondad de los voluntarios.

Los veteranos actores Vincent Cassel y Reda Kateb dan vida a estos dos hombres buenos que han hecho de la entrega desinteresada la constante de su vida. Ambos están estupendos en sus interpretaciones. Su trabajo es absolutamente convincente.

Junto a estos dos actores, hay un plural elenco de noveles artistas, que son chicos y chicas que se interpretan a sí mismos. Voluntarios y jóvenes autistas desfilan por la pantalla con una naturalidad y una frescura sorprendentes. Destaca de modo extraordinario el joven autista Benjamin Lesieur, candidato al mejor actor revelación en los César por su papel de Joseph.

La película se ve con agrado y emoción desde el comienzo. Hay a lo largo de todo el metraje una permanente llamada a la esperanza y a la solidaridad. La inclasificable música de Grandbrothers está ajustada a momentos muy concretos invitando delicadamente a la reflexión y a la mirada profunda ante lo que ocurre en la narración.

El tono del film es tan emotivo como realista, tan dramático cono tierno. El espectador consigue emocionarse, no porque sea una película sensiblera (que no lo es), sino porque descubre en la pantalla la fuerza de la bondad y, de una o de otra manera, se siente llamado a ser mejor persona.

Hay en el film de Nakaché y Toledano un sinfín de valores que se muestran con una profunda humanidad: el valor de la vida -de cada vida-, la grandeza de las familias con hijos enfermos, la confianza en los jóvenes asociales para ser buenos a través de la solidaridad, la fe inquebrantable en los jóvenes autistas, la tolerancia religiosa y la colaboración entre las diversas confesiones, el perdón de los errores, la ternura como motor para transformar la historia, la búsqueda de soluciones ante las burocracias sin alma, la alegría y la fiesta como forma para estrechar la amistad y celebrar la solidaridad…son tantas las bondades de la película que ésta se convierte en una obra destinada a ser vista por personas dedicadas al voluntariado.

El final es hermosísimo. En una performance teatral, chicos chicas –voluntarios y autistas- se unen para hacer un bello espectáculo. Por otra parte, juntos a los rótulos de crédito finales aparecen las imágenes reales del trabajo diario que estas asociaciones siguen haciendo con estos jóvenes.

Las lágrimas de Cassel en los últimos planos, cuando ve interactuar a todos los chavales, se convierten en el emocionado reconocimiento de la fuerza transformadora del amor y en la denuncia a sistemas administrativos que, a fuerza de burocracia, quieren ahogar la generosidad.

Cine para el corazón.

Un canto a la bondad.

Una oda al voluntariado.

JOSAN MONTULL

GENTES DE DIOS

Están entre nosotros. Transitan caminos no muy recorridos por los biempensantes de turno. Cuando menos te lo esperas, te los encuentras. Han apostado a perder y comparten la vida con los derrotados y marginados. Hay quien dice que “están viejos…y se acaban” …pero ahí están.

Un día les juraron a Dios y a la comunidad que les serían fieles hasta el final, que se dejarían la piel, las tripas y el corazón por la causa de los pobres y los excluidos sin esperar nada a cambio, que incluso se harían uno de ellos…y ahí siguen, siendo signos de contradicción en la sociedad y en la misma Iglesia.

Son los religiosos y las religiosas, que se pasean entre las costuras más desfavorecidas de la historia apostando por ser, desde la fragilidad, instrumentos de la ternura de Dios en un mundo que exalta la frialdad y las seguridades.

Abandonaron lo suyo y a los suyos y abrazaron un mundo que, lejos de ser enemigo del alma, era claustro y sagrario en el que iban a experimentar la apasionante aventura de vivir y vivirse cerca del Dios encarnado. Estudiaron carreras civiles y las pusieron a disposición de la gente. Otros se sumergieron en la investigación teológica para reflexionar y animar la renovación de la Iglesia en medio de muchas incomprensiones.

Y allí siguen, más viejos, más humanos, más puros. Comparten la vida con los jóvenes en las Escuelas, los Centros de Tiempo Libre y las casas de acogida; con los inmigrantes y refugiados en las playas y los refugios; con las mujeres maltratadas, con los chavales crucificados por la droga y con las madres que hacen de la maternidad un sacramento de la donación, con los locos, los enfermos, los ancianos, los solos…los últimos.

Por ahí andan los religiosos y las religiosas; en los Hospitales y los psiquiátricos, en los patios y las aulas; en los escenarios y las calles; en los laboratorios, las bibliotecas, los monasterios, las editoriales, las parroquias, los centros asistenciales, en los barrios y en los pueblos.

Caminan también por los ámbitos de la cultura, el arte, la ciencia y la laicidad militante, siendo testigos de una trascendencia casera y cercana que valora lo humano de una forma divina. Ahí siguen, ocupándose de los más menesterosos a los que la sociedad excluye. Derrochan generosidad y amor mientras se desviven sin exigir nada para sí mismos…siendo testigos del crucificado, atisbando rendijas de luz y resurrección en medio de una Historia que en su día se fascinó por la oscuridad.

Optaron por la pobreza en un mundo que se arrodilla ante el dinero; se inclinaron por la castidad en una sociedad que prioriza el placer y el descompromiso, escogieron la obediencia en un momento social en el que se considera libre al que hace lo que quiere, sin ataduras ni compromisos. Hicieron estas opciones para amar más y ser más libres.

Decidieron que su familia fuera la Humanidad y su patria fuera el Mundo. Derribaron las fronteras de su propia tierra y las aduanas de sus vidas y se hicieron universales por el amor de Dios. Asumieron vivir en comunidad, renunciando a lo suyo, a lo exclusivo, a su propiedad privada, y optaron por compartirlo todo…su dinero, sus ganancias, su existencia…todo. Trabajan codo a codo con muchos laicos con quienes comparte misión y amistad.

Hicieron en su día una ofrenda generosa de sus vidas y ahora, cuando la salud y los achaques van resquebrajando sus pieles, su existencia se torna más profunda y entregada, más hermosa y resucitada.

Convirtieron su vida en un altar en el que sacrificar la propia historia para ser felices desde la entrega y la donación. Por eso inician y terminan su jornada haciendo oración personal, meditando y rezando comunitariamente la liturgia de las horas. Allí encuentran, dicen, a Aquel que un día les llamó; allí renuevan lo que son; allí, en la oración y la eucaristía, afianzan su identidad.

Se han convertido, en nuestro mundo, en signos de contradicción en los que, a pesar de las edades, sus vidas son la denuncia de una sociedad vacía, ególatra y burguesa. Son una parábola de otro modo de vivir en libertad… con la única atadura que provoca el amor.

Se nos han ido, a veces, a paisajes tercermundistas, a lugares donde nadie se acerca a veranear ni entretenerse. Los encuentras en Siria, en Camboya, en Ruanda…en países cuyos nombres no aparecen en las agencias de viajes. Cuando han sufrido el secuestro, la tortura o la muerte, siempre hay quien se apresta para sustituirles entregando la propia vida.

Son los religiosos y las religiosas. Un día se sintieron fascinados por Jesucristo y, desde diversos carismas, decidieron seguirle siempre y radicalmente. Y es que lo que les mueve es el amor… y aman libérrimamente.

Son en nuestro mundo una provocación, un grito a contracorriente, una profecía insultante que pone en evidencia nuestras contradicciones y silencia nuestras excusas. Son en nuestra Iglesia una bendición que testifica que el seguimiento radical de Jesús es fuente de una profunda alegría.

Algunos dicen que están pasados de moda…pero ahí siguen, convencidos de que la fuerza del resucitado puede trasformar la Historia; dispuestos, desde la sencillez de sus vidas, a desenmascarar nuestras cobardías.

El 2 de Febrero la Iglesia recuerda a los religiosos y religiosas en nuestro país. Gracias por la generosidad de estos hombres y mujeres que testimonian que la utopía de un mundo más humano no es un sueño inalcanzable.

Ellos ya la están saboreando.

Josan Montull