CONSTRUIR LA VIDA

Desde hace un tiempo se está hablando del suicidio. Ha sido un tabú y hemos intentado esconder el tema para no provocar estigmas en las familias que han vivido en su seno este drama, pero lo cierto es que la cuestión está ahí y cada vez preocupa más, sobre todo sabiendo que es la mayor causa de mortalidad entre los jóvenes de 15 a 29 años, por encima, incluso, de los accidentes de tráfico. La realidad es así de fría y dura: en nuestro país están creciendo preocupantemente los suicidios de niños y jóvenes.

No podemos mirar a otro lado, hay adolescentes y jóvenes en nuestros ambientes que manifiestan poco apego a la vida, menosprecio de sí mismos y la certeza de que son una carga para los demás.

El bulling, la despersonalización de las redes sociales, el culto a la estética y al dinero, la falta de buenos modelos de identificación, la banalización de la vida… no sabemos dónde está la causa. Por otra parte, nuestro modelo cultural está arrinconando la trascendencia y menospreciando lo religioso, de modo que la vida humana no tiene una visión que mira al más allá.  Por eso deberíamos preguntarnos qué es lo que le pasa a una sociedad del bienestar cuando aumenta el número de chavales que no quieren vivir.

Incluso se detectan cada vez más trastornos psiquiátricos y mentales en los adolescentes. Si, además, hay utilización de estupefacientes, las conductas tienen más peligro.

Habrá que revisar qué estamos haciendo mal, qué valores transmite nuestra sociedad, qué modelos de referencia tienen nuestros chavales y cuáles son sus expectativas de futuro.

Urge que en nuestros ambientes educativos detectemos esta problemática. El nihilismo y la falta de sentido de la vida se están instalando en muchos ámbitos sociales. La intolerancia a la frustración que tienen muchos jóvenes a los que todo se les ha consentido lleva a algunos a la depresión y el abatimiento ante las contradicciones y dificultades que la vida presenta.

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Un gran educador, Don Bosco, decía que no sólo había que amar a los jóvenes, sino que estos debían sentirse amados. Tal vez en los sistemas sociales y educativos se haya relegado el amor. Un niño que no se siente querido no se querrá a sí mismo. Es necesario que los chicos y chicas se sientan queridos, animados, comprendidos. Urge dejarles hablar, ayudarles a que descubran lo mucho que valen. Hay que hacer posible que descubran en sus educadores a hombres y mujeres que dan testimonio, con sus acciones, de que la vida es un don maravilloso que hay que cuidar y construir.

Cada suicidio infantojuvenil es un signo terrible que pone de manifiesto las deficiencias de un estilo social que hemos creado y que va estigmatizando y dejando de lado a numerosos adolescentes. No podemos cerrar los ojos; tenemos que preguntarnos qué está pasando.

Atrevámonos a construir la vida. Atrevámonos a vivir.

JOSAN MONTULL

UN SEISMO DE DESCONCIERTOS

Nunca ha sido fácil interpretar la Historia. Sus vaivenes son tan extraños y contradictorios que resulta incomprensible ver cómo la persona tropieza, no una ni dos, sino cientos de veces en la misma piedra.

Los creyentes tenemos además la lógica dificultad de entender una Historia, que es canalla y , con frecuencia, tremendamente injusta con los más pobres. ¿Qué pinta Dios creador en un Mundo tan convulso?

Estos días hemos vivido el horror de un terremoto que ha dejado miles y miles de muertos, heridos y personas sin hogar. Centenares de edificios se desplomaron en Turquía en plena noche cuando todo el mundo estaba en sus casas. Su país vecino, Siria, sufrió también la embestida de la tierra que destrozó más un país ya de por sí destrozado por una cruenta guerra civil que lleva casi 12 años. ¿Dónde está Dios, nos preguntamos los creyentes, al ver el sin sentido de un dolor globalizado y cruel?, ¿Dónde está Dios?

El estruendo de la sacudida sísmica se convirtió en toque de arrebato para que hombres y mujeres de muchas nacionalidades, credos y convicciones diferentes, acudieran a los lugares de la tragedia a montar hospitales, curar, repartir alimentos, acoger y acompañar el sufrimiento.

Voluntarios, bomberos, militares, médicos, misioneros y gente buena se afanaban por arrebatar todos juntos la vida que era engullida por la destrucción.

Personas especializadas escarbaban bajo las ruinas para intuir cualquier aliento de vida. Cuando esto ocurría, pasaban a la acción para que, con meticulosidad, se pudieran rescatar vidas que agonizaban bajo los escombros. Hemos visto a niños, adolescentes, jóvenes, ancianos ser devueltos a la vida acogidos por brazos de desconocidos que les alumbraban como parteros entre aplausos y lágrimas. Hasta bebés, incluso recién nacidos todavía con el cordón umbilical intacto, eran sacados de debajo de las ruinas.

Cada vez que una vida era rescatada de la muerte, todos aplaudían, se abrazaban y vitoreaban a Dios gritando Allahu Akbbar. Emocionados, daban gracias a Dios por la vida que se había rescatado. No importaba si aquellos hombres y mujeres eran musulmanes, cristianos, budistas o ateos; la fuerza de la vida que, con la ayuda de todos, se abría paso, era festejada en un ambiente de fraternidad universal.

A la vez que estos acontecimientos se desarrollaban en Grecia y Turquía, en nuestro Parlamento se aprobaba una ley de bienestar animal que busca dotar a los animales de un estatus de dignidad hasta ahora no tenido en cuenta. Esos mismos días, a su vez, el Tribunal Constitucional daba alas a una ley del aborto que permite acabar con la vida del feto si éste tiene menos de 21 semanas y si la mujer embarazada tiene más de 16 años.

Sin entrar a juzgar, allá cada cual, resultaba paradójico que, mientras unos compatriotas nuestros se jugaran el tipo en Siria y Turquía por rescatar la vida, nuestros gobernantes legislaran favoreciendo el aborto. También llamaba la atención ese cuidado y mimo legal por la vida de los animales y esa banalización de la vida humana al albur de decisiones extrañas a la vida del feto.

El corazón del ser humano es así de complejo y misterioso. En la ayuda a los países damnificados por el terremoto, por ejemplo, entre las primeras naciones que manifestaron su solidaridad económica fueron Rusia y Ucrania, que gastaban dinero para apostar por la vida mientras sus presupuestos gastan millones ingentes para la compra de armas que siembran la muerte.

Como digo, no pretendo juzgar. Simplemente manifiesto mi perplejidad por la coincidencia de todas estas situaciones. Parece que vivimos inmersos en un mar de contradicciones.

Hay algo que sí tengo claro. Intuyo dónde está Dios en esta tragedia. Dios está bajo los escombros, entre las víctimas, no en vano creemos en un Dios crucificado que ha asumido las cruces de todos los seres humanos. Dios está también en la generosidad de todas las personas que han ido a arrancar la vida de los brazos de la muerte para salvar a los enterrados. Incluso Dios está en el sentimiento de esos perros adiestrados capaces de olisquear la vida cuando todo huele a muerte.

Salvar juntos la vida, trabajar juntos por la resurrección frente a la muerte; es ahí donde hombres y mujeres de todas las ideologías y creencias podremos encontrarnos. Y es que cada vida humana es un Templo donde late el corazón de Dios y ante el cual tenemos que postrarnos y adorar con un respeto reverencial.

JOSAN MONTULL

En los márgenes

Radiografía de la injusticia: EN LOS MÁRGENES

Dirección: Juan Diego Botto. (España 2022)

Música: Eduardo Cruz.

Fotografía: Arnau Valls.

Intérpretes. Penélope Cruz, Luis Tosar, Adelfa Calvo, Christian Checa, Aixa Villagrán, Juan Diego Botto

Además de una poderosa industria del entretenimiento, el cine tiene la capacidad de emocionar, provocar, denunciar y remover conciencias. Esto es lo que ocurre en la opera prima como director de Juan Diego Botto. “En los márgenes” narra la cuenta atrás de varios personajes, con historias entrelazadas, que tratan de mantenerse a flote y sobrevivir a 24 horas claves que pueden cambiar el curso de sus vidas.

En la pantalla transitan mujeres, madres, que luchan diariamente por sacar adelante sus vidas y las de los suyos: Una madre árabe a la que los servicios sociales quieren arrebatarle a su hija, otra madre coraje que va a ser desahuciada de su casa, una tercera madre anciana que lleva tiempo sin ver a su hijo, avergonzado porque sus padres le avalaron y él lo perdió todo. También aparece un abogado volcado en la búsqueda de soluciones para las víctimas de un capitalismo salvaje que se va viendo engullido por la vorágine contra la que lucha.

Y todo ocurre con un vértigo extraordinario, sin tiempo de reflexionar y sin posibilidad de saborear la vida.

El nobel director dota de una excelente verosimilitud a todo el film, rodado en su casi totalidad con cámara en mano. La película explora el efecto que una situación de estrés económico tiene sobre las relaciones personales. El deambular de esos martirizados pobres entre la policía, los amigos, los servicios sociales, las colas del hambre y los abogados vocacionados llega a transmitir la angustia y el desasosiego que viven esos hombres y mujeres abocados a la pobreza y la marginación.

Los desahucios son el tema de fondo que va marcando toda la narración, pero no son sólo desahucio inmobiliarios; hay desahucios emocionales, como el del abogado empeñado en arreglar las situaciones de los demás e icapaz de sostener una relación, como el del adolescente en busca de un padre (que no padrastro) y que va tomando conciencia en el paseo entre las víctimas, como el del trabajador argentino (excelente Juan Diego Botto), capaz de dar consejos familiares a un compañero de trabajo e incapaz de acompañar maduramente a su compañera; como el de la anciana a la que los bancos esquilmaron y come diariamente sola frente a las fotos de su marido difunto y de su hijo desaparecido. Este caos de tensión rompe las relaciones personales y condena a la soledad a las víctimas. Sólo las organizaciones sociales y vecinales son capaces de aportar pequeñas briznas de esperanza desde la solidaridad y la lucha.

Con una Penélope Cruz y un Luis Tosar absolutamente geniales, “En los márgenes” se convierte en una película tan dura como imprescindible. Y es que cada año son varios cientos de miles de desahucios los que se producen en nuestro país. Por eso esta incómoda y estupenda película asusta por la realidad que transmite y provoca incomodad en el espectador que, inmerso en los márgenes de la sociedad, ya no puede mirar hacia otro lado.

Excelente debut del actor metido a director. Provocador mensaje. Necesaria. Imprescindible.

JOSAN MONTULL

¿ESCRACHES DEMOCRÁTICOS?

Ha vuelto a pasar. De nuevo un escrache aparatoso se ha llevado a cabo en un lugar que es templo del pensamiento y el diálogo, la Universidad. Entre los diferentes alumnos y exalumnos galardonados por su excelencia, estaba la presidenta de la comunidad de Madrid. Y surgió la polémica; que si es digna o indigna de recibir tal título; que si se lo merece o no; que si es una gloria o una vergüenza su presencia… y unos y otros fueron parapetándose en la Complutense para aplaudir o insultar a la presidenta. Una de las jóvenes galardonadas, la primera de su promoción, lanzó un discurso lleno de bilis y de incorrecciones lingüísticas contra la presidenta. Y así, lo que hubiera tenido que ser un acto de tolerancia y de fiesta se convirtió en una bronca vergonzosa de insultos, descalificaciones, golpes, patadas y amenazas. La policía tuvo que proteger a la presidenta, que tuvo que salir escoltada, y unos y otros convirtieron la Universidad en un circo de fanatismo vergonzoso.

No es la primera vez. En repetidas ocasiones piquetes agresivos de personas organizadas se han convertido en porteros violentos que deciden quién puede entrar y quien no al recinto universitario.

Ha vuelto a pasar, la clase política, en lugar de rechazar este escrache, se ha referido con tibieza al hecho aludiendo a la libertad de expresión como argumento que consiente el todo vale. Otros, incluso, se han lanzado en apoyo de los violentos aplaudiendo su acción y sumándose desde su poltrona a esta pretendida reivindicación.

A mí, qué quieren que les diga, como educador me hace sentir vergüenza. Ver a jóvenes enfrentados y enardecidos violentamente entre ellos por cuestiones políticas me parece penoso. Ver a políticos jaleando desde la tribuna esta bronca me parece radicalmente injusto, populista y canalla.

Da igual el signo político de la persona escrachada, da igual su credo, su sexo o sus convicciones, los escraches –y hay que decirlo con claridad- son una auténtica vergüenza, un acto de violencia e intimidación que no tiene nada que ver con la libertad de expresión. Los escraches son a la democracia lo que las bofetadas son a la educación. Son injustificables. Cuánto se agradecería que, políticos de diversos signos, condenaran estos injustificables sin ningún paliativo.

Los educadores estamos llamados a construir la libertad de nuestros jóvenes, a proporcionar argumentos éticos para defender las propias convicciones, a enseñar el respeto y la tolerancia, incluso con aquellos que piensan distinto. Desde la educación, tenemos que condenar el aborregamiento de las masas de cualquier signo que amenazan y coaccionan a las personas.

Cuando recientemente hemos visto el ultraje que han vivido los parlamentos de Estados Unidos o Brasil, deberían nuestros políticos dar ejemplo de respeto, de conducta democrática y de diálogo. La conducta de nuestros parlamentarios con frecuencia está siendo acicate para comportarse antidemocráticamente.

La gente merece que sus representantes públicos sean referentes de diálogo. Aplaudir estos actos de intransigencia desde tribunas políticas es querer apagar fuegos con gasolina. Los jóvenes necesitan que sus políticos sean artífices de la paz.

No condenar estos actos es una cobardía que da alas a la injusticia y a la tiranía.

JOSAN MONTULL