ESCUCHAR

Parece que el oído es de los primeros sentidos que desarrollamos cuando somos bebés, antes, incluso, que la vista. Ya en el seno materno oímos y percibimos a través del sonido la alegría, la esperanza, el miedo, la angustia … de la madre y de los cercanos.

Cuando somos pequeños nos arrullan con sonidos cariñosos, nos cantan nanas, nos comunican sentimientos a través de las palabras.

Oír es para nosotros en algo fundamental que nos ayuda a crecer y a ser lo que somos. La voz humana se convierte en el bálsamo que nos va meciendo y formando para que aprendamos a ser.

Siempre estamos creciendo, no acabamos nunca de hacerlo. Por eso necesitamos mirarnos a la cara, dedicarnos tiempo y calma para escucharnos, comunicarnos y expresar lo que somos, a la vez que las palabras del interlocutor encuentran eco en mí.

Pero no siempre es fácil escuchar. Ahora hay mucha gente que va a la suya, que no escucha, que no se detiene con paciencia a oír al otro. La vida digital y las redes sociales han trastocado la comunicación. Por una parte, han ampliado el radio de la información y nos hacen llegar con rapidez a todas las geografías físicas y humanas; pero, por otra, han matado la calma y la espera, han escondido el misterio y han llenado de vacío las palabras. Nos estamos volviendo sordos a la escucha del otro; sordos para escuchar el silencio; sordos, incluso, para escucharnos a nosotros mismos.

Necesitamos escuchar a los otros con calma, regalándoles el tiempo y la comprensión. Precisamos escuchar con el oído y el corazón

También nosotros tenemos necesidad de ser escuchados, de que alguien se detenga para hacernos caso, para que le podamos contar qué nos pasa, para abrir nuestro interior y desvelarlo a quien, sin juzgarnos, es capaz, simplemente, de dedicarnos su tiempo.

En medio del griterío y de sonidos estridentes y huecos, urge la calma, la serenidad para que la voz humana pueda resonar en nuestra vida y nos ayude a ser lo que somos para que nos puedan decir y podamos decir “Gracias por escucharme”.

JOSAN MONTULL

Un pequeño mundo

Terrores cotidianos: UN PEQUEÑO MUNDO

Guión y dirección: Laura Wandel (Bélgica 2021)

Fotografía: Frédéric Noirhomme

Reparto: Maya Vanderbeque, Günter Duret, Karim Leklou, Laura Verlinden, Léna Girard Voss, Thao Maerten, Laurent Capelluto

El acoso escolar ha sido un tema muchas veces llevado al cine con distinta fortuna. La debutante Laura Wandel con “Un mundo pequeño” aborda el tema del bulling de una manera tan angustiosa como certera.

Dos hermanos, Nora y Abel, llegan a un Colegio nuevo. Ambos están muy asustados, sobre todo Nora. Poco después la niña descubre horrorizada el acoso que sufre su hermano mayor. Pronto se debate entre la necesidad de integrarse y el apoyo a su hermano, que le pide que guarde silencio.

El film nos sumerge en el drama con las primeras imágenes. Nora abraza a su padre y llora por el miedo que le produce ese mundo pequeño y desconocido que es su nuevo colegio. Poco sabemos de la vida de este padre a excepción de que está parado y solo. No sabemos dónde está la madre de los niños, no sabemos por qué van a un colegio nuevo. Sólo sabemos que las dos criaturas se sumergen en un ambiente hostil con la promesa de encontrarse en los recreos.

Pero esto no será posible, Abel comienza a ser agredido y sometido por unos chicos más mayores que le humillan permanentemente. Nora lo ve, se estremece, sufre y no deja de preguntarse por qué esos niños hacen eso.

La cámara sigue y persigue a los niños, cuya gestualidad es contenida y extraordinaria. La fotografía hace participe al espectador de una situación claustrofóbica aterradora. La profundidad de campo sólo permite ver la espada de los protagonistas dejando sin nitidez lo que ocurre pocos metros más adelante, insinuando sólo imágenes turbias que sugieren lo que está pasando y lo dotan de espanto.

El espectador ve absorto la crueldad de los niños, pero ve –y esta es la grandeza del film- cómo estas agresiones deterioran también la vida de todos los que aman al niño agredido. El bulling no hace daño sólo a algunos niños sino también a sus familias y a sus seres amados.

Laura Wandel va haciendo que la película funcione como una precisa máquina de relojería dando a conocer que la violencia destroza moralmente a la misma víctima y la hace sacar lo peor de sí misma.

Relevancia especial tienen los abrazos que recibe y da Nora, con su padre, con su maestra y –finalmente- con su hermano, abrazo que tiene un carácter redentor.

Sin música, con el único fondo sonoro de las voces de los niños, “Un pequeño mundo” es una profunda reflexión sobre un entorno que banaliza el mal y que sólo se puede combatir desde el amor, la fe en el otro y el apoyo permanente.

Y es que todos necesitamos ser abrazados.

JOSAN MONTULL

EDUCAR y AMAR.

He dedicado toda mi vida a la educación. Se puede decir que no he hecho otra cosa. He educado en la Escuela, en el mundo del Tiempo Libre, en ámbitos de exclusión, en el terreno parroquial… Después de muchos años de ser educador, me he preguntado por qué lo soy, qué es lo que me da la autoridad moral para entrar en el Misterio de la vida de un adolescente e intentar acompañar sus pasos para que en un futuro sea feliz. En definitiva… ¿quién soy yo para meterme en la vida de nadie?

Creo que, por encima de la pedagogía, la psicología, la técnica y la profesionalidad, que doy por supuestas, sólo el amor puede ser motor de educación. Si no quiero a los chavales con los que estoy, no tengo ningún derecho a inmiscuirme en su intimidad para orientarles de cara a su futuro. Por eso me pregunto qué es el amor.

-El amor es una actitud que no se centra en una persona específica. Es un ir por la vida…amando a los otros. Esto supone una actitud de apertura y confianza en los demás. Y esto no quiere decir ser un inocentón, pero sí que implica, de entrada, tener una actitud de confianza en las personas.

-El amor es fundamentalmente dar, no recibir. Dar significa ganar. Los padres dan a sus hijos lo más precioso que tienen, su vida, su alegría. No deben dar con el fin de recibir, porque saben que darse es ganarse. Lo mismo los educadores… damos, porque amamos. En la vida llega un momento en el que casi todo se pierde, el amor es lo único que permanece.

-Amor es acoger el don del otro. Se acoge al sonreír, al estrechar una mano, al comprender…Es valorar al otro tal y como es; y esto se expresa en mil detalles, saludar con afecto sincero al que llega, interesarse por sus cosas, escucharle sin prejuicios, corresponderle desde él, sin proyectar mis cosas.

Esta acogida debe manifestarse más con el que queda marginado, con el peor dotado, con el que tiene menos posibilidades…con el que alguna vez es mal visto y ahora nadie le hace caso.

-Amar es dejar ser, es dar a cada persona el respeto que merece, dejarle ser lo que realmente es. En general, los humanos nos empeñamos en hacer ser; somos felices cuando conseguimos que el otro dice y hace lo que nosotros queremos que diga y haga (claro que esto no supone renunciar a unos objetivos educativos, a unas metas a las que queremos llegar).

Esto los chavales lo saben muy bien; para que se les quiera, aprenden a actuar como sabe que los mayores esperan que actúen.

Dejar ser es respetar lo que es real en el otro. Es ayudar a ser lo que uno es (Educar viene de Ex-ducere, sacar hacia fuera lo que hay dentro). Educar es animar a que la persona busque en su propio misterio, se conozca, descubra sus cualidades -lo que realmente es- y las potencie.

-Amar es marcar límites. Dejar ser es lo contrario de una permisividad tolerante que todo lo consiente.  El chaval necesita límites, los pide. Los límites -cuando son razonables- ayudan a encontrarse, a probarse a sí mismo, a superarse, a estructurar su libertad…Educar desde el amor supone ayudar a que el hijo/a respete los límites. Transigir sin más, por la comodidad de no afrontar el conflicto es una falta de amor.

-Amar es cuidar el ambiente, crear una atmósfera donde cada uno pueda sentirse a gusto, sentirse él mismo. Ordenar la casa, vivir con un cierto horario, crear espacios de diálogo, celebrar los aniversarios, las fiestas, cuidar todos estos detalles. Hacer que el ámbito educativo en el que uno está tenga un ambiente de amor.

-Amar es leer en profundidad los sentimientos del otro. Saber captar sus demandas de amor, sus manifestaciones de amor…sus problemas…valorar lo que ellos valoran. Para eso hay que tener muy en cuenta que el amor se percibe y se expresa de modos muy diversos en diferentes edades. Además, no todos los chavales saben expresar el amor…el educador tendrá que saber leer en medio de esa dificultad de exteriorización del afecto.

-Amar es respetar siempre la libertad del otro. No consiste en mendigar cariño. Amar es aceptar -desde su libertad- que el chico y la chica pueden rechazar el amor que se les brinda. Hay que desterrar toda pretensión de monopolizar el afecto de los chavales.

-Amar es enseñar con sencillez que el sexo sincero y limpio es la más hermosa expresión de amor. Y en esto hay que ser consciente de que habrá que nadar a contracorriente, porque la visión del sexo en nuestra sociedad está muy despersonalizada y vacía.

-Amar es dar a conocer a Dios, el que más nos ama, vivir coherentemente con la fe y, por tanto, hacer del perdón el gran signo. Amar es ayudar a que el joven se haga preguntas y, a partir de ahí, busque respuestas. Por tanto, hay que tener, por amor, un escrupuloso respeto a las convicciones religiosas de cada cual.

Sentirse amado es el motor educativo que hace transformar positivamente la vida de las personas. De todos los afanes educativos, el amor es el que no pasa nunca (1Cor 13).

Tras estos años bregando en el ámbito educativo, creo que sólo el amor da sentido a la tarea educativa.

Resuenan en mí los versos de Silvio Rodríguez:

Debes amar la arcilla que va en tus manos
Debes amar su arena hasta la locura
Y si no, no la emprendas, que será en vano
Solo el amor alumbra lo que perdura
Solo el amor convierte en milagro el barro.

Intentar educar sin amar es una intromisión sin escrúpulos en lo más sagrado de cada vida humana. Deberíamos poder decir en nuestro interior “Te educo porque te quiero”. Sólo entonces tendrá sentido nuestra tarea educativa.

JOSAN MONTULL

Belfast

La mirada limpia: BELFAST

Director: Kenneth Branagh (Reino Unido 2021)

Guión: Kenneth Branagh

Productor: Laura Berwick, Kenneth Branagh, Becca Kovacik, Tamar Thomas

Música: Van Morrison

Fotografía: Haris Zambarloukos

Montaje: Úna Ní Dhonghaíle

RepartoCaitriona Balfe, JamieDornan, Judi Dench, Ciarán Hinds, Jude Hill,Lewis McAskie, Colin Morgan

El prolífico actor y director Keneth Branagh dirige su película más personal e íntima en la que cuenta su propia infancia en la conflictiva Belfast de los años 60.

A mediados de Agosto de 1969 se desató una violenta batalla entre protestantes y católicos en Irlanda del Norte que ocasionó muertos, heridos y la marcha de muchas familias que no soportaban la presión social que se ejercía sobre ella.

En medio de este conflicto vive el pequeño Buddy, cuyo padre trabaja en Inglaterra mientras la madre educa a sus hijos a pesar de que la familia está asediada por las deudas. Mientras la presión política va asfixiando el barrio, Buddy sueña con un futuro sin problemas con toda la familia unida y sin moverse de Belfast.

El sinsentido de la agresividad es visto por los ojos abiertos de un niño (extraordinario Jude Hill) que se refugia fascinado en el cine, y en el idílico amor por una niña de su clase.

Estamos ante una película inocente, amable y hermosa, que destila bondad y un gran amor por la vida. La cámara se sitúa con frecuencia a la altura de los ojos del niño para aportar esa visión al espectador. La fotografía es magistral e impregna lirismo a todo el film. El blanco y negro es luminoso, contrastado por las poquísimas imágenes en color que corresponden a viejas películas o al mundo de la fantasía. Por si fuera poco, la banda sonora la pone el también irlandés Van Morrison.

Los diálogos del pequeño Buddy con el abuelo son extraordinarios. El abuelo es un auténtico filósofo de la vida que, desde la picaresca y la ironía, aporta una visión esperanzadora de las relaciones humanas.

Branagh homenajea a las víctimas del fanatismo, que nunca tiene sentido, y hace un hondo homenaje a la familia, como lugar referencial por excelencia, donde el amor, en medio de los conflictos, es capaz de vencer siempre, a pesar de que haya que emigrar y cambiar el paisaje cotidiano. La película es, además, un canto a la tolerancia religiosa y a la fraternidad. Ser vecinos es mucho más importante que la religión de cada cual. La relación de vecindad es muy humana, todos se conocen, se cuidan y se protegen entre sí, independientemente de su religión. Sólo el fanatismo quiere minar esas relaciones con argumentos vacío e inhumanos. Y, a pesar de ese fanatismo, el amor a la ciudad, al barrio y a sus vecinos se mantienen intactos.

Con unas interpretaciones excelentes, BELFAST es un conmovedor canto a la vida, la tolerancia, el amor y la familia.

Una maravilla.

JOSAN MONTULL