(Existimos porque alguien piensa en nosotros)

Desde hace algún tiempo se habla con preocupación de la salud mental de nuestros adolescentes. Al parecer, cada día hay más problemas entre nuestros chicos y chicas para que tengan un equilibrio mental saludable.
Es sabido que en la adolescencia se van afianzando nuestras opciones y nuestra manera de ser y, según dicen los expertos, en la actualidad van apareciendo cada vez más disfunciones preocupantes que presagian un futuro mental oscuro entre nuestros chavales. Es cierto que muchos de los adolescentes de nuestros días han nacido con una herencia biológica de mala salud mental marcada por la droga o por otras adicciones de sus progenitores, pero el tema va más allá de la transmisión genética.
Lejos de mí el querer dar una respuesta exhaustiva sobre las causas que llevan a esta situación, pero sí que me atrevo a intuir unas líneas que habría que tomar en consideración ante este problema. Sin ninguna pretensión, ahí van unas intuiciones.
Esta salud mental de nuestros adolescentes está herida por lo propio de una sociedad capitalista que se ha puesto de rodillas frente al dinero y el bienestar y ha desechado los valores y el sentido… son chavales hijos de una sociedad que enloqueció hace tiempo y se perdió la cordura y el sentido común. Estos chavales nuestros necesitan amor, sentirse queridos, acompañados, guiados desde el afecto; necesitan referentes éticos, adultos en quienes confiar.
Son los hijos de nuestro tiempo… son nuestros hijos.
JOSAN MONTULL
Qué duda cabe que el papa Francisco ha sido el papa de las sorpresas. Su frescura para hablar, su libertad para opinar, sus gestos nada protocolarios han llevado a que su papado haya sido tan rico en sus escritos y palabras como en sus gestos, llenos de esperanza.
Cuando, recientemente, tiempo después de haber salido del Hospital Gemelli y próxima ya la Semana Santa, un periodista le dijo “Santo Padre, ¿cómo vivirá esta Pascua?”. Francisco respondió, con su habitual buen humor, “Viviré esta Pascua como pueda”.
Días antes, el 10 de Abril había aparecido por sorpresa en la basílica de San Pedro llevando una camiseta blanca, unos pantalones oscuros y un poncho. Algunos se acercaban sorprendidos al ver que aquel anciano tan frágil era el Papa.
El Jueves Santo, con una visible debilidad, realizó una visita a una prisión de Roma, con la obstinación de aparecer públicamente durante la Semana Santa, pese a estar aquejado de una neumonía bilateral. No pudo en esta ocasión lavar los pies a doce presos como lo había repetido año tras año todos los Jueves Santos desde el mismo momento en el que fue elegido papa. Francisco miro a los presos, se dejó abrazar, se emocionó y emocionó.
El domingo de Pascua a las 11.30h se reunió con el vicepresidente de Estados Unidos, J.D. Vance. De todos es sabido que Francisco denunció con fuerza la política migratoria de Trump, tachándola de injusta e inhumana. No sabemos lo que habló con Vance, pero sí sabemos lo que ocurrió luego. Francisco apareció por el balcón central de la Basílica de San Pedro y, con una voz ya muy frágil, dijo “Queridos hermanos y hermanas, Feliz Pascua”. Luego el maestro de ceremonias leyó un texto del papa que, entre otras cosas decía:
“¡Cuánto desprecio se manifiesta a veces hacia los más débiles, los marginados, los migrantes! En este día, quisiera que volviéramos a tener esperanza y confianza en los demás, incluso en quienes no nos son cercanos o vienen de tierras lejanas, con costumbres, modos de vida, ideas y hábitos distintos a los nuestros. Porque todos somos hijos de Dios … pido inmediatamente un alto el fuego en la Franja de Gaza, la liberación de los rehenes y el acceso a la ayuda humanitaria”.
Tras estas palabras, y con unos movimientos muy limitados, en nombre de Cristo impartió a todo el mundo la bendición Urbi et orbi.
Finalmente dio una nueva sorpresa, se subió al papa móvil, al que no se subía desde hacía meses, recorrió la plaza de San Pedro y la Vía de la Conciliación y saludó a los miles de fieles que allí se encontraban.
Menos de 24 horas después, Francisco dio su última sorpresa y se nos fue al cielo. Su muerte fue absolutamente inesperada.
Días después cientos de miles de personas acudieron a despedirle. Gentes de todas las razas y condiciones, mandatarios de todos los signos, miles de pobres y excluidos, todos estaban allí para decirle adiós a este papa bueno y sorprendente que creyó que en la Iglesia cabíamos “Todos, todos, todos”.
Los presos a los que días antes había visitado dijeron “Ha muerto uno de los nuestros”. El día de su entierro el presidente de Ucrania y el de Estado Unidos (que tiempo atrás mantuvieron una reunión tensísima) se reunieron cara a cara en la misma basílica de San Pedro, dando lugar a que alguno calificara este encuentro como el primer milagro de Francisco.
“Viviré la Pascua como pueda” Y ¡hay que ver cómo la vivió! Porque sus últimos días han sido un resumen de lo que ha sido su pontificado, un auténtico vendaval que ha conseguido acercar la Iglesia a los alejados y dotar de sencillez y valentía sus gestos y palabras que todo el mundo podía entender. Un papa profeta, que ha denunciado la injusticia y ha luchado para que la Iglesia se limpiara de corruptelas e inmoralidades. Un papa ecologista, que ha amado la Naturaleza y ha enseñado a cuidarla y respetarla. Un papa pobre, con una opción preferencial por los excluidos y marginados, que ha clamado por la paz y la misericordia. Un papa, en fin, enamorado apasionadamente de Jesucristo, del que ha dado testimonio hasta el final.
Su legado es extraordinario. Hoy tenemos que dar gracias a Dios. Gracias, por el estupendo regalo que nos has hecho Dios con el papa Francisco. Gracias a Francisco, por haber hecho que en la Iglesia nos sintiéramos como en casa. Gracias por lo mucho que nos ha querido y lo mucho que le hemos querido.

Gracias por sus innumerables y benditas sorpresas.
JOSAN MONTULL

Estamos a pocos días de la Navidad. Como cada año, los cristianos celebraremos el estallido de la vida en la Historia con el nacimiento de Jesús. A este acontecimiento le llamamos muy solemnemente la Encarnación; es decir, Dios se hace carne… se hace un niño… una persona.
Descubrimos así que Dios tiene una gran fe en el ser humano. No ha querido ser una súper estrella, un supermán, un ser extraterrestre, un héroe con súper poderes… sino un bebé, una criatura.
Pero esta fe en los hombres y mujeres que se da en la Encarnación no acaba en Belén. A lo largo de su vida, Jesús apostó por las personas de una manera superlativa.
Estuvo por encima del racismo, se acercóa con cariño a los samaritanos y les trató con un respeto exquisito. Puso a un samaritano como ejemplo de solidaridad, por más que esto fuera ofensivo para los judíos.
Respetó otras creencias religiosas y no rechazó a nadie por pensar distinto, habló con el centurión romano, propició la curación de su criado y puso al romano como modelo de fe.
Se sentó a comer con los pecadores, los publicanos y los excluidos por los más diversos motivos.
Bendijo a los niños, que eran insignificantes. En una sociedad machista, trató a las mujeres con toda la dignidad del mundo. Se saltó la Ley y las tradiciones religiosas para acercarse a los que sufrían. Acarició a los leprosos, abrazó a los enfermos, tocó los cadáveres, dio dignidad a los tratados por locos … bendijo, curó, amó…
El mismo que tuvo que refugiarse en el Egipto politeísta, el mismo que fue rechazado por los profesionales de la Religión y fue crucificado acusado de blasfemia… es el mismo cuyo nacimiento celebramos en Navidad.
Es, ni más ni menos, la Encarnación, la manifestación de la opción de Dios por el ser humano.
Por eso, no hay otro modo de celebrar la Navidad más que acercarse con un respeto reverencial a cada persona sabiendo que en el corazón de cada cual late el mismo Dios.
Urge amar, perdonar, saludar, reconciliarse, intentar descubrir lo bueno de cada uno –por más que no nos caiga bien-, urge seguir celebrando la Encarnación en cada momento de nuestra historia. Cada hombre, cada mujer, es imagen de Dios. Dios se ha hecho humano. Urge, pues, vivir humanamente.
Si no nos acercamos fraternalmente a las personas, nuestra Navidad será un puro espumillón tan brillante como vacío, tan sintético como carente de alma.
Atrevámonos a vivir como humanos.
Feliz humanidad.
Feliz Navidad.

JOSAN MONTULL