Salesiano, cura, profesor, licenciado en teología, twittero, educador, cinéfilo, teatrero, tertuliano, remo a contracorriente y apuesto a perder, uso el micro en la radio, el show en las tablas, la pizarra en el aula, el juego en el patio, la broma en la calle, la pluma en la prensa y todo lo que sea menester para acercar a Jesús a los chavales y construir una Iglesia sencilla y profunda donde todos puedan sentirse queridos y en casa.
Reparto: Dave Turner, Ebla, Mari, Debbie Honywood,.
El cineasta británico Ken Loach ha plasmado como nadie, en su extensa filmografía, el retrato de temas sociales punzantes e incómodos que obligan al espectador a observar su realidad próxima sin esquivar la mirada. La marginación, la adolescencia, el paro, las madres solteras empobrecidas, la militancia política, el terrorismo… han sido temas que ha tratado en sus películas. Ahora, a sus 86 años Loach afronta, con una absoluta maestría, otro asunto muy candente: los refugiados en la vieja Europa.
El último pub que queda en un pueblo del noreste de Inglaterra es “El viejo roble”. El local está a punto de cerrar; cada vez hay menos clientela y las dificultades económicas se hacen notar. Los clientes habituales del pub exhiben su pesimismo y desilusión en sus conversaciones, mientras ahogan en cerveza su desesperanza.
El pueblo está en franca decadencia, la gente va abandonando la tierra a medida que se cierran las minas. Las casas son baratas y están disponibles, por lo que el gobierno británico ha elegido el pueblo para reubicar a un grupo de refugiados sirios que huyen de la guerra.
La llegada de los sirios supone una provocación para la triste vida de la localidad. Algunos residentes, afectados por el desempleo y la falta de oportunidades, ven a los refugiados como una amenaza a su ya precaria situación. Otros, como TJ, el dueño del pub, y Janine, una voluntaria local, abren sus corazones y hogares a los refugiados, ofreciendo apoyo y amistad.
T.J. y Yara, una joven refugiada siria, van haciéndose amigos; comparten sus historias tristes y, apoyándose mutuamente, imaginan un futuro distinto, dándole una nueva vida al “Viejo Roble”.
Loach nos regala una película conmovedora y profundamente humana. Las convincentes interpretaciones emocionan al espectador, que es invitado a pensar en el sentido de su propia vida.
La conclusión es muy clara: sólo el amor y la acogida hacen que nos entendamos a nosotros mismos. Reconocer al otro con su dignidad de persona, independientemente de su procedencia, es el único modo de ser lo que realmente somos. La xenofobia, nos dirá Loach, es una perversión abyecta que destruye en primer lugar al xenófobo. Estamos llamados a la comprensión y la misericordia; el egocéntrico egoísta nos destruye.
Una amalgama de emociones va apareciendo en el film tocándonos el corazón con la delicadeza y la sabiduría de un gran cineasta. La escena final es memorable y constituye una llamada a la esperanza.
El viejo maestro Loach ha hecho en “El viejo roble” una película tan hermosa, como necesaria.
En 1972, el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, fletado para llevar a un equipo de rugby a Chile, se estrelló en un glaciar en el corazón de los Andes. Sólo 29 de sus 45 pasajeros sobrevivieron al accidente. Atrapados en uno de los entornos más inaccesibles y hostiles del planeta, se vieron obligados a recurrir a medidas extremas para mantenerse con vida.
El terrible suceso había sido llevado ya con anterioridad a la pantalla con desigual acierto. Esta vez el español J.A. Bayona, especialista en tratar temas vitales con mucha profundidad, nos ha ofrecido un film tan duro como fascinante, tan apasionante como hermoso.
La película empieza con las risas, las bromas y la exhibición deportiva de unos jóvenes cargados de vida que, días después estarán agonizando. La voz en off no cuenta lo que ocurrió, sino que invita al espectador a hacerse preguntas sobre el sentido de la propia existencia en la actualidad. Bayona no hace una película meramente histórica en la que recrea un hecho acontecido hace décadas, ni mucho menos ofrece un film de aventuras sin más; el director propone al espectador un actual viaje espiritual para reflexionar sobre fina línea entre la vida y la muerte, la fragilidad, la salud, la supervivencia, la amistad, la familia, el sentido de la vida, las decisiones morales y la fe en Dios.
Las escenas más escabrosas están tratadas con una delicadeza encomiable, se prescinde de lo macabro y se sugieren, sin mostrarlos, los aspectos más terribles del drama.
Estamos ante una película muy física. El director nos mete dentro de la historia, nos introduce en el fuselaje del avión siniestrado y nos hace compartir la angustia de los protagonistas que tendrán que compartir espacio con los cadáveres de familiares y amigos mientras reflexionan en voz alta, rezan y se animan los unos a los otros incluso citando pasajes del evangelio.
Técnicamente impecable. La fotografía y el montaje atrapan al espectador en ese inmenso ataúd que es el avión y el paisaje abierto y grandioso.
Hacia el final de nuevo voz en off es profundamente significativa e invita a que, en este mundo superficial, materialista y vacío, sigamos haciendo un viaje interior para descubrirnos día a día. Esa voz en off nos da a conocer que vivos y muertos comparten la historia.
Estamos ante una obra gigantesca, mística, sobrecogedora; una película que enseña que la vida sólo tiene sentido cuando se da.
El color de la sala era de un naranja desvaído, como para no provocar sensación alguna, sino más bien relajar cualquier sentimiento. Un cuadro de colores y formas indefinidas colgaba de la pared rompiendo así la monotonía del naranja.
El joven siquiatra abrió la puerta, tembloroso. Nunca había tenido una visita tan importante.
– Pase, pase, Rey de los reyes, Santo de los Santos, omnisciente y omnipresente Señor… Bueno, la verdad es que no sé muy bien cómo llamarle.
– Llámame papá, por ejemplo, o mamá si te resulta más cómodo, dijo Dios mientras se acomodaba en el diván tras una señal amable del siquiatra.
– No sé si me atreveré, dijo el médico. Tener al Padre Eterno en mi diván es una responsabilidad enorme; la mayor de mi vida.
– Bueno, hombre, no tienes por qué ponerte nervioso. Te conozco desde siempre, ya sé cómo eres y sé que eres bueno, le respondió Dios con una mirada tierna.
– La verdad, prosiguió más tranquilo el siquiatra, es que me han pedido, precisamente a mí, que hable con usted, Majestad Todopoderosa, porque hay quienes están muy preocupados por…, cómo diría yo…, por vuestra salud mental. Conste, se apresuró a decir el siquiatra, que considero la salud mental igual que la salud física: se puede tratar y sus males se pueden curar; no hay por qué alarmarse.
-¿A quién le preocupa mi salud mental, si se puede saber? Preguntó Dios.
El siquiatra prosiguió:
– Políticos de todas las tendencias e ilustrados de todas las artes y ciencias, y hasta gente normal y corriente nos han hecho llegar su preocupación por usted. También gente religiosa, rabinos, curas, imanes, chamanes, obispos…incluso ateos, agnósticos, pacifistas, militares, ecologistas, arquitectos trabajadores de la comunicación…No sé. Mucha gente. Hasta se ha constituido una plataforma de artistas e intelectuales que exigen que…
– Dilo, hombre, dilo, le animó Dios.
– Que…, no se ofenda, que su Reverendísima Santidad vaya al siquiatra.
-¿Y no han dicho por qué?
– Pues porque le aprecian, Altísimo. Están muy preocupados. No les acaba de entrar en la cabeza que, siendo usted la Suma Perfección, haya hecho un mundo que no funciona nada bien, que, digámoslo claramente, no le ha salido perfecto, y no se me ofenda, Eterno Señor. Vea las guerras destruyen cada día a miles de inocentes: la guerra en Gaza nos deja unas imágenes terribles. Miles de niños asesinados; padres corriendo horrorizados con sus pequeños en brazos, mujeres gritando y llorando a sus muertos. Algo parecido ocurre en Ucrania, en Sudán, en Haití, en tantos países donde campa el horror.
Por otra parte, las enfermedades, entre los pobres, se convierten en pandemias tremendas; las drogas están acabando con mucha gente, y sobre todo jóvenes. Diariamente -proseguía el siquiatra, cada vez más seguro de sí mismo- hay miles de tus criaturas que mueren de hambre, o son vendidos; muchos niños no son queridos, ¿sabes Señor Inmutable?, algunos ni nacen, otros son abandonados y a unos pocos, por el contrario, les rodean de aparatos electrónicos y cosas para suplir las ternuras que sólo una cara y unas manos pueden dar. Millones de refugiados vagan por la tierra buscando un hogar que la pobreza o la guerra les ha robado; son incontables las personas que se lanzan a la aventura terrible de la emigración, jugándose la vida en pateras y viajes organizados por mafias que explotan a los débiles: muchos acaban en el mar, en el desierto, en los contenedores, en los bajos fondos de las ciudades, en trabajos de esclavos… ahogados en la más terrible soledad, mientras miran para otro lado los que manejan los hilos de nuestro mundo o discuten entre ellos sin aportar soluciones.
– Vaya por Dios, suspiró Dios con los ojos arrasados de lágrimas.
– Es como si el mundo os hubiera salido mal, Señor Creador. No sé, Supremo Hacedor, pero no me extraña la coincidencia de muchos en recomendarle un buen siquiatra; y más con esa idea nueva que se le acaba de ocurrir a usted; esto ha sido el detonante para la campaña de recogida de fondos con que pagar su tratamiento.
Estas últimas palabras quedaron flotando en el aire. Era como si el joven siquiatra no las hubiera querido decir.
-¿Qué idea?, preguntó Dios.
– La del NIÑO, balbució el médico, la del niño. Nadie puede entender que el Altísimo haya pensado en un recién nacido para solucionar todo lo que pasa. En su mente divina, y no se ofenda, debe haber alguna anomalía que conviene tratar. Sólo a una mente enferma se le puede ocurrir pensar en un niño, un recién nacido que, vete tú a saber lo que le tocará vivir… Además, nacido en un establo, acompañado por una pareja pobre, por unos pastores marginados, por unos magos extranjeros de no se sabe qué religión… Hombre, por Dios –perdone, se me ha escapado, es una expresión hecha-¿a quién se le ocurre pensar en eso: que un recién nacido nos va a salvar? Al Todopoderoso no se le ocurre otra cosa que buscar la solución en la debilidad de un todofrágil. No parece lógico, ni normal. Sin duda, a usted ya le están pesando los años y no es descabellado pensar que lo del Niño Salvador sea fruto de una… una divina debilidad senil o algo así…
El médico se echó a llorar con sollozos entrecortados, cubriéndose el rostro con las manos.
Conmovido por el llanto del siquiatra, Dios se incorporó del diván. Tomó en sus brazos, con ternura, a aquel hombre sabio que pretendía salvar a Dios y ahora, derrumbado, intentaba apoyarse en el diván que acababa de dejar el mismo Dios.
El Padre Eterno seguía abrazándole y, con un cariño tremendo, como una madre, le dijo:
– Venga, hombre, venga… no te preocupes. Déjame a mí ser buen Dios y tú preocúpate de ser buen médico; porque, si te he de ser sincero, cuento con mi Hijo, recién nacido, para que no pienses que estoy lejos de este mundo, cuento con mi Hijo, recién nacido, para que los seres humanos, sea cual sea su creencia o religión, no se endiosen, sino que descubran que son divinos…imagen mía, ni más ni menos; cuento con mi Hijo, recién nacido, para que empieces a darte cuenta de que también cuento contigo. No mires para otro lado, no mires superficialmente sino en profundidad.
Mientras una estrella brillaba con más fuerza en el Cielo y la luz se colaba por la ventana de la consulta, el siquiatra miró a Dios y volvió a llorar emocionado mientras, con una felicidad indescriptible, se abrazaba a su Paciente, que le decía: “Esta Navidad, tú tienes mucho que ver”..
Una de las películas más importantes de la Historia es “Blade runner”. En 1982 Ridley Scott nos contaba la historia de un futuro apocalíptico en el que existen seres virtualmente idénticos al hombre, pero superiores a él en fuerza y agilidad; se les llama “replicantes”. Una rebelión de estos replicantes lleva a crear un servicio de policía especializada para “retirar” estas máquinas.
Pero he aquí que en estas máquinas, con una vida programada de cuatro años, comienza a surgir un ansia de inmortalidad mientras la sociedad se va vaciando de sentido y de moral. En este ambiente se da la paradoja de que los robots van siendo cada vez más humanos, mientras que los humanos se van despersonalizando. Rick Deckard es un agente especial que persigue incansablemente al replicante Roy Batty.
Este tema, llevado más veces a la pantalla, era ya una reflexión profética de la problemática que supone la irrupción de la Inteligencia Artificial. Ésta ha provocado en la actualidad el susto y la preocupación en muchas personas. A la maravilla que supone un invento tan extraordinario, le siguen las preguntas sobre los límites y el control que comporta tal invención.
Los educadores nos preguntamos dónde queda el pensamiento crítico si la A.I. responde a todo, redacta todo y hasta opina de todo. ¿Dónde queda la reflexión, la capacidad crítica, la opinión? ¿Dónde la capacidad de inventar e imaginar si la A.I. nos dibuja, compone y redacta? ¿No está la Inteligencia Artificial arrinconando lo más genuinamente humano?
Es cierto que no se puede poner barreras al progreso científico, hay que trabajar para utilizarlo como un bien para la humanidad. Pero hay que trabajar también para humanizar a los humanos.
El final del film de Scott tiene un momento maravilloso. Cuando, tras la implacable persecución, el agente Rick está a punto de morir, Roy –la máquina- se compadece de su enemigo y le salva. Es entonces cuando, frente a frente con su perseguidor, dice la siguiente frase: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir». El replicante es capaz de recordar, de aprender, de sentir nostalgia de la vida que se va, de amar y hasta de perdonar.
Deckard (Harrison Ford) and Replicant Roy Batty (Rutger Hauer) in the Ridley Scott film Blade Runner
Ahí está la clave. No sólo hay que controlar la Inteligencia Artificial para que no suplante al ser humano; hay que humanizar a las personas para que no se conviertan en máquinas de producir, para que descubran la grandeza de saberse perecederos, de vivir la vida con intensidad, de amar y perdonar.
Estamos privando a la educación de contenidos humanísticos, filosóficos, religiosos y éticos; urgimos lo práctico, lo útil, lo que abre puertas al éxito. Si no educamos para la apertura a la interioridad, la compasión y el perdón, será nuestra propia humanidad la que se convertirá en absolutamente artificial.
JOSAN MONTULL
Un fotograma de la película ‘Pink Floyd The Wall’ (Parker, 1982)