Salesiano, cura, profesor, licenciado en teología, twittero, educador, cinéfilo, teatrero, tertuliano, remo a contracorriente y apuesto a perder, uso el micro en la radio, el show en las tablas, la pizarra en el aula, el juego en el patio, la broma en la calle, la pluma en la prensa y todo lo que sea menester para acercar a Jesús a los chavales y construir una Iglesia sencilla y profunda donde todos puedan sentirse queridos y en casa.
Te escribo a ti que, sin conocerte, manifiestas tu escepticismo –cuando no, tu ironía- ante las devociones de muchas personas y tu negativa taxativa a aceptar los milagros en nuestro mundo porque consideras que toda esa fe forma parte de un pasado felizmente superado. Te escribo a ti, con la convicción de que tú, como yo, ya somos un milagro y estamos invitados a hacer milagros…aunque cada cual les llame de una manera distinta.
Vivimos tiempos de mirada corta. Mucha gente, como tú, dice que sólo cree en lo que ve, en lo empírico, en lo científicamente demostrable. Hay una gran dificultad para tener una mirada trascendente que vaya más allá de lo que tenemos delante.
Este estilo de vivir y mirar contrasta con el que han tenido los santos; en ellos hay una permanente visión espiritual de la existencia que les lleva a atribuir a la providencia divina realidades terrenas de la vida diaria.
Una de las frases atribuidas a un santo que conozco bien, don Bosco, es la que decía “Confiad en María Auxiliadora y veréis lo que son milagros”. Animaba así el sacerdote piamontés del siglo XIX a confiar totalmente en María, a tenerla presente en los momentos de dificultad, a invocarla cuando ya nada perece tener solución -en definitiva- a acercarnos a ella.
Yo creo profundamente en la intuición que hay tras esa frase. Baste para ello mirar que quien la pronunció comenzó su camino siendo un cura marginal, hijo de campesinos, rechazado por la curia y muchas autoridades eclesiásticas, que –desde la pobreza más absoluta- llevó a cabo una obra al servicio de la juventud necesitada que hoy está extendida en más de 130 países. Cierto es que, desde una mentalidad mercantil y financiera, nadie hubiera podido imaginar un proyecto tan absolutamente grandioso que, sin ningún afán económico, se extendiera por tanto países al servicio de los jóvenes más necesitados.
No nos tiene que extrañar que, en su lecho de muerte en 1888, el mismo Don Bosco dijera “Ella lo ha hecho todo” refiriéndose a la extensión de su Congregación en tantos países. Él se seguía viendo como aquel pobre campesino que, puesto en manos de la Virgen y bajo su influjo, había llegado incluso hasta en continente americano. Claro está que él se había dejado la piel y la vida en conseguir que aquella confianza en María se tradujera en una entrega incondicional a un proyecto extraordinario, partiendo de la fragilidad más absoluta, con un trabajo extenuante y una fe inquebrantable. Don Bosco vio, así, como un milagro toda la gran obra que había salido de sus pequeñas manos.
En los evangelios la palabra “milagro” significa “signo”; un milagro es un signo de una sociedad nueva que se está ya haciendo realidad y que en el lenguaje bíblico se designa con la expresión “Reino de Dios”. Milagros son pues trasformaciones extraordinarias de una persona o de un colectivo. No son magia, no son juegos de manos, requieren de la fe de la persona y comportan con frecuencia un desafío a las leyes (Jesús, por ejemplo, tocaba enfermos en sus milagros y ese contacto físico estaba prohibido por la religión judía). No en vano, a Jesús se le condenó, entre otras cosas, por sus milagros.
En los evangelios los milagros se hacen normalmente con los excluidos: pobres, mendigos, enfermos, endemoniados, vidas. Otras transformaciones, aunque no tengan nada de sobrenatural, sí que podríamos decir que lo tienen de milagroso: la conversión de Zaqueo, la de Mateo, el seguimiento valiente de María Magdalena.
Todo creyente acepta la posibilidad que Dios actúe extraordinariamente, providencialmente, pero, por otra parte, todos estamos invitados a hacer milagros, es decir, a tocar las realidades dolorosas de la Historia, aunque eso suponga un desafío a las leyes para hacer posible que este mundo nuestro sea un poco más humano…parecido a ese Reino de Dios que predicó Jesús. Creer en los milagros no significa, pues, cruzarse de brazos y esperar pasiva y resignadamente a que Dios –o la Virgen- lo hagan todo. Para el creyente, creer en los milagros supone creer que cada uno está llamado a hacer milagros. Dios, que es Padre pero no paternalista, cuenta con nuestras manos para humanizar la tierra. De nada vale la fe de alguien que cree en la intervención milagrosa de la Virgen si luego no está dispuesto a comprometerse en la transformación de la sociedad.
A don Bosco –como a todos los santos y santas- la confianza en la madre de Jesús le llevó a comprometerse radicalmente, más allá de unas fuerzas humanamente previsibles, en hacer el bien. Claro que el creyente pone sus fuerzas en manos de lo sobrenatural cuando vive situaciones difíciles…pero lo que se pide es ánimo para seguir adelante, no una huida cobarde. Rezar no es pedirle a Dios que Él haga lo que nosotros queremos, sino pedirle fuerzas para que nos ayude a que nosotros hagamos lo que Él quiere que hagamos. El “hágase tu voluntad” de Jesús es todo lo contrario al “haz mi voluntad”. Ni Jesús deseaba morir en la cruz, ni María deseaba que su hijo acabará ejecutado como un malhechor. Su poder no le sirvió para un beneficio propio…sino para aceptar la cruz y así transformar la Historia.
Querido amigo escéptico, creo que es urgente que hoy abramos los ojos; hay muchos milagros a nuestro alrededor y mucha dificultad para verlos, tal vez nuestra mirada esté acostumbrada a captar más fácilmente las desgracias que las bondades; hay personas buenas, soñadores que se van al Tercer Mundo a apostar por los más pobres, gente que cuida enfermos y ancianos, jóvenes monitores que se entregan educando a los más pequeños, colectivos que ayudan a inmigrantes y refugiados, personas que abren su casa a los que no tienen, voluntarios que a través de Cáritas o de otras asociaciones se comprometen por los más vulnerables, vecinos solidarios capaces de ayudar en tiempos complicados…hombres y mujeres, con gran variedad de credos y opciones, entiende la vida desde el compromiso por los demás. Y así, hay toxicómanos que dejan las drogas; chavales con heridas profundas que aprenden a caminar en la vida; enfermos que son amados; mujeres que por fin creen en sí mismas, refugiados que encuentran acogida… La generosidad produce milagros extraordinarios a nuestro alrededor.
Jesús denunciaba a aquellos que “teniendo ojos, no ven, y teniendo oídos, no oyen”. Existe la bondad y todas las devociones deben ayudar a multiplicarla. Es ahí donde encuentra sentido el “Sabréis lo que son milagros” que tú no acabas de aceptar. La auténtica devoción es confiadamente comprometida y generosamente entregada, lo demás es superstición.
Así que, ya sabes, abre los ojos, mira las situaciones de injusticia y dolor que hay a tu alrededor, mira tus manos y tus posibilidades…mira a María de Nazaret y confía en ella sabiendo que ella confía en ti.
Haz esto y, te lo aseguro, verás lo que son milagros.
Interpretación: Bradley Cooper (Pat), Jennifer Lawrence (Tiffany), Robert De Niro (Sr. Pat), Jacki Weaver (Dolores).
Guion: David O. Russell.
Música: Danny Elfman.
Fotografía: Masanobu Takayanagi.
La enfermedad mental ha sido uno de los temas más recurrentes en la historia de cine. Han sido muchos los directores que han echado mano de este tema para abordarlo desde diferentes géneros.
El director David O. Rusell toma el género de la comedia para hacer un film amable y sencillo sobre una persona con trastorno bipolar.
La película cuenta la historia de Pat Solitano (Bradley Cooper), un profesor que vuelve a casa con sus padres tras haber pasado 8 meses en una institución mental por agredir al amante de su mujer. Su obsesión es reconciliarse con su exmujer a pesar de tener una orden de alejamiento y ser perseguido implacablemente por un policía encargado del buen uso de la libertad del enfermo. Cuando parece que todo se tranquiliza aparece en su vida Tiffany (Jennifer Lawrence), una chica viuda con evidentes trastornos psíquicos. Juntos, y con la escondida colaboración de la familia, intentarán salir de su enfermedad apoyándose mutuamente y creyendo firmemente el uno en el otro.
Los encuentros y desencuentros de la pareja van discurriendo a un ritmo vertiginoso. El guión, tan previsible como ágil, mantiene una frescura y un desparpajo tales que lleva de la sonrisa a la carcajada e incluso a la lágrima.
En el film todos los personajes, incluido el siquiatra, tienen algún tipo de desequilibrio. El padre es un supersticioso adicto a las apuestas, el amigo de Pat, a la vez que le da consejos para volverse a enamorar, huye con frecuencia de la monotonía de su propio hogar, el psiquiatra se manifiesta un apasionado del fútbol americano en cuyos partidos pierde las formas y se comporta alocadamente. Todos, quien más quien menos, tiene alguna chifladura.
De ahí que a lo largo del film vayamos descubriendo que es muy frágil la delimitación entre locura y cordura, a pesar de la tendencia que tenemos a etiquetar a los enfermos mentales. Al estigmatizar estas enfermedades tenemos que hacer un ejercicio de auto introspección para descubrir lo propios desajustes personales. Hace falta acoger desde la normalidad a la persona enferma y tratarla, antes que como un enfermo, como una persona.
La acogida que Pat vive, la confianza que los suyos depositan en él y en sus posibilidades, la cercanía de los seres queridos y la presencia de Tiffany, que necesita ser ayudada y en quien Pat deposita toda su confianza, harán posibles la recuperación del enfermo y el crecimiento de todos los que intervienen en el proceso de curación.
Aquí está uno de los aciertos del film al mostrar que sólo el amor es capar de resituar a las personas en su propia identidad y ayudarlas a tomar el lado bueno de las cosas sin caer en la desesperanza.
Historia de redención y de amor, de intentos y pequeños éxitos, “El lado bueno de las cosas” no es una gran película, es –eso sí- un film divertido, humano y altamente recomendable. Con unas actuaciones correctas en la que destaca la oscarizada Jennifer Lawrence, la película toca el corazón del espectador y le invita a ser mejor persona. Viéndola, uno puede recordar el poema de Silvio Rodríguez
“Debes amar la arcilla que va en tus manos, debes amar el tiempo de los intentos, sólo el amor consigue encender lo muerto, sólo el amor engendra la maravilla”
Casi se me pasa. El 10 de Febrero de 2004 falleció mi madre. Han pasado 16 años. El entierro de mi madre, como antes había sido el de mi padre, fue para mí –sacerdote- un acontecimiento muy especial. A la vez que sentía la punzada del dolor, sentía también la cercanía y la amistad de muchas personas, muchas de ellas, jóvenes.
Soy hijo único. Mi padre y mi madre vivieron casi tres años conmigo en mi comunidad. En 2001 falleció mi padre. Siguió con nosotros mi madre, que vivió sus últimos años rodeada del amor de mis hermanos salesianos que la trataron como si fuera su madre y de muchos jóvenes, que la quisieron como a una abuela buena.
No suelo escribir las homilías. Ese día lo hice; era lógico, no quería que la emoción me traicionara, en caso de que no pueda seguir, pensé, le doy el papel a otro cura y que siga leyendo.
Pero pude. Con la voz entrecortada y emocionándome en algún momento, pude.
Muchas personas, todavía ahora, recuerdan aquel momento y aquella homilía. Hoy la releo 16 años después y no cambiaría ni una palabra.
Ahí va.
ESTE ES MI CUERPO QUE SERÁ ENTREGADO…ESTA ES MI SANGRE, QUE SERÁ DERRAMADA
Queridos hermanos y hermanas:
El viernes día 30 de Mayo del año pasado, tras un invierno y una primavera muy malas en la salud de mi madre, la subí al coche y marchamos a Urgencias al Hospital San Jorge.
Allí, como siempre, mi buena prima Mamen me dijo desde un primer momento, que el problema de salud que tenía mi madre era grave. Mi amigo el doctor Miguel Marigil me hizo saber que tenía una enfermedad pulmonar intersticial y que, en la mayoría de los casos eran fatales. Empecé entonces, junto a mi madre un Vía Crucis de días y de noches en los que la ilusión, el miedo, la incertidumbre, la pena infinita y la fe han andado a trompicones por mi vida.
La situación clínica pareció mejorar los primeros días, pero pronto nos dimos cuenta de que era un espejismo y que el mal seguía haciendo daño a la ya maltrecha salud de mi madre.
Tuvimos que desplazarnos en ambulancia hasta Zaragoza. Allí pasamos cinco días duros en los que la esperanza empezó a derretirse como se derretía la ciudad bajo el sol implacable de aquellas jornadas. Todos estos padecimientos mi madre los llevó con una dignidad admirable. A mediados de Julio y con el resultado de la biopsia delante, me comunicaron que el final estaba muy próximo.
Durante un mes esperamos la muerte en la habitación 510 de San Jorge. Para desconcierto de todos, la situación fue superada y el día 14 de Agosto le dieron el alta con el seguimiento cercano de la Unidad de Cuidados Paliativos. Fue entonces a vivir al Centro Socio Sanitario de Chimillas, donde siguió con la estabilización de su salud y una aparente mejoría. En Octubre ingresó en el Hospital Provincial, donde permaneció más de dos meses intentando una rehabilitación que fue sólo parcialmente posible. El 17 de Diciembre volvió a la Residencia de Chimillas. El día de Navidad vino a comer a nuestra Casa Salesiana…su casa lo continuó haciendo los otros domingos y días de fiesta. También el día de Reyes…ese día los Reyes Magos subieron a la comunidad a hacerle obsequios. El domingo día 25 de Enero se puso muy enferma en la comunidad, tuvimos que llevarla a Chimillas de nuevo. Al día siguiente ingresó en el Hospital San Jorge.
El final de esta lucha rabiosa y resignada ya lo conocéis.
Durante este tiempo, los Hospitales han sido una época de cruz y de resurrección. Dios ha puesto en estos casi nueve meses a mi madre y a mí unas situaciones que hemos vivido juntos desde la compañía y el amor.
Nos hemos sentido cercanos de la hospitalización de José Luis, Pablo, Gregorio y otros amigos… hemos recibido un sinfín de detalles de muchas enfermeras amigas y de mucho personal que se ha hecho presente en las diversas habitaciones en las que hemos estado, nos hemos sentido acompañados por el servicio religioso del Hospital. He conocido a la familia de Carlos, que a los 17 años está viviendo un cáncer, a la de Miguel, que a sus 16 a los ha vivido un trasplante de corazón. Nos hemos sentido admirados de la profesionalidad y la paciencia del personal de la planta. Hay nombres que me sonarán durante mucho tiempo: Pepita, Reyes, Toni, Sheila, Trini. Hemos recibido un acompañamiento técnico y profundamente humano de los médicos que han estado con mi madre.
También en este tiempo, de cruz hemos estado cerca de otras cruces, la de mi amigo Guillermo, con el que compartimos una semana de Hospital en la que me preparó algún bocadillo y en la que murió su madre, María José, después de tantos años de enfermedad, la de Mercedes Miravé, madre de las salesianas Pilar y Blanca Polo, la de mi tío Julio que se nos iba después de tantos años de enfermedad, la de nuestra querida señora Vicenta, madre de Lourdes y del salesiano Luis Aineto, la del abuelo de Jorge Estudillo, la de la madre de Nieves y el padre de Raquel, que fallecerían a lo largo de estos días, la de P. R., con quien estuvimos en el Hospital los días de San Lorenzo, la de la abuela de Jesús Pardo, y de una manera particular, la de la señora V., de Sabiñánigo, con la que durante tres semanas fuimos compañeros de habitación. Con su familia estrechamos lazos de cercanía, sus hijas se convirtieron en excelentes enfermeras para con mi madre. V. murió en Julio el mismo día en que nos trasladaban a Zaragoza.
En todas estas situaciones hemos compartido el dolor, la esperanza y la fe. Doy gracias a Dios por este tiempo largo de Hospitales, doy gracias por haber estado con ella, haberla acariciado, besado, limpiado, acompañado al baño, cogido en brazos, empujado en su silla de ruedas, animado… Mi madre tomó conciencia pronto de su situación, la fue asumiendo y su final ha sido admirable. Doy gracias por haber vivido los últimos 8 años de mi vida con mi madre y con mi padre. Doy gracias a Dios porque la Congregación Salesiana me ha permitido acompañarla muy cercanamente en los últimos momentos de su vida como hace dos años y medio lo hice con mi padre.
Como cristiano, Creo profundamente que Dios se hace cuerpo y sangre, pan y vino… es decir, historia humana, con sus avatares y sus múltiples situaciones. Por eso me es inevitable recordar retazos de la Historia de mi madre con la certeza de que es para mí auténtica Historia Sagrada como la que aprendíamos de niños.
Necesariamente recuerdo trozos de historia de mi madre
La pena que tenía por no haber podido tener más hijos
Su ilusión el día de mi primera comunión
Su delantal cubriendo mi cabeza empapada en sangre cuando siendo niño me dispararon con una carabina de aire comprimido
Su cuidado a mis abuelos hasta que les llegó la enfermedad y la muerte
Su amor reverencial a mi padre
Su preparación del corazón de mi padre antes de que llegara la noche en que le dije que quería ser cura
la primera vez que vino a la Residencia Provincial de Niños y vio el amor y la pobreza con que vivían los salesianos
Su ilusión desbordante el día de mi ordenación sacerdotal y de mi primera misa en el pueblo
Su paso, junto con mi padre por las comunidades salesianas en las que he vivido
Su acompañamiento y su entereza en la muerte de mi padre
Su vida en nuestra comunidad de Huesca
Su amor a la vida y a las cosas sencillas (los recuerdos que hay en casa)
Su fidelidad a la familia y a los amigos
Su rosario diario (antes con mi padre)
Su extraordinaria generosidad, daba todo, siempre hacía cosas para los demás, cuadros de hilo, conservas de tomate, melocotones, espárragos… regalos a todos los sobrinos que comulgaban (también cuando ya no vivía mi padre)
Su capacidad de hacer de la mesa y la comida un auténtico sacramento
Su acogida en Casa a todos: salesianos… amigos… chavales… toxicómanos, pobres, pequeños delincuentes con los que yo compartí mi vida…
En los días de Hospital me preguntaba por todos y cada uno… Felicitó a Anselmo por su próximo cumpleaños cuando ya pensábamos que iba perdiendo la conciencia y se interesó por las raspaduras que tenía en el brazo. Cuidó los detalles hasta el final. Sonreía a las enfermeras y les agradecía las curaciones que le iban haciendo, sonreía incluso cuando se estaba muriendo… agradecía todos los detalles, manifestó dulzura hasta el final.
Cierra las ventanas, que le molestan a esta señora
Aféitate
Vete a pagar el cuadro a la tienda… se extrañará de que no vaya
Aunque la frase que más decía era ¿Cuándo volveré a Casa? (refiriéndose a la Casa salesiana)
Recuerdo su último cumpleaños vivido en el Hospital rodeada de la comunidad.
Hemos proclamado dos lecturas de la Palabra de Dios que me remiten a la vida de mi madre. En el Evangelio hemos escuchado el relato de la Institución de la Eucaristía. Jesús dice este pan es mi cuerpo, que será entregado, este vino es mi sangre, que será derramada. Y en la primera lectura hemos leído un texto de los Hechos de los Apóstoles en el que se nos cuenta cómo en la primitiva comunidad cristiana había una mujer, la Virgen, que era madre y estaba en medio de los apóstoles.
Sobre estas dos lecturas me hago dos preguntas. Para la primera no tengo respuesta, para la segunda, sí. ¿Qué sentiría mi madre cuando participaba de las Eucaristías que yo presidía? ¿Qué debía sentir ella que me había engendrado, amamantado, criado… cuando me oía decir este es mi cuerpo… esta es mi sangre?? ¿Qué debe sentir la madre de un sacerdote cuando escucha a su hijo decir “este es mi cuerpo… ésta es mi sangre” refiriéndose al cuerpo y la sangre de Cristo? … No tengo respuesta; Supongo que, como a mí, esas palabras le desbordaban.
Con respecto a la primera lectura ¿Qué debe sentir la madre de un religioso hijo único cuando ésta vive con la comunidad de su hijo?… Ah, a esto sí que tengo respuesta: se siente madre de más hijos.
Pero estas dos lecturas nos hacen referencia sobre todo a Jesucristo, el Hijo de Dios, resucitado, vivo, presente entre nosotros. Él nos ha dado a conocer que Dios es tan extraordinariamente humano que se hace presente en medio de nuestra vida… aunque lo estemos pasando mal.
Cuando llego hasta aquí, presidiendo la Eucaristía del entierro de mi madre, y movido por la lectura de la palabra de Dios, sabiendo que soy animador de la fe y de la vida de una parroquia salesiana, quiero públicamente reafirmar la fe que recibí de mis padres. Por eso sólo quiero decir una palabra: CREO.
Creo en Dios, Padre y Madre. Creo que es tan grande que se manifiesta en las cosas más pequeñas, en la ternura, en el beso… en el amor de una madre.
Creo en Jesucristo, su Hijo, nacido de María de Nazaret. Creo que pasó por el mundo haciendo el bien, lo mataron en una cruz y resucitó. Creo que en su vida sencilla y comprometida Dios se nos ha dado a conocer. Fueron mi madre y mi padre quienes me enseñaron a quererle a través de sus palabras y de su vida.
Creo en el Espíritu Santo. Lo descubrí presente en mi madre, en su sencillez, en su sonrisa, en sus guisos, en sus besos, en las conservas de melocotón, tomate y espárragos, en los cuadros que hacía, en su afán por sembrar alegría en donde estaba, en la bendición que su sonrisa aportaba en nuestra comunidad.
Creo en la Iglesia. Es la comunidad de seguidores de Jesús. Mi padre y mi madre me hicieron cristiano y nunca lo agradeceré bastante. Creo que la Iglesia, aunque a veces vieja y lenta, es la gran familia de los hijos de Dios. Creo que alienta la vida de la gente y acoge a quienes nadie quiere acoger. Creo en una Iglesia que apuesta por los pobres, por las formas débiles, por los chavales, por los emigrantes, por los toxicómanos, por las prostitutas, por los oprimidos, por los sencillos, por los enfermos, por los excluidos… por los que no cuentan.
Creo en las personas. Creo que, por más que en los medios de comunicación se acentúen las desgracias, la violencia y el sinsentido de vivir sin amor, los seres humanos son buenos. A través de las personas Dios se nos da. Creo que tía Carmencita, Rocío, Tere, Mamen, Blanquita, Angelines, Pepita, Lourdes, Pilar, Gloria, Carmen, la hermana Victoria, José Manuel y Maite, las enfermeras, los doctores Verdún, Marigil, Egido, Marco… y toda la gente que han estado cercanos en este tiempo son personas muy buenas como lo son la mayoría de los seres humanos.
Creo en la Cruz. Creo que el sufrimiento es causa de liberación. Creo que los seres humanos incapaces de asumir el sufrimiento se sumen en la cobardía y la poquedad. Creo que en la Cruz hay más vida que muerte. Creo en los crucificados, en los pobres, en las víctimas, en los drogadictos, en los inmigrantes, en lo refugiados, en los enfermos, en los mutilados, en aquellos que necesitan de los demás para poder sobrevivir.
Creo en la familia, en los padres, en los hijos, en los abuelos, en los hermanos, los tíos, los primos… Creo que en la familia se experimenta lo que es la Iglesia. Creo que apoyar a las familias es apoyar el Reino de Dios en nuestra Historia.
Creo en los amigos, en la gente a la que gratuitamente queremos. Creo que en la amistad descubrimos al Dios amigo que nos lo da todo gratis. Creo en los amigos que se sacrifican por los demás, por los que son capaces de reír y de llorar con uno.
Creo en la Familia Salesiana, creo profundamente que los hijos de don Bosco son un regalo que Dios ha hecho a su Iglesia. Creo en los Antiguos Alumnos, en la Asociación de María Auxiliadora, en la Asociación de padres, en los grupos que practican deporte, en los profesores, en los monitores, en los catequistas… Creo en toda la familia salesiana.
Creo en mi comunidad salesiana, de la que formaron parte mi padre y mi madre. Creo que está formada por hombres buenos, por religiosos que, como don Bosco, aman profundamente a los jóvenes. Creo que, antes que nada, es una comunidad de hermanos donde nos queremos y donde acogemos. Creo que Cristo está presente en nuestra comunidad y en cada uno de los hermanos.
Creo en los jóvenes. Sólo ellos son la semilla de una sociedad nueva y de una Iglesia distinta. En ellos estalla la alegría y el afán por vivir en la honestidad y en la amistad. Creo en los jóvenes porque mi madre y mi padre me enseñaron a creer en ellos a través de sus gestos de acogida y de misericordia y de regalarme a la Iglesia para que sirviera a los jóvenes.
Creo en los pobres, en los marginados, en los transeúntes, en los que no cuentan…en todos aquellos a los que mi madre les puso un plato en la mesa. Creo que no podemos entender a Dios sin atender a los que habitualmente excluimos de nuestra vida. Creo que la Iglesia sólo se encontrará a sí misma si se encuentra brutal y apasionadamente con los pobres.
Creo en los que buscan la justicia, en los revolucionarios. Creo en los que dicen No a cualquier guerra y a cualquier injusticia. Creo en la vida. En la gente sencilla que disfruta del café, del vino y de la amistad abrazando a quien lo pasa mal. Creo en quienes se rebelan… en quienes se escandalizan ante una sociedad que sigue la telebasura y ensalza a los ricos en lugar de apiadarse por los enfermos y por los que sufren. Creo en el modelo de vida y en el amor que mis padres vivieron y me enseñaron.
Creo que mi madre vive. Creo que está disfrutando del amor de Jesucristo. Creo que está con don Bosco, con María Auxiliadora… con mamá Margarita… con todos los santos. Creo que mi madre está con mi padre, con su Jaime. Dios se ha tomado tan en serio la vida de las personas que necesariamente nos tiene que unir en la vida eterna. Por eso, y así se lo dije a ella, creo que mi madre vive en Dios y creo que a ella las puertas del cielo se las ha abierto su marido, Jaime, mi padre.
(Huesca, 11 de Febrero de 2004)
Entrada al Santuario de la parroquía Mª Auxiliadora en Huesca (Salesianos Huesca)
Están entre nosotros. Transitan caminos no muy recorridos por los biempensantes de turno. Cuando menos te lo esperas, te los encuentras. Han apostado a perder y comparten la vida con los derrotados y marginados. Hay quien dice que “están viejos…y se acaban” …pero ahí están.
Un día les juraron a Dios y a la comunidad que les serían fieles hasta el final, que se dejarían la piel, las tripas y el corazón por la causa de los pobres y los excluidos sin esperar nada a cambio, que incluso se harían uno de ellos…y ahí siguen, siendo signos de contradicción en la sociedad y en la misma Iglesia.
Son los religiosos y las religiosas, que se pasean entre las costuras más desfavorecidas de la historia apostando por ser, desde la fragilidad, instrumentos de la ternura de Dios en un mundo que exalta la frialdad y las seguridades.
Abandonaron lo suyo y a los suyos y abrazaron un mundo que, lejos de ser enemigo del alma, era claustro y sagrario en el que iban a experimentar la apasionante aventura de vivir y vivirse cerca del Dios encarnado. Estudiaron carreras civiles y las pusieron a disposición de la gente. Otros se sumergieron en la investigación teológica para reflexionar y animar la renovación de la Iglesia en medio de muchas incomprensiones.
Y allí siguen, más viejos, más humanos, más puros. Comparten la vida con los jóvenes en las Escuelas, los Centros de Tiempo Libre y las casas de acogida; con los inmigrantes y refugiados en las playas y los refugios; con las mujeres maltratadas, con los chavales crucificados por la droga y con las madres que hacen de la maternidad un sacramento de la donación, con los locos, los enfermos, los ancianos, los solos…los últimos.
Por ahí andan los religiosos y las religiosas; en los Hospitales y los psiquiátricos, en los patios y las aulas; en los escenarios y las calles; en los laboratorios, las bibliotecas, los monasterios, las editoriales, las parroquias, los centros asistenciales, en los barrios y en los pueblos.
Caminan también por los ámbitos de la cultura, el arte, la ciencia y la laicidad militante, siendo testigos de una trascendencia casera y cercana que valora lo humano de una forma divina. Ahí siguen, ocupándose de los más menesterosos a los que la sociedad excluye. Derrochan generosidad y amor mientras se desviven sin exigir nada para sí mismos…siendo testigos del crucificado, atisbando rendijas de luz y resurrección en medio de una Historia que en su día se fascinó por la oscuridad.
Optaron por la pobreza en un mundo que se arrodilla ante el dinero; se inclinaron por la castidad en una sociedad que prioriza el placer y el descompromiso, escogieron la obediencia en un momento social en el que se considera libre al que hace lo que quiere, sin ataduras ni compromisos. Hicieron estas opciones para amar más y ser más libres.
Decidieron que su familia fuera la Humanidad y su patria fuera el Mundo. Derribaron las fronteras de su propia tierra y las aduanas de sus vidas y se hicieron universales por el amor de Dios. Asumieron vivir en comunidad, renunciando a lo suyo, a lo exclusivo, a su propiedad privada, y optaron por compartirlo todo…su dinero, sus ganancias, su existencia…todo. Trabajan codo a codo con muchos laicos con quienes comparte misión y amistad.
Hicieron en su día una ofrenda generosa de sus vidas y ahora, cuando la salud y los achaques van resquebrajando sus pieles, su existencia se torna más profunda y entregada, más hermosa y resucitada.
Convirtieron su vida en un altar en el que sacrificar la propia historia para ser felices desde la entrega y la donación. Por eso inician y terminan su jornada haciendo oración personal, meditando y rezando comunitariamente la liturgia de las horas. Allí encuentran, dicen, a Aquel que un día les llamó; allí renuevan lo que son; allí, en la oración y la eucaristía, afianzan su identidad.
Se han convertido, en nuestro mundo, en signos de contradicción en los que, a pesar de las edades, sus vidas son la denuncia de una sociedad vacía, ególatra y burguesa. Son una parábola de otro modo de vivir en libertad… con la única atadura que provoca el amor.
Se nos han ido, a veces, a paisajes tercermundistas, a lugares donde nadie se acerca a veranear ni entretenerse. Los encuentras en Siria, en Camboya, en Ruanda…en países cuyos nombres no aparecen en las agencias de viajes. Cuando han sufrido el secuestro, la tortura o la muerte, siempre hay quien se apresta para sustituirles entregando la propia vida.
Son los religiosos y las religiosas. Un día se sintieron fascinados por Jesucristo y, desde diversos carismas, decidieron seguirle siempre y radicalmente. Y es que lo que les mueve es el amor… y aman libérrimamente.
Son en nuestro mundo una provocación, un grito a contracorriente, una profecía insultante que pone en evidencia nuestras contradicciones y silencia nuestras excusas. Son en nuestra Iglesia una bendición que testifica que el seguimiento radical de Jesús es fuente de una profunda alegría.
Algunos dicen que están pasados de moda…pero ahí siguen, convencidos de que la fuerza del resucitado puede trasformar la Historia; dispuestos, desde la sencillez de sus vidas, a desenmascarar nuestras cobardías.
El 2 de Febrero la Iglesia recuerda a los religiosos y religiosas en nuestro país. Gracias por la generosidad de estos hombres y mujeres que testimonian que la utopía de un mundo más humano no es un sueño inalcanzable.