INVOCAR, PROVOCAR, CONVOCAR

El tema vocacional siempre ha estado muy presente en la Iglesia. La actual crisis de vocaciones religiosas ha llevado a que la comunidad cristiana se pregunte desconcertada qué está haciendo mal y en qué se ha equivocado.

Ciertamente los tiempos no son nada fáciles. En una cultura postmoderna y líquida no es fácil que los jóvenes se planteen el sentido de sus vidas. Los mismos programas educativos europeos han escatimado la dimensión espiritual de las llamadas competencias básicas, dando por supuesto que hay que formar personas prácticas, políglotas, con habilidades digitales y poco reflexivas.

Hacer que los jóvenes descubran el sentido de sus vidas es lo mismo que animarles a que reflexionen sobre a qué son llamados para dar lo mejor de sí mismos. En los jóvenes cristianos hay una urgencia de la experiencia de búsqueda para discernir qué es lo que Dios quiere de ellos para que sean plenamente felices.

Ésta es una llamada importante para los educadores. A nosotros nos toca ser servidores que animen a los jóvenes a hacer su propio proyecto de vida teniendo a Jesús de Nazaret como centro.

Es necesario, pues, invocar al Dios que nos llama. De entrada, a los animadores de la fe nos toca ser hombres y mujeres orantes, que invocamos a Dios y lo tenemos permanentemente en nuestro horizonte. No podremos comunicar nada que no vivamos. La invocación al Espíritu de Jesús debe ser una característica del animador vocacional. Se nos pide ser personas profundas, orantes, de Espíritu.

Sólo así nuestra vida podrá ser una provocación. Nos toca también provocar, ir a contracorriente de un mundo que, con frecuencia, excluye a los pobres y menosprecia a los débiles. Nuestras comunidades cristianas deber ser una profecía de fraternidad y misericordia. La ternura, la pobreza, la entrega, el compromiso por los oprimidos deben marcar el ritmo de las comunidades. Nuestra vida como animadores vocacionales debe ser tan comprometida que sea una provocación valiente en un mundo que esconde el amor. Nuestras presencias de Iglesia deben ser testimoniales e incómodas en medio de una sociedad que se ha arrodillado ente el dinero y ha arrinconado la interioridad.

Por último, creo que es desde esa invocación y esa provocación, desde donde tenemos que convocar. Dios llama, lo ha hecho a lo largo de toda la Historia de la Salvación. Los grandes personajes veterotestamentarios se sintieron llamados por un Dios que les cambiaba los planes y les comprometía. En el Nuevo Testamento, María de Nazaret, Isabel, Juan Bautista…escudriñaron la Historia para descubrir la llamada de Dios y vivir su vocación. También Jesús llamó a muchos para seguirle. La llamada de Jesús es siempre una propuesta, nunca una imposición.

Nosotros tenemos que ser hoy instrumentos de esa propuesta. Es necesario convocar con nuestras palabras, nuestra vida y nuestro testimonio. Son muchos los jóvenes que, acompañados desde el afecto y la autenticidad por personas concretas y por una comunidad, pueden descubrir esa llamada. No se trata de algo excepcional y extraño. Hay que dar pasos para ir creando una cultura vocacional que normalice la propuesta y la respuesta.

Por todo esto y por la actualidad del tema, sugiero la lectura del libro de Jorge Juan Reyes “10 preguntas para comprender hoy la animación vocacional”. Desde la reflexión teológica y las sugerencias pastorales, el autor hace una exhaustiva reflexión sobre la animación vocacional.

Gracias, Jorge, por este libro cuya lectura invita a invocar, provocar y convocar. Gracias por este libro que nos anima a seguir siendo servidores de los jóvenes.

JOSAN MONTULL

Para seguir la presentación en el canal de Salesianos SMX haz click en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/user/SalesianosSMX

BOTELLONES PANDÉMICOS

De nuevo los jóvenes están en la palestra mediática porque, al parecer, hay en ellos un continuo menosprecio de las normas sanitarias. Las fiestas privadas y los botellones se han convertido en una fuente importante de contagio en la pandemia que, además, solivianta a la población al ver un acto de irresponsabilidad manifiesta.

Nada que objetar al respecto, a todos se nos ponen los pelos como escarpias cuando vemos en los medios esas situaciones de jóvenes que se saltan la ley, sin mascarillas ni distancias de seguridad, y ponen en peligro la salud de todos.

Hay, es sí, unas cuantas cosas que quisiera decir al respecto:

La pandemia nos ha exigido una forma de relacionarnos absolutamente a contracorriente. Hemos pasado de lo bueno del compartir, a no prestar nada nuestro; de lo bueno de relacionarnos a la exigencia de guardar distancias; de la grandeza de una reunión de amigos o de familia a tener que contar con cuántos podemos reunirnos; del “dale un beso al abuelo” al “no te acerques que lo puedes contagiar”.

Lo cierto es que las personas necesitamos acercarnos, abrazarnos, besarnos, tocarnos…necesitamos expresar el afecto, lo que somos y sentimos a través del contacto corporal y la cercanía física. Todo eso ahora se nos ha vetado, y es lógico que así sea, pero supone una contención al impulso que ciertamente nos violenta e implica un autocontrol de mucha madurez.

Durante el desconfinamiento se pensó en los ancianos para que salieran a pasear, en los adultos para que salieran a hacer deporte, en los niños para que tuvieran sus espacios horarios… pero los adolescentes y jóvenes no tuvieron en ese momento su espacio para la fiesta y la amistad.

En la adolescencia y la juventud, todos los sentimientos están a flor de piel y hace falta un autocontrol extraordinario para reprimirlos, por eso comprendo –que no justifico- esos estallidos de fiesta incontrolada de grupos de jóvenes.

No obstante, hay algo que también tiene que ser resaltado; el botellón ya estaba ahí, y ya estaba prohibido… pero nadie hacía nada por denunciarlo y perseguirlo. Los chavales se han acostumbrado a saltarse la ley con total impunidad, sabiendo que la autoridad -paternalista y blanda hasta las trancas- mira para otro lado. Nunca se ha buscado una solución al tema del botellón, por más que fuera ilícito, y nuestros jóvenes se han acostumbrado a una ilegalidad consentida en la que se mueven muy cómodamente. Ahora nos llevamos las manos a la cabeza por el peligro de los contagios, pero hasta ahora nadie ha hecho gran cosa para evitar estas movidas multitudinarias que acaban dañando a los mismos jóvenes.

Hay una cuestión más. Las autoridades han perdido toda credibilidad moral para pedir nada. Nuestros chavales están hiperconectados con la red, pueden chatear y comunicarse inmediatamente con miles de personas, pueden incluso sumergirse en los juegos de azar permitidos y hasta promovidos por muchas administraciones públicas, pero, sin embargo, están desconectados de los representantes políticos y lo que estos digan les trae sin cuidado. Y tiene su lógica. El espectáculo de nuestros representantes políticos, siempre enfrentados, divididos, con el insulto como estrategia, con temas baladíes que resucitan para alentar la confrontación, con riqueza acumulada de quienes son servidores públicos…este espectáculo permanente en medio de una situación tan dramática como es la pandemia, les desacredita ante los jóvenes que ignoran cualquier consejo que venga de ellos. Tristemente hoy muchos políticos les pueden decir bien pocas cosas a los jóvenes.

Claro que esto no es una patente de corso para que nuestros chavales puedan hacer lo que les dé la gana poniendo en juego su salud y la de los demás. Les va a tocar a los educadores, enseñantes, sanitarios y voluntarios orientar a los jóvenes llamándoles a la paciencia, el respeto y la prudencia. Es mejor que los representantes políticos no digan nada, casi puede ser contraproducente; dejen a los profesionales de la educación esta tarea nada fácil.

Finalmente, me parece necesario añadir algo. Cada vez que los medios hablan de los jóvenes lo suelen hacer negativamente. La estigmatización de los chavales es permanente. Basta con poner la palabra “jóvenes” en el buscador de Google, para que inmediatamente aparezcan los botellones, los contagios, los excesos, las multas y las faltas de ciudadanía. En los medios de comunicación ocurre lo mismo: los jóvenes, como colectivo, son habitualmente desacreditados con hechos negativos. Rara vez se habla de la inmensa mayoría de jóvenes responsables y generosos. No se suele hablar del voluntariado, en donde numerosos chavales entregan muchas horas de su vida, o de organizaciones solidarias animadas por jóvenes. Hay entre la gente joven monitores y monitoras de Centro de Tiempo Libre, catequistas de niños y jóvenes, animadores sociales, cooperantes internacionales, universitarios que enseñan la lengua a inmigrantes, chicos y chicas que hacen voluntariado en Caritas, en Cruz Roja, en Proyecto Hombre, en Centros de ancianos, en proyectos con discapacitados, en organizaciones que luchan por la dignidad de la mujer… a pesar de las dificultades para acceder al mundo laboral y a un futuro esperanzador, hay, les aseguro, miles y miles de adolescentes y jóvenes maravillosos, que entienden la vida desde la donación y la generosidad. Rara vez se habla de ellos; da la sensación de que no existen…y los hay a miles.

Dicen que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Ante la sonoridad de botellones -tan comprensibles como injustificables- que son estruendosos como un árbol que cae, existen miles de chicos y chicas que hacen de su vida un regalo. Tal vez haya llegado el momento en que se haga justicia y esta juventud tenga la relevancia informativa que merece.

En medio de la algarabía de los botellones de los jóvenes y del griterío sonrojante de nuestros políticos, estos chavales responsables y entregados hacen en silencio, con sus gestos, un mundo más habitable y humano.

JOSAN MONTULL

LO QUE AHORA SE VE

Seguimos mirando a los ojos a la pandemia. Seguimos afrontando nuevas situaciones, a veces complicadas. Ahí andamos, entre fases y desfases, entre brotes y rebrotes, intentando doblegar el miedo y la desgracia.

Y es ahora, precisamente ahora, cuando la sociedad pone sus ojos asustados en unas realidades que ya estaban allí y a las que nunca solíamos mirar con sinceridad.

Ahora se va descubriendo que existen los ancianos, que en algunas residencias –no en todas, por supuesto- son aparcados desde el olvido a veces en condiciones poco saludables. Muchos de ellos se dejaron la vida a girones en otros tiempos para que el progreso y la libertad llegaran hasta nosotros. Muchos han muerto en soledad en la pandemia. Unos 50 han sido enterrados recientemente sin que nadie los echara de menos, sin que nadie les acompañara o preguntara por ellos.

Descubrimos que hay jóvenes, que desde hace años y en medio de una sociedad permisiva hasta el tuétano, han hecho del botellón, la noche y las supuestas fiestas una provocación a la salud y a la amistad. Y ahora les culpamos de lo que hemos construido para ellos. En un país como el nuestro en el que los educadores han sido tantas veces ignorados y en el que a los chavales se les han hurtado referencias éticas para crecer, ahora les vemos saltándose la noche y la prudencia, como siempre habían hecho. Y el dedo acusador les señala y les afea su conducta imprudente.

Descubrimos que hay un turismo deleznable que llega a nuestro país, animado por una publicidad que garantiza el exceso, para burlarse de la dignidad con el alcohol, las drogas y estulticia mientras esto se pague con dinero contante y sonante. Son los tipos del balconing y el desmadre absoluto, los que rompen las reglas y el mobiliario, los que se ponen hasta las trancas de alcohol y sustancias porque se lo pueden pagar y porque su locura beneficia a otros.

Descubrimos que hay temporeros, que acuden a millares desde hace años para hacer un trabajo que ningún autóctono quiere hacer y se ven con frecuencia obligados a dormir hacinados en locales insalubres o en las calles de las ciudades. Ahora, precisamente ahora, hemos visto cómo viven y sobreviven entre nosotros.

Aparecen de nuevo los inmigrantes ilegales, que son recluidos en los CIES y se afanan por escapar del horror, la violencia y el hambre. También se vuelve a hablar de pateras y llegadas masivas de personas africanas que buscan refugio, dignidad y paz. Llegan a un paraíso canalla donde al menos no tienen guerra y terror.

Y es que algunos de los brotes con de nuevo nos castiga el coronavirus parece que tienen su entrada a través de estos colectivos.

Los miramos ahora, y hasta hay quien les culpabiliza, quien se manifiesta escandalizado y trastornado por unas conductas y unas vidas a las que se les imputan todas las idas y venidas de la supuesta normalidad con que la pandemia nos zarandea. Pero estos colectivos, estas personas ya estaban antes, siempre han estado ahí, aunque no les quisiéramos ver y echáramos la vista para otro lado. Han salido a la luz precisamente ahora.

Que gran cosa sería que, dentro de unos meses, podamos mirarlos desde el respeto más absoluto sabiendo que todos, absolutamente todos, somos igualmente dignos e igualmente vulnerables.

JOSAN MONTULL

HABLANDO EN SERIE

Sorprende ver la cantidad ingente de producciones televisivas que, con mayor o menor calidad, tienen como protagonistas a adolescentes y chavales que van abriéndose paso en la vida en medio de los estudios en sus Institutos en los que se entrecruzan una multitud de historias y aventuras.

Y sin que sea casualidad, los adolescentes de las diversas series (españolas, estadounidenses, europeas…) tienen unas características muy comunes. Sin pretender ser exhaustivo, he encontrado las siguientes:

  • Son casi todos de un ambiente socioeconómico medio o alto.
  • Las familias son muy dispares. La figura de la familia tradicional ha desaparecido o, cuando aparece, se muestra como trasnochada y en crisis. Abundan las separaciones, la convivencia de dos padres, dos madres, madres solas, padre o madre en el que van pasando diversas parejas… todo esto se vive con normalidad.
  • Los profesores y profesoras son muy comprensivos y tolerantes. Coquetean a veces con la complicidad en algún momento turbio de la vida de los chavales. En otras ocasiones hay profesores intransigentes que rozan la caricatura grotesca. Pasarse con estos últimos profesores y humillarles es hasta justo.
  • -El móvil es el instrumento de comunicación permanente. Tienen una absoluta dependencia del mismo. Los mensajes por WhatsApp son continuos y aparece sobreimpreso en la escena televisiva. Con frecuencia los mensajes ocultos son muy agresivos y despiadados. Las redes sociales son ya un medio de comunicación tan normal como la palabra.
  • Las relaciones sexuales se convierten en una finalidad fácil en la que no hay atisbo de ternura. Es un objetivo permanente. Ocupa muchas de las conversaciones y de los minutos de cada capítulo. Las escenas son cada vez más explícitas y se presentan con una total normalidad, pretendiendo a veces la provocación al espectador. Se trata siempre de liarse con alguien y luego contarlo.
  • Suele haber difusión de fotografías de contenido erótico. Se las hacen a sí mismos o a compañeros.
  • La droga es habitual y absolutamente generalizada. Casi todos suelen consumir, otros venden. No hay crítica a la ética de los actos
  • Hay una gran tolerancia a las opciones y características de la diversidad de las personas: raza, orientación sexual, procedencia, aficiones…
  • La actividad que más tiempo les lleva en la series es la preparación y desarrollo de fiestas. Hay muchas fiestas, casi siempre en casa de algún amigo rico en ausencia de sus padres. En la fiesta corre la droga y el alcohol permanentemente y las habitaciones de la casa son usadas para las relaciones sexuales. La fiesta suele ser siempre escenario de algún conflicto. En estas casas suele haber una piscina que tiene su importancia en el guión.
  • Suele aparecer el problema del aborto. Éste es considerado como vinculado a la libertad. Las posturas antiabortistas son presentadas como fanáticas y superadas.
  • Hay una gran exaltación de la amistad, aparece como el valor supremo. Por el contrario es muy fácil que las amistades (como los enamoramientos) sean muy endebles y duren poco. Abundan también los rechazos y odios entre los que antes habían sido grandes amigos.
  • La violencia es algo habitual, se presenta como una consecuencia lógica de la vida. Los conflictos que llevan a la violencia suelen estar vinculados a historias sentimentales.
  • No hay censuras éticas a lo que está bien o está mal: al robo, a la infidelidad de otros, al consumo o venta de drogas…sólo importa lo que le hacen a uno mismo.

Sorprende, eso sí,  que hay temáticas que no aparecen nunca. La religión no se nombra, ni para bien ni para mal. La inquietud por el medio ambiente no existe; mucho menos la mirada crítica al mundo de la pobreza y la injusticia. Los jóvenes de las series no son solidarios, no tienen preocupación por el sufrimiento de los pobres…lo desconocen. Viven encerrados en su mundo ególatra.

Tampoco aparecen jóvenes comprometidos con realidades de exclusión, o trabajando generosamente en voluntariados al servicio de los demás. Tampoco hay esfuerzo por el futuro, simplemente no existe.

Yo me niego a creer que estos sean los jóvenes los únicos. Creo, eso sí, que son los jóvenes que los guionistas han pintado. Conozco a otros jóvenes, muchos. Chicos y chicas, con sus historias y sus contradicciones, con sus luces y sus sombras. Chavales que se toman la vida un poquito más en serio que esos protagonistas de series; conozco jóvenes que están en colectivos voluntarios, que se afanan por ser honrados, que hacen de la fiesta un rito permanente y son capaces de hablar en serio y hasta de echar una mano, que se esfuerzan por el futuro y se preparan para abordarlo. Conozco incluso, jóvenes que se esfuerzan en dar sentido a su vida desde la fe.

Son chavales majos, que intentan abrirse paso en la vida, con temblores y miedos, pero con bondad e ilusión.

Qué lástima que de ellos no se hable nunca en serio, de los otros se habla siempre en serie.

JOSAN MONTULL