Salesiano, cura, profesor, licenciado en teología, twittero, educador, cinéfilo, teatrero, tertuliano, remo a contracorriente y apuesto a perder, uso el micro en la radio, el show en las tablas, la pizarra en el aula, el juego en el patio, la broma en la calle, la pluma en la prensa y todo lo que sea menester para acercar a Jesús a los chavales y construir una Iglesia sencilla y profunda donde todos puedan sentirse queridos y en casa.
En 1972, el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, fletado para llevar a un equipo de rugby a Chile, se estrelló en un glaciar en el corazón de los Andes. Sólo 29 de sus 45 pasajeros sobrevivieron al accidente. Atrapados en uno de los entornos más inaccesibles y hostiles del planeta, se vieron obligados a recurrir a medidas extremas para mantenerse con vida.
El terrible suceso había sido llevado ya con anterioridad a la pantalla con desigual acierto. Esta vez el español J.A. Bayona, especialista en tratar temas vitales con mucha profundidad, nos ha ofrecido un film tan duro como fascinante, tan apasionante como hermoso.
La película empieza con las risas, las bromas y la exhibición deportiva de unos jóvenes cargados de vida que, días después estarán agonizando. La voz en off no cuenta lo que ocurrió, sino que invita al espectador a hacerse preguntas sobre el sentido de la propia existencia en la actualidad. Bayona no hace una película meramente histórica en la que recrea un hecho acontecido hace décadas, ni mucho menos ofrece un film de aventuras sin más; el director propone al espectador un actual viaje espiritual para reflexionar sobre fina línea entre la vida y la muerte, la fragilidad, la salud, la supervivencia, la amistad, la familia, el sentido de la vida, las decisiones morales y la fe en Dios.
Las escenas más escabrosas están tratadas con una delicadeza encomiable, se prescinde de lo macabro y se sugieren, sin mostrarlos, los aspectos más terribles del drama.
Estamos ante una película muy física. El director nos mete dentro de la historia, nos introduce en el fuselaje del avión siniestrado y nos hace compartir la angustia de los protagonistas que tendrán que compartir espacio con los cadáveres de familiares y amigos mientras reflexionan en voz alta, rezan y se animan los unos a los otros incluso citando pasajes del evangelio.
Técnicamente impecable. La fotografía y el montaje atrapan al espectador en ese inmenso ataúd que es el avión y el paisaje abierto y grandioso.
Hacia el final de nuevo voz en off es profundamente significativa e invita a que, en este mundo superficial, materialista y vacío, sigamos haciendo un viaje interior para descubrirnos día a día. Esa voz en off nos da a conocer que vivos y muertos comparten la historia.
Estamos ante una obra gigantesca, mística, sobrecogedora; una película que enseña que la vida sólo tiene sentido cuando se da.
El informe PISA es un estudio internacional que, desde el año 2000, evalúa el rendimiento académico de alumnos de 15 años en diversos países.
Se evalúa la capacidad para comprender textos, razonar ideas y argumentar con lógica. También la capacidad de resolver problemas matemáticos y de comprender conceptos científicos.
Lo cierto es que los resultados de esta última consulta has sido desastroso en España, los peores desde el inicio del informe. Han sonado las alarmas ante tal desastre que todos están buscando fallos y como solucionarlos.
Es cierto que la pandemia dejó huella en las vidas de niños y adolescentes, pero también es cierto que eso no es justificación para haber sacado las peores notas de la historia del PISA.
Hay que analizar despacio qué es lo que ha pasado. Yo, de entrada, me atrevería a subrayar tres cuestiones que creo han influido en este suspenso morrocotudo.
En primer lugar, la vertiginosa evolución de la técnica. La informática ha cambiado la manera de pensar y razonar. La reflexión del libro, la interiorización lenta de lo que se lee ha sido sustituida por el vértigo de la informática que soluciona aceleradamente los problemas. Ahora, más que aprender a pensar se enseña a buscar; más que a redactar y expresarse, se enseña a copiar conocimientos.
Por otra parte, la multiplicidad de leyes educativas en nuestro país es incomprensible. Si mis cálculos no fallan, estamos en la ley número 10 de las habidas en la democracia. Cada grupo que llega al poder cambia la ley que puso el gobierno anterior. El absolutamente imposible que los enseñantes puedan asimilar las efímeras novedades legales permanentes. No se ha llegado a un pacto educativo, ¿qué éxitos esperamos entonces?; las leyes de educación se hacen con criterios políticos, no educativos.
Además, el eterno, cansino y aburrido debate entre educación pública y concertada, hace que la clase política busque en la Escuela una actitud de permanente enfrentamiento; así, educadores excelentes de le Escuela pública y la concertada parece que tengan que estar condenados a un litigio permanente entre ellos.
Es sólo una opinión, mi opinión. Lo que es incuestionable es que la educación española ha suspendido y, por ende, también los responsables políticos y educativos han sacado un suspenso de libro. En otros tiempos tendrían que repetir … ahora, pasarían directamente de curso.
El color de la sala era de un naranja desvaído, como para no provocar sensación alguna, sino más bien relajar cualquier sentimiento. Un cuadro de colores y formas indefinidas colgaba de la pared rompiendo así la monotonía del naranja.
El joven siquiatra abrió la puerta, tembloroso. Nunca había tenido una visita tan importante.
– Pase, pase, Rey de los reyes, Santo de los Santos, omnisciente y omnipresente Señor… Bueno, la verdad es que no sé muy bien cómo llamarle.
– Llámame papá, por ejemplo, o mamá si te resulta más cómodo, dijo Dios mientras se acomodaba en el diván tras una señal amable del siquiatra.
– No sé si me atreveré, dijo el médico. Tener al Padre Eterno en mi diván es una responsabilidad enorme; la mayor de mi vida.
– Bueno, hombre, no tienes por qué ponerte nervioso. Te conozco desde siempre, ya sé cómo eres y sé que eres bueno, le respondió Dios con una mirada tierna.
– La verdad, prosiguió más tranquilo el siquiatra, es que me han pedido, precisamente a mí, que hable con usted, Majestad Todopoderosa, porque hay quienes están muy preocupados por…, cómo diría yo…, por vuestra salud mental. Conste, se apresuró a decir el siquiatra, que considero la salud mental igual que la salud física: se puede tratar y sus males se pueden curar; no hay por qué alarmarse.
-¿A quién le preocupa mi salud mental, si se puede saber? Preguntó Dios.
El siquiatra prosiguió:
– Políticos de todas las tendencias e ilustrados de todas las artes y ciencias, y hasta gente normal y corriente nos han hecho llegar su preocupación por usted. También gente religiosa, rabinos, curas, imanes, chamanes, obispos…incluso ateos, agnósticos, pacifistas, militares, ecologistas, arquitectos trabajadores de la comunicación…No sé. Mucha gente. Hasta se ha constituido una plataforma de artistas e intelectuales que exigen que…
– Dilo, hombre, dilo, le animó Dios.
– Que…, no se ofenda, que su Reverendísima Santidad vaya al siquiatra.
-¿Y no han dicho por qué?
– Pues porque le aprecian, Altísimo. Están muy preocupados. No les acaba de entrar en la cabeza que, siendo usted la Suma Perfección, haya hecho un mundo que no funciona nada bien, que, digámoslo claramente, no le ha salido perfecto, y no se me ofenda, Eterno Señor. Vea las guerras destruyen cada día a miles de inocentes: la guerra en Gaza nos deja unas imágenes terribles. Miles de niños asesinados; padres corriendo horrorizados con sus pequeños en brazos, mujeres gritando y llorando a sus muertos. Algo parecido ocurre en Ucrania, en Sudán, en Haití, en tantos países donde campa el horror.
Por otra parte, las enfermedades, entre los pobres, se convierten en pandemias tremendas; las drogas están acabando con mucha gente, y sobre todo jóvenes. Diariamente -proseguía el siquiatra, cada vez más seguro de sí mismo- hay miles de tus criaturas que mueren de hambre, o son vendidos; muchos niños no son queridos, ¿sabes Señor Inmutable?, algunos ni nacen, otros son abandonados y a unos pocos, por el contrario, les rodean de aparatos electrónicos y cosas para suplir las ternuras que sólo una cara y unas manos pueden dar. Millones de refugiados vagan por la tierra buscando un hogar que la pobreza o la guerra les ha robado; son incontables las personas que se lanzan a la aventura terrible de la emigración, jugándose la vida en pateras y viajes organizados por mafias que explotan a los débiles: muchos acaban en el mar, en el desierto, en los contenedores, en los bajos fondos de las ciudades, en trabajos de esclavos… ahogados en la más terrible soledad, mientras miran para otro lado los que manejan los hilos de nuestro mundo o discuten entre ellos sin aportar soluciones.
– Vaya por Dios, suspiró Dios con los ojos arrasados de lágrimas.
– Es como si el mundo os hubiera salido mal, Señor Creador. No sé, Supremo Hacedor, pero no me extraña la coincidencia de muchos en recomendarle un buen siquiatra; y más con esa idea nueva que se le acaba de ocurrir a usted; esto ha sido el detonante para la campaña de recogida de fondos con que pagar su tratamiento.
Estas últimas palabras quedaron flotando en el aire. Era como si el joven siquiatra no las hubiera querido decir.
-¿Qué idea?, preguntó Dios.
– La del NIÑO, balbució el médico, la del niño. Nadie puede entender que el Altísimo haya pensado en un recién nacido para solucionar todo lo que pasa. En su mente divina, y no se ofenda, debe haber alguna anomalía que conviene tratar. Sólo a una mente enferma se le puede ocurrir pensar en un niño, un recién nacido que, vete tú a saber lo que le tocará vivir… Además, nacido en un establo, acompañado por una pareja pobre, por unos pastores marginados, por unos magos extranjeros de no se sabe qué religión… Hombre, por Dios –perdone, se me ha escapado, es una expresión hecha-¿a quién se le ocurre pensar en eso: que un recién nacido nos va a salvar? Al Todopoderoso no se le ocurre otra cosa que buscar la solución en la debilidad de un todofrágil. No parece lógico, ni normal. Sin duda, a usted ya le están pesando los años y no es descabellado pensar que lo del Niño Salvador sea fruto de una… una divina debilidad senil o algo así…
El médico se echó a llorar con sollozos entrecortados, cubriéndose el rostro con las manos.
Conmovido por el llanto del siquiatra, Dios se incorporó del diván. Tomó en sus brazos, con ternura, a aquel hombre sabio que pretendía salvar a Dios y ahora, derrumbado, intentaba apoyarse en el diván que acababa de dejar el mismo Dios.
El Padre Eterno seguía abrazándole y, con un cariño tremendo, como una madre, le dijo:
– Venga, hombre, venga… no te preocupes. Déjame a mí ser buen Dios y tú preocúpate de ser buen médico; porque, si te he de ser sincero, cuento con mi Hijo, recién nacido, para que no pienses que estoy lejos de este mundo, cuento con mi Hijo, recién nacido, para que los seres humanos, sea cual sea su creencia o religión, no se endiosen, sino que descubran que son divinos…imagen mía, ni más ni menos; cuento con mi Hijo, recién nacido, para que empieces a darte cuenta de que también cuento contigo. No mires para otro lado, no mires superficialmente sino en profundidad.
Mientras una estrella brillaba con más fuerza en el Cielo y la luz se colaba por la ventana de la consulta, el siquiatra miró a Dios y volvió a llorar emocionado mientras, con una felicidad indescriptible, se abrazaba a su Paciente, que le decía: “Esta Navidad, tú tienes mucho que ver”..