COLORINES

COLORINES

La nueva camiseta de la selección española de fútbol ha levantado una polvareda y un revuelo mediático fuera de serie que ha hecho que incluso los más profanos futboleros (entre los que me encuentro) hayan oído algo sobre una cuestión al parecer muy trascendental y que ha ocupado mucha tinta y muchas horas de emisión radiofónica y televisiva.

El problema, dicen, viene dado porque los colores que aparecen lateralmente en una especie de cadena de rombos de la camiseta de la Selección no dan el cromatismo claro de la bandera constitucional y semejan a la bandera republicana.

Los medios animan a aguzar la vista: por un lado, el rojo, por otro el amarillo…pero por otro…no se sabe, parece un poco morado, claro que si te acercas bien –dicen-parece más bien azul. Y ahí están los interesados por el tema entornando los ojos, acercándose y alejándose de la tan observada camiseta. Los expertos dicen que de cerca hay alta resolución y vemos claramente. Al alejarnos, mezclamos los colores. El morado no deja de ser una ilusión.

El tema, que personalmente a mí me importa aproximadamente un huevo, no deja de tener su gracia y confirma una obviedad: de lejos las cosas se ven distorsionadas, de cerca las distinguimos con más claridad.

Los acontecimientos políticos que vive actualmente nuestra sociedad, y que se siguen al minuto, han podido alejar otros temas que parecen distantes a nuestra vida y sobre los que ya casi no opinamos porque sencillamente no los vemos. Así, enardecidos por temas tan triviales como los colores de las camisetas o por otros temas más serios como la problemática de las comunidades autónomas, se nos han alejado otras cuestiones que ya permanecen prácticamente olvidadas y tal vez sean más serias.

España, por ejemplo, ha triplicado en lo que va de año (comparándolo con 2016) el número de inmigrantes que han llegado ilegalmente a nuestro país y ha tenido conciencia de la muerte de otros muchos que en las mismas travesías habían sucumbido engullidos por el mar.

Nuestro país sigue hasta ahora sin haber acogido el número de refugiados a los que se comprometió. De los  17.337 a los que dijo que iba a acoger sólo han llegado algo más de 2.000.

A cierre de 2017, el 27,9% de la población de España (un total de 12,82 millones de personas, dos millones y medio más que en 2007) están en riesgo de pobreza. Parece así que de la triste crisis no acaban de salir todos.

Nuestro país es destino de menores víctimas de trata de seres humanos con fines de mendicidad; en su mayor parte provenientes de Rumanía, Bulgaria y Marruecos.

España es el segundo país de la comunidad europea en el que hay más consumo de cocaína y es el cuarto en consumo de cannabis. Por cierto que el 66% de hachís de Europa se incauta en España. Por otra parte, la edad de los jóvenes españoles que van consumiendo es cada vez más baja.

Todo esto y mucho más está en nuestro país, en este ambiente nuestro en el que parece que sólo existen las cuestiones nacionalistas o los problemas cromáticos de las camisetas deportivas.

Y es que existen los pobres, los indefensos, los olvidados, los excluidos, aquellos que no se ven porque nos los alejan para no incomodarnos. Llevan mucho tiempo entre nosotros, han nacido aquí, son de los nuestros…pero no existen porque son parados, pobres, enfermos o marginados.

Existen también los parias apátridas que llegan a nuestra tierra esgrimiendo el hambre y la mirada extraviada por el terror como única bandera. Llegan buscando solamente reconocimiento y paz.

Nos los ocultan. No son de nadie, no los reivindica nadie; no hay manifestaciones que nos recuerden su presencia, no hay movilizaciones que nos los pongan delante de nuestros ojos. Ya nadie habla de ellos. Su presencia incómoda está hoy alejada de nuestra vista, enturbiada por tantas luchas intestinas, con frecuencia tan estériles.

No sé cuáles son los colores de la bandera de los pobres, lo que sí sé es que nos los alejan tanto que no los distinguimos. Están entre nosotros…pero no los vemos, absortos como estamos comparando camisetas y banderas.

JOSAN MONTULL

La llamada

Las lentejuelas de Dios: LA LLAMADA

Año: 2017

País: España

Dirección: Javier Ambrossi, Javier Calvo

Intérpretes: Macarena García,

Belén Cuesta,

Anna Castillo, Secun de la Rosa,

María Isabel Díaz, Gracia Olayo,

Richard Collins-Moore, Esti Quesada

Argumento: Javier Ambrossi (musical),

Javier Calvo (musical)

Guión: Javier Ambrossi, Javier Calvo

Música: Leiva

Fotografía: Migue Amoedo

Distribuye en cine: DeAPlaneta

Protagonistas y directores

 

Hace cuatro años los jóvenes creativos Javier Calvo y Javier Ambrossi (cariñosamente llamados los Javis), estrenaban en el vestíbulo del teatro Lara “LA LLAMADA”, una comedia musical escrita y dirigida por ellos.

El espectáculo, que tenía vocación de ser una obra modesta y sencilla, pronto tuvo un éxito extraordinario hasta el punto que tuvo que representarse en el escenario principal del Lara y se convertía en un fenómeno mediático que se ha representado también fuera de España.

Nos llega ahora la película, dirigida y protagonizada por los mismos autores y actores del espectáculo teatral.

María (Macarena García) y Susana (Anna Castillo) son dos adolescentes de 17 años que pasan su verano en el Campamento cristiano “La brújula” al que van desde pequeñas. De carácter indómito y con una vocación musical transgresora, se escapan del Campamento para ir a un concierto y son castigadas a quedarse el fin de semana en el Campamento vigiladas estrechamente por la inocente hermana Milagros (Belén Cuesta) y la nueva superiora,  Sor Bernarda (Gracia Olayo), que ha llegado para imponer el orden. Pero todo cambia el día en que el mismísimo Dios se le aparece a María.

Tan descabellado argumento bien podría presentarse como un film irreverente, cutre y destinado al escándalo. Lejos de eso, los Javis presentan un film fresco, divertido, alocado y simpático que lleva a la risa desde sus primeros minutos. El film es, ante todo, respetuoso con todo lo religioso y nos descubre que las monjas, las chicas rebeldes, la cocinera sedienta de amor y todos los seres humanos tenemos mucho en común.

La aparición de Dios (Richard Collins-Moore) es sorprendente. Ataviado con traje de lentejuelas, baja de una escalinata celestial cantando canciones de Whitney Houston. Es un Dios que canta, que se ríe de oraciones que no salen del corazón, que no juzga…y que llama.

Pero lo más sorprendente es que ante esta llamada que Dios hace a una persona, las demás se sienten interpeladas, no juzgan y se esfuerzan por comprender. A medida que se acercan a ese Misterio irán también cambiado ellas mismas para ser más sinceras y mejores.

La amistad, la homosexualidad, la fe, la necesidad de amor, la posibilidad de cambiar, la aceptación del otro y otros temas serios son tratados con un desenfado y una alegría inteligente.

Los números musicales, compuestos por Leiva, están muy bien dosificados y resueltos. El guion es chispeante, ágil y con unos diálogos divertidísimos.

Pero si algo es sobresaliente en el film es la interpretación de las cuatro protagonistas que se dejan la vida en el papel. Están en estado de gracia interpretativa y literalmente “se salen”. Qué capacidad para hacer reír, qué dominio del gesto, de la contención y de la estridencia; qué forma tan hermosa y vital de mostrar la vulnerabilidad de personas llamadas a cambiar y a sincerarse consigo mismas. Un absoluto derroche de talento.

“La llamada” no es una película profunda, ni mucho menos, religiosa, pero cómo se agradece la presentación de unas monjas humanas y buena gente, que maravilla que el trasfondo religioso que podamos encontrar esté tratado con respeto y simpatía.

“La llamada” es una comedia musical estupenda, un canto a la alegría, el desenfado y la amistad…una llamada, en definitiva, a ser mejores personas.

JOSAN MONTULL

 

Publicado en el Diario del Altoaragón el día 5 de Noviembre de 2017

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CON LOS BRAZOS EN CRUZ

CON LOS BRAZOS EN CRUZ

Los datos de los recientes informes PISA no nos dejan muy bien. Al parecer, la educación de nuestro país ha suspendido clamorosamente y nuestros jóvenes se sitúan a la cola en la UE. Finlandia parece ser el paraíso de la pedagogía y se lo invoca reiteradamente para cantarnos sus excelencias y producirnos sonrojo. No falta quien reivindica la escuela de antes, seria, disciplinada y en la que reinaba siempre el orden. Yo, qué quieren que les diga, no la añoro ni en broma. Hay experiencias para todo, pero la mía no fue muy feliz.

A la escuela de mi infancia les debo bastantes cosas. Una de ellas es la grima y el repelús que me produce una cierta manera de educar, precisamente la manera que viví en la Escuela.

Recuerdo mis años de infancia en la Escuela desde la tristeza, la represión y la falta de amor. No podré olvidar nunca a don Francisco, el profesor de Educación Física (Gimnasia, entonces) y de Política (Formación del Espíritu Nacional, entonces).Don Francisco era uno de aquellos tipos arribista y trepa, cuya militancia política en la dictadura de la época le había llevado a tener un trabajo en un instituto. No tiene ni el bachillerato, decían algunos; nunca lo supimos; don Francisco, que siempre nos trataba de usted, era tan impenetrable, serio y borde que creaba una distancia fría y seca con todo el alumnado.

No he olvidado sus clases. Salíamos los niños con pantalón corto de lona y camiseta de imperio y comenzábamos a correr para el calentamiento. Dos niños le iban a buscar a don Francisco un sillón de madera en el que se sentaba en el centro del patio. Vestido elegantemente con traje, corbata y gafas de sol muy tintadas, don Francisco parecía un príncipe caprichoso que, inmóvil e impertérrito, daba órdenes sin vacilar: más rápido, cambien, palmada en el aire… Filas!. Cuando decía ¡filas! corríamos todos frente a él y nos formábamos cuatro filas largas para hacer la tabla. Firmes, cubrirse, descanso… Justo en aquel momento, cuando los niños estábamos en aquellas filas, se oía seca y fuerte la voz: Piernas abiertas en salto y brazos en cruz, ¡uuuhmp! Aquel ¡uuuhmp!, aquella especie de gemido viril e ininteligible era la clave para hacer el ejercicio. Era un ¡uuhmmmp! marcial, militar y contundente. El ejercicio debía hacerse en aquel preciso momento, todos de vez, al unísono, dando el saltito de marras y levantando los brazos como crucificados. No faltaba quien se adelantaba dando un brinco a destiempo. Todos conteníamos entonces la respiración. Don Francisco le llamaba, el pobre niño avanzaba temeroso hacia él; el profesor, como una esfinge se incorporaba esta vez y le soltaba un guantazo que resonaba sin que nadie dijera una palabra. Si el niño lloraba, don Francisco se reía diciéndole que los hombres no lloran, que la lágrima no es varonil, que llorar es de nenas.

El invierno era mejor. Cuando la niebla y el hielo se hacían presentes en el campo de tierra, don Francisco no salía, se quedaba protegido del frío en un pasillo tras unos cristales que daban al patio mirándonos fijamente, sentado, eso sí, en el sillón de madera. De vez en cuando limpiaba el vaho con los guantes. Los niños corríamos más para no congelarnos y mentábamos en voz baja a los antecesores de aquel hombre, que debían pertenecer a alguna rama de mamíferos con una cornamenta espectacular.

Pero también en mi niñez, además de un cura extraordinario y de unas religiosas entrañables, tuve un maestro que me cautivó, don José. Era un hombre afable, paciente y bueno. Tenaz pedagogo, era también un excelente narrador de leyendas y de Historia Sagrada con las que nos tenía boquiabiertos. Nos llevaba de excursión y el día de su santo nos invitaba a su casa. Si alguno caía enfermo, don José iba a verlo acompañado de algún niño de la clase.

Nunca nos pegó. Nunca nos humilló; nos escuchaba y nos sonreía.

Han pasado muchos años y los tiempos, gracias a Dios han cambiado. Los profesores y profesoras hoy tienen otro sentido de la educación que en nada tiene que ver con los desmanes de don Francisco; la humillación ha sido desterrada de las aulas y las técnicas pedagógicas son hoy revolucionarias. La Educación Física tiene unos contenidos muy serios y la informática y los idiomas han entrado al abordaje de la educación y de la vida. Ya no hay actitudes semejantes a las de aquel canalla.

Hoy atisbo, eso sí, otro peligro; es tal el cambio de leyes, el inmisericorde papeleo, la burocracia desmedida que acosa a los enseñantes que puede que en la Escuela se corra el riesgo de no implicarse, puede que el cansancio agote a muchos profesionales, puede que la distancia de los chavales sea hoy una tentación en muchos educadores; tentación que ahora se manifieste en la inhibición o en centrarse exclusivamente en el programa y los papeles. La pedagogía de don José estaba fundada en el respeto, la exigencia, la cercanía y el afecto.

Hay, por otra parte, una relegación de las asignaturas humanísticas y filosóficas; intuyo un cierto utilitarismo en lo que se enseña. En el asunto de la trasmisión de valores existe un miedo que lleva a escurrir el bulto y a delegar en otras instancias la responsabilidad de la transmisión de la ética y la apertura a la trascendencia.

Creo que en esta sociedad nuestra los chavales reivindican hoy de sus educadores un amor claro y concreto, que sea referente y sincero. Ese amor no tiene que ser en absoluto paternalista ni facilón; con frecuencia les hemos dado muchas cosas a los jóvenes para hacerles callar y no hemos tenido tiempo para escucharles, marcarles límites y ayudarles a corregirse.

Ya sé que los informes PISA no son muy halagüeños, ya sé que no es nada fácil estar en la escuela y aguantar el tipo…pero, pese a todo, prefiero estos tiempos, abiertos, innovadores, cooperativos, imaginativos; y créanme, cuando oigo a algún educador que dice que con los jóvenes ya no se puede hacer nada, recuerdo a don Francisco gritándonos: ¡piernas abiertas en salto…! animándose a sí mismo a comenzar la ronda de las humillaciones.

Por eso cuando veo a muchos educadores volcándose en la educación de los jóvenes, creyendo en su futuro, en su bondad y su talento…me admiro por su esfuerzo y recuerdo el cariño y el respeto de Don José que, en tiempos difíciles, nos quiso y se desvivió por nosotros como alguien que hace 2000 años entrego su vida… con los brazos en cruz.

 

JOSAN MONTULL

 

Texto publicado el 3 de Noviembre de 2017 en el Diario del Altoaragón en la sección «TRIBUNA ALTOARAGONESA» Opinión.

Un Dios salvaje

Sepulcros blanqueados: UN DIOS SALVAJE

Título original: Carnage.

Dirección: Roman Polanski.

Países: Francia, Alemania, Polonia y España.

Año: 2011.

Interpretación: Jodie Foster  (Penelope Longstreet),

Kate Winslet (Nancy Cowan),

Christoph Waltz (Alan Cowan),

John C. Reilly (Michael Longstreet).

Duración: 79 min.

 

La última película del reconocido y controvertido Roman Polanki es una adaptación casi literal de una conocida obra de teatro de Yasmina Reza que lleva el mismo título.

Dos niños de once años se pelean en un parque. Uno de ellos agrede a otro rompiéndole con un palo un diente y dejándole con el rostro hinchado. Los padres de agresor acuden a casa de los padres de la víctima para dar la cara y arreglar educadamente todo lo concerniente a la rápida recuperación del agredido. En cuanto empieza el film ambos matrimonios acaban de dejar por escrito las disculpas y la reparación económica que se va a hacer.

El ambiente es tan educado y cordial que, para sancionar felizmente la solución del problema, toman juntos un pastel de manzana y pera en un ambiente relajado. Los padres del agredido son una  concienciada humanista que ha escrito algo sobre el drama del hambre en África y un bondadoso marido amante de la vida sin complicaciones y siempre dispuesto a hacer las paces. Los padres del agresor son  una fiel, dulce y modélica esposa de un triunfador y competente abogado.

Todo es idílico y perfectamente educado, el salón es confortable, hay cómodos sillones, un hogar, unos preciosos tulipanes en la mesa, libros refinados de arte, “Aún nos queda sentido del civismo” dirán. Pero de pronto salta el conflicto por una nimiedad: el padre del chico agredido ha dejado escapar a un hámster porque no lo soportaba en casa. Cuando sale este tema tan menor a la luz todos los personajes empiezan poco a poco a manifestar la mezquindad que llevan dentro.

Polanski se maneja extraordinariamente en un escenario cerrado y con unos personajes atormentados. Ya lo había hecho en “La muerte y la doncella”, “Repulsión” o “El quimérico inquilino”. Aquí realiza una disección brutal y tragicómica de esas dos modélicas parejas que, bajo una capa de buena educación y de abundancia de dinero, esconden una falta de escrúpulos y de moral extraordinaria.

El alcohol (un exquisito whisky) actuará como la pólvora y nuestros personajes dispararán palabras crueles y se rebajarán cada vez más para atacar al otro.

Y así van manifestando sus instintos racistas, su culto al dinero, su dificultad para la comunicación (extraordinario el adicto al móvil), la convicción de que la violencia es necesaria, el desprecio a la familia, la falta de ética laboral y la ausencia de toda referencia moral.

Los personajes vomitan (incluso literalmente) en un escenario que poco a poco se va convirtiendo en un infierno. El teléfono móvil, el bolso con perfume, los libros de arte son lo único que da sentido a esas vidas vacías.

Con un metraje muy corto (79 minutos) Roman Polanki ha hecho una pequeña joya. Todo el film está transido con un humor inteligente apoyado en los diálogos y en unos extraordinarios actores. No hay música, no hay saltos temporales (la película discurre en tiempo real), no hace falta nada para descubrir la mezquindad de unas vidas que, disfrazadas de apariencias corteses, no esconden más que vacío.

La película entretiene y hasta divierte, pero además hace pensar. Estamos viviendo en un mundo en que, bajo formas educadas y sonrientes, se esconden personas de muy baja catadura moral. Nuestros cuatro protagonistas nos remiten a actitudes que vemos en personajes públicos: sirvan como ejemplos presidentes de gobiernos democráticos en juergas y orgías con prostitutas,  miembros de monarquías sospechosos de usos fraudulentos de dinero público, representantes electos de partidos políticos imputados en causas escandalosas o banqueros eminentes en escándalos sexuales.

A Polanski se le ha acusado de un pesimismo existencial al mirar la condición humana. En “Un dios salvaje” no creo que haya pesimismo, me parece que más bien encontramos una crítica despiadada a una vida  inmoral maquillada de buena educación. No nos extraña lo que dice uno de nuestros personajes: “¿Cómo seguir viviendo sin el más mínimo concepto moral del mundo?”. Cuando se vive así, los niños (que son reflejo de los adultos) se convierten en despiadados y cada día que pasa (como dicen varios personajes) se convierte en el más triste de nuestra vida.

Rendir culto a ese dios salvaje del propio ego lleva a la falta de sentido y a la soledad, la misma que experimenta el hámster abandonado que aparece en el plano final.

 

JOSAN MONTULL

Imágenes de https://sgtr.wordpress.com